‘Recursos humanos’: el capitalismo salvaje no tiene límites

Un joven licenciado en empresariales consigue gracias a sus extraordinarios méritos como estudiante lo que parecía imposible: ser contratado en prácticas por la empresa de su pueblo de toda la vida, la empresa en la que trabajan sus vecinos, sus amigos, la empresa donde su propio padre trabaja desde hace lustros. El joven inteligente que invirtió tanto esfuerzo intelectual suyo (y económico de sus padres) en la Universidad, regresa triunfal, no para vestirse con el mono azul y acoplarse a la cadena de montaje, sino para llevar traje y corbata y repartir directrices desde el departamento de recursos humanos de la empresa. El hijo de obrero ha llegado a la altura del patrón.

El hecho de que sea una fábrica en un pueblo pequeño hace que las relaciones profesionales y personales se vean entremezcladas con frecuencia. La ingenuidad y el idealismo del joven que cree que puede cambiar el mundo a mejor se ven incentivados por la gran acogida que le deparan tanto los ejecutivos como el dueño de la empresa. Más que acogerlo, lo adoptan, guían sus pasos, se preocupan por sus avances, su cualificación y su satisfacción, lo tienen entre algodones, lo miman constantemente. Al fin y al cabo, va a ser su punta de lanza, su agente, ante los obreros, fuerza de trabajo imprescindible y adversarios ocasionales. El padre recibe felicitaciones de sus compañeros, orgulloso cuando observa en el comedor que él comparte con el resto de los obreros las mesas de los jefes, entre los que se encuentra su hijo, que le lanza miradas cohibidas y un poco avergonzadas, como si sintiera que no sentarse con él fuera un poco como hacerle un feo, como desplazarle. Pero el padre sabe que ya pertenecen a mundos distintos. Al menos, hasta que el muchacho descubre por casualidad un secreto: un plan de reactivación económica en la empresa que amenaza con echar a muchos empleados a la calle, entre ellos a su propio padre.

El debut como realizador de Laurent Cantet no pudo ser mejor. Este drama social de 1999 es una de las mejores películas francesas recientes y uno de los más acertados acercamientos del cine europeo, Ken Loach aparte, a las complejas e inhumanas realidades de un sistema capitalista que restringe los beneficios a unos individuos determinados pero que obliga a todos a soportar las pérdidas. Las interpretaciones son soberbias (especialmente Jalil Lespert y Jean-Claude Vallod como hijo y padre) y la trama nos acerca el conflicto laboral desde todos los puntos de vista posibles: el del empresario preocupado por obtener la rentabilidad que le marcan sus inversores, el de los trabajadores más combativos, dispuestos a todo para pedir justicia y mantener su lugar en la cadena de producción, los más apocados, que aceptan las migajas que puede cederles la patronal para conservar al menos una parte de lo que tienen, el comité de empresa que negocia para él mismo en primer lugar, pero sobre todo, el padre digno y resignado (que no puede ocultar en su rostro, grandiosa interpretación, el momento que está pasando, el desprecio que sufre por parte de una empresa a la que le ha dado su vida y el añadido enfrentamiento con su hijo, situado al otro lado, o la posterior caída de éste y la ruina de un futuro espléndido que se abría ante él) y el hijo que no renuncia a su idealismo y que se enfrenta a sus emociones más ocultas, a la imagen ambivalente de su padre que guarda dentro.

Sin artificio alguno ni intención de virtuosismos narrativos o visuales, la película es directa, descarnada, un poco redundante en la segunda parte, pero con un conflicto emocional, humano y social fenomenalmente interpretado que ataca el epicentro de un sistema de vida construido, como bien podemos ver en esta época de vacas flacas, sobre una ficción: los títulos, los valores, las acciones, los porcentajes, toda una serie de mentiras convencionalmente aceptadas, castillos de naipes que se desmoronan con sólo soplar, con un valor más semejante al de los billetes del Monopoly que a un valor real que incida positivamente en la abolición de los auténticos problemas de las personas (hambre, justa y equitativa distribución de los recursos, etc)., un sistema que nos mantiene esclavizados, atados a una realidad montada sobre un catálogo de ficciones, de riquezas que nadie ve, de valores aceptados por contrato pero tras los que no hay nada, de hipotecas a 40 años, de porcentajes mínimos cuando son a favor del ciudadano y máximos en las cuentas de beneficio empresarial. Un invento del que hemos terminado siendo dependientes, hasta el punto que una ficción montada sobre balances, cuentas de resultados, memorias y estados de ejecución de presupuesto prima más que lo real, lo tangible, la supervivencia de seres humanos que pueden verse privados hasta de lo más necesario si a un ejecutivo que jamás ha pasado hambre le da por decidir que para aumentar unos réditos ya de por sí amplios tiene que trasladar la producción al otro lado del mundo o bien echar a la calle a la mitad de los empleados que durante años le han pagado y mantenido con su esfuerzo su estatus vital. Una cadena sin fin que irá cambiando de geografía y de damnificados, pero imparable. La carrera hacia la acumulación sin tope, a la suma incesante, al crecimiento constante, sostenido y disparatado. La carrera hacia ninguna parte. Como dijo Oliver Cromwell, “sólo se sube tan alto cuando no se sabe adónde va”.

18 comentarios sobre “‘Recursos humanos’: el capitalismo salvaje no tiene límites

  1. No conozco esta película, ni idea de ella. Pero resulta de lo más apropiada para estos días que corren llenos de crisis y de socavones y de capitalismo salvaje. Tomo nota.

    Leo la palabra Cromwell y me duele el estómago. Aggg que asquito me da.

    Besos,

  2. magnífico comentario de una película verdaderamente necesaria y llena de verdad y vitalidad, que muestra sin más lo que pasa día sí y día también en este mundo en el que la especulación es más rentable que el verdadero trabajo, incluso el trabajo de inventores y artistas (tan imprescindible en cualquier sociedad que se precie de ser humana) Una de las películas más logradas y certeras de los últimos tiempos, en mi opinión dejando bastante atrás a los films de Loach, necesarios y mucho por otra parte. Un saludo.

  3. Pues sí, Entrenómadas, no he elegido al mejor personaje para la cita… Te recomiendo la peli, viene que ni al pelo para estos días.
    Besos

    Samuel, es otro estilo que Loach. A éste le interesa plantear conflictos, a Cantet explorar las reacciones humanas ante ellos. En cualquier caso, la película es estupenda.
    Saludos.

  4. Ya lo creo que viene bien para estos días… aunque en realidad tampoco es que en los periodos de “vacas gordas” sea inapropiada… aunque en esos periodos el capitalismo salvaje quede oculto por una capa de “bienestar” que, como dices, y como estamos comprobando ahora, es en realidad un castillo de naipes.
    Lo que me pregunto es si algún día se podrá cambiar este sistema o si realmente estamos, como parece, atrapados en él para siempre sin solución… da miedo pensarlo.
    Me apunto la película, se ve interesante.
    Besos.
    Rosa.

  5. Desconocía esta película, que me apunto.
    Reflexiono y me percato que cada vez más hay un abismo entre el cine de evasión que nos viene del otro lado del Atlántico y el europeo, que, en muchas ocasiones, como la que tan bien reseñas, indice en temas sociales candentes.
    Supongo que por estos pagos hay una cierta libertad de elección de temática que no existe por allá desde hace tiempo.
    Saludos.

  6. hola, Alfredo, no sé si será por mucho tiempo pero mi blog ahora está abandonado, yo de todas formas en cuanto tengo un ratito me arrimo a tu blog que es una suerte enorme que sigas casi a diario ofreciendo tanto. Un abrazo.

  7. Rosa, como todo sistema, parece que es imposible de cambiar… hasta que cambia.
    Besos

    Josep, te la recomiendo vivamente. La diferencia que mencionas es palpable, pero cada vez menos. Siempre copiamos lo malo.
    Saludos.

    Ya veo que te lo tomas con calma, Samuel. Cada uno tiene sus ritmos (y su tiempo). A mí el tiempo no me sobra, al contrario, y actualizar a menudo supone un pequeño esfuerzo, pero merece la pena si descubrimos nuevo cine o nuevos puntos de vista a quienes tienen a bien pasarse por aquí.
    Un abrazo

  8. No sé si de las mejores películas francesas de los últimos buenos (la cinematografía gala me encanta, entre otras cosas, porque me da motivos para seguir encantándome) pero desde luego fue una muy buena película que, efectivamente, linda los territorios del mejor Loach.

  9. Sí, confieso, fui yo y creo que me acompañó un amiguete.
    Pues yo voy súper a gusto a ver estas peliculitas sencillas francesas: poco presupuesto, buen guión, buen ritmo, buenos actores… ¿Qué más se puede pedir?

  10. Yo también, Noe, es un cine que no pretende dar más de lo que es. Es mucho más sincero y honesto que otras filmografías, y tiene una característica que para mí lo hace especial: tiene respeto por su arte y también por su público.
    No se puede pedir nada más.

  11. Impresionante post Alfredo.Te felicito de nuevo por tus grandes textos de cine.La cita con la que terminas tu post me hace recordar un aforismo que escribí hace ya mucho tiempo y te la regalo:
    “Lo que más me sorprende de las caídas humanas devidas a su ambición es que en el descenso haya también competitividad.”

    Un fuerte abrazo.

  12. Gracias, Francisco. Fenomenal conclusión la tuya. Es una verdad como un templo; la condición humana llega a extremos insospechados. Tenemos prisa hasta para ponernos la soga al cuello.
    Abrazos.

  13. La película es una joya, y real como la vida misma. La vi hace cosa de un año, creo que la emitió La2. Y entonces me hizo recordar la pregunta de uno de mis tíos, obrero en una de las grandes fábricas zaragozanas: “Pero a vosotros… ¿qué os enseñan en la universidad?”. En aquellos años, yo andaba por la facultad mientras él intentaba aguantar los últimos años antes de la jubilación soportando a un casi imberbe jefe de producción.

    Nota: mientras escribía mi post, el boletín de las 19:00 en la radio anunciaba otro cierre, con la ¿excusa? de la crisis.

  14. Pues lo has dicho muy bien, Minerva. Los cierres en estos casos son también partes de esa enorme ficción sobre la que se asienta nuestro sistema. Desde luego hay empresarios que están esperando que lleguen estas cosas para tener motivos que vender públicamente a decisiones que tienen tomadas de antemano.
    La pregunta de tu tío es absolutamente pertinente. Da para hablar mucho, mucho. Yo trabajo en ella, y puedo aventurar una respuesta: enseñar a asumir la ficción.

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