In the mood for love: Deseando amar

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Esta entrada, a la que ya se adelantaron las amigas de Entrenómadas el pasado domingo (chicas, la telepatía entre nosotros es un hecho) con un par de posts breves pero que derrochan la sensibilidad que esta película desgrana, tiene una dedicatoria doble: para Don Sesto – Malvisto, nuestro hermano de Bogotá, instigador principal del texto de hoy, y para el gran Javier Torres, quien, con generosidad sobrehumana, ha contribuido con mucha y buena leña al fuego de la cinefilia que consume esta humilde escalera.

Las sensaciones que provoca el visionado de Dut yeung nin wa, dirigida por Wong Kar-Wai en 2000, son intensas e indescriptibles, probablemente lo más aproximado a lo que puede suponer un enamoramiento real, súbito, incontrolable, lo más cercano a una entrega total e incondicional. Porque, contra lo que suele ser habitual en el género romántico, Kar-Wai logra que el amor se palpe a través de la pantalla. La propia película, una de las más hermosas y poéticas manifestaciones del amor en la Historia del cine, consigue que el espectador se enamore de ella a través de un flechazo consistente en un torbellino de bellísimas imágenes, un uso sugerente de la música, y sobre todo, mediante un recital interpretativo de dos colosos del cine asiático, Maggie Cheung y Tony Leung Chiu Wai.


La película, convertida en un clásico del cine de manera casi instantánea y disparada a la categoría de mito del séptimo arte, de epopeya romántica, de épica de sentimientos, tiene además una historia, un hilo conductor de solera, que bebe directamente en las profundidades del cine romántico por excelencia, tomando como antecedentes a las más grandes obras del género, nada menos que Breve encuentro, la obra maestra de David Lean (1946), y El apartamento, la no menor película de Billy Wilder (1960), respectivamente, un amargo retrato del amor imposible, y una ácida pero muy inteligente aproximación a eso que luego se ha dado en llamar bastante repulsivamente “comedia romántica”, repleta de humor, amargura, hipocresía y sensibilidad. Si David Lean retrataba en su película la historia de un doctor y una ama de casa que, tras conocerse fortuitamente en una estación, vivían una poderosa pasión que no lograría romper las fronteras del amor platónico, condenados a compartir unos breves instantes juntos a la hora de las comidas, quedando sus deseos derrotados por los inconvenientes prácticos, las convenciones sociales y la fidelidad a sus respectivas familias, Billy Wilder, con su ironía y mala uva habituales, tras ver la película, en la que la pareja se reúne en el apartamento de un amigo que les cede un espacio donde puedan hablar y discutir acerca de su particular cruce del Rubicón, se preguntó: “¿Y dónde está el dueño del apartamento mientras ellos lo están ocupando? ¿Qué estará haciendo?”. Y de esa pregunta surgió El apartamento. Kar-Wai da un paso más y se formula otra pregunta. “¿Qué estarían haciendo el marido de ella y la mujer de él mientras ellos coinciden en las comidas? Es más, ¿qué hubiera pasado si ambos hubiesen tenido noticia de lo que estaban haciendo, de que las vidas sentimentales de cuatro personas pendían de un hilo tan fino como es un amor arrebatado?”. Y de esas ambiciosas preguntas de Wong Kar-Wai nació In the mood for love, titulada bellamente (por una vez) en España Deseando amar.

En el Hong Kong británico de 1962 los recién llegados o quienes padecen el vencimiento de sus alquileres tienen muy complicado encontrar nuevo alojamiento. Las familias Chan y Chow consiguen habitación en un atestado edificio de la ciudad, superpoblado, demasiado pequeño para el gran número de familias que se aloja en él. Todos viven en pequeñas habitaciones, pero comparten algunos espacios comunes, el comedor o la cocina, de tal manera que sus puertas siempre están abiertas a sus vecinos, y las vidas de unos y otros, la rutina de cada día, se mezcla de manera natural y cordial. En este clima, el señor Chow, redactor de un periódico, cuya esposa trabaja demasiadas horas, casi siempre se encuentra solo deambulando por el edificio, paseando por las calles durante la noche, o comiendo en alguno de los locales cercanos. La señora Chan, cuyo esposo es piloto de líneas aéreas (el cual aprovecha los viajes a Japón, Singapur o Australia para satisfacer la demanda de los vecinos en cuanto a ropa, aparatos electrónicos y otros productos de escasa difusión o alto precio en Hong Kong), se siente igualmente sola. La propia vida de la casa les obliga a coincidir, y poco a poco del trato cordial habitual pasan, por mera reiteración, a cierto nivel de amistad, compartiendo paseos e incluso alguna comida. Sin embargo, en uno de sus encuentros, a causa de varias suposiciones y deducciones, comienzan a sospechar que las continuas ausencias de sus respectivos esposos, sus tardías llegadas, sus cancelaciones de compromisos, se deben al hecho de que viven una aventura. Y ese descubrimiento viene acompañado de forma paralela con la sensación, tras muchas tranquilas comidas y agradables conversaciones, de que están hechos el uno para el otro. El detonante emocional está servido.

¿Cómo reaccionar a una situación así? En eso consiste precisamente el drama de la película, en la diferente opción que toma cada personaje ante la traición de su pareja. La primera reacción de Chow es la venganza, el pago con la misma moneda, y ve en la señora Chan el vehículo perfecto, el más adorable. Ella, sin embargo, odia profundamente el hecho de la infidelidad, y rechaza de plano añadir una traición a la que ella misma ha sufrido, negándose a ponerse al nivel de los infractores, manteniendo un cierto grado de dignidad, de superioridad ante el hombre que la ha traicionado. Sin embargo, con el devenir de su propia evolución, con la comprensión de que Chow y Chan se aman, la postura ante el engaño de sus parejas, aun con las mismas consecuencias estériles, cambia sustancialmente. Kar-Wai, allí donde cualquier película norteamericana del mismo género probablemente no vacilaría en convertir a ambos en émulos de sus parejas, sirviendo por tanto un drama en el que hubiera un paralelismo de situaciones (como en esa horrible comedia llamada Abajo el amor, con la insulsa Meg Ryan) con final feliz para los traicionados y desastroso para los traidores, construye aquí un argumento caracterizado por el tratamiento ciertamente extraño e impredecible. El presumible romance incipiente entre ambos se transforma sin embargo en una lucha gravitatoria como la de los planetas, son dos cuerpos que constantemente se cruzan, siguen una ruta fija, pero sin llegar a mezclarse, a chocar, y Kar-Wai utiliza para provocar esa sensación de manera magistral la fotografía de Christopher Doyle (maravillosas las tomas en las que ambos se cruzan, las escaleras, los rellanos, los patios, las calles mal iluminadas, el interior del taxi, las charlas en los restaurantes, la luz de la película) y la música del japonés Shigeru Umebayashi (el famoso Yumeji’s theme, del que ya hablamos aquí), mostrándonos no un amor no correspondido, sino un amor resistido, porque ambos se aman, pero por razones diversas, no quieren dar el paso que les conduce a la felicidad del otro, luchan intentando mantenerse separados contra su deseo, que les compele a estar juntos, en lo que es una danza continua en la que a un acercamiento sigue su alejamiento correspondiente, como la teoría pulsante del universo. Y por si fuera poco, la canción interpretada en español por Nat King Cole (Aquellos ojos verdes, de mirada serena…), repetida como una marca emocional cada vez que les espera un nuevo encuentro, dota a la historia de un cierto halo de misterio, de inquietud, combinando perfectamente con las luces impersonales, las lámparas rojas del hotel, los pasillos enmoquetados y las cortinas abigarradas, creando un marco estético hermosísimamente fotografiado. Cada escena posee un centro de luz (a veces los propios ojos de los actores), aglutina decenas de detalles, y la cámara, usada con un tacto magistral, parece ser un mero testigo indiscreto de lo que está pasando, sin artificios, sin que se note que a través de ella nos colamos en el dilema de una pareja cualquiera.

Maggie Cheung está bellísima (esta actriz sí merece una canonización) y luce una colección de vestidos verdaderamente asombrosos, y Tony Leung Chiu Wai (premio al mejor actor en el Festival de Cannes) da vida de forma admirable a este galán frustrado. Son personajes que, aun sumidos en la amargura más brutal, resultan fácilmente asumibles por el espectador, son sencillos, humanos, con sus dudas y sus problemas, y la empatía que despiertan hacen que ineludiblemente el público esté esperando que al final de la película terminen juntos. Que eso no suceda, confiere a la película una dimensión mayor, multiplica el poder emocional de su relación de manera exponencial, mucho más que cualquier vulgar conclusión feliz en forma de escena de cama o happy end a la americana.

La película está construida sobre una estructura admirable. Nos muestra el crecimiento de una relación, desde los encuentros fríos y circunstanciales y los primeros contactos a la pasión desgarrada pero retenida, poniendo el acento en los rostros (sobre todo en las miradas), en los gestos, en los silencios, en las medias palabras, con una sutilidad muy alejada de los clichés melodramáticos habituales en otras cinematografías, todo ello lo consigue sin mostrar un solo plano de la pareja infiel que les obliga a conocerse y amarse, y con un colofón magistral, un toque de emoción que deja un regusto sutil a medio camino entre la amargura de la separación y la sensación de haber visto algo inmenso, profundo, de haber tocado con los ojos el amor puro que no todo el mundo tiene oportunidad de conocer, de vivir.

Wong Kar-Wai exploró más adelante, en la también magnífica 2046 la huella que este amor puro e insatisfecho puede dejar en la memoria, el anhelo del conservación de esa misma sensación una vez que se ha perdido a la amada causante a través de la búsqueda de otra mujer que nos retrotraiga a la amante ideal que ya no está, el deseo constante de repetición, de prueba, de nostalgia de un cuerpo y una piel en otros cuerpos y otras pieles que nos conducen a una eterna insatisfacción, a una decepción continua, lo que lleva a una nueva búsqueda y a su vez a una nueva decepción, porque nuestra paz sólo se halla en los brazos imaginados de aquella mujer concreta que nunca tuvimos. Si bien la nueva película no llega a los extremos de sutilidad, insinuación y perfección de In the mood for love, sí resulta visualmente cautivadora y profundamente sensible.

28 comentarios sobre “In the mood for love: Deseando amar

  1. Oh, me has tocado la fibra sensible amigo mio, Wong Kar Wai, cineasta magnifico, del cual tengo pendiente mi homenaje en el blog, y que tantos momentos de satisfacción me ha proporcionado, veremos que tal le va por USA. Chungking Express la guardaré siempre con un cariño especial en la memoria, esa segunda historia romantica es fresca, original y maravillosa. Del resto de su filmografía destacar…todo, asi de claro, un cineasta como la copa de un pino.
    Saludos

  2. Magnífica Alfredo, es una película para los que desean aprender lo que supone el mundo de lo implícito frente a lo explícito. La banda sonora es la pera y Tony, el gran Tony, el actor que mejor ocupa y desocupa el dolor y la sensaciones. Esta película inició mi affaire con el cine oriental, después llegastes tú y el posible romance se convirtió en certeza cuando me “enseñaste” a Tony en “Happy together”. Sabes que escribí un “poema” después de ver esta peli.
    Un abrazo y gracias por tantos descubrimientos y explicaciones certeras, tú eres la mejor trastienda para las sensaciones de cualquier película porque enseñas y no adoctrinas.

    Nota: Marta y Julia, leí vuestros(súper) post pero Paris llegó a Madrid y me cuesta resistirme a esa circunstancia,ja,ja,ja…

  3. Bueno, bueno…me moría de ganas de verla cuando leí la entrada de las nómadas; con tu post ya resulta imprescindible (y eso que solo he visto el trailer que colgaban ellas. En casa, mas tranqui veré las escenas que dejas aquí).
    Además reconozco que este tipo de cine me encanta, siempre consigue emocionarme.
    Mmmm, que bien.

  4. Wong Kar-Wai en un director que me fascina,tato por sus películas como por su excéntrica personalidad.Es el Godard de nuestra época.Yo llegué a sus películas por mi amiga Isabel Coixet,fan consumada de éste autor.Me dijo una vez en una tarde lluviosa y fría que viera Chungking Express,y desde entonces no lo he podido olvidar,como tampoco he olvidado aquella tarde de lluvia a través del cristal de una cafetería,ambos,mostrándonos los libros que habíamos comprado.
    Un fuerte abrazo.

  5. Pues, hala, tendré que aplicarme en buscarla. Esa consfieso que no la he visto. Si 2046, que me pareció subyugante, magistral, especial. Tal y como la cuentas, veo que esta carencia es imperdonable.

    p.d. El apartamento es una de mis películas favoritas. Creo que ese guión es iniguable; parece imposible, pero consiguieron escribirlo. Jack Lemmon y Sherley MacLaine me fascinan aquí y en Irma la dulce, mucho.
    Besos casi nevados.

  6. Perfecta, sublime. No le falta ni le sobra nada. Arte en estado puro. Lo que más me impresionó (se lo comenté a nuestras amigas Nómadas) fueron las escenas rodadas a cámara lenta, te dejan el corazón en suspenso.

    Mientras iba leyendo tu post, perfecto como la película, me he acordado de dos películas. Cuando hablas de Breve Encuentro he recordado Enamorarse, con De Niro y Streep, que me gustó mucho también (la banda sonora es muy buena).
    Y cuando comentas lo del happy end a la americana he recordado Un Toque de Infidelidad, que deja mucho que desear,claro ejemplo de lo que tu explicas. Lo unico bueno es Isabella Rosellini.

    no se que le pasa al teclado que no me salen los acentos, ya la arme buena.

    Besos.

  7. Alfredo, amigo: gracias. Qué aguante el tuyo para aguantarme: instigador profesional es lo

    que soy….

    Esta película es especial por hacer precisamente lo que uno no quisiera que pasase: uno

    quiere el amor, el bonito moño sobre el papel regalo. Y es precisamente ese desengaño lo

    que hace esta película inolvidable. Nadie que haya conocido ha quedado sin reaccionar ante

    la pantalla, sin tatararear alguna de las canciones. Es difícil aguantar la conmoción de

    dos planetas que nunca se cruzan del todo. Pero que se atraen, que se buscan: como si solo

    fuese levantar la cabeza por las mañanas, y ella o él estuviera ahí.
    El romance nunca se termina, ni siquiera se termina el amor: el amor se respira, pasa a

    través de cada mirada, de cada palabra que él le dedica. Es como si la imagen fuera una

    sutil continuación de bolero. ¿Y por qué lo digo? Hay que ver lo grande que es la toma de

    un humo de cigarrillo que envuelve una lámpara. Una sugerencia, una insinuación de que así

    haya neblina, así exista un humo que quiera apagar el foco, tapar del todo la luz, ella

    sigue ahí. Ahí se encuentra.

    Ahora, la historia del libro que empiezan a escribir: el encierro en el hotel. El número

    2046. Es increible lo que hace este hombre. Qué aguante para no ceder al desespero: un

    amor profundo, incondicional, que sin embargo no se rinde. Que permanece. Que no pasa al

    odio: pasa a la nostalgia. A los ejercicios de la memoria. La pierde: pero no la dejara de

    buscar en su memoria, y en su pasado. Es la ausencia aquella que hace escribir.

    Si he insistido tanto en esta película, es por algo así: es por lo que pasa. Por el hueco

    que queda, y el hueco que tengo. La clave está en el hueco que no se llena con la ansiedad

    de tenerla en sus brazos: el hueco está hecho de ausencias, de manos que alguna vez

    tocaron. Sitios tocados por esa mano que lo mejor sería besarlos, para ver si la

    devuelven. Ese hueco que se ensancha, y al que nuestra memoria no hace sino ahondar.
    Lo que es recuerdo, es decir, lo que ha desaparecido es lo que queda siempre. Y qué manera

    de desaparecer. Porque aún estando allí, aún viéndola, aún deseándola, solo parece mostrar

    el hueco de sus futura ausencia. Justo como la canción: aquellos ojos que nunca besaré,

    pero que siempre quise haber besado.

    Te escribiré: mejor; se escribe, escribo para cuando regreses. No importa que no lo hagas.

    EScribo, y en este mismo momento que te veo empiezo a recordarte… mientras la tarde se

    puebla de leyendas.

    Tal vez la palabra que pueda resumir esta película sea una sola repetidas muchas veces:

    quizás, quizás, quizás….

    No, no se puede quedar uno inmune ante esta película.

  8. Iván, ojalá me equivoque, pero en USA para como con el Madrid, que fichan gente para que no jueguen en su puesto. Hollywood igual, a un director foráneo con personalidad lo primero que le exigen es que la abandone y sea convencional en términos USA.
    Un abrazo.

    Sonia, que se vea ese poema… Algunos creemos que el buen cine asiático y parte del norteamericano, europeo e iberoamericano son los últimos reductos que nos quedan antes del desierto total. Me alegro haberte enganchado a ese cine.
    Besos

    LaMima, qué envidia poder verla y apreciarla por primera vez… Me dejó emocionalmente noqueado. Ya me contarás.
    Besos

    Francisco, hablando de envidias, ¡¡¡¡¿¿¿¿ERES AMIGO DE ISABEL COIXET????!!!! Qué suerte, a mí me encanta su cine, me parece con una personalidad propia y un toque muy especial, original y muy distinto del resto de nuestro cine. Tenía pendiente hablar de alguna de sus películas; ahora seguro que me corto.
    Un abrazo.

    Luisa, si te gustó “2046” ésta te gustará mucho más, es más redonda, visualmente igual de atractiva, pero más emotiva. Búscala, búscala pronto.
    Besos helados

    Lucía, efectivamente, ambas películas beben, cada una a su manera y con calidad desigual, de las mismas fuentes. Caray, lo que da de sí una idea. No te preocupes por los acentos; con el frío se acogotan.
    Besos

    Malvisto, hermano, ojalá la espera haya merecido la pena. Si Wong Kar-Wai necesitara un guionista, te recomendaría sin duda, menuda historia llevas dentro… Tarde o temprano los huecos se cubren, los agujeros se reducen, como el de la capa de ozono, pero nunca, nunca del todo.
    Abrazos, amigo.

  9. Si si, eso es lo que más me preocupa la verdad, y sobretodo es especialmente marcado no tanto en directores de ciertos paises como del cine asiático, por una sencilla razón creo yo, la forma de rodar del cine asiático no se parece en nada al método de trabajo en Estados Unidos, y me resulta extraño a veces ver como contratan directores de aquellos lares para adaptarlos a sus gustos, una cosa absurda,porque luego su trabajo es tremendamente convencional (el último que recuerdo fue “El caso Wells” y su nula sintonia con la esplendida, en mi opinión, Infernal Affairs, tanto en el tono como el metodo de rodaje). Para realizar ese trabajo convencional, que usen a sus directores, no se, casos de estos hay muchos, pero los asiáticos me enfadan mucho porque el problema parte desde la base (con lo que me habían divertido las películas del señor John Woo en Hong kong, y lo aburrido que me resultó en Usa).
    Con lo bien que lo habían hecho durante décadas llevándose los talentos europeos, y lo mal que está la cosa ahora mismo, aunque la verdad, hay que reconocer que el cine europeo cada vez se asemeja más al americano, cosa que ya no se si es bueno, malo o peor.
    Por cierto, como comentaba en mi blog, tienes razón, el final de Promesas del Este es un poco precipitado y complaciente, yo lo hubiera acabado mal, con cierta inquietud, aunque no hice referencia al tema porque aún así no me empañó el resultado, una pena de eso, porque junto con algun detalle más hubiera dado de si una película cercana a permanecer en la memoria durante mucho tiempo.
    Saludos!

  10. Iván, creo que tienes razón, y además que apuntas una comparación interesante. Durante años Hollywood hizo sus grandes obras maestras principalmente a directores europeos o con cine “a la europea”. Se trataba de cineastas que no iban a América, sino que huían de Europa para hacer el cine que en sus países no podían, pero también para salvar la vida del totalitarismo ideológico. Yo veo una diferencia muy clara entre estos casos y los de quienes son seducidos por el talonario, o sobre la base de unas promesas que como contraprestación tienen la acomodación “al gusto americano”.
    En cuanto a “Promesas del Este”, a veces un buen final es un mal final, y viceversa. Estoy de acuerdo contigo.
    Un abrazo.

  11. maravillosa, arrebatadora, uno de los momentos más intensos de mi vida cinéfila sin duda fue el poso que me dejó, salir del cine sintiéndome… es una obra magnífica, clásica ya, una obra maestra en mi opinión… no podría ser yo sin llevar en mis venas esta película tan especial… me llega al alma este artículo, felicidades y gracias. Saludos.

  12. Muy bueno el blog!, es la primera vez que pasaba por aquí.
    Hace unos días estuve viendo por segunda vez el episodio “La mano” de WKW, y no hay con qué darle, es magistral. WKW es uno de los maestros de la actualidad.

  13. Gracias a ti, Alba, por recordarlo con nosotros.

    Faraway, bienvenid@. Este director ha alcanzado un nivel de sutileza narrativa tan absorbente que va para clásico imperecedero. Hasta cuando quieras.

  14. Es que tu post es precioso pero el comentario de Malvisto es precioso también. Así que insisto ¡Qué bonito os ha quedado!

    Besos

    PD: Algún curso para aprender a llevar esos vestidos con tanta gracia y maestría no estaría mal.

  15. Conseguí verla el sábado Alfredo…realmente es magnífica, preciosa…como un poema, como uno de esos momentos que te sobrecogen…esa música, esas escenas a cámara lenta…
    Tengo que verla más veces, al final me interrumpían y no conseguí permanecer en esa atmósfera que crea la película. Y eso es imprescindible: dejarse llevar.
    Ella es una auténtica belleza, tan elegante.. y sus trajes..¿me lo parece o llevaba uno diferente en cada escena?
    Curiosísimo oír “Aquellos ojos verdes” en medio de Oriente…
    Gracias por el consejo, oro.

  16. Ay, Inma, no sabes cuánto me gusta leer este comentario tuyo. Cada vez que alguien ve una peli que le recomiendo y me dice cuánto le ha gustado me sube la bilirrubina… Y con “Deseando amar” todavía no me he equivocado con nadie. Bellísima.
    Besos, y gracias a ti.

  17. Ahora entiendo lo de la continuación en “2046”… Me ha encantado el post… Y sin duda después de leerlo me doy cuenta de que la base es la misma…
    Gracias… ¡A por ella que voy!
    Besos artista!

  18. Un post a la altura de la película… Una película a la altura de este post… ¡Gracias Alfredo! No sofra ni falta nada, toda una muestra de equilibrio cuyo resultado es sin duda digno de admiración…
    Besos

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