Mis escenas favoritas – Todos al suelo (1981)

Ya dijimos en algún momento que Pajares y Esteso saldrían por aquí, y nosotros con las cosas serias, es decir, con las coñas, no bromeamos ni un pelo del que no tenemos. De las tres películas que Mariano Ozores rodó en 1981 (¡¡¡ tres el mismo año !!!), sin duda Todos al suelo, inmejorable título para resumir aquel año, es sin duda la más lograda, muy por encima de las otras dos, Los chulos y Los liantes (qué gran capacidad la de Ozores para la selección de títulos). Facundo, Aniceto, Pedro y Bernardo intentan salir de la miseria a lo grande, con un atraco en toda regla que les proporcione los millones que van a descansar durante una escala de veinticuatro horas en una sucursal del Banco Mistral.

Uno de los mejores momentos de la película es el inicio del atraco, “poesía” pura. Una prueba más de que la calidad objetiva de una película (no nos vamos a engañar: en este caso, poca, muy poca) no tiene nada que ver con el gusto personal, y que no todo tiene por qué ser comerse la cabeza.

Mucho más que cine de aventuras: El hombre que pudo reinar

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El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente (Lord Acton, 1834-1902).

Probablemente sea ésta la película de aventuras más hermosa y trepidante de todos los tiempos, uno de los máximos exponentes de arte cinematográfico como compendio de entretenimiento, diversión y contenido didáctico, intelectual, dramático y emocional. Y sí, la forma es, mucho más perfeccionada que en su habitual rincón de la serie B, la de cine clásico de aventuras en una fecha tan tardía para él como 1975, no pudiendo ser de otra manera tratándose del autor que adapta, el inmortal escritor indio probritánico Rudyard Kipling. Pero el fondo, la historia que subyace tras las peripecias de dos aventureros y vividores que hacen del trapicheo, el timo y la cara dura su medio de vida, es tan antigua, tan grande, tan abismal y tan profundamente humana, que conecta lo que en apariencia es mera crónica de un viaje de descubrimiento y conquista de un país desconocido con una magistral introspección hacia el interior de las contradicciones, ambiciones, complejos, dignidades, frustraciones, bajas pasiones y debilidades del alma humana.

Película imposible de no haber sido rodada por John Huston, director capaz tanto de la mayor de las excelencias cinematográficas (filmografía impresionante como pocas: El halcón maltés, El tesoro de Sierra Madre, Cayo Largo, La jungla de asfalto, La reina de África, Moulin Rouge – la buena -, Moby Dick, Vidas rebeldes, La noche de la iguana, Fat city: ciudad dorada, El juez de la horca, El hombre de Mackintosh, El profeta del diablo, El honor de los Prizzi o Dublineses, por citar las más comunes), como de dejarse seducir inexplicablemente por la mayor de las mediocridades, incluso imitándose o plagiándose a sí mismo (Medalla roja al valor, La burla del diablo, Sólo Dios lo sabe, La Biblia, Casino Royale – no obstante, la buena – Annie o Bajo el volcán), sólo un cineasta poseedor del mismo espíritu inquieto, inconformista, un tanto anárquico, errabundo y desencantado, podía lograr filmar esta obra maestra de 129 minutos. No en vano estuvo dándole vueltas al proyecto durante décadas, reescribiendo y readaptando, cambiando múltiples veces de reparto según pasaba el tiempo (de Humphrey Bogart y Clark Gable a Robert Redford y Paul Newman, pasando por Burt Lancaster y Kirk Douglas), hasta que finalmente pudo llevarla a la pantalla con Sean Connery y Michael Caine (a sugerencia de Newman, que al rechazar el papel había comentado la conveniencia de que los personajes fueran interpretados por británicos).

La historia, adaptada por el propio Huston a partir de la obra de Kipling, nos sitúa en la India británica, joya de la Corona de la reina Victoria, autoproclamada emperatriz de la India, en la cúspide de la dominación británica sobre el país, 1880, para mayor gloria y admiración del escritor indio, un auténtico entusiasta de esa idea, en el fondo paternalista y racista, que dominó durante décadas la política exterior británica, imperialista y violenta, enunciada con la expresión “hacer del mundo Inglaterra”. En ese contexto geográfico y político, Peachy Carnehan (Michael Caine) y Danny Dravo (Sean Connery), antiguos casacas rojas de un regimiento de fusileros de Su Majestad, sobreviven en el país como pueden, ya sea con sesiones de falsa magia para incautos, ya con rocambolescos negocios de tráfico de armas o de mercancías exóticas. Sus constantes idas y venidas, sus viajes continuos, les llevan a tener noticia de las leyendas que señalan en lejano reino de Kafiristán, más allá del Himalaya, como lugar de fastuosas riquezas, de tesoros incalculables, un Eldorado en las planicies del Asia central. Continuar leyendo

La tienda de los horrores – La joven del agua

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Oh la la! Oh, mon dieu! Dice M. Night Shyamalan que esta historia surgió a raíz de un cuento infantil que cada noche iba improvisando para sus nenas: pobres criaturas inocentes; me pregunto si ya han ingresado en un frenopático… La joven del agua es el mayor fiasco rodado hasta la fecha por este director norteamericano de origen indio (indio de India), un señor con innegable talento visual y narrativo que aquí, no obstante, la cagó bien cagada. Improvisando para sus niñas le salió una película que parece construida a base de improvisaciones y golpes de capricho del momento. Valga un pequeño resumen de su argumento como aviso para navegantes:

Cleveland (Paul Giamatti, aprovechando su estrellato a raíz de Entre copas, del cual ya anda bajándose a pasos agigantados), es el encargado de una urbanización de modestos apartamentos (pero con piscina, que conste, que hay clases incluso entre los pobres o humildes) de Filadelfia, ciudad famosa por su queso de untar, que un buen día se encuentra con una ninfa en la piscina; más bien se trata de una narf, una criatura de una antigua leyenda china (más bien cuento chino, a pesar de lo cual la narf en cuestión no tiene ojos rasgados y es pelirroja y con pecas, como sabemos, la apariencia habitual del personal por allá). Esta narf resulta que es la Madre de todas las Narfs, que diría el difunto Sadam Hussein, la elegida que debe volver a su mundo para esto y aquello y no sé qué más. El caso, y aquí empieza lo realmente delirante, es que su regreso al mundo, que tiene que realizarse a través de la susodicha piscina, está amenazado por unos lobos recubiertos de césped (cuyo nombre no me atrevo a intentar reproducir), malos, malísimos, que campan a sus anchas por la urbanización, mientras que la esperanza de la china no-china descansa en unos monos (cuyo nombre ídem de ídem) o algo parecido tan perversos que se comieron a sus padres el día que nacieron, que van a llegar un día de éstos, y que son enemigos mortales de los lobos de césped, en los que ansían probar sus colmillos. Asimismo, los únicos que pueden ayudarla a volver al mundo del agua, son a su vez otras extraordinarias criaturas que, y poco a poco es Cleveland quien irá encajando las piezas, resultan ser en realidad algunos de los vecinos del edificio en carne mortal, atención a los nombres: el intérprete, que en principio es un apasionado de los crucigramas hasta que en realidad se dan cuenta de que no es él sino su hijo pequeño, capaz de interpretar la leyenda en las cajas de cereales, el guardián, papel que se atribuye Cleveland hasta que se da cuenta de que no es él sino un jovenzano musculitos y rapero del vecindario, y el gremio, por el cual son tomados los drogatas del bloque hasta que alguien cae en que son las cinco hijas, a cual más oronda, de unos vecinos, más una hispana y una china para completar las siete que preceptúa la leyenda.
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Inteligente western contemporáneo: El hombre del tren

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Si algo hay que envidiarle a la cinematografía francesa es su capacidad para producir películas inteligentes, para nada tópicas ni repetitivas, y de una calidad superior a la media. Todos los años hay seis, siete, ocho productos (y eso por ceñirnos sólo a los más relevantes) que en España no se rodarían salvo por accidente de la imaginación de sus autores y de la valentía de sus productores y que mantienen a Francia en el primer lugar de lo mejorcito del cine europeo por razones obvias. En 2002, Patrice Leconte añadió otro nombre a la lista de clásicos modernos del cine francés (y a la de su propia y más que estimable filmografía) con este western contemporáneo, extraño, tan cómico como dramático, tan profundo como aparentemente sencillo, titulado El hombre del tren, premiado en Venecia.

Y decimos que western, pese a su localización en la Francia actual, por razones que saltan a la vista tan solo con acercarse al argumento: última hora de la tarde, último tren que llega a una ciudad francesa de provincias. Un hombre solo (Johnny Hallyday), corpulento pero con aspecto de amargado, de resignado, de introspectivamente desencantado de la vida, se apea con una bolsa de viaje. Camina por las calles semidesiertas a esa hora de la incipiente noche, y sólo se cruza por azar con Manesquier (espléndido Jean Rochefort, premiado asimismo en Venecia), un profesor de lengua jubilado que ha salido a comprar a la farmacia. Milan (que así se llama el recién llegado) y Manesquier no se han visto nunca antes, pero, sorprendemente congenian, y Manesquier le invita a pasar la noche en su casa ante lo avanzado de la hora y la ausencia de fonda. En esa convivencia ambos se dan cuenta del por qué de su rápida conexión: cada uno de ellos ansía, en el fondo, la vida del otro. Milan se ve atormentado por una vida que no le gusta, en la que ha tenido que asistir a hechos reprobables y participar en acontecimientos vergonzosos, y hubiera deseado una existencia anónima, más convencional, mundana, rutinaria, con un horario fijo, una vida que le permitiera enamorarse y tener familia; Manesquier, por el contrario, siempre ha deseado salir de su vida monótona, aburrida, sin aliciente, en esa pequeña ciudad olvidada, ver mundo, luchar en él, acumular vivencias que lo hubieran curtido, convertido en un tipo duro, con leyenda a sus espaldas.

Pero esa convivencia, al principio un tanto incómoda, forzada y tensa, y poco a poco más fluida, natural, improvisada, espontánea, tiene fecha de caducidad. Continuar leyendo

Música para una banda sonora vital – Jerry Maguire

Esta película un tanto irregular contiene una interesante banda sonora (aunque Cuba Gooding Jr. haga sus pinitos cantando What’s going on? de Marvin Gaye junto a un grupo de mariachis). Pero la escena más recordada de la cinta es esa en la que Tom Cruise, manager deportivo que acaba de firmar un multimillonario contrato, canta a voz en grito el Free fallin’ de Tom Petty & The Heartbreakers, en un excelente retrato de la euforia, de la alegría sincera e íntima. Nos quedamos con el vídeo del rockero norteamericano. Y de regalo sin coste adicional alguno, Learning to fly.

A propósito de Once: una historia real

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Supongo que todos hemos vivido alguna vez un momento similar: un día, de improviso, sin advertencia previa, nuestro mundo personal se tambalea. Descubrimos una frontera tenue, indistinguible, antes de la cual nos sentíamos seguros en nuestro equilibrio vital, todo encajaba, no había otro problema que aquellos que trae el devenir cotidiano, cuestiones burocráticas, climatológicas o, simplemente, productos del azar, que nos contrariaban o perturbaban levemente y de los que nos quejábamos airosos olvidándonos de lo que supone tener problemas de verdad, una frontera después de la que todo ha desaparecido, y esas pequeñas contingencias que en otro momento conseguían encaramarse el número uno de nuestra lista de marrones pendientes quedan supeditadas ante un inesperado torbellino de emoción, frustración, desencanto y depresión en el que ya no hay nada más. Una ìmprevisible ruptura sentimental, un abandono insospechado, el repentino adiós a un ser querido…, momentos que nos dejan fuera de juego por un tiempo, a veces horas o días, a veces meses e incluso años, que parecen amordazar nuestra capacidad de elaborar pensamientos o de producir sentimientos que no tengan que ver con esa obsesión que nos consume desde un fatídico instante que no contábamos con que llegaría. Y sin embargo, cualquiera de esas tardes de convalecencia en las que parece que todo se derrumba, es el momento idóneo para ese subgénero de cosecha propia denominado “reconstituyentes para el ánimo”. La irlandesa Once, de John Carney, ha entrado a engrosar directamente las filas de esas películas, ligeras sin ser banales, emotivas sin ser sensibleras, tiernas sin ser cursis, amables sin ser bobas, pedazos de vida sin ser un cúmulo de denuncias o de desgracias… Una de esas películas que te puede recuperar los ánimos mejor y más rápidamente que una botella de Jack Daniels o una caja de bombones.

Curiosa mezcla de elementos de distintos géneros (pedazos de dramatización de una historia real, documental que retrata un proceso creativo, comedia romántica, musical absolutamente sui generis,…), esta pequeña joya de apenas 85 minutos rodada en 2006, triunfadora para el público del Festival de Sundance y ganadora del Oscar a la mejor canción, cuenta la historia de Glen (Glen Hansard, interpretándose a sí mismo y su propia historia) y Marketa (Marketa Inglova, ídem de ídem). Él es un joven cantante y compositor callejero que se gana la vida con las propinas y con las chapuzas que hace en el taller de aspiradoras de su padre; por el día interpreta versiones de temas conocidos en busca de unas monedas por las calles céntricas de Dublín, por las noches toca sus propios temas, inspirados en la mujer que le ha abandonado, donde puede o donde le dejan.


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