Cine para pensar – Horizontes de grandeza

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Muchas personas, sobre todo de sexo femenino, tienen prejuicios hacia los westerns. Los argumentos utilizados son innegables: son violentos, machistas cuando no directamente misóginos, legitiman la guerra y el exterminio racial de los nativos, y un largo etcétera.
No vamos aquí a llevar la contraria a quienes defienden este punto de vista, pero sí queremos hacer notar que quien rechaza este género, por las razones que sea, rechaza toda la tradición épica de cualquier cultura. Porque el western no es más que la épica de un país nuevo, sin historia, que busca por todos los medios crearse una identidad común fundamentada en sucesos míticos e históricos, en personajes heroicos de más que dudosa verdad histórica. Todos esos hechos como sus protagonistas son demasiado recientes, pero ha sido el cine quien los ha elevado a la categoría de mitos: David Crockett, Daniel Boone, El Álamo, el duelo a muerte en O.K. Corral (Pasión de los fuertes, Duelo de titanes), la guerra de Secesión, Little Big Horn, el ferrocarril de costa a costa, etc.

Con todo, muchos serían los westerns que poseen una calidad cinematográfica sobresaliente, y uno de ellos es The big country, titulada en castellano, y esta vez no tan mal como suele ser habitual, Horizontes de Grandeza, dirigida por el todoterreno William Wyler (Jezabel, Cumbres borrascosas, La señora Míniver, Los mejores años de nuestra vida, Vacaciones en Roma, Ben-Hur o El coleccionista), en 1958.
Y es que, en cuanto comienza la película, lo que la pantalla destila es grandeza. La maravillosa partitura de Jerome Moross, quintaesencia de la música de los westerns, acompaña el trepidante galopar de los caballos a través de una de esas interminables llanuras de tierra fértil salpicadas de ganado del oeste, en una total apoteosis de color que se va a extender durante toda la película, y eso no es más que el aperitivo.
La historia de la película es más bien clásica. Dentro de los múltiples subgéneros del western, éste se encuadra dentro de los westerns de ganaderos, y dentro de éste, en el tema de las luchas por el agua.
Gregory Peck interpreta a McKay, un naviero que, cuando se compromete con la hija de un rico ganadero, cambia los mares por las praderas del rancho de su suegro. Precisamente el choque de civilizaciones, entre el comedido ciudadano del este, educado, cortés, racionalista y moderado, y los muchachos bravucones, recios, maleducados y hechos a golpe de naturaleza encarnados en Charlton Heston, capataz del rancho, ambos enamorados de Pat, la hija del ranchero, son uno de los motores de la película (Por cierto, Charlton Heston tuvo que cambiar su nombre artístico en Grecia por el de Charlton Easton, ya que ‘heston’ en griego tiene un significado escatológico de fácil representación gráfica que, no obstante, sería muy apropiado para alguien que ha presidido durante tantos años ese engendro que es la Asociación Nacional del Rifle en Estados Unidos). McKay, a su llegada, se encuentra con un entorno fascinante, los continuos retos a que le someten los mozos del rancho para demostrar su hombría, y un conflicto enquistado con el rancho vecino, el de los Hannassey, por el acceso de su ganado respectivo a la poca agua disponible en las praderas. Para completar el cóctel, resulta que los derechos sobre el agua pertenecen a la maestra de la escuela, amiga además de Pat, e interpretada por Jean Simmons de la forma más dulce y cautivadora, contrapunto moreno a la rubia Pat, y que le planteará un duro dilema al amigo McKay.
Por tanto la película, todo un espectáculo de color, música y larguísimos planos de exteriores, y a pesar de que por su duración tiene un claro problema de ritmo, de forma que una vez salvado el explosivo y fulgurante comienzo, va ralentizando el ritmo a medida que se acerca hacia el final, nos plantea un doble motivo de reflexión.
En primer lugar, el choque campo-ciudad. Los hombres del rancho son presentados como anclados en la tradición: los domingos en la iglesia, los bailes, la más exquisita educación para con las mujeres, la vida medio salvaje en las praderas, y el impacto que en ese mundo tiene la llegada de un hombre de ciudad, culto, que ha viajado por todo el mundo, leído, que viste, habla y se comporta de manera diferente. Para quienes han crecido en el duro ambiente de un rancho, el recién llegado no es más que un lechuguino de quien reírse, motivo acrecentado por el rencor de Steeve (Heston), enamorado en silencio de Pat. McKay tendrá que demostrar lo que vale, cuánto esfuerzo físico es capaz de soportar, antes de ser aceptado.
Esa dureza del entorno conlleva al segundo punto: la guerra por el agua. Acostumbrados a solventar sus diferencias en peleas en el barro o en la taberna, ante un problema de supervivencia (no hay agua para todos, por tanto el ganado del rancho que no pueda abrevar morirá, y con él, sus dueños), la solución buscada será idéntica, no con los puños, pero sí con las armas. Incluso Pat, a la que McKay ha conocido como una perfecta damisela de aristocracia rural, al llegar a su casa se transforma en una dura mujer de rancho, e incluso apoya a su padre en su decisión de destruir a sus vecinos y reprocha a McKay su falta de respaldo y su mantenimiento al margen de la violencia. Eso, y el dulce encanto de Jean Simmons, le echarán en brazos de la maestra, precisamente puesta en la encrucijada por encontrarse los últimos pozos de agua en su propiedad.
Sin embargo, McKay no podrá permanecer eternamente fuera del juego e intervendrá. Pero no lo hará a la manera del oeste, sino a la suya propia, dialogando, intentando convencer, buscando un acuerdo para el uso conjunto del agua, haciendo callar las armas cuando está a punto de desatarse la catástrofe.
Todo un motivo de reflexión para lo que se nos avecina. La sobreexplotación de los recursos, las nuevas condiciones que está imponiendo el cambio climático, el crecimiento constante de la población en zonas puntuales del planeta que va a conllevar la multiplicación exponencial de su utilización de los recursos, nos plantea la duda de cómo encarar estas nuevas y conflictivas situaciones. Y esta vez no se trata de combatir por mayor territorio o por ventajas económicas. Esta vez la lucha será por la superviviencia, y por tanto los términos de los contendientes cambiarán. ¿Cómo afrontaremos el problema? ¿Como los rancheros y sus chicos, con la eliminación física de quienes nos disputan los recursos, a la manera de Bush en Irak o de Israel con los palestinos? ¿Utilizaremos el diálogo como McKay, intentando una planificación global, señalando dónde están las mayores y más urgentes necesidades y buscando vías de cómo podemos aumentar el aprovechamiento de los pocos recursos de que disponemos?
De qué postura tomemos resultará un mundo u otro, un mundo donde prime la ley de la selva (seca, eso sí) de Bush, su bandada de buitres ‘neocons’ y sus imitadores en Europa (léase Reino Unido, Italia, Polonia o España), o donde exista un verdadero organismo internacional que tome las decisiones que atañan a la supervivencia del planeta sin prestar tanta atención a las cuestiones partidistas, al ‘libre’ comercio (de los países ricos, por supuesto, los demás si tienen comercio, aunque no sea libre, ya van bien) o a los intereses económicos de las multinacionales.
Quienes optamos por lo segundo, tenemos trabajo que hacer, eligiendo muy bien a quien votamos, y sobre todo, qué, cómo, cuándo y por qué compramos.

Para terminar, para que quede muestra de la impactante grandeza de esta maravillosa película de William Wyler, aquí hay un tráiler con imágenes de la película y la estupenda, clásica, grandiosa (como no podía ser de otra manera), música de Jerome Moross.

12 comentarios sobre “Cine para pensar – Horizontes de grandeza

  1. Queridisimo 39 escalones,
    si el cine es bueno, es bueno. Al margen de lo que tengas entre las piernas. Vaya, que el sexo femenino, masculino o neutro se queda al margen o debería. Yo cuando me siento a ver una pelí o la veo con el corazón o con el cerebro. Bueno, con el cerebro menos.
    Lo que si es cierto es que en este genero parece que solo existieron los hombres, sólo ellos hicieron posible la historia, con sus caballos, sus peleas, sus rifles, y todo eso.

    Y claro es, como si te invitan a comer y te dicen.
    Oye, te comes este lado del plato y el postre ni lo pruebes que es para otros. Y tu te quedas pensando. ¿Para qué me habrán invitado a comer?
    Pues con la historia del western lo mismo.
    Pero, insisto, la película es buena y mucho.

    No sé si me he explicado, me parece que no. Vaya lío que te he metido.

    Alfredo, me encanto conocerte.
    Kisses

  2. A mí me gustan los western, pues es de las pocas cosas que me unen a mi abuelo, con quien apenas hablo.

    Está medio sordo y se pasa todo el día sentado en un sillón, viendo películas de este género una tras otra, con el volumen altísimo. Desde pequeña, cuando voy a verlo, me cuelo en la habitación, y me coloco junto a él.

    Así que a mí me gustan las pelis de indios o vaqueros, aunque sea sólamente por este pequeño y sentimental detalle.

    Un saludo.

  3. Es muy bonito lo que dices. Esas son las cosas por las que el cine es tan fantástico, sin importar si la película es buena o mala. Cuando une a personas delante de la pantalla, ya es un punto a su favor.
    Gracias por tu comentario. Un saludo.

  4. Acabo de entrar a por un whisky, digo a por un post y te he visto a ti el primero de todos. En dos fotos, amigo.Los 39 escalones en su bautizo en el bloggellón se ha llevado todo el protagonismo.
    ¿Dónde lo puedes ver? en el blog de CAMYNA. En el de Valentín puedes acceder a el.
    kisses

  5. Vaya corte, con lo discreto que soy yo… Encima con el vaso en la mano, como siempre…
    Ese es mi problema, que me ponga como me ponga y donde me ponga, se me ve. Para la próxima iré en traje de camuflaje (si lo encuentro).
    Gracias por el aviso. Besos.

  6. Pues estuvo muy bien, lo cierto es que ha sido mi primera vez y por tanto, fui un poco de pardillo, incluso se me olvidó llevar un libro. Mucha gente, blogs para todos los gustos, conocidos y por conocer, y sobre todo buen rollo.
    Sin duda, repetiremos.
    Un saludo

  7. hola esta cumple con todos los requisitos para una obra maestra direccion brillante actores en estado de gracia, memorable gregory peck y un chulesco charlton heston musica maravillosa acompañada por la fotografia una pelicula para llevarse a una isla desierta

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