La tienda de los horrores – Los tres mosqueteros

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La ecuación más fiable de todo el sistema matemático de la Humanidad dice que Disney es igual a: clásico que toca, clásico que se carga. Repugnante producto pseudo-fílmico, Disney consiente en un alarde de justicia poética (Dumas -y sus esforzados escribanos- tampoco era un alma de la caridad en lo que a respeto por las fuentes históricas y rigor narrativo) pasarse por el forro la historia del inmortal clásico de la literatura popular francesa (y mundial) y crear un despropósito por el que el responsable último de casting y director de este bodrio, un tal Stephen Herek, técnico a sueldo de diversos estudios de esa dudosa institución llamada Disney, debería ser apaleado públicamente con retransmisión televisiva en directo. La delirante elección de actores para una innecesaria nueva versión de una historia ya manida hasta la saciedad (despropósitos incluidos, cómo no recordar Los hijos de los mosqueteros, por ejemplo) hace que Chris O’Donnell interprete al gascón D’Artagnan, el perturbado Charlie Sheen dé vida a Aramis (recordemos, espadachín, poeta y mujeriego cuya última intención está en convertirse en abad monástico, igualito que Sheen), Kiefer Sutherland haga de Athos y Oliver Platt de Porthos, pero el colmo es soportar a Tim Curry, regular cómico, discreto actor serio, rostro reconocible, eso sí, en el carismático papel de cardenal Richelieu. El único acierto entre tanta tontería es situar a la apetitosa, en aquel tiempo, Rebecca de Mornay como Milady de Winter, antes de tirar su carrera definitivamente por la taza del w.c. y dedicarse a bodrioespacios como ese engendro de thriller psicológico “interpretado” junto a Antonio Banderas y titulado Nunca hables con extraños y que no tardará en aparecer en esta sección a poco que quien escribe logre reprimir sus instintos criminales al recordarla.
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