Cine en serie – El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante

CINE PARA CHUPARSE LOS DEDOS (VIII)

El desorbitado Peter Greenaway ideó en 1989 esta inclasificable película que en tono de drama y comedia negra gira alrededor de la gastronomía, el amor y el erotismo, elementos que interaccionan, se confunden, se disuelven unos en otros hasta solaparse. Como puede verse en la foto superior, Greenaway vuelve a situar sus imprevisibles cuentos morales en escenarios de una excesiva atmósfera operística, grandes puestas en escena por las que deambulan los personajes, creando cuadros cromatísticos de texturas cercanas a Rembrandt, pintor favorito del autor (sobre el que ha divagado ya múltiples veces en el cine, como en la reciente La ronda de noche), componiendo grandes contrastes de grandes luces con oscuridades totales, colores fuertes y enormes luminarias, con los personajes como elemento central, a veces superpuestos, conectados, agrupados como si constituyeran a su vez un ente complejo compuesto de partes autónomas, superpuestos, confundidos, con los magnos decorados por los que transitan.

Con un uso simbólico de los colores que puede calificarse como sencillamente genial y que evidencia el gusto de Greenaway por la pintura, nos cuenta la historia de Richard (excepcional Michael Gambon en su creación de un repulsivo y odioso ser humano), crítico gastronómico de juicios contundentes e irrevocables, de criterio severo, de actitud autoritaria, displicente, desdeñosa, que además de desempeñar su oficio de crítico con formas más propias de un grupo de mafiosos (extorsión, intimidación, amenazas, violencia, cierres provocados) es además dueño de un exquisito y exclusivo restaurante francés (de nombre, sin embargo, Le Hollandais, nuevo guiño de Greenaway a Rembrandt). Allí Richard disfruta mortificando al personal de la casa, a sus compinches que ejercen de matones si es menester (entre ellos un vomitón Tim Roth), pero sobre todo a su esposa, Georgina (Helen Mirren), cuyas intimidades (reales o deliberadamente distorsionadas para humillarla) no cesa de compartir con sus esbirros si mueven a la hilaridad o fomentan la adhesión de sus camaradas al líder. Ella, sin embargo, busca huir de él junto a otro comensal, un hombre tímido y solitario que se sienta en una esquina del restaurante, con el que intercambia miradas apenas disimuladas, y con el que en sus habituales coincidencias en cenas inicia una tórrida historia de amor y sexo entre fogones, platos a medio hacer, ingredientes en bruto, salsas, pucheros, vapor y aromas apetitosos.

Sin embargo, al contrario que otras películas de esta misma sección, lejos de abrir el apetito, esta cinta enseguida resulta un homenaje al exceso, ya sea culinario, ya sea verbal e incluso moral, de forma que corta de raíz cualquier actividad sísmica estomacal que pudiera provocar un exceso de flujos en demanda de alimento. Los celos, la infidelidad, el amor verdadero, la venganza terrible, el castigo ejemplar al final al ser corrupto mediante una ceremonia de horror que implica la degustación caníbal, giran alrededor de los platos, las ollas en ebullición y las formas animales girando al fuego sobre sí mismas, pero el desprecio que Richard vomita constantemente contagian incomodidad y barbarie al aspecto gastronómico, salpicado de corrupción y buen gusto, como acredita el final de la cinta.

De exótica estructura (montada sobre la carta del menú del día que el restaurante ofrece cada día de la semana) y extraño desarrollo, la película resulta irresistible por la riqueza visual del contenido, sus juegos de luces, su uso del color y las atmósferas operísticas en las que Greenaway sitúa las distintas escenas, ya sean las del interior del restaurante o las del parking, o las del almacén de libros que sirve de refugio a los amantes. Igualmente rica y variada es la simbología que recorre toda la película, desde el vestuario (obra de Jean Paul Gaultier), especialmene en el caso de Richard (que recuerda a los uniformes militares de siglos pasados, con casaca, botas y una banda) y de Georgina (la compleja arquitectura de su ropa interior y sus, en distintos momentos, barrocos peinados y maquillajes), hasta el uso de determinados colores (rojo-infierno en las escenas del restaurante con el grupo de Richard mortificando a Georgina, blanco-cielo en el primer encuentro de los amantes en el baño, verde-esperanza en su determinación de huir juntos por la cocina), pasando por la propia comida como elemento indicador de la corrupción (la carne podrida en la parte trasera del furgón…).

Una película atrayente más por la riqueza formal que por el fondo en la que Greenaway vuelve a salirse de lo convencional (aunque quizá menos que en otras ocasiones), narrada de forma compleja, entrecortada, con altibajos, que busca por igual indignar, esperanzar e impactar, y que a pesar de situarse en un afamado restaurante, no es apta para gourmets ni para paladares exquisitos. Más bien al contrario, es mejor prepararse para lo desagradable.

22 comentarios sobre “Cine en serie – El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante

  1. La película es, sobre todo, una obra pictórica. Como anteriormente, fue un canto arquitectónico “El vientre del arquitecto”.
    Yo jamás he entendido el cine de Greenaway, pero al mismo tiempo, jamás he podido levantarme de una butaca cuando me he visto (sólo en 3 ocasiones; la de referencia, la ya citada y la anterior “el contrato del dibujante”) frente a una de sus películas. Ya sea por el dispendio (por lo barroco, o por lo minimalista) en su estética, ya por lo entretenido (por lo enrevesado o por lo parco) de sus tramas, ya por la perfecta simbiosis entre lo que cuenta (o no cuenta) y las músicas que elige; Nyman, Mertens,etc., lo cierto es que siempre acaba por atraparme y obligándome a preguntarme; qué he visto y, porqué lo he visto.
    La única certeza que me queda tras cualquier de las citadas experiencias, es la de que este señor sabe mucho de cine.

  2. Agggggggggggggg,
    ya era vegetariana cuando vi esta peli pero de no haberlo sido hubiera sido el mejor momento.
    A ver, primero decir que reñí con mi mejor amiga cuando la vi, ella quería marcharse del cine horrorizada y yo alucinada por la peli quería ver hasta donde llegaba. Creo que mi compa se fue y que yo me quede.

    Es una película extraña, creo que ahora no se podría ver igual, que se hizo en el momento adecuado. Es de un film que impacta, que despierta, que hay que ver con calma y que confieso con el tiempo he llegado a entender un poco más.

    Toy fuera y no sé dónde andan los acentos, sorry, alguien se los ha eating.

    Kisses,

    Marta

  3. Raúl, yo creo que Greenaway no se entiende ni a sí mismo. Lleva diciendo veinte años que el cine ha muerto, pero él sigue haciéndolo, y en su última cinta llega a ser un narrador casi del todo convencional, sin rarezas ni extravagancias. Será la edad. Pero ciertamente, sigue atrapando, aunque luego sea para echar pestes.
    Y lo del emoticón, es que vas derrochando simpatía, hombre…
    Saludos

    Entrenómadas, se habrá comido los acentos Richard, junto con algún apéndice masculino… La verdad es que, al contrario que otras cintas de ámbito culinario, ésta no despierta el hambre precisamente, más bien uno no quiere comer en todo el día. Estoy de acuerdo en que el rarísimo cine de Greenaway irá adquiriendo más poso con el tiempo. Y también cuando se muera y él no esté aquí para decir que todas las teorías y explicaciones que hagan los críticos son una chorrada…
    Besos

  4. No He visto la película, pero tiene ingredientes como para que apetezca verla. Al menos será algo diferente a lo que estamos acostumbrados, ¿verdad?.
    Además, para mí, Helen Mirren siempre es un aliciente.

  5. Pues Noe, qué decir de la música de Michal Nyman… pues que es soberbia, que acompaña fenomenalmente a la acción (no en vano Greenaway la supervisó personalmente), y que alterna ese aire solemne del acto de comer para Richard con esos aspectos erótico festivos y a la vez lúgubres y sombríos de la trama, alternando lo sensual con lo dramático.

    Luisa, hay que verla. Al menos ésta sí. El resto de Greenaway (me atrevo a sugerirte “El contrato del dibujante”). Pero realmente tienes razón, empacha. Es una delicia visual, pero como un buen dulce que luego te deja molido.
    Besos

  6. Al principio, cuando he mirado la imagen, creía que era un cuadro, y desde luego no puede ser más Rembrandt… muy interesante ese uso simbólico (y pictórico) de los colores. Pero que muy interesante.
    Besos.
    Rosa.

  7. He visto El contrato del Dibujante y El Vientre del Arquitecto, pero esta no; la obvié en su momento porque el barroquismo y morosidad de Greenaway puede conmigo y habiendo leído algo respecto a ésta, preferí abstenerme; de tu detallado comentario deduzco que mi prudente apartamiento, por lo que a mi gusto se refiere, fue un acierto. Con lo que tan brillantemente cuentas ya tengo bastante, aunque eso sí, me quedaré con las ganas de ver a Gambon y a Mirren. O a lo mejor no; no lo sé, pero es que ahorita mismo estoy en plena digestión y eso marca…
    Saludos.

  8. No me gusta Greenaway, realmente lo considero formar parte de esa tendencia de cierto snobismo europeo de mirarse el ombligo cual egolátra sin principios, por eso que comentas Alfredo, en muchas ocasiones ni él mismo se entiende. Realmente noto una cierta prepotencia, no tanto en su cine, que también, sino en cada aparición que hace en público. Yo es que no comulgo mucho con estas actitudes, ni a un lado ni al otro del charco.
    Y por otra parte, bajo mi humilde punto de vista, hay medios artísticos cuya unión no da muy buenos resultados, al trabajo de Greenaway me remito.
    Espero no haber ofendido a nadie con la opinión XXDD.
    Saludos!!

  9. Pues sí Rosa, pero no va mucho más allá. Sus excesos no son particularmente sutiles, más bien de trazo grueso, y no insinúa demasiado, muestra de manera grandilocuente y solemne. Lo que visualmente pueden ser virtudes, como mensaje cinematográfico resulta un tanto contraproducente, en mi opinión.
    Besos

    Josep, a mí esta es la que más me gusta. O la que menos me echa para atrás, según se mire. En efecto, si no se está seguro, mejor apartarse. Como experiencia merece la pena, pero quizá una y no más.
    Saludos.

    Iván, veo que también desprecias al personaje (porque lo que Greenaway se ha creado es un personaje, más bien tirando a chulesca suficiencia). En cuanto a su cine, su riqueza visual es considerable y merece al menos el sacrificio de un visionado. A veces sus actores logran interpretaciones reseñables, como Gambon aquí, aunque seguro que no es mérito de Greenaway, seguro que le importa un carajo, pero cine, cine, lo suyo no es cine, o no solamente. Visualmente rico, como cine es pobre; como pintura es tramposo. Experimentar siempre es bienvenido; pretender dar lecciones de superioridad cuando quizá no se sabe hacer otra cosa, es algo muy distinto. Sin embargo, como cineasta se ha ganado la posteridad, aún no se sabe si como virtuoso del lenguaje visual o como creador fraudulento de coreografías puestas en 35 mm.
    Saludos

  10. Magnífico texto Alfredo.No soy muy entusiasta del cine de Peter Greenaway,aunque confieso que siempre voy a ver sus películas.Desde El vientre del arquitecto anda por la parra.Leí un artículo suyo bastante alucinado despotricando Casablanca,el cine de Hitchcock,etc.Luego se pone hacer cine por Internet.Quizá me hago viejo,pero Greenaway es mucho más que yo,y creo que creció viendo las películas que le incitaron a dedicarse al cine.

    Un fuerte abrazo.

  11. Gracias, Francisco. Creo que Greenaway se aburre mucho, de verdad. Sólo en momentos de gran aburrimiento la gente inquieta empieza a buscarle tres pies al gato y a inventar la rueda.
    Abrazos

  12. salí totalmente asqueada del cine, es la peor película que he visto, hay mucha violencia y crueldad para mi gusto, sobretodo la parte que fríen al amante y hacen que la esposa se lo coma, que vomitivo

  13. Vaya, Rosi, supongo que es justamente lo que Greenaway pretendía. Yo no diría que es la peor película; digamos que es muy arriesgada en su afán por provocar y hacer algo distinto. Pero todas sus excentricidades tienen en última instancia una justificación dentro de la trama, cosa que en películas más convencionales y reconocidas no siempre es así.
    Con todo, en efecto, es vomitivo.

  14. Hola 39escalones… ya he visto la película y es asombrosa. Ahora me vuelvo a interesar en ella puesto que la he escogido para realizar una descripción psicoanalítica para un trabajo de la universidad. Por supuesto que el tema de los colores es algo que se debe poner en cuestión, por lo que estoy investigando con el libro de Chevalier (diccionario de los símbolos), pero necesito, si es que puedes, que me recomiendes algún otro libro que me pueda servir, ya sea desde el cine o desde el arte propiamente tal. Me serviría de mucho. Si no, de todos modos me ha servido bastante tu entrada. Te felicito por cierto, muy de buen gusto tu crítica, ya que he leído algunas que dan vergüenza…

    Un saludo! Valentina

  15. Gracias, Valentina. Mira, hay un libro que se llama “Cine: recetas y símbolos” en cuyo tercer apartado se comentan aspectos que quizá puedan interesarte, el análisis de películas a partir de los símbolos contenidos en sus imágenes. Es ameno y ligero, quizá un poco escaso, pero como introducción resulta intereante.
    Saludos.

  16. Te pasaste, muchísimas gracias. Yo encontré también un libro llamado “Peter Greenaway” de Jorge Gorostiza por si te interesa leerlo, si es que no lo conoces. Aún no he podido hojearlo, pero se ve bastante completo en lo que a Greenaway respecta.
    En fin, gracias de nuevo por la ayuda.

    Valentina M.

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