La tienda de los horrores – Tuno negro

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Para dirigir esta pelicula hicieron falta dos personas. No es coña. Sus nombres: Pedro L. Barbero y Vicente J. Martín. ¿Por qué? No hay respuesta. La cuestión es que, pese a todos los múltiples y diversos defectos que contiene este pseudo-film, por fin sitúa una trama de terror en su más adecuado marco. Porque si hablamos de miedo sin límite, de horror siniestro, de infernal pavor, no hay otro igual que la tuna, colectividad amante de la juerga por excelencia y martillo de las barras libres.

La cuestión es que la película no hay por dónde cogerla. La idea principal, una película de suspense, incluso de terror, en el marco de la vida estudiantil de la universitaria Salamanca podría ser muy sugerente si la película no se limitara a ser una mera copia de todos los tópicos, en especial de los más zafios, lamentables, cutres y vomitivos a los que nos ha acostumbrado la cinematografía norteamericana de consumo rápido y olvido vertiginoso. La historia puede resumirse así: un psicópata asesino se infiltra en la tuna universitaria de Salamanca, suponemos que como mejor lugar donde pasar desapercibido y a la vez como ecosistema idóneo para sentirse invadido por impulsos asesinos irrefrenables, y elige a sus víctimas a través de internet. Con la noche y la juerga desmadrada como cómplice (cuando todo el mundo sabe que donde mejor se pueden encontrar víctimas en la Universidad es en las timbas de cartas de la cafetería de cada Facultad), el “Tuno Negro”, nombre artístico de la “vedette” tuneada de cuchillo afilado y certero, comete sus crímenes con una pauta simple: morirán aquellos que sean los peores estudiantes de cada clase. El último no pasará de curso, ni tendrá la opción de repetir. Eso sí que es un criterio tajante y drástico para solucionar los problemas del fracaso escolar, la conocida doctrina Bush: si hay incendios forestales, talemos los árboles; si hay fracaso escolar, carguémonos a los suspensos. Desde aquí apoyamos la extensión de la medida a algunos padres, incluso a algunos profesores, subsecretarios y ministros.

No falta ni uno sólo de los tópicos: un asesino competente y letal, excepto cuando persigue a los protas o cuando tiene que matar a un personaje importante, momento en el que se vuelve repentinamente torpe, la tía buena de la película que pone el puntito calentorro (Carla Hidalgo, a la que se cepillan a las primeras de cambio; se la cepillan en sentido apareatorio, no en plan psicópata), el tipo feo empollón al que todos dan de lado pero que es el único que tiene dos dedos de frente, la deliberada ambigüedad con la que se presenta a cada personaje para inducir al espectador a pensar que cualquiera de ellos puede ser un psicópata, Jorge Sanz (todo un tópico en sí mismo), el final pretendidamente apoteósico, y el peor tópico de todos, el llamado síndrome “Friends”, en terminología clásica acuñada por mí mismo en el tiempo que he tardado en escribirlo: actores de casi cuarenta años interpretando personajes más cerca de los veinte que de los treinta y que se comportan como individuos de unos quince. Todo ello complementado con una estética más bien cutre aunque a ratos sugerente y, como virtud más sobresaliente de este producto, un fino humor irónico a ratos bastante logrado. Mención especial para un reparto que en su totalidad sería el último que podría ingresar en una compañía shakespeareana: Silke (¿qué ha sido de ella? ¿cómo llegó a ser actriz?), Fele Martínez, Jorge Sanz, Maribel Verdú (la mejor de todos, como suele ocurrir últimamente), Eusebio Poncela (este hombre lo hace todo bien, aun en cochambrosos proyectos como éste), Sergio Pazos (aggggg)… El gran problema es que se trata una intriga llevada a golpe de giros absurdos buscando sorprender e inquietar al espectador con cada fotograma, logrando que hasta el tipo que hace las fotocopias e incluso el conserje resulten sospechosos, en fin, en un permanente intento por despistar y desconcertar al público que termina despistando a los directores, llegando a terminar la película sin saber lo que filmaban. En especial, la resolución de la trama, la identidad del psicópata es la carcajada más grande que he emitido en las últimas cinco décadas (lo cual tiene mérito porque no soy tan mayor).

Tras el visionado de esta película, por muy mal que pueda asimilarse la institución de la tuna y estén muy extendidos los viejos ideales de hacer una excepción en la Convención de Ginebra con ellos y, como dice el guión de Pulp fiction, practicar el medievo con su culo, no puedo evitar sentir lástima por estos jovencitos (y no tanto, no será el primer tuno que cumple los cincuenta con cintas y leotardos) y apiadarme de ellos. Al menos, hasta la siguiente boda.

Dice el cartel: “la ignorancia mata”. Suponemos que a estas alturas los guionistas habrán sido ya carbonizados por algún rayo. Si es verdad eso que dicen algunos y hay Dios, es buen momento de que se materialice en forma de desintegración divina y fulminante.

Acusados: todos.
Cómplices: la tuna.
Atenuantes: ninguno.
Agravantes: el repertorio completo, en especial, “Clavelitos”, y también los tipos de la pandereta.
Sentencia: en el diccionario, en la definición de “culpables”, debería haber una foto panorámica del equipo de la película.
Condena: Silke, Jorge Sanz y Fele Martínez deberán aprenderse e interpretar todo el repertorio de la tuna ante una tribu de Papúa Nueva Guinea que no le haya hincado el diente a un ser humano en los últimos ochenta años. Los demás acusados, condimento ideal o postre.

19 comentarios sobre “La tienda de los horrores – Tuno negro

  1. Hubiera dado algo por oír esa carcajada tuya. A mi me salió con tono de resignación: “en fin…”.
    ¿Podemos añadir a la condena esto: hacer encaje de bolillos con las cuerdas de las bandurrias?
    Besos.

  2. Para carcajadas las que he contenido mientras leía tu entrada, delirante. Al final hasta de lo peor puede surgir algo bueno.
    Por fortuna no he visto esta cosa; debo decir que el hecho de que la palabra tuno apareciera en el título ya era un argumento más que suficiente para no verla. No soporto a la tuna y menos a los tunos y eso que de pequeña era una fiel espectadora de aquel concurso televisivo mítico de las mañanas de domingo; ahora que lo pienso, “OT” no inventó nada.

  3. Yo también detesto a los Tunos, no me atrevía a decirlo. Pero no los aguanto. Lo siento por mis primos, que eran tunos y todo eso. A mí me sonrojaban verlos cantar como tontarras. Y oye, lo de hacer encaje de bolillos con las cuerdas de las bandurrias da para una película, menudo guión. Ya me los imagino, jejejejeje. Suscribo la condena.

    ABAJO EL CAPITAL, ABAJO LOS TUNOS!!!!
    Bien podría ser el grito de guerra de “La bola de cristal!

  4. Lucía, no es mala sugerencia lo del encaje de bolillos, aunque las cuerdas tienen usos mucho más crueles y salvajes (¿has visto una peli japonesa que se llama “Audición”? La carcajada fue tal que tuvieron que recomponerme la mandíbula con plastilina; tengo un injerto desde la frente al glúteo izquierdo…
    Besos

    Minerva, cuando me entra la desesperación me da también la risa floja, y como esté inspirado… Por cierto, si eras espectadora de aquel programa verías los inicios de Mecano destrozando “Al alba” de Aute, ¿no? La tuna debería tener un capítulo aparte en el Tribunal de La Haya.

    Entrenómadas, diría que me alegro de que la vieras, pero no soy tan cruel… Precisamente que la gente se ría en una película que se supone que es para acojonar es lo peor que puede pasar. Yo además del encaje de bolillos les impondría alguna pena con los leotardos, no sé, llenárselos de levadura mientras los llevan puestos, o algo así… Si la película fuera del asesinato masivo de tunos sería la primera vez que el público estaría a favor del asesino.
    Con ese eslógan quizá no se hubieran cepillado el programa.
    Electrobesos

  5. Iván, has tenido suerte. De todos modos, es toda una experiencia cuasi-antropológica sentarse a ver esto y esperar la reacción. A veces, depende de cómo se enfoque, es bueno ponerse a ver bodrios.
    Saludos.

    Lucía, “Audición” es una película recomendable de ver, inquietante, misteriosa, con una atmósfera muy bien llevada que tiene una eclosión absolutamente desmedida, incontrolada y sangrienta (y ahí es donde entran las cuerdas, de bandurria o de lo que sea). Hablaremos de ella, pero con tacto, porque es un poco asquerosilla.
    Besos.

  6. Si si, si he visto cientos de bodrios,pero estos da la casualidad que no, pues sabe que le digo? que me voy a proponer verlas las dos en una sesión doble, jaja, en plan castigo como Alex en la Naranja Mecánica.
    saludos

  7. “Egque” ni se me pasa por la cabeza ver una peli de tunos. por diosssss…..los odio a muerte.
    Yo castigaba a esos a pasar toda la enternidad en una habitación escuchando los grandes exitos de la tuna de veterinaria.

  8. Ten cuidado, que te acusarían de trato inhumano y degradante…
    ¿Por qué precisamente de veterinaria? ¿Es aún peor que las demás? ¿Algún encono personal? ¿Dejaron seca la barra libre de tu boda, quizá?

  9. Es que en mis tiempos universitarios la tuna de veterinaria cundía más que el pánico…y un compañero mío de “EMPRESARIALES” era una de sus principales “figuras”. Siempre me pareció un fiaso eso de que encima hubiese gente de otras carreras.Tremendico.

  10. Los que desde hace años sufrimos a los tunos salmantinos por las calles, en los bares, metiéndonse dónde no les llaman, hasta le encontramos cierto punto gracioso a la película. Lo que me parece horrible es que se queme de manera tan cutre por cierto la catedral de Salamanca. Ni siquiera supieron aprovechar un lugar tan mágico y enigmático como son las calles de Salamanca, de las que puedo seguir disfrutando desde hace años, y en las que me encantaria poder rodar algún día.

    Que pena de película la verdad por dios…y eso que la escena de cama, no está nada mal pensando en la trama de la peli, pero ni con esas se salva de la quema…nunca mejor dicho.

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