Cine para soñar – El testamento del Doctor Cordelier
Jean Renoir debe tener un lugar preferente dentro de los mejores cineastas de todos los tiempos, con una trayectoria cinematográfica de casi cincuenta años, y con clásicos en su haber como Una partie de campagne, La gran ilusión, La regla del juego, Memorias de una doncella o El río.
En 1959, casi al final de su carrera, sorprendió con El testamento del Doctor Cordelier, una película rodada para televisión estupendamente fotografiada en un blanco y negro sublime, y que, no obstante, tuvo un estreno comercial en salas de cine en 1961. Basada en la novela de Robert Louis Stevenson, El extraño caso del Doctor Jeckyll y Mr. Hyde, constituye una de las versiones cinematográficas más sugerentes de esta mítica narración, lo cual es decir mucho visto el número, calidad y diferente tratamiento que esta historia ha tenido a lo largo del cine, desde la ortodoxa cinta de Victor Fleming (con un Spencer Tracy soberbio, que no utilizó maquillaje sino tan solo pequeños complementos y unas muecas feroces para interpretrar al monstruo), hasta películas más atrevidas y profundamente psicológicas como Mi nombre es sombra, de Gonzalo Suárez. La película, cuya historia se traslada de la Inglaterra victoriana a la Francia contemporánea, está rodada en un sobrio pero espléndido blanco y negro y logra captar la atmósfera de la novela, sobria, abstracta, casi de alucinación o de pesadilla que impregna en el personaje casi desde el principio.
Renoir realiza una adaptación muy libre en cuanto a la letra de la obra, su ambientación, su situación histórica y temporal, pero muy estricta en cuanto al espíritu de que Stevenson quería dotarla, de un cierto carácter idealista y adoctrinador, en cuanto a la ciencia como servidora de determinadas causas y vehículo erróneo para determinados propósitos, al mismo tiempo que formula su tesis sobre la naturaleza humana, las raíces de la maldad y de los buenos sentimientos, las causas que despiertan las ambiciones, los odios, las obsesiones de los seres humanos, que por naturaleza se consideran a sí mismos como buenos, y los medios que utiliza para satisfacer sus necesidades más pérfidas, medios que a veces incluyen la violencia, que no se detienen ante los deseos o la libertad de los semejantes; la búsqueda fisiológica de las raíces tanto de los sentimientos positivos como de sus perversiones, quedando constatación de ambas forman parte de manera indivisible de la naturaleza intrínseca del ser humano, y que si bien con la educación sus manifestaciones negativas pueden mitigarse, no obstante, ante determinados estímulos, éstas pueden estallar de manera incontrolable y sin detenerse ante nada.
Para plasmar esta idea, Renoir traslada la acción a Francia y el personaje protagonista queda convertido en el Doctor Cordelier (interpretado magníficamente por Jean Louis Barrault), eminente psiquiatra de prestigio, quien lleva durante mucho tiempo investigando la naturaleza del alma humana, hasta que concibe el descabellado propósito de materializarla, de convertirla en algo físico que pueda estudiarse con métodos científicos concretos y convencionales. Para ello idea una fórmula química que le convierte en Ópalo, un ser abominable, destructivo, primitivo y cruel, de manera que este ser repugnante despierta poco a poco cierta adicción en el psiquiatra, que llega a convertirse tantas veces en Ópalo que llega a perder el control de la situación y sus metamorfosis voluntarias terminan sucediendo con naturalidad. Su alter ego se dedica a hacer el mal (de manera absoluta y continua, a veces como mera travesura, como cuando con su bastón golpea el pie de apoyo de un peón de almacén mientras éste ayuda a descargar un piano de un camión por una rampa, con lo que el piano sale lanzado cuesta abajo), a pervertir, corromper, a explorar el lado oscuro cuyos límites el políticamente correcto, el civilizado y prestigioso Cordelier siempre ha anhelado cruzar, que siempre ha buscado con curiosidad. Pero la cobardía, la falta de aceptación social, o el temor a la pérdida de su reputación nunca le han permitido satisfacer esa perversión oculta y latente. Una vez inmerso en ese mundo (y aquí entra la tesis cristiana de la redención, del perdón, del sacrificio máximo y también del justo castigo al mal camino), Cordelier no ve otra salida que el suicidio para liberarse, para salir de ese estado de maldad que, sin embargo, le ha llevado a alcanzar la plenitud, al ser humano total, desbocado en sus instintos positivos, pero también crueles y agresivos.
Jean-Louis Barrault realiza una interpretación soberbia de ambos papeles, notable actor de carácter, de exceso gestual, todo lo opuesto a la mesura y sobriedad que exigía el personaje del Doctor, pero perfectamente ajustado al personaje de Ópalo, su otro yo, en el que se transfigura magistralmente, denotando con la transformación física el cambio interior, pasando de ser un burgués de férrea educación en valores cristianos y conservadores, en un engendro cuyo único deseo es satisfacer sus instintos, sus sentimientos reprimidos, por encima de la voluntad de los otros o de los valores imperantes en la sociedad. A este respecto es significativo que el monstruo se llame aquí Ópalo, que el ser vil y cruel escoja como nombre una materia traslúcida, que deja pasar la luz pero no de forma diáfana, sino enturbiándola, ensuciándola. Cordelier vive una vida hipócrita, cohibido por la educación y la presencia de una madre intransigente y mandona, e hipócritamente vive feliz y satisfecho de su vida burguesa, asimila modestamente su reconocimiento profesional y predica la humildad y austeridad de costumbres. Sin embargo, Ópalo, da rienda suelta al verdadero yo del Doctor, a sus deseos reprimidos, sobre todo los sexuales, al orgullo, a la condición de ser superior, miembro de una clase social burguesa privilegiada, que puede hacer lo que se le antoje con los seres inferiores, si se tercia, incluso el mal, una forma de escapar de los valores sociales convencionales que en el fondo Cordelier detesta.
La película es, por tanto, la historia de una búsqueda de un sueño de libertad que termina convertido en pesadilla, a la vez que una tesis pesimista en cuanto a que, para alcanzar la verdadera plenitud como seres humanos, si es que éste es nuestro deseo, no podemos camuflar nuestros instintos más básicos y primarios, sino sacarlos a la luz, mostrarlos ante los demás, con el riesgo que ello puede conllevar a efectos de demolición del sistema educacional y social construido a lo largo de los siglos. Es decir, que la plenitud como ser humano sólo se alcanza volviendo a nuestra naturaleza animal, instintiva.



Lo de Renoir es siempre para aprender, un verdadero maestro del cine que nos regaló incontables películas. Saludos!
Pues sí, es un gran maestro. Esta película en concreto no la conocía, así que será otro descubrimiento que le deberemos a 39 escalones.
Saludos
“El río” es mi preferida. Esta no la he visto y es obligación verla. ¡No sé de donde voy a sacar el tiempo!
Besos.
“VIVA JEAN RENOIR”
se nota demasiado que es para la television, la verdad
Suele pasar en los productos hechos para televisión. Lo cual no tiene que ver nada con la calidad final; “Psicosis”, de Alfred Hitchcock también está rodada con un equipo de televisión, con el mismo de “Alfred Hitchcock presenta”. El problema es la calidad de la televisión actual, no la de los años 50-60, en la cual en cuanto a productos dramáticos le da ochenta mil vueltas a la mediocridad que padecemos hoy.