Cine para soñar – La noche del cazador

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El sublime actor Charles Laughton recibió tantas, tales y tan devastadoras críticas por su fábula sobre la psicosis y la fe disfrazada de cuento de pesadilla para niños rodada en 1955 que jamás volvió a ponerse tras las cámaras, con lo cual nos privó posiblemente de muchas otras obras interesantes que pudiera haber concebido, como este clásico que ha ganado en reconocimiento con los años hasta ser clasificada como obra maestra imprescindible.

La película nos traslada a una zona rural norteamericana en la época de la Gran Depresión, en un ambiente de precariedad profundamente siniestro. Este cuento de hadas terrorífico para adultos narrado desde el punto de vista de unos niños comienza cuando Ben, que roba un banco para intentar mantener a su familia, confía el dinero de su último botín a sus hijos. Este dinero es la razón por la cual la esposa de Ben, Wilma, se convierte en el objeto del ‘amor’ del inolvidable predicador, el reverendo Harry Powell, uno de los «malos» más clásicos y célebres de la historia del cine, representado por Robert Mitchum. El personaje es imposible de olvidar: levita negra, camisa blanca, lazo negro en vez de corbata, y un puritano y anacrónico sombrero curvado en forma de infernales cuernos. Sus instrumentos de trabajo habituales, en sus manos tatuadas de ‘amor’ y ‘odio’, una Biblia y una navaja automática. Una letanía incesante en la que siempre narra, en tono alegórico, el ancestral conflicto entre ambas incontenibles fuerzas de la naturaleza humana, y una siniestro himno religioso, del que Mitchum sólo canta siempre el mismo fragmento, (‘Leanin’, leanin’…) que taladra las sienes como el más terrorífico canto satánico, completan uno de los más conseguidos caracteres negativos de toda la cinematografía mundial, que hubiera hecho (y admiraba mucho el personaje aunque jamás lo reconoció en público) las delicias de Alfred Hitchcock, ya que su teoría sobre el personaje del ‘malo’ se cumple aquí punto por punto.
El predicador corteja a la rica viuda (Shelley Winters) como un virtuoso hombre de fe, aunque esta postura no convence a sus hijos, que desde el principio han visto venir la personalidad psicopática de este individuo. Mucho más listos que él, esconden el dinero y huyen una vez que Powell descarga todo su odio en la indefensa madre.
La huida de los niños río abajo está plasmada en un conjunto de escenas soberbias, repletas de magia, con primerísimos planos de animales de los pantanos que subrayan la naturaleza fabulística y cuentista pero que no esconden la sombra siniestra que se cierne sobre los niños, por más que se crean a salvo.
Pero no se pierde la esperanza, porque enmedio de todo el odio, los niños encuentran una fuerza de amor semejante, la encarnada por Rachel (la antigua celebridad del cine mudo, Lillian Gish), una cariñosa dama que acoge en su granja a los huérfanos de la Depresión. La amenaza del odio de Powell se enfrentará al poder del amor de Rachel (inolvidable el intento de seducción del predicador sobre una de las niñas para que ésta la permita entrar en la granja que Rachel defiende escopeta en mano) en unas sórdidas escenas en que se narra su asalto a la granja mientras entona su lúgubre canturreo. Pero Rachel canta la letra completa, donde triunfa el amor por encima del odio que siempre canta Powell, y el odio es derrotado.
Mitchum, célebre por interpretar papeles de cínico redomado, da vida aquí a uno de los ‘malos’ más creíbles de la historia del cine, predicador, asesino en serie, frustrado sexualmente y que vuelca toda su insatisfacción física en un ansia brutal por el dinero como único medio con el que poner en práctica su malévolo mensaje evangélico, una verdadera y sangrienta cruzada.
Y, viendo el personaje de Mitchum, podemos extraer muchas características que resultan extrañamente reales y aplicables a más de uno de los ministros de cierta Iglesia que todos conocemos: el interés por el dinero, la frustración sexual (o el desahogo de la misma sobre niños indefensos), la hipocresía de muchos de sus mensajes, la doble moral, la apariencia de respetabilidad que oculta una realidad fangosa de mentiras y odios, el nulo respeto a la autonomía de la mujer, la utilización del asesinato cuando éste sirve a un fin ‘religioso’… No estamos diciendo que Laughton, o Davis Grubb, el autor de la novela en la que se basa la película, pensaran en todas estas cosas al crear el personaje o al llevarlo a la pantalla, pero da la impresión de que muchos de quienes forman parte de la administración de lo espiritual hayan tomado más como modelo de conducta a este reverendo Powell que a aquel cuyo mensaje dicen que contribuyen a hacer perdurar.
Como botón de muestra de esta genialidad, incluimos una de las escenas más famosas de la película y que pertenece a la huida de los niños por el río.

9 comentarios sobre “Cine para soñar – La noche del cazador

  1. Sabes que hay un reciente documental con descartes de la filmación? se llama «Charles Laughton directs the Night of the Hunter» y se ve que es un auténtico -y fascinante» «making of»

    Pásate por mi blog en donde hay una reseña (y de otros asuntos relacionados con laughton y «The Night of the Hunter» ;p)

  2. Anda, has puesto mi peli. En realidad la heredé de mi padre, que junto a «Ladrón de bicicletas», eran de sus preferidas. Aún recuerdo esas sombras en la noche. Qué buena es. Lo dicho, mi peli de la adolescencia. Vaya,vaya.

  3. Desde luego, tenía un gusto exquisito. Mis preferidas son las escenas en las que Mitchum termina con su mujer y las escenas del coche sumergido en el agua, son increíbles.
    Besos

  4. Pues yo no la he visto. Ya lo siento, después de esta reseña tan, tan interesante e incitante. Cuantos ingredientes clásicos en estado puro…
    He visto el video y me ha fascinado la atmósfera, la luz, los gestos de los niños.
    Gracias por contarlo.
    Abrazos.

  5. Qué envidia me das, poder ver esta maravilla por vez primera, la de sensaciones que provoca…
    Es fascinante y te animo a verla (si puede ser, mejor en versión original).
    Un abrazo, y gracias a ti por leerlo.

  6. Muchas gracias, Lucía. Se hace lo que se puede, aunque no siempre las cosas salgan igual de bien.
    Cuando se habla de algo tan estupendo, muy mal tiene que hacerse para que no quede bien.
    Y el clero, mejor ‘no meneallo’.
    Un abrazo.

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