Cine para pensar – Abajo el telón

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La pareja formada por Susan Sarandon y Tim Robbins son conocidos por su continuo cuestionamiento a la política interior y exterior de su país, del que se dice que es el más poderoso del mundo y la primera y más cualificada democracia del planeta. De hecho, éste es un convencimiento muy arraigado en los Estados Unidos y la razón por la cual muchos opinan que ese país ocupa, a la manera de un pueblo elegido, el privilegiado lugar que el destino reserva a quienes han de guiar a los demás pueblos (quieran o no, eso es irrelevante) hacia la conquista de la libertad y el bienestar. El problema viene de que los norteamericanos hacen suyo el lema cristiano de “la caridad empieza por uno mismo” y se otorgan el derecho de conquistar la libertad y el bienestar para sí mismos a costa del sufrimiento y el sacrificio de los demás, lo cual llevan haciendo desde su independencia, vendida desde siempre como un golpe en la mesa a favor de la libertad, cuando se trata en realidad de una revolución burguesa liberal en busca de aumento de beneficios y libertad económica (y si no que se lo digan a los esclavos negros, que aún esperaron cien años para su libertad, y otros cien para obtener derechos).

Esa misma diferencia existe en el interior del país, en el cual, la libertad y el bienestar son materia reservada a las clases dirigentes. Muchos norteamericanos con cierto grado de independencia intelectual no cejan en su empeño de denunciar estas situaciones y, siempre que pueden, hacen notar su disconformidad con su crónico sistema de hipocresía. Susan Sarandon y Tim Robbins pertenecen a este grupo que manifiesta su constante demanda de libertad y derechos reales, fundamentados en la seguridad social, la abolición de la pena de muerte, la desmilitarización, la extensión de derechos, una economía más social, etc. En muchas ocasiones eligen en su trabajo personajes que les permitan mostrar las desigualdades y las profundas contradicciones de su país, pero en otras son ellos mismos los que diseñan desde el principio el vehículo que quieren utilizar y la situación concreta que quieren poner sobre la mesa.

Este es el caso de Abajo el telón (The craddle will rock), dirigida por Robbins en 1999 e interpretada, entre otros muchos, por Sarandon. En una época de falta de libertades impuesta por los grupos de presión neoliberales, Robbins se acerca a una etapa no muy conocida de la historia norteamericana y los mandatos del venerado presidente Roosevelt en los años 30. Se ha hablado mucho de la dureza de la Caza de Brujas de Joseph McCarthy en los cincuenta, pero poca gente sabe que en la segunda mitad de los años 30 hubo un precedente que llenó de sospechas, persecuciones y ostracismos el mundo del espectáculo. A eso dedica Robbins esta película.

En esos años las noticias sobre la guerra de España y la inminente guerra europea circulan por los ámbitos intelectuales del país, que no dudan en que, como democracia, tendrán que intervenir tarde o temprano contra el fascismo. Muy diferente es la opinión del poder económico y parte del poder político, que es filonazi, como demuestra la amplia implantación de un partido nazi norteamericano y la presencia de un importante ‘lobby’ germanófilo, formado entre otros por el abuelo del actual presidente Bush (y padre del anterior presidente Bush) y los padres del ‘santificado’ John F. Kennedy (al cual hubo que inventarle a toda marcha un expediente de héroe de la II Guerra Mundial en el frente del Pacífico para acallar bocas).

En este punto el país se encuentra saliendo de la crisis del crack del 29, con un crecimiento económico dirigido desde la Casa Blanca, con medidas como el Programa de Teatro Federal, que consiste en la subvención de montajes teatrales que han de salir de gira por el país y que busca un doble objetivo: sacar a la gente de su apatía pesimista y proporcionarle distracción, y además, dar trabajo a las innumerables colas de actores, técnicos, tramoyistas, carpinteros, bailarines, cantantes, autores, etc. que se quedaron sin trabajo con la caída de la bolsa.

Son muchos los montajes que se ponen en marcha y muchas las compañías teatrales que surgen, como por ejemplo, el Mercury Theatre de Orson Welles, que llega a representar una versión de Macbeth ambientada en el Caribe y con actores de raza negra, o también la obra The craddle will rock, en que se inspira esta película. La película de Robbins comienza en esta época, cuando el poder sospecha que hay elementos de comunismo infiltrados en el Programa de Teatro Federal y crea Comisiones que interroguen, persigan, denuncien y condenen a todo profesional susceptible de ser de izquierdas.

Hank Azaria interpreta a Mark Blitzstein, un autor judío (al que se le aparecen en sus sueños para hacerle de inspiración su joven esposa fallecida y el dramaturgo Bertold Brecht), el cual crea un musical, The craddle will rock, con temática sindicalista y de protesta frente al poder económico. Este musical, toda vez que el autor se hace pasar por homosexual para no ser sospechoso de comunismo, recibe la subvención del Programa de Teatro Federal, cuyos responsables es ese momento están siendo interrogados por la Comisión a fin de depurarla de comunistas, y además, el productor de la obra consigue que Orson Welles la dirija. En el fresco que pinta Robbins hay de todo: desgraciados sin trabajo que se hacen pasar por técnicos para obtener un empleo, actores italianos antifascistas que tienen que soportar a familiares partidarios de Mussolini, anticomunistas que no obstan a denunciar a sus compañeros, aristócratas bienintencionadas que se ponen de parte de los pobres, políticos incultos que toman al dramaturgo inglés del XVII Christopher Marlowe por un comunista muy radical, ricos industriales que no vacilan en prestar apoyo económico a los fascistas y que reciben sus pagos en obras de arte de Da Vinci, Tiziano, Botticelli, etc., gracias a la intermediación de una embajadora italiana (Sarandon)… Especialmente atractiva es la relación que muestra la película entre Nelson Rockefeller (John Cusack) y Diego Rivera (Rubén Blades), a quien contrata para pintar un fresco en el hall del Rockefeller Centre. Rivera pintará lo que le sale de dentro, es decir, un mural de lo más revolucionario e izquierdoso, con Marx y Lenin presidiendo la pared, y Cusack tendrá que despedirle y deshacer el mural a golpe de mazo. Ahí plantea Robbins el tema del artista mercenario (“¿Tengo que pintar lo que él quiera porque recibo su dinero?”, dice Rivera-Blades). Otra nota que la película apunta muy levemente es el primer contacto entre Orson Welles y William Randolph Hearst, el magnate de la prensa al servicio del poder que será objeto de Welles en Ciudadano Kane en 1941.

Finalmente, el Programa de Teatro Federal es suspendido y sus dirigentes defenestrados, y la obra no puede estrenarse. El teatro es cerrado y la obra cancelada. En uno de los finales más memorables de los últimos años, la compañía buscará un teatro alternativo donde representarla. Los sindicatos, amigos del poder, no permitirán que los actores intervengan, y ha de ser el autor quien represente todos los papeles y cante todas las canciones al piano sobre el escenario. Poco a poco, mientas él interpreta, los actores y los músicos, sentados aquí y allá entre el numeroso público que ha acudido en protesta por el cierre, empiezan a sumarse a la representación, a interpretar sus papeles y a cantar, y todo ello desemboca en un final memorable (que no voy a revelar, pero de un contenido crítico absolutamente demoledor).

La película destaca también por su extenso y cualificado reparto: Hank Azaria, Rubén Blades, Joan Cusack,  John Cusack, Cary Elwes, Philip Baker Hall, Cherry Jones, Angus MacFayden, Bill Murray, Vanessa Redgrave, Susan Sarandon, John Turturro, Emily Watson… Es mejor verla en versión original, aunque el equipo de doblaje en castellano se esforzó para traducir las canciones y cantarlas, y el resultado es estupendo. Pero sobre todo la película es una reflexión acerca de la falta de libertad que el sistema instala a fin de preservar la posicion privilegiada de las clases dirigentes, de la hipocresía de los ideales que hay tras las constituciones cuando éstas no se aplican para todos, de que el poder recorta derechos si ello es preciso para conservar el statu quo y salvar el dinero de los pudientes, y por último, que esa lejana situación temporal, el mandato de Roosevelt, un presidente con muy buena prensa a raíz de la guerra, es absolutamente extrapolable a la época actual, y nos llama a rebelarnos con la poderosa fuerza que tienen las últimas escenas de la película, aunque es totalmente escéptico ante lo incierto del éxito de esa rebelión. “El poder se tambaleará”. ¿Seguro?

5 comentarios sobre “Cine para pensar – Abajo el telón

  1. reflexión muy lúcida sobre los EEUU y una película con mucho que ofrecer, menos mal que siempre queda alguien con sangre en las venas. Un abrazo.

    1. Veo que estás haciendo un ejercicio de arqueología “escalonística”. Fíjate que hay posts, como éste, que si tuviera que escribirlos lo haría de otro modo, quizá con más mala uva, quizá de otra forma. Si sigues leyendo entradas antiguas te darás cuenta sin dificultad de los cambios y evoluciones que las entradas han tenido con el tiempo. Ahora me da cierta vergüenza releerme y hay cosas que me gustaría reescribir ahora…
      Un abrazo.

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