‘Recursos humanos': el capitalismo salvaje no tiene límites

Un joven licenciado en empresariales consigue gracias a sus extraordinarios méritos como estudiante lo que parecía imposible: ser contratado en prácticas por la empresa de su pueblo de toda la vida, la empresa en la que trabajan sus vecinos, sus amigos, la empresa donde su propio padre trabaja desde hace lustros. El joven inteligente que invirtió tanto esfuerzo intelectual suyo (y económico de sus padres) en la Universidad, regresa triunfal, no para vestirse con el mono azul y acoplarse a la cadena de montaje, sino para llevar traje y corbata y repartir directrices desde el departamento de recursos humanos de la empresa. El hijo de obrero ha llegado a la altura del patrón.

El hecho de que sea una fábrica en un pueblo pequeño hace que las relaciones profesionales y personales se vean entremezcladas con frecuencia. La ingenuidad y el idealismo del joven que cree que puede cambiar el mundo a mejor se ven incentivados por la gran acogida que le deparan tanto los ejecutivos como el dueño de la empresa. Más que acogerlo, lo adoptan, guían sus pasos, se preocupan por sus avances, su cualificación y su satisfacción, lo tienen entre algodones, lo miman constantemente. Al fin y al cabo, va a ser su punta de lanza, su agente, ante los obreros, fuerza de trabajo imprescindible y adversarios ocasionales. El padre recibe felicitaciones de sus compañeros, orgulloso cuando observa en el comedor que él comparte con el resto de los obreros las mesas de los jefes, entre los que se encuentra su hijo, que le lanza miradas cohibidas y un poco avergonzadas, como si sintiera que no sentarse con él fuera un poco como hacerle un feo, como desplazarle. Pero el padre sabe que ya pertenecen a mundos distintos. Al menos, hasta que el muchacho descubre por casualidad un secreto: un plan de reactivación económica en la empresa que amenaza con echar a muchos empleados a la calle, entre ellos a su propio padre.
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Cine para pensar – Fahrenheit 9/11

Cuando Quentin Tarantino, presidente del jurado de la edición del Festival de Cannes de 2004 anunció Fahrenheit 9/11 como ganadora de la Palma de Oro, una gran ovación proveniente del público y de no pocos de los periodistas asistentes al acto atronó en la sala. Más tarde, durante la entrega del premio, la ovación en el patio de butacas resonó de forma todavía más impresionante y prolongada, obligando a su director, Michael Moore, a permanecer en pie recibiendo aplausos durante varios minutos sin permitirle comenzar su discurso de agradecimiento, repetidamente interrumpido por ovaciones y expresiones de júbilo, enhorabuena y agradecimiento. En palabras de Moore, “Quentin Tarantino me susurró al oído: Quiero que sepas que los aspectos políticos de tu película no tienen nada que ver con el premio. En este jurado tenemos distintas opiniones políticas, pero tú has recibido el premio porque has hecho una gran película. Quiero que lo sepas… de director a director“. Y unas narices. La impotencia, la rabia apenas disimulada, la indignación de una población mundial engañada, manipulada, estafada por un puñado de analfabetos funcionales pero con mucho poder y dinero para llevar a cabo la invasión de Iraq y el desalojo del poder de Saddam Hussein, estorbo no pequeño para que Estados Unidos pudiera hacerse con la segunda reserva en importancia del petróleo del planeta, mientras se ponían pretextos para la invasión como la exportación libre y gratuita de la libertad, la democracia y los derechos humanos, estalló en aquellas ovaciones a la película de Moore y voló por encima del jurado en el momento de las deliberaciones. Y sí, además es un excelente documental, como prueba el hecho de que fuera la primera ocasión en la que una película de este estilo se llevara el máximo galardón. “Nunca me imaginé que podría recibir la Palma de Oro porque habíamos hecho un documental, y Cannes es un festival que por tradición premia las películas de ficción. Vinimos sin muchas expectativas. Hace dos años tuvimos el honor de ser invitados con Bowling for Columbine, el primer documental a concurso en 40 años de historia del festival”.

Sin embargo, hay que estar prevenidos ante el cine de Michael Moore para que no nos llevemos sorpresas desagradables y sepamos valorar en su justa medida a sus entusiastas y a sus acérrimos críticos. Moore combina un estilo panfletario, a ratos demagogo, incluso circense, con una presentación que combina realidad dramática con una puesta en escena irónica, pero una cosa es bien cierta: sus fuentes son incontestables; todos y cada unos de los datos y opiniones que se vierten en la película son rigurosísimos, absolutamente exactos y respetuosos con la realidad, cosa que quienes se ven reflejados en la película y los críticos a su sueldo no pueden decir. Continuar leyendo

Mis escenas favoritas – El conflicto de los Marx

¡¡¡Tres hurras por el capitán Spaulding, el gran explorador!!! En El conflicto de los Marx (Animal crackers) el capitán Spaulding (Groucho Marx) acude a la mansión de la Señora Rittenhouse (la inefable Margaret Dumont) para un largo descanso tras su último periplo africano (“una mañana disparé a un elefante en pijama… ¿cómo consiguió meterse en el pijama? No lo sé…”). Sin embargo, el robo de un famoso cuadro motivará la presencia de la policía y que Groucho, Chico y Harpo, acompañados esta vez por Zeppo, hagan de las suyas.

Incluimos dos vídeos. El primero contiene la famosa partida de cartas. El segundo, la escena de “¡Jamison, una carta a mis abogados!”, memorable parodia de los absurdos burocráticos, tan conocidos y cotidianos para quienes tenemos la oportunidad de codearnos con la burocracia administrativa cada día.

Cine en serie – Tomates verdes fritos

CINE PARA CHUPARSE LOS DEDOS (X)

Paradigma de éxito producto del boca a boca, esta película de John Avnet filmada en 1992 y basada en el libro de Fannie Flagg no es precisamente una película en la que la gastronomía esté muy presente más allá de los ricos desayunos y almuerzos del café de Whistle Stop, de los huevos, el tocino, y sobre todo, de los tomates verdes fritos. En realidad, el cine norteamericano es una proyección natural del nivel de su gastronomía, quizá no en cuanto a marketing y a la existencia de buenos (y caros) restaurantes, sino con respecto a donde de verdad hay que medir el nivel de la gastronomía de una sociedad: la cocina doméstica. Y hay que reconocer que la manteca de cacahuete, las barbacoas domingueras y los bistecs de buey de cinco centímetros de grosor no están a la altura de la dieta mediterránea. Por eso no es de extrañar que en una sección de cine y comida que va por su décima entrega ésta sea la primera película norteamericana que aparece. Comer, y comer bien sobre todo, es un placer que se nutre del elemento tiempo, el concepto de degustar, de la vista y los olores, algo que en las sociedades de lo inmediato como en la norteamericana (o poco a poco, la nuestra) está condenado por la prisa y la banalidad.

Pero, sin tratar ningún aspecto que venga directamente relacionado con la comida, el hecho es que buena parte de la acción transcurre en un famoso Café de Whistle Stop, Alabama, un pueblo muy pequeño pero muy grande en historias. La magnífica Kathy Bates da vida a Evelyn, una mujer madura y obesa que sobrelleva como puede el rechazo de su marido y en general de una sociedad que utiliza el aspecto físico como primer elemento de juicio sobre las personas. Incomprendida, vive en un mundo de ilusiones en el que la comida no es una de las menos importantes, hasta que conoce a Ninny (estupenda Jessica Tandy), una anciana que vive en una residencia, con la que, a partir de un encuentro casual, nace una relación de amistad en la que las comidas de Evelyn y las historias de Ninny se complementan a la perfección.
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La tienda de los horrores – Christopher Lambert, todo un horror en sí mismo

Qué duro es a veces buscar contenidos para esta sección, qué duro. Y no por falta de materia prima: para suerte o por desgracia, no falta. Pero a veces es muy duro ver películas con el único pretexto de su previsible inclusión en este vergonzante escaparate o bucear en la memoria personal en busca de las arcadas más agudas provocadas por un esperpento cinematográfico. Y si hablamos de esperpentos no puede tardar a surgir la figura de Christopher Lambert. Y si intentamos seleccionar una, una sola película de Lambert que incluir en esta sección, a la vista de su filmografía y de la calidad de sus trabajos en cada una de sus películas, no podemos más que rendirnos a la evidencia y pensar que Lambert es precisamente una de las causas del desastre en el 100% de los casos. ¿Cómo poder quedarse con una? Merecería una sección personal, un panegírico, una semblanza en capítulos…

Pero como no tenemos tanto tiempo (ni tanto estómago) preferimos glosar la insigne carrera cinematográfica de Christopher Lambert, cincuentón ya ex-galán de cartón piedra del thriller y el cine de acción de los 80 y 90 si de serie B y de cine-telefilm hablamos. Nacido en 1957, este estadounidense de origen francés (lo cual ha permitido que Lambert regale sus interpretaciones o lo que sean tanto en las productoras de poca chicha de California como en el cine francés comercial con más ínfulas de copiar a Hollywood en lo peor de Hollywood), fue descubierto (en mala hora) en 1984 por el irregular Hugh Hudson para Greystoke, la leyenda de Tarzán, el rey de los monos, título interminable que suma más palabras que las que Lambert pronunciaba en toda la cinta, si no tenemos en cuenta sus gruñidos como palabras. En ella compartía protagonismo con Andie McDowell (otra que tal baila), y lo convirtió en uno de los bollitos incipientes del cine americano de los 80.
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CineCuentos – El Buen Pastor

North Bedford Drive. Cinco de la tarde. El taxi se acerca al número 505. El sol de California y los corridos mexicanos que saturan el aire sofocante me trasladan por un momento mucho más al sur, o a un pasado en el que las lujosas avenidas de Beverly Hills, con sus abigarradas mansiones, sus escaparates protegidos por alarmas y sus palmeras milimétricamente alineadas no eran más que resecas llanuras robadas a los indios por los españoles y vueltas a robar por los yanquis a los mexicanos para su América de privilegiados.

505. Iglesia del Buen Pastor. Nada que ver con las bellas misiones españolas del área de San Francisco, una vulgar imitación del estilo hispánico colonial hecha de ladrillo pero sin armonía ni gracia alguna, como casi todo lo que lo que se intenta emular en esta tierra, reino de la improvisación, de lo inmediato, de lo perecedero, de lo olvidable. Enfrente del templo pienso en no hace tanto tiempo, cuando a los cómicos muertos se les negaba la sepultura en suelo santo, como a los infieles o a los suicidas. “Infiel o suicida”, hermosos cumplidos con los que la Iglesia ha obsequiado a los cómicos durante siglos, una Iglesia paleta e inculta que reniega de su propia creación, la comedia y el drama al servicio de la representación de dogmas con los que adoctrinar a sus rebaños. Si para ella todos somos hijos de Dios, los cómicos son los hijos repudiados de la Iglesia.

“Con perricas, chifletes”, decimos en Aragón. O como dicen los árabes, de forma mucho más poética,”al perro que tiene dinero, se le llama Señor Perro”. Mientras en muchos lugares del planeta los cómicos seguían siendo marginados, en Hollywood se les levantaba un templo para sus bautizos, sus matrimonios, sus funerales. Da igual que bautizaran hijos “ilegítimos”, que sus rápidos matrimonios fueran vertiginosos divorcios, que sus funerales una redención puramente formal de una vida rica en pecados. Para el Buen Pastor eso no importa mientras se pague el oficio. También se deja usar como plató si se paga por ello. Paradoja: en una película que se titula Ha nacido una estrella se usa el Buen Pastor como escenario para un funeral.

Rodolfo Valentino o Bing Crosby venían a escuchar misa y a comulgar aquí cada domingo después de pecar cada sábado. Elizabeth Taylor se casó ante su altar una de sus ocho veces, Continuar leyendo