Cine para pensar – ‘El odio’, de Mathieu Kassovitz

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“Un tipo se tira por la ventana desde un piso cincuenta. Mientra va cayendo piensa: de momento, todo va bien, de momento, todo va bien… Lo importante no es cuánto tiempo estás cayendo, sino cómo aterrizas.”

(…)

- En la escuela me enseñaron que el odio engendra odio.
- Yo no fui a la escuela. Soy de la calle, y en la calle te enseñan que si pones la otra mejilla te dan por el culo.

Son fragmentos del guión de La haine, dirigida en 1994 por el actor y director francés Mathieu Kassovitz (recordado joven romántico en Amelie o sacerdote contestatario ante la tibieza vaticana frente al nazismo en Amén, de Costa Gavras, o director de Los ríos de color púrpura, exitoso thriller francés). Esta película rodada en un espléndido blanco y negro, de ritmo trepidante y de un guión que roza la perfección fue su sorprendente debut (premio a la mejor dirección en Cannes), y a diferencia de lo que podía esperarse vista su carrera como actor deslumbró con esta demoledora crítica de la sociedad francesa de finales de siglo XX.

La película cuenta 24 horas de la vida de tres jóvenes, Vinz (fenomenal, impresionante Vincent Cassel), Saïd (Saïd Taghmaoui) y Hubert (Hubert Kounde; nótese la conservación de sus nombres auténticos para la caracterización de los personajes), que malviven en el parisino suburbio de Les Muguets trapicheando, deambulando por ahí, sin trabajo, sin estudios y sin futuro más allá del día a día. Pero hoy es distinto, porque los suburbios marginales de la Ciudad de la Luz, que aparece hermosa y refulgente en las postales para turistas y reparte imágenes de glamour (sea lo que sea que quiera decir eso) y placeres sibaritas por todo el mundo, amanecen tomados al asalto por la policía, prácticamente en estado de sitio. La razón no es otra que el agitado y violento combate nocturno que las fuerzas de seguridad han librado contra un ejército de jóvenes de esos barrios tras la paliza que Abdel Ichah, de sólo 16 años, ha recibido en una comisaría de policía y que le ha ocasionado heridas que lo tienen a las puertas de la muerte, repitiendo la vieja ecuación “brutalidad policial = revuelta cada vez más violenta”, un siniestro bucle que de vez en cuando, desde la lejana fecha de los sesenta, sacude la vida nocturna de París y otras ciudades de Francia y extiende en el tiempo un cúmulo de desgracias anónimas, con policías mutilados o impedidos, jóvenes muertos por disparos, y una solución que no llega y que nadie pretende que llegue para un problema sepultado bajo la alfombra de la hipocresía.

El retrato de las andanzas de estos tres jóvenes por la geografía que habitan es impresionante: los bloques graníticos hechos con molde, los descampados, las azoteas, los parques solitarios y sombríos, las plazas de juegos infantiles abandonadas, tomadas por los camellos y traficantes, por los vendedores ilegales, por todo aquel que tiene algo que ofrecer a cambio de unos francos o de género para revender, túneles subterráneos llenos de graffitis, paradas de metro cerradas de madrugada, vehículos policiales haciendo la ronda, y entre todo ese paisaje, grupos de jóvenes que pretenden sobrevivir como pueden en un ambiente hostil, donde el amigo puede convertirse en enemigo en apenas unos minutos, donde el lenguaje es un ladrido permanente, donde no llegan las ayudas sociales, las ofertas de empleo, la inserción social. Son Los olvidados del próximo siglo XXI, los marginados para los que las reglas de la moral burguesa, lo bueno y lo malo, lo bonito y lo feo, no significan nada, no cuentan cuando de luchar por la supervivencia diaria se trata. La frustración, el rencor, la imposibilidad de abrirse un camino, la lucha estéril por lograr algo que les está vedado es el criadero del odio. El brazo secular de esa acomodaticia sociedad que les niega lo que a otros regala será el objetivo máximo de la lucha: la policía, que a su vez, comprendiendo las causas profundas de la situación se ve en el drama de tener que responder a palos cuando la extrema violencia de los jóvenes supera el límite de paciencia que todo ser humano tiene, y es partícipe también de esa frustración al entender que no puede dar ninguna respuesta coonstructiva al problema, y que el propio poder la utiliza para el camuflaje, el ocultamiento, el borrado de la contestación social a un mundo injusto, obligada a actuar como carne de cañón que hace el trabajo sucio que nadie debe ver.

La policía y los jóvenes, ambos víctimas del mismo orden, establecen así una lucha sordomuda, latente, continua, una guerra civil en toda regla en la que las víctimas somos todos los que no pertenecemos a consejos de administración u obtenemos dividendos en la bolsa, el odio alimentado con odio, la violencia como única forma de sacudirlo, ejercida contra quien se tiene más a mano, la frustración convertida en venganza ciega, en explosión de instintos reprimidos, en protesta contra la injusticia de la vida, la falta de ayuda, y también contra la ausencia de la propia capacidad de los jóvenes para luchar por otro futuro con otros medios, el rechazo a un orden moral impuesto por quienes comen cada día y no tienen que preocuparse por el futuro de sus hijos y que no da respuesta a la insatisfacción de quienes se quedan fuera. Los tres muchachos alternan con otros de igual calaña en su barrio, se pelean, se insultan, discuten, se evaden… Pero también hay lugar para comprobar que bajo el telón de tanto odio, de tanto rencor, hay sitio para los sentimientos sinceros, la amistad y la camaradería, aunque haya que disimularla por el qué dirán.

24 horas en la vida de unos chicos de los suburbios es el plazo que Kassovitz da para encontrar una solución a tanto odio, y para ello utiliza metafóricamente la pistola que un policía ha perdido durante el combate nocturno y que ha caído en manos de Vinz, que pasa el día intentando decidir contra quién va a utilizarla como forma de vomitar toda su violencia contenida, sin darse cuenta que matar a un policía con su propia arma no sería más que otra calle sin salida, una nueva frustración aún mayor cuando comprobara que nada se ha solucionado con esa muerte, que su vida sigue siendo igual de precaria, que Les Muguets siguen siendo un suburbio marginal. La esperanza la ponen Saïd y Hubert, que aun habiendo crecido en el mismo ambiente hostil, son más contenidos, más comprensivos, tienen mayor capacidad de asombro, de imaginación, de evocación, aunque serán devorados por la misma vorágine de la que no pueden escapar, al igual que los policías bienintencionados que sucumben igualmente al clima de odio. En ese aspecto la dura escena final es el mensaje de pesimismo que Kassovitz envía: las víctimas siguen siendo las mismas, cambian las generaciones, los rostros de los jóvenes y de los agentes del orden, pero siguen y seguirán muriendo o sufriendo por ambos lados, y alimentando un odio recíproco que debería dirigirse a otros estamentos.

A la vista de los hechos, Kassovitz no se equivocó. Aún hay restos en los descampados de las marginadas afueras de París con rescoldos de las últimas revueltas de años atrás, con un ministro del interior, el actual Presidente Sarkozy, personajillo de las revistas del coeur que pasea sus asuntos privados en primera plana, vomitando su odio desde la prensa hacia la “gentuza” que “altera” el orden y la ley, como si el capitalismo salvaje que deja fuera a un 30% de jóvenes (en algunas áreas suburbiales de París el desempleo entre la juventud llega a superar el 70%) no supusiera alterar ese orden, o algo peor, el derecho de una vida plena de una parte importante de la sociedad, no ya inmigrante, sino francesa. Francia, tesoro de la cultura y sabiduría mundiales, origen último del modelo de democracia en el que vivimos (y vuelvo a dejar fuera intencionadamente la revolución americana, pese a ser anterior), es al mismo tiempo un país socialmente anclado en un orden antiguo, anquilosado en los cincuenta, sin respuesta para los franceses de segunda y tercera generación, y ni que decir tiene, tampoco para los inmigrantes. Potencia colonial de baratillo (las colonias importantes siempre eran británicas, los eriales, los yermos y los pedregales eran colonias francesas), Francia se nutrió para las dos guerras mundiales que padeció de carne de cañón de las colonias, fomentó su inmigración a Francia para reconstruir el país tras 1945, se benefició del trabajo y los negocios de toda una generación de senegaleses, argelinos, marroquíes, vietnamitas, camboyanos, cameruneses, chadianos, congoleños, guineanos, polinesios, antillanos o mascareños, pero olvida a sus hijos, nacidos franceses, hijos de quienes es esforzaron por la metrópoli buscando una vida mejor, los abadona en bolsas de marginación y los cataloga como presencias incómodas, como recién llegados que no optan al derecho de ser plenamente francés. Su protesta, su frustración, su odio por la injusticia de un orden que se aprovechó de sus padres y quiere deshacerse de sus hijos, es el odio del que nos habla Kassovitz, el mismo que Sarkozy contribuyó a encender. Kassovitz nos dice que Vinz, Saïd y Hubert son tan seres humanos y tan franceses como los policías, y también como esos personajes que no aparecen físicamente en la película, pero que son protagonistas: quienes gracias a ese odio enconado en los niveles más bajos de la sociedad viven tan a gusto sus cómodas vidas sin sobresaltos ni tensiones, quienes intentan apagar el fuego con gasolina, quienes saben que hay que mantener la pelea en otro campo para que nunca llegue a donde debe. En fin, Los “Sarkozys” de este mundo.

~ por 39escalones en Febrero 27, 2008.

20 comentarios to “Cine para pensar – ‘El odio’, de Mathieu Kassovitz”

  1. Es un peliculón de la vida de unos individuos callejeros chungos. Muy guays, me va la temática como la vida misma. Los rescoldos del capitalismo y demás. Es lo que hay.

  2. Gran post.La fuerza de tu texto es similar a la de esta película.
    Mira que llegan a ser necesararios estos filmes;tema delicado y complejo,porque es fácil caer en falsos moralismos,dulcificando el carácter de los marginados,o llevarlos al otro extremo,considerándolos como basura.Los olvidados de Buñuel marcaría un antes y un después.Cuando vemos el cuerpo de Pedro arrojado a un vertedero y la cámara mira hacia las frías estrellas del firmamento;nos está diciendo que ante la inmensidad y la brutal naturaleza todo está justificado.
    Perdona por el paréntesis,pero cuando veo películas tan buenas como El odio,mi punto de partida para la reflexión es siempre el chico de Buñuel y las estrellas.
    Un fuerte abrazo,amigo.

  3. Anónimo, efectivamente, es lo que hay, por desgracia.

    Gracias, Francisco. A mí me parece una obra magnífica, que tiene muy lejos eso de “pasar de moda”, por desgracia, y que se ajusta muy bien a lo que nosotros mismos podemos esperar de nuestra propia sociedad en un futuro que ya está aquí.
    Buñuel es un excelente punto de partida para casi todo.
    Abrazos.

  4. Como ya te había dicho ncreiblemente esta película me la perdía, me la veía cortada, mal doblada, o subtitulada. Me la perdi en cartelera, por dvd, por vhs, en telepago, etc. Hasta hace poco la pude ver completa. Y me ganó lo implacable y lo frenético que es el pulso. El final es bárbaro: se revuelcan las tripas. Aquí no hay medias tintas, como no lo hay en lo que se podría llamar vida real, aunque de real no tiene nada. Tu buen análisis hace que el cine salte la varda y vaya a preguntarles a los mismo protagonistas del día a día porque está bien que un prseidente se conotonee con una modelo de piernas fáciles. No, aquí el cine es mucho más real que cualquier otro día común y corriente.

    abrazos…

  5. Malvisto, me alegra que por fin pudieras echarle el ojo. Es vertiginosa, vibrante, y dolorosa. Muy real, demasiado.
    Abrazos

  6. qué gran película, y un comentario a su altura, lo que no es fácil, felicidades y me doy una vuelta por el nuevo blog, también es interesante la lengua de las mariposas… Saludos.

  7. Gran comentario, todo lo que se le pasa a un@ por la cabeza viendo esta película lo has puesto tú en esta entrada… y es cierto: no se andan con medias tintas. Yo vi esta película en clase de sociología en segundo de bach. (luego vino un debate sobre el asunto) y es impactante de principio a fin… ¿Qué te parece que cada cierto tiempo vaya indicando la hora? A mí me ponía nerviosa, aumentaba la sensación de que algo (algo mucho peor de lo que había ocurrido ya, quiero decir) iba a pasar de un momento a otro… de algún modo es como la frase: vas viendo pasar el tiempo y vas diciendo: “de momento, todo va bien”(dentro de lo que cabe), aunque cada vez un poco peor… hasta que llega el “aterrizaje”.
    Grandes momentos los que has puesto del guión… a mí también me gustó mucho la historia que le contó a Vinz en el servicio aquél que había estado en la guerra.
    Una gran película (tengo que volver a verla un día de estos), grande, dura y real como la vida misma (nunca mejor dicho).
    Rosa.

  8. Samuel, en efecto, es imposible, por muy bien que se pretenda comentar esta película, recoger todos los matices y sensaciones que provoca, todo lo que enseña, todo su desgarro y dramatismo. Pero lo he intentado, y al menos en parte, creo que lo refleja.
    Gracias. Saludos

    Rosa, menos mal que os ponían estas cosas en clase, veo que no está todo perdido… La hora es esa cuenta atrás de la que hablo; la cuenta atrás para una solución o bien para el estallido definitivo. Está claro quién gana.
    Un abrazo

  9. Tengo debilidad por estos filmes duros de la periferia, como “Barrio”, de León de Aranoa, aunque muy diferente a “La haine”. Yo crecí en un sitio así, de esos que no salen nunca en las postales, y no me gusta que los encierren en el estereotipo. Estas dos pelis no lo hacen.

  10. Yo también soy de un barrio de ésos Noe, a mucha honra. Es una buena escuela.
    Un abrazo.

  11. Tras leer este post siento terribles ganas de volver a ver “El odio” una película que me impactó tanto cuando la ví, que 14 años después todavía recuerdo casi fotograma a fotograma el crudo final del film.
    Sin duda alguna de las mejores obras de los años escasos y aburridos años 90.

  12. Hombre, Nacho, los 90 no estuvieron tan mal… Bueno, a lo mejor sí.
    El final es impresionante.
    Saludos.

  13. Increible la película. Te deja un cuerpo muy muy jodido pero es una de las clásicas que hay que ver

  14. Vseo, es un derechazo a la mandíbula del conformismo y de la inconsciencia. Esas cosas están pasando ahí al lado, y por lo que a nosotros nos toca, aún no hemos llegado a la eclosión total. Al tiempo.

  15. La película me ha gustado mucho por todo lo que nos muestra, pero no logro entender el papel de la vaca de Vinz, ¿alquien me lo puede aclarar? A lo mejor no va más allá de un sinsentido, pero me da la impresión de que se me escapa algo ahí y no soy capaz de verlo. Gracias.
    A mí también me ha dado un aire a Barrio

  16. En realidad, Cristina, la vaca es uno de los enigmas deliberados de la película, y entre el público hay toda una serie de teorías e interpretaciones de lo más variopinto. En principio, es una mera alucinación. Pero hay explicaciones para todos los gustos: desde el papel simbólico de las vacas como representantes de la fertilidad en las antiguas culturas mediterráneas hasta el hecho de ser el animal que produce el alimento primario, etc. No hay una explicación “oficial” por parte de los autores.

  17. es solo subtitulada

  18. ¿Y…?

  19. buenos dias soi javi de hospitalet la primera vez ke vi esta pelicula tenia unos 14 años sin duda esta pelicula marco un antes i un despues en la relacion i afectividad entre un grupo de amigos ke eneste caso somos nosotros mismo creo ke es una de las mejores peliculas ke e visto donde se refuerzam los nudos de la amistad i ni el racismo ni las diferencias puedesn sociales pueden acer meya recomiendo esta peli atodos los chabales de barrio ke la vean seguro ke se reflejan muchas cosas muchas gracias
    javier amador hernandez

  20. Hombre, Javier, la película dista bastante de ser idílica o complaciente; más bien al contrario. Precisamente es el racismo, la indiferencia y las diferencias sociales las que llevan la película al punto al que la llevan.
    Gracias a ti.

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