Alfred Hitchcock presenta – Sus mujeres favoritas…

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Me gusta pensar que, al contrario de lo que opina la mayoría de la gente, el cine de Hitchcock no trata del suspense, ni de asesinatos, ni de terror, ni de emociones relacionadas con la intriga y el peligro, sino que su naturaleza es mucho más profunda, y que las emociones de las que trata tienen sobre todo que ver con el ‘bello sexo’, no sólo porque las mujeres son piezas fundamentales de todas sus obras, sino también porque las mujeres que retrata en sus películas dicen mucho, muchísimo, de él, hasta el punto de que a lo largo de su dilatada carrera encontramos nexos comunes entre los diferentes pesonajes femeninos que van apareciendo en cada película y mujeres reales que transitaron a lo largo de la vida de este genio. Incluso podemos asegurar que en determinados momentos personales y profesionales intentó mezclar ambos aspectos de esas mujeres, luchando por convertir sus ideales de la pantalla en auténticas realidades tangibles.

Hitchcock nació en el seno de una familia católica tradicional en un país protestante y durante los primeros años de la vida de Alfred vivieron en un barrio cockney de Londres, en un comercio de verduras con vivienda en la parte de atrás y el piso de arriba (como la frutería que retrata, por ejemplo, en Sabotaje, –Sabotage, de 1936-o del estilo del mercado que aparece en Frenzy, Frenesí, de 1972). Desde el principio, pero aún más tras la prematura muerte de su padre, Alfred recibió una estricta educación católica por parte de su exigente madre (cada noche antes de acostarse, Alfred debía, en posición de firmes al pie de la cama de su madre, que apenas salía de la habitación, hacerle un resumen de todo lo que había hecho en el día, sin omitir nada, y especialmente confesando aquellos pecados que pudiera haber cometido, como si de un sacerdote se tratara), lo que, unido al duro colegio jesuita donde siguió sus primeros estudios, además de un ejercicio de autoafirmación del carácter religioso de la familia, supuso la entrada del joven Alfred en un mundo católico de, por un lado, majestuosidad ceremonial y suntuosidad ornamental que siempre atrajo al cineasta mucho más que el propio hecho religioso en sí y que siempre observó como una forma inmejorable de presentar el misterio y el suspense, y por otro, en un amplio catálogo de prohibiciones, represiones, negaciones, amenazas de juicios finales y penurias eternas, que desde el principio inocularon en él los fundamentos de la doble moral, de la personalidad dual, de las verdades a medias, y de la atracción consciente pero deliberadamente ocultada por todo género de perversiones. Es un hecho contrastado la atracción que en él provocaban los homosexuales, como por ejemplo el galán de cine mudo Ivor Novello, protagonista de El enemigo de las rubias (The lodger, 1927), por quien el director sentía una profunda admiración y una enorme curiosidad, no por su promiscua conducta sexual o porque a Hitchcock le atrajeran los hombres, sino por su capacidad de aparecer al mismo tiempo ante las mujeres como un galán atractivo y seductor. También los adictos a las drogas generaban en Hitchcock una gran atracción, y, como en el caso anterior, no por el hecho de que él quisiera experimentar con el consumo de psicotrópicos (su educación jamás le permitiría llegar a tanto), sino por la ‘facilidad’ con que estos drogadictos podían aparecer en sociedad manteniendo su apariencia de respetabilidad sin ningún problema.

De igual modo, además de su educación religiosa basada en la prohibición, el castigo y la amenaza de fuegos eternos, ejerció gran influencia en su comportamiento hacia las mujeres su enorme gordura, aparecida ya en la niñez como producto de sus crisis de ansiedad (sabida es la anécdota en la que, siendo un niño, se despertó de madrugada en casa sin que sus padres hubieran vuelto de una noche de fiesta y que la ausencia, interpretada como un abandono por parte de ellos, fuera mitigada con la deglución por la vía rápida de un enorme pastel del que no dejó ni las migas). Precisamente su gordura es, según él mismo interpreta internamente, la causa de que para él sea imposible acceder a las mujeres que muchos otros chicos de su edad consiguen, y por tanto le genera cantidades enormes de frustración sexual que le proporcionarán ideas para explotar en sus películas además de no pocos conflictos con sus actrices y colaboradoras.

Finalmente, Hitchcock se casará con Alma Reville, responsable de continuidad de sus películas y colaboradora en la elaboración de guiones, pero su vida no será precisamente la de un matrimonio normal. En primer lugar, sus primeras vacaciones serán compartidas con la madre de Alfred, y además durante toda su vida las relaciones sexuales en el matrimonio se limitarán a lo imprescindible (del matrimonio nacerá sólo una hija, Pat, cuyos deseos de ser actriz fueron torpedeados incesantemente y de manera incomprensible por su padre, aparte de los papeles que le dio en Extraños en un tren Strangers on a train, 1951- o PsicosisPsycho, 1960-). Alma nunca se sentirá una esposa deseada o querida por su marido más allá del amor que se puede sentir por una madre, o mejor dicho, por la sustituta de una madre, afectuosa, buena consejera, ama de casa atenta y abnegada, paño de lágrimas y guía espiritual. Alma Reville fue una mujer desgraciada e infeliz que pagó el intransigente machismo de su marido inculcado durante años por su madre y por el catolicismo inglés, radical entre los radicales como método de supervivencia en un país protestante.

Para completar el puzzle emocional de Hitchcock, hay que hacer referencia a Joan Harrison, su colaboradora más fiel y reconocida durante sus primeros años como mago del suspense. Eficaz, eficiente, gran consejera, y de enorme capacidad de trabajo, gran conocedora del carácter y la personalidad de Hitchcock y por eso la colaboradora más apreciada de su carrera, ella será el objeto de los deseos de Hitchcock durante mucho tiempo, y se desconoce, aunque se sospecha que así fue, si Hitchcock llegó a plantearle abiertamente sus aspiraciones, aunque de haberlo hecho, está claro que ella se negó. No obstante, siguió colaborando con él muchos años más, y el deseo de Hitchcock no menguó ni siquiera cuando la Harrison contrajo matrimonio. Alfred Hitchcock se sintió muy dolido cuando ella le abandonó profesionalmente para iniciar su carrera como directora, carrera muy prometedora, y que sin duda no ha tenido mayor difusión por el hecho, precisamente, de haber querido ser directora en una época en que la dirección de películas era un coto privado casi totalmente masculino.

Desde aquel momento, ya en su etapa americana, Hitchcock volvería sus apetencias hacia sus actrices, comenzando por Ingrid Bergman. Es difícil pensar en una cámara más enamorada de una actriz que la que rueda las escenas de Ingrid Bergman en Encadenados (Notorious, 1946). Es Hitchcock quien mira, es él el enamorado. Los retratos de Ingrid Bergman en esa película quizá sean los más bellos que un director ha hecho de una actriz en toda la historia del cine; su rostro terso y suave casi puede acariciarse, y Hitchcock lo hace con su cámara y su mirada. También se desconoce si llegó a plantearle sus propósitos a Bergman, casada infelizmente con un médico irrelevante y muy dada al jolgorio nocturno y al cambio constante de amantes, pero si lo hizo volvió a fallar. Rodó con ella también Recuerda (Spellbound, 1945) y Atormentada (Under Capricorn, 1949), y cuando le abandonó para marcharse con Rossellini, Hitch se llevó uno de los disgustos más grandes de su vida. Se sintió traicionado, ninguneado, no sólo como hombre, sino también como creador; creía insultante que una actriz pudiera dar de lado al cineasta más grande de la época, como él mismo se calificaba (su virtud principal no era la modestia, precisamente).

Sus obsesiones continuaban, no obstante presentes, y pese a enfocarlas hacia nuevas actrices y colaboradoras, no volvería a encontrar un objeto merecedor de su obsesión constante hasta que se cruzó con Grace Kelly, la chica resultona de Sólo ante el peligro (High noon, de Fred Zinnemann, 1952), que Hitchcock y sólo él convirtió en lo que luego fue. Porque con ella sus obsesiones llegan a extremos impensables: le hace un contrato blindado, de exclusividad, pero además contrata a Edith Head, la principal directora de vestuario de la época, no sólo para que le diseñe los trajes y vestidos de sus películas, sino también para los de su vida privada. Hitch la hará aparecer en fiestas, en acontecimientos de la alta sociedad y de los grandes emporios hollywoodienses (se cree que Hitchcock se refería a ella cuando dijo aquello de que una mujer debe ser una perfecta dama en sociedad y una prostituta en el dormitorio), y además la retratará en la pantalla como una verdadera diosa. Dolido, sin embargo por su ‘alegre’ modo de relacionarse con los hombres en la misma línea que Ingrid Bergman años atrás -“con todos menos conmigo”, parecía pensar Hitch – guardaba para ella un profundo rencor que estalló una vez más al verse abandonado cuando Grace Kelly anunció que dejaba el cine para casarse con el Príncipe de Mónaco, aunque en un primer momento ella había comunicado a Hitchcock su voluntad de hacer más películas con él y además estuvo a punto de volver al cine únicamente para trabajar con él en diferentes momentos. Pero eso no sirvió para perdonarla, aunque es cierto que mantuvieron una relación personal cordial hasta el final de sus días.

Después de escarceos del mismo tipo siempre frustrados con actrices como Vera Miles (por la que perdió el interés cuando quedó embarazada y no pudo protagonizar Vertigo, de 1958, aunque luego le diera un papel en Psicosis), Kim Novak o Janet Leigh, su mayor damnificada fue Tippi Hedren. Él y Alma la descubrieron en una campaña publicitaria, y Hitchcock le hizo un contrato de exclusividad draconiana, y decidido a no ser abandonado de nuevo, empezó a controlar sus amistades, sus horarios, sus comidas, su vestuario y su conducta íntegra, hasta el punto de montarle escenas de marido celoso, de llamarla a horas intempestivas para comprobar si dormía o había salido de juerga, o de contratar personal que le mantuviera informado de los pasos que daba y sobre todo, con quién los daba, cada minuto del día. Al mismo tiempo, la hacía objeto de sus burlas y de su particular y macabro sentido del humor (como cuando le regaló a su hija, Melanie Griffith, durante el rodaje de Los Pájaros The birds, 1963, una muñeca, réplica exacta de su madre y vestida como en el rodaje, dentro de un pequeño ataúd de madera). Tippi Hedren sólo rodó dos de las siete películas que había firmado, no pudo más. No era una gran actriz, pero la tortura psicológica a la que Hitchcock la sometió impidió que tuviera una carrera cinematográfica que su físico y quizá su correcto trabajo seguramente le hubieran proporcionado.

Después de Tippi Hedren, Hithcock se reformó, no porque realmente hubiera cambiado, sino porque ya no encontró jamás un objeto de sus obsesiones como Bergman, Kelly o Hedren, lo cual puede considerarse normal si pensamos en que en sus últimas películas la única actriz de renombre que utilizó fue la insulsa Julie Andrews en Cortina rasgada (Torn curtain, 1966).
Por tanto, vemos que en la obra de Hitchcock se repite esta obsesión hacia la heroína de sus películas, y casi puede decirse que su atracción por ellas es a menudo el único motor de la acción, como en Encadenados, por ejemplo, donde Cary Grant se siente atraído por Ingrid pero debe entregarla en brazos de un espía por su concepto de cumplimiento del deber, y completar así la misión que tiene encomendada por sus jefes, es decir, la historia de un amor frustrado como el del propio Hitchcock, o en Marnie (1964), donde la frigidez de la protagonista es precisamente la forma que tiene Hitchcock de plasmar su deseo sexual, que eclosiona en la escena en la que Sean Connery la fuerza.

Esta es la fase en que la frontera entre las mujeres de la vida privada de Hitchcock, madre, esposa y actrices y colaboradoras, y las mujeres que plasma en la pantalla, Bergman, Kelly o Hedren, se diluye, y busca en un terreno lo que él mismo crea en el otro. Pero la interacción entre realidad y ficción en lo que a las mujeres se refiere es una constante en el cine del maestro británico. Creo que pueden distinguirse tres amplios grupos de mujeres en la cinematografía de Hitchcock:

– Los objetos de deseo, las mujeres que nunca pudo tener en vida, pero que por ese mismo anhelo logró plasmar en la pantalla mejor que nadie, siguiendo esa vieja norma suya de que la mujer en público debe aparentar ser una dama y en privado debe comportarse como una prostituta: los personajes de Ingrid Bergman, Grace Kelly, Kim Novak, Janet Leigh o Tippi Hedren.

– La amante esposa abnegada, la mujer sacrificada, por ejemplo, los papeles de Joan Fontaine en Sospecha (Suspicion, 1941), y sobre todo, en Rebeca (Rebecca, 1940), curiosa mezcla de ambos tipos de mujer, el objeto de deseo representado por la Rebecca muerta y la amante esposa abnegada que representa Fontaine, sobre todo al principio de la película cuando ejerce de dama de compañía de una vieja aristócrata yanqui, perfectamente descrita gracias a que el mismo Hitchcock y su esposa ejercieron de tales con su propia madre durante los años en que iban de vacaciones a la Costa Azul y a la Riviera, pero también la madre apacible y tranquila de La sombra de una duda (The shadow of a doubt, 1943), la cuñada vidente y la criada de La soga (Rope, 1948), la gran Thelma Ritter en La ventana indiscreta (Rear window, 1954), la cantarina Doris Day en El hombre que sabía demasiado (The man who knew too much, 1956), o las mujeres de sus últimas películas. Sin embargo, el paradigma de este grupo no es otro que la esposa del asesino Otto Keller de Yo confieso (I confess, 1952), que además de reunir todas las notas recogidas en este punto, se llama, como no podría ser de otra manera, Alma. Es la esposa de un criminal con remordimientos de conciencia, o si nos fijamos en el propio Hitchcock, la esposa de alguien que se atormenta por su injusto y cruel comportamiento, sobre todo para con su esposa. En este sentido, varias frases de guión que Hitchcock hace pronunciar a los personajes en sus conversaciones son especialmente reveladoras.

– La madre opresora y controladora, obsesiva y mandona, una personalidad negativa femenina retratada con absoluta maestría por Hitchcock, marca indiscutible en su cine y seña inequívoca de la huella dejada en él por su propia madre. Los ejemplos en su obra son múltiples y claramente expresivos: la madre de Norman Bates, por supuesto, pero también la de Claude Rains en Encadenados, que le induce a envenenar a su propia esposa, Jessica Tandy en Los Pájaros, que controla cada segundo de la vida de Rod Taylor, la esposa de Farley Granger en Extraños en un tren, malvada, perversa, cínica, incluso la madre de Cary Grant en Con la muerte en los talones (North by northwest, 1959), que, aunque reflejada aquí de modo más cómico, no por eso deja de ejercer de madre controladora de un madurito ya Grant. Pero también es la propia madre de Tippi Hedren en Marnie, la mujer, pacífica ama de casa, que ayuda a Paul Newman a ahogar a Gromek en el horno de la cocina en Cortina rasgada, la quejica señora de cabello escultural en Náufragos (Lifeboat, 1944), la temible señora Danvers de Rebeca, la secretaria de la agencia matrimonial de Frenesí, con ese moño y esas gafas, incluso, en esta misma película, la esposa del inspector de Scotland Yard, que imbuida de la fiebre de la nueva gastronomía experimental obliga a su marido a probar los exóticos platos perpetrados por ella, que él intenta por todos los medios esconder en un jarrón o lanzar por la ventana sin que ella le vea…
Es este enfoque el más presente en su filmografía. Su madre fue, sin duda, la persona que más le influyó. Sus enseñanzas le traumatizaron tanto que las obsesiones y perversiones provocadas por ella continuaron estando presentes y vivas para él muchas décadas después de su muerte.

Pero, ¿y HItchcock? ¿No utilizaba la pantalla para retratarse? Algunos creemos que sí, y profusamente. ¿Cuál sería dentro de su filmografía el personaje masculino que podría decir más de él? Quizá Norman Bates.
Pero esa es otra historia y será contada en otro momento.

22 comentarios sobre “Alfred Hitchcock presenta – Sus mujeres favoritas…

  1. Magnífico repaso al totuoso “escenario” personal de Hitchcock. No cabe duda de que era mucho mas recomendable ante la cámara que tras ella, ya había leído algo de eso.
    Reconozco que tienta pensar que hay algo de leyenda en todo esto pero si uno observa sus películas, en detalle o en conjunto, no resulta dificil pensar que hay de cierto.

  2. Ciertamente, el carácter algo tortuoso de este hombre viene marcado en la estupenda biografía de Donald Spoto. Los principales recelos que levantan estas historietas vienen porque las mujeres involucradas jamás lo han confirmado, a excepción de Tippi Hedren, a quien quizá le convenía mantener esa imagen tras sus fracasos profesionales. Pero hay detalles, como los contratos opresivos a Grace Kelly y a la propia Hedren, y su obsesión por ellas, que están confirmados por terceros nada sospechosos.
    Un saludo

  3. Estupendo post. Con Hitchcock es muy importante no quedarse en el mero suspense a la hora de leer sus películas. Este aspecto que nos muestras hoy y otros que seguro vienen después son fundamentales para entender su cine.
    saludos

  4. Gracias, Valentín. Los genios son genios porque si rascas un poquito en la superficie, en la apariencia, ves que hablan de cosas mucho más profundas o incluso trascendentales, cuando no traumáticas. Tienes razón, algunas cosas más en este sentido veremos.
    Un abrazo.

  5. Harás bien, porque entrando en esa clave familiar y personal los diálogos, situaciones y miradas (qué gran director de miradas de los actores), adquieren sentidos y significados sorprendentes.
    Un abrazo

  6. Qué curro te has pegado, amigo. Excelente post.
    Oye, ¿no había psiquiatras en Hollywood para atender a este hombre?
    VAYA SUCESIÓN DE TRAUMAS TENÍA. No sé si hubiera hecho esas peliculas sin ellos pero lo cierto es que debía de ser tremendo.

    kisses

  7. En realidad él nunca hubiera acudido a un psiquiatra, si acaso a Johnnie Walker o a Jack Daniels, aunque era más de coñac.
    Lo que este hombre tenía encima era una represión total y absoluta con respecto al placer y a la felicidad, inculcada por su madre y por los mensajes apocalípticos de los jesuitas, y jamás se repuso.
    Creo que su soberbia y su vanidad como director eran fachadas que ocultaban una profunda infelicidad, y por tanto, también la de Alma Reville.
    Besos.

  8. No me extraña que te hayas bautizado “39 escalones” : no sólo sabes mucho sobre Hitchcock, sino que también lo sabes comunicar.
    Muchos de los genios del cine o de la literatura provienen de vidas personales desastrosas y traumáticas. ¿Es acaso condición sine quanon tener una vida personal atormentada para ser genial? o ¿Todos vivimos inmersos en situaciones más o menos traumáticas, pero sólo profundizamos y analizamos las de nuestros héroes?

  9. Noemí, lo has resumido estupendamente, en síntesis, un genio inseguro, no de su genio, sino de él mismo. Combinación fructífera.

    Magda, “39escalones” era un nombre más comercial que “Psicosis”.
    Tienes razón, quizá el secreto está en que el microscopio no lo dirigimos hacia nosotros mismos. Te confieso que cuando empecé a descubrir rarezas personales en la vida de Hitch, me identifiqué con algunas de ellas que no sabía que tenía. No asustarse, de Norman Bates no tengo nada…

    Abrazos sendos

  10. “39 escalones” me ha encantado tu relato sobre la relación entre Hitchcock y sus mujeres. Últimamente estoy aprendiendo un montón sobre él ya que estoy haciendo mi proyecto de fin de carrera y el tema es “la figura de la mujer en la filmografía de Alfred Hitchcock” por lo q entenderás mi interés. Me gustaría mucho si pudieras facilitarme más información sobre este tema.
    Muchas gracias!

  11. María, pues el texto es de mi cosecha y proviene únicamente de la observación de su cine y de la conjunción de sus retratos femeninos con sus propios apuntes biográficos. Quiero decir que no es nada que un observador y un conocedor meramente superficial de la vida del genio no pueda concluir por sí mismao.
    De todos modos, encantado de poder ayudarte si necesitas algo.
    Gracias a ti

  12. ¡Hola! Me llamo José Manuel y estoy haciendo para clase un trabajo sobre Hitchcock y el tratamiento de la mujer en sus películas. Me gustaría saber si te puedes poner en contacto conmigo para aconsejarme bibliografía, web sites… Mi correo electrónico es torrecampo2001@hotmail.com ¡Muchas gracias!

  13. Dado que mi blog “Mi nombre es Alma” se llama así debido a Alma Reville, quería hace tiempo inventarme una historia sobre ella y el mago del suspense, totalmente inventada por supuesto e irreal aunque creo que divertida. Como leí varias entradas sobre el tema, entre ellas esta, aquí te lo traigo:

    mi nombre es Alma Reville

  14. ¡Gracias! Me he ahorrado un libro, he disfrutado, he descubierto mucho y he quedado a la espera de esa historia que dejas abierta al final del post. Sin duda, para entender el cine de Hitchcock hay que conocerle antes a él… Y en este post he encontrado respuesta a algunas de las preguntas que nos obliga a hacernos. Al final, supongo, que nos desconcierta para llevarnos directos a esta información, para que descubramos que hay detrás. ¡¡Gracias mil!!
    Besos

  15. Bueno, yo no diría tanto como que te has ahorrado un libro… Los libros nunca se ahorran, sobre todo si son buenos; si acaso, uno se los pierde.
    La introducción subliminal de todas estas cosas yo no creo ni que sea consciente, sino más bien inevitable; pero, sin darse cuenta, dota a su cine de una dimensión brutal, inquietante, oscura, casi inaccesible. Y por tanto sus películas terminan tratando de mucho más de lo que él mismo podría creer.
    Besos.

  16. Lo has dibujado a la perfección, el artículo es estupendo . Yo que he sido una fanática de Alfret , no me ha extrañado nada que fuera esa clase de “tipo”
    Soberbio, engreído , chulesco y por supuesto , las mujeres para el eran , sus sumisas(eso creia) Cabe decir que se llevo unas cuantos tortazos por algunas actrices .
    Por otra parte tengo que reconocer , que Alfret era talento , ese talento le producía un cinismo, que se nota en pantalla .

    1. Gracias, Candelaria. En cualquier caso, se trata de una figura fascinante e imprescindible. Reconociendo que en muchas de las cosas que se dicen sobre Hitchcock y las mujeres hay mucha mitología, no cabe duda de que estas relaciones condicionaron positivamente el resultado de sus películas, e hicieron de su cine el maravilloso artefacto que es.

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