Una gran obra reciente: Dioses y monstruos

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Esta gran película rodada en 1998 por Bill Condon, con un título magnífico difícil de igualar, recrea de forma libre, inspirándose en una de las múltiples leyendas que circulan acerca del Hollywood clásico, los últimos días del olvidado director de cine James Whale, cineasta autor de grandes clásicos del género de terror como Frankenstein, La novia de Frankenstein o El hombre invisible, aunque también de películas “más serias” como el clásico Magnolia (no confundir con la película de los noventa dirigida por Paul Thomas Anderson). Según la película, Whale, acosado por una enfermedad cerebral degenerativa, habría sufrido un deterioro progresivo de sus facultades mentales hasta el punto de creerse rodeado de las criaturas de ficción que creó en el pasado, en una especie de delirio relativamente común entre actores y cineastas, por el cual se sentían poseídos, acosados, mediatizados o acompañados, por sus propios personajes: no hay más que recordar los casos de Bela Lugosi (que en sus últimos años sólo vivía de noche, vestía con su traje de vampiro, dormía en un ataúd e incluso se hizo amortajar con su famosa capa), Johnny Weissmüller (vestido con el taparrabos de Tarzán hasta sus últimos días) o incluso el fenómeno erótico de los setenta Sylvia Kristel, cuyas recientes memorias indican que su personaje de Emmanuelle fue algo más que eso, un fenómeno conocido y lo suficientemente común para que Billy Wilder echara mano de él a la hora de retratar la extravagante personalidad de Norma Desmond en Sunset Boulevard (El crepúsculo de los dioses).
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