Cine en fotos – El marinero jovial

Viste uniforme de paseo –zapatos negros, pantalones blancos, jersey de listas azules y blancas, chaquetón azul marino y gorrito estilo Popeye- pero da la impresión de que hace mucho tiempo que no va a ninguna parte. Por la piel curtida, las cejas tupidas y blanquecinas, la barba rala y sin bigote salpicada de canas y por algún que otro incisivo y canino que ya le va faltando se diría que es muy veterano, aunque en sus traviesos ojos azul claro y en el gesto abierto, franco y un punto socarrón de su sonrisa conserva evidentes residuos de alegría juvenil. En efecto, lleva años varado en una oscura esquina del salón de una casa de campo de Wiltshire, Inglaterra, del estilo que suelen ser allí las casas de campo de los hombres adinerados: chimenea, amplios dormitorios, sala de billar, bodega…, donde su único quehacer diario consiste en reírle las gracias a su propietario o, en los días de mal tiempo –porque en la primavera sin lluvia y durante los veranos Andrew prefiere el epicentro del laberinto esculpido con los setos de su jardín-, hacerle muda compañía mientras, sentado en el butacón que hay junto a él, revisa concienzudamente el borrador de la última aventura de su detective, St. John Lord Merridew. La mayor parte del tiempo lo pasa solo en la oscuridad de la sala. Cuando Andrew no está, el servicio cierra las habitaciones y lo cubre todo con sábanas, incluido él mismo. Marguerite casi nunca va por allí (aunque el marino bien podría asegurar que alguna que otra vez ha aparecido por la puerta muy bien acompañada) porque dice odiar la afición de su marido por los juegos, los juguetes, los cachivaches curiosos y las antigüedades con que ha llenado la casa. Así que allí la vida, alejada de largas travesías por mares embravecidos, es de lo más tranquila pero ciertamente monótona, y la mera llegada de alguien con quien compartir unas horas le anima tanto que no puede dejar de reír. Especialmente memorable fue el fin de semana que Milo pasó en la casa; incluso hoy, el marinero jovial no puede evitar una sonora carcajada cuando se acuerda…

39 estaciones. De viaje entre el cine y la vida.
Extracto de la estación número 21: El marinero jovial.
Autor: Alfredo Moreno
Editorial: Eclipsados
Fecha de publicación (aproximada, Dios menguante): septiembre de 2011 (seguiremos informando).

La tienda de los horrores – Blood feast

Por definición, cualquier porquería cinematográfica adscrita a ese subgénero terrorífico conocido como “gore”, consistente en la acumulación de sinsentidos narrativos que desemboquen irrevocablemente en la muestra en planos cortos de vísceras, pedacitos de cerebro, miembros amputados, sesiones de canibalismo, torturas, malos tratos y demás ejercicios de corte y confección bisturí o sierra mecánica en mano, ha de ir de cabeza a engrosar esta sección. Y a mancharla. Pero incluso en la bazofia del “gore” hay clases, películas con cierto gramo de inteligencia y atisbos de crítica social, parodias que no hacen sino cachondearse conscientemente de su propia naturaleza y también involuntarios ejercicios de comedia delirante y surrealista, que por más mondongos que induzcan a la repulsión del espectador, apenas da tregua a las carcajadas con sus continuas demostraciones de incompetencia técnica, absurdos argumentales y ridículos visuales. Es el caso de Blood feast (1963), considerada por muchos como fundadora del subgénero “gore”, y realmente una desternillante imbecilidad sanguinolenta.

Y no se trata de que la salsa de tomate embadurne hasta al apuntador: es que más idiota no puede ser, aparte que repugnante, claro. Partimos de un antihéroe al menos original: un proveedor de comida rápida egipcia. Ése va a ser nuestro psicópata, el tarado mental a través del cual la película va a exponer su orgía de vísceras y hemoglobina en un continuo ejercicio de repetición para ofrecer lo único que le importa: la exposición explícita de una violencia cruel y sangrienta a través de la loca carrera criminal de un mendrugo de categoría que, como buen perturbado egipcio, intenta recrear con partes de los cuerpos de sus víctimas la imagen de su diosa, nada menos que Ishtar. Y ahí radica el primer problema, que Ishtar no es una diosa del Antiguo Egipto, sino una divinidad babilónica del amor y de la guerra, de la virilidad y la fertilidad, entre otras muchas competencias exclusivas dentro del habitual pluriempleo de las deidades ancestrales (cuando no había problemas de paro, claro). El caso es que tenemos a un asesino psicópata de origen egipcio que para reconstruir el cuerpo de una divinidad babilónica insiste en despachar de manera salvaje y cruel a una serie de señoritas de más o menos buen ver en la soledada Miami donde ejerce su labor de catering. Y no las pasaporta de cualquier manera: su modus operandi incluye la liquidación tipo Norman Bates (esto es, cuchillo en mano y en plena ducha), la muerte a latigazos y el rebanamiento de cerebro a morena retozona en pleno éxtasis amoroso con su churri en la playa. Continuar leyendo

Historias de la radio – El concierto

Comentario sobre la película francesa de 2009 dirigida por el rumano Radu Mihaileanu, en la que se mezcla la música de algunos de los más importantes compositores rusos con la comedia disparatada y la sátira política sobre el comunismo y la caída del Muro de Berlín.


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Drama, romance, aventura, exotismo: El expreso de Shanghai

La relación del director Josef von Sternberg y la diva Marlene Dietrich puede calificarse de idilio mental, artístico, de perpetuo culto de un autor a la más perfecta de sus obras, a una creación a la que en el resto de su producción no dejará de regresar. Su colaboración se extiende a siete películas, todas las cuales se transforman en vehículos de adoración visual, en tributos de celuloide a la poderosa presencia de una diosa única e inimitable que, por encima de un argumento y una trama cada vez más diluidos y subsidiarios del extraordinario carácter de la estrella, se convertían en intensos ejercicios de espectáculo, en estilizados productos de diseño exclusivos para el lucimiento y la explotación de las máximas cualidades de la celebridad alemana, haciendo que su sola aparición y la experimentación visual sobre ella primen por encima de cualquier otro aspecto técnico, artístico o narrativo. En El expreso de Shanghai (1932) este proceso paulatino se encuentra justamente en su capítulo central, en el que el imprescindible reinado de Dietrich en el metraje viene acompañado de elementos y pinceladas de argumento y puesta en escena que todavía pueden considerarse autónomos por sí mismos.

Posiblemente sea una de las películas en las que Sternberg más a gusto se encuentre trasladando sus juegos de luces y sombras a la pantalla y, especialmente, sobre la silueta y el rostro de su musa, encontrando en los compartimentos del tren el escenario soñado para volcar todo su universo de penumbras, claroscuros, tenues reflejos, resplandores controlados, fogonazos y relámpagos. En este sentido, por tanto, el argumento de la película resulta accesorio, mero pretexto para la puesta en práctica de los deseos visuales del director: un tren cargado de personajes de lo más variopinto hace la ruta entre Pekín y Shanghai; en él viaja una mujer enigmática de controvertido pasado conocida como Shanghai Lily (Marlene Dietrich) y también su antiguo amante, un oficial del ejército británico (Clive Brook); el asalto de un grupo de guerrilleros revela a uno de los pasajeros como su encubierto cabecilla y máximo responsable de la encerrona y del secuestro del pasaje. Shanghai Lily habrá de sacrificarse para salvar la vida del hombre al que acaba de descubrir que sigue amando. Esta trama esquemática, plana, vulgar, contiene, sin embargo, algunos elementos atractivos.

En primer lugar, la atmósfera con la que Sternberg logra impregnar cada fotograma: la China que recrea es un país falso, irreal, una China ideal, soñada, convertida en mágico y tópico escenario de una aventura romántica. Recreada íntegramente en estudio, la ruta del tren se inicia con unas tomas inolvidables situadas en las estrechas calles de la atestada capital china, repletas de transeúntes, vendedores ambulantes, militares, niños, animales, farolillos, carteles, tiendas, tenderetes, grupos de personas que van y vienen o esperan; la gran locomotora blanca circula lentamente, obligando a quienes ocupan la vía a retirarse y vomitando su columna de humo sobre los ventanucos y la ropa tendida de lado a lado de la callejuela. Por otro lado, Sternberg, aun tirando únicamente de imaginación y tiralíneas, recrea acertadamente desde la habitual perspectiva colonial de la época cierta realidad de la China de los años treinta previa a la invasión japonesa y heredera del convulso fin del siglo anterior, la de una China abierta en sus grandes ciudades tanto a la recepción de miles, quizá millones de campesinos y habitantes de las zonas rurales como, por otro lado, microcosmos para unos colectivos multinacionales compuestos por hombres de negocios, diplomáticos, periodistas, militares, vividores, pícaros, delincuentes y demás ralea de procedencia occidental. Continuar leyendo

Música para una banda sonora vital – Deprisa, deprisa

En 1980 Carlos Saura obtuvo el Oso de Oro en el Festival de Berlín gracias a esta crónica de delincuencia juvenil, a las vivencias de un grupo de adolescentes, El Mini, El Meca, Ángela y El Sebas, que desde una barriada marginal de la capital de España inician una loca carrera pistola en mano al asalto de todo banco que se cruza en su camino. Una deriva vertiginosa de espaldas a la cruda realidad del único final que puede aguardarles a la vuelta de la esquina: una muerte tan segura y dolorosa como su impaciencia y su frustración.

Ambiente setentero, pantalones de campana, patillas, lenguaje cheli, vehículos que hoy son ya de colección y, como siempre en Saura, una cuidada banda sonora relacionada con la historia que se está contando. En ella destacan principalmente el flamenco y los aromas gitanos, como Ay que dolor, de Los Chunguitos, uno de los himnos populares de la época.

Diálogos de celuloide – Un día en las carreras

DOCTOR HACKENBUSH: ¿Ya has olvidado aquellas noches en la Riviera cuando los dos contemplábamos el cielo? Éramos jóvenes, alegres, inocentes. La noche en que bebí champaña en tu zapato – dos litros. Hubiera cabido más, pero llevabas plantillas. ¡Oh, Hildegarde! No es que me importe, pero, ¿dónde está tu marido?.

MRS. UPJOHN: ¡Ha muerto!

DOCTOR HACKENBUSH: Seguro que sólo es una excusa.

MRS. UPJOHN: Estuve con él hasta el final.

DOCTOR HACKENBUSH: No me extraña que falleciera.

MRS. UPJOHN.:Lo estreché entre mis brazos y lo besé.

DOCTOR HACKENBUSH: Entonces fue un asesinato. ¿Te casarías conmigo? ¿Te dejó mucho dinero? Responde primero a lo segundo.

MRS. UPJOHN: ¡Me dejó toda su fortuna!

DOCTOR HACKENBUSH: ¿No comprendes lo que intento decirte? Te amo. Pensarás que soy un sentimental, pero ¿te importaría darme un mechón de tu cabello?

MRS. UPJOHN: ¿Un mechón de mi cabello?

DOCTOR HACKENBUSH: Y no te quejes. Te iba a pedir toda la peluca. Cásate conmigo y tendremos nuestra propia familia.

MRS. UPJOHN.: Oh, sería maravilloso. Y dime, cariño, ¿tendríamos una bonita casa?

DOCTOR HACKENBUSH: Pues claro. No estarás pensando en mudarte…

MRS. UPJOHN: Temo que después de llevar algún tiempo casados, encuentres una mujer hermosa y te olvides de mí.

DOCTOR HACKENBUSH: No te olvidaré. Te escribiré todas las semanas.

A day at the races. Sam Wood (1937).

Mis escenas favoritas – Dos hombres y un destino

Momentazo de Dos hombres y un destino, western crepuscular dirigido por George Roy Hill en 1969, perfecto vehículo para el lucimiento de su pareja protagonista, unos Paul Newman y Robert Redford en plenitud de facultades que se mueven como pez en el agua en esta mezcla de acción, violencia, ironía, humor y melancólica despedida a un mundo de aventuras y libertad que desaparece. Colosal.

La aventura con mayúsculas – El capitán Blood

Barcos cañoneándose, aceros refulgentes que se cruzan en la cubierta de un buque o en la arena de una playa paradisíaca, romance, un héroe al abordaje, una heroína tierna y sensible pero valiente y decidida, velas al viento, galeones desmoronándose, ciudades amuralladas que vomitan fuego sobre la bahía, marineros que trepan a lo alto de los mástiles, coraje, gallardía, oro, ron, sables y trabucos… La quintaesencia del cine de piratas resumido en apenas ciento catorce minutos de epopeya fílmica por las aguas del Caribe.

Puede decirse que fue el gran Michael Curtiz el principal responsable de que el australiano Errol Flynn haya pasado a la historia como el prototipo del héroe de acción del cine clásico: elegante, pendenciero, apuesto, bribón, irónico, mordaz, valiente, atlético, sonriente, despreocupado por el peligro, fenomenal amante y locuaz orador. Nunca a un protagonista le sentó tan bien el uniforme, la casaca, el sombrero de plumas o los leotardos con el peinado a lo galleta Príncipe. El mayor acierto para ambos, Curtiz y Flynn, vino gracias a la negativa del por entonces exitosísimo Robert Donat a introducirse en la piel de este médico irlandés que en los tiempos del rey Jacobo I de Inglaterra, en pleno siglo XVII, víctima de la injusticia de un rey despótico que le condena junto a los rebeldes por ejercer su oficio con uno de ellos, termina vendido como esclavo en la colonia de Jamaica. A partir de ahí, la relación con la hija de su comprador, la encantadora, refinada y sensible Olivia de Havilland, con la que Flynn compartiría cartel en otras películas, siempre consiguiendo que su particular química saltara al otro lado de la pantalla, que transcurre entre la insolencia, las continuas insinuaciones mutuas y las pullas a medio camino entre lo irónico y lo procaz, deriva prontamente en la evasión aprovechando un ataque español a la plaza, la toma del buque agresor y su conversión en una factoría pirata de enorme éxito, sin mirar la bandera el enemigo y, finalmente, en una pésima asociación con un filibustero francés (imponente Basil Rathbone), que finalizará cuando la rivalidad por la bella resulte incompatible con el reparto de las riquezas materiales conquistadas. Pero, en suma, el honor, la lealtad, retornan al Capitán Blood a la senda de la legalidad, la honra y la felicidad convertido en gobernador, con la chica, el botín y un palacio en un Edén de arenas blancas y aguas turquesa.

El talento de Curtiz para el cine de aventuras no tiene parangón. Con un ritmo vibrante ya desde su inicio, en esa Inglaterra retratada en penumbra bajo la amenaza terrible de un rey cruel y cobarde, en la que no hace ascos a emular escenarios más propios del cine soviético de Eisenstein (véase el principio, en el gabinete del doctor, con su perfil en sombra recortado sobre la pared débilmente iluminada por las velas) o a los cuadros nórdicos del cine de Dreyer (principalmente la secuencia del juicio, pero también algunos momentos en el interior del palacio del gobernador), Continuar leyendo