La vida de Sam Peckinpah

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Noticia aparecida en la web de El cine de lo que yo te diga (viernes 11 de mayo)

Peckinpah hizo 14 películas a lo largo de su vida y muchos no terminan de sorprenderse de que pudiera acabar siquiera una, dada su manera de trabajar. Estamos ante un relato detallado, lleno de curiosidades y sobre todo intentando entender sin juzgar a su protagonista. El autor no sólo lo conoció sino que en el prólogo indica que tampoco para él fue fácil….

… llegué a casa leí mis notas, transcribí el resto de las cintas y escribí un primer borrador de los primeros seis capítulos. Sabía que tenía que trabajarlos, pero no sabía muy bien cómo hacerlo, así que le envié copias de los capítulos tanto a Sam como a su hermano Denver, que por aquel entonces era juez del Tribunal Superior en Fresno.
Sam no respondió, pero Denver lo hizo inmediatamente, invitándome a California para poder repasar juntos el texto. Cuando acepté su oferta, él fue directo al grano: “Para empezar”, dijo, “eres demasiado bueno con él”.
Al volver a Chicago, tiré a la basura lo que había escrito. Empecé de nuevo. Algún tiempo después tuve por fin noticias de Peckinpah. El 18 de junio de 1974 me escribió la siguiente carta: Querido Gar: Lo primero es lo primero. Te considero un buen amigo, y más que eso, alguien a quien respeto.
Lo segundo es que tu libro es, básicamente, aburrido.
Con todo el respeto por tu esfuerzo, te sugiero que consigas un colaborador, como William Murray [autor de la entrevista a Peckinpah aparecida en "Playboy"]…
Lo que quiero decir es, amigo mío, que no has pillado la idea, la razón de mi vida, y eso es algo que por supuesto yo no puedo permitir.
Necesitas una patada en el culo, y [esa patada] sólo puedes dártela tú mismo.
Ya te enviaré comentarios más detallados.
Me gustaría ser más positivo, pues ya conoces el afecto que siento por ti y por lo que estás haciendo.
Lo único que puedo decir sobre mi vida es que tengo un deseo de sobrevivir, y en mi trabajo lo que uno necesita es un sentido de la ironía; no, un sentido del humor que vaya más allá de la ironía.
Te sugiero que te olvides del proyecto, te vayas a pescar, te emborraches en una casa de putas razonablemente cutre y entonces vuelvas y confieses tus pecados a quien quiera escucharte, y sólo entonces [te] darás cuenta cómo soy yo realmente… Respeto sinceramente tu esfuerzo y tu amistad, pero, francamente, lo que he leído no me ha gustado. Afectuosamente, Sam Peckinpah PD: Si esto no es posible, te sugiero que abandones el proyecto. Es algo que no me gusta decir. Pero no puedo tolerar el libro tal como está.

PD: Tuve una mala experiencia con Max Evans [un libro sobre el rodaje de La balada de Cable Hogue titulado "Sam Peckinpah, Master of Violence" que sólo incluía los detalles que la mujer de Evans no encontró reprobables] pero por una razón que comprendo, y te respeto demasiado como para dejar que eso vuelva a ocurrir.
La carta llegó el 21 de junio. Cabreado, respondí el mismo día.

Querido Sam: Lo primero es lo primero: Creo que la patada en el culo que me diste en tu carta del 18 de junio estaba más bien justificada. Es una pena que no te dieras más prisa. Yo mismo había llegado al punto de patearme mi propio culo unas semanas antes… En cuanto a tu sugerencia de que cuente con un colaborador, ¡¡¡Y UNA MIERDA!!! Empecé con esto yo sólo [y] lo acabaré yo sólo. Dile al señor Murray que puede escribir su propio libro con mi bendición y con la tuya también, si es lo que quieres. He dedicado demasiado tiempo, sudor, sangre y alcohol escribiendo sobre tu maldita vida como para permitir que otra persona se ponga a tocarme los cojones ahora. Aprecio tus intenciones, pero no, gracias…

No eres un héroe… Eres un antihéroe, un borracho a tiempo parcial que trabaja a jornada completa, y a veces un capullo.

Ya tengo tu vida cogida por el esfínter con un par de pinzas candentes desde que volví a Chicago, y ahora mismo estoy en proceso de cargarme lo que he escrito desde el lóbulo frontal hasta el escroto. Tengo la intención de dejarte tan desnudo como me sea posible. Sólo te prometo una cosa: no te haré parecer nada que no crea honestamente que seas. Esto no va a ser necesariamente un libro para niños… Por otra parte, si finalmente [tú y yo] no logramos ponernos de acuerdo en ver la diferencia entre una meada y un gargajo en un día ventoso, entonces puedes ir preparándote para un libro sobre la vida de Sam Peckinpah tal como yo la veo… Con mis mayores respetos, Gar Simmons

El 1 de julio me llegó el siguiente telegrama por la Western Union:

ACABO DE RECIBIR TU CARTA TE SUGIERO QUE TE PONGAS EN CONTACTO CON MAX EVANS LO ANTES POSIBLE

PD: ME ENCANTÓ LA CARTA TE SUGIERO QUE ESCRIBAS EL LIBRO IGUAL CON CARIÑO SP

Para Peckinpah, era un cariño duro. Pero funcionó. Agitado por la furia que él desataba, intenté encontrar al auténtico Sam Peckinpah detrás de las máscaras. Separar el calor y la luz del fuego. Lo cierto es que el libro acabó siendo mejor porque Sam no quiso que no fuera honesto. De todo lo que vi y sobre lo que escribí, no me dejé nada, excepto una cosa: la adicción de Sam a la cocaína.

Que yo supiera, antes del rodaje de Los aristócratas del crimen, Sam Peckinpah sólo era adicto a una sustancia: el alcohol. Eso no quiere decir que no tuviera toda clase de vicios. Era un hipocondríaco practicante, y su armario de medicamentos parecía sacado de una botica medieval. Sin embargo, aparte de la bebida y los cigarrillos, su principal adicción antes de Los aristócratas del crimen era. una inyección diaria de vitamina B12. Todas las mañanas tenía que bajarse los pantalones para que se la pusieran, independientemente de quién estuviese en la habitación.

Pero a partir de aquella película se dejó seducir por la mitología popular de aquella época según la cuál se calificaba una droga como «segura». La droga «de moda» de los setenta. Si alguien te ofrecía una raya de cocaína, la idea generalizada era que debías darte el capricho igual que si se tratase de una copa del mejor champán. Sam, que no era de los que dejaban pasar una experiencia, se dio el capricho y se enganchó.

Teniendo en cuenta lo que yo me había propuesto hacer, intenté enfrentarme a la relación de Sam con la cocaína de la manera más honesta posible. Pero como estaba escribiendo la biografía de un hombre cuya obra respetaba y admiraba, y quería continuar, me parecía imposible destapar su relación con la cocaína sin destruir su carrera. En medio de todo aquello, se presentó una oportunidad que parecía ser la solución perfecta.

Durante el rodaje de Los aristócratas del crimen, el protagonista de la película, James Caan, accedió a conceder una entrevista en la que me dijo: «… ¿Que qué me parece Sam Peckinpah? Si consigo dos firmas más, haré que lo encierren… Está completamente trastornado. Quiero decir que lo está de una manera maravillosa, ya me entiendes. Pero lo van a encerrar. Lo primero que harán será poner su hígado en el Centro Médico de la Universidad de California. No se pudrirá nunca… Será como un fósil de ésos. Dentro de mil años, todavía dirán: “Mira, ahí está todavía el hígado de Sam Peckinpah, dando botes, tomando coca y llevando gafas oscuras”».

«Tomando coca». Lo que Caan había querido decir no podía haber quedado más claro. Cuando transcribí la entrevista, escribí la palabra intencionadamente con una «c» minúscula, para que nadie se confundiera con el refresco. Para los que se fijaran bien, decía lo que tenía que decir sin hacer más daño a su carrera del que Peckinpah se estaba haciendo a sí mismo. Satisfecho con la solución, envié el manuscrito a mi editor de aquel entonces. Pero en algún momento del proceso, en la fase de imprenta, algún alma bienintencionada decidió corregir el descuido y ponerlo con mayúscula, «Coca» (un fallo corregido en esta nueva edición). Mi sutileza se fue al garete.

Ahora, evidentemente, Peckinpah ha muerto, y muchos han sido los que se han encargado de dar cuenta, en ocasiones con gran detalle, de sus transgresiones con las drogas y especialmente con la cocaína. En realidad, su adicción a la sustancia fue lo que acabó con él. A pesar de algunos momentos geniales en sus películas a partir de Los aristócratas del crimen, nunca volvió a hacer gala de la grandeza que había mostrado anteriormente.

[Título: SAM PECKINPAH VIDA SALVAJE; Autor: GARNER SIMMONS Editorial: TB Editores ]

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11 comentarios en “La vida de Sam Peckinpah

  1. Sobre todo intensa. Siempre me ha impresionado el sentido del humor de este hombre: alcohólico irremediable, estaba tan harto de todos los que le insistían para que dejara la bebida, que enmedio del violento tiroteo del inicio de “Grupo Salvaje” colocó una liga antialcohólica de sufragistas…las ganas que les tendría a todos ellos. Le imagino tras la cámara, partido de risa, o escribiendo la escena y pensando, “os vais a enterar”…
    Un saludo

  2. Nómadas, me alegro de que os guste el post de hoy. Es un tipo de vida atormentada y tormentosa, pero interesante. Hay también mucho de él en sus películas y sobre todo en la violencia que se destilaba en ellas.

    Fernando, casi siempre hay gente increíble detrás de los artistas, cuando los cineastas pueden considerarse artistas, que no siempre es así; también detrás de los poetas, simplemente hay que buscarlo. Un abrazo.

  3. Pingback: Cine en serie – El rey del juego (The Cincinatti Kid) « 39escalones

  4. Un grande para su época…
    Disfruté a concho sus filmes.
    Ahora se podrían calificar de insulsos con tanta violencia barata en el mercado del cine.
    Un artista de verdad.

  5. Pingback: Leves pinceladas entre el sudor y la frente | Ecos del Balón

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