CineCuentos – John Ford Point

Hace muchos años que en la noche de cada 31 de agosto Jonas ‘Big Jackal’ Johnson sale en plena noche de su cabaña, monta en su camioneta Chevrolet roja, y pisa a fondo el acelerador hasta más allá de la reserva por la ruta del cañón.

La noche es clara, las caprichosas formas de arenisca se recortan de manera fantasmal contra el cielo estrellado en el que a estas horas los antepasados deben estar ya entonando sus cánticos alrededor del gran fuego, y el coche devora millas levantando una enorme nube de polvo que se ve gris a la luz de la luna. ‘Big Jackal’ (llamémosle esta noche por la traducción inglesa de su nombre navajo) teme llegar tarde; siempre se le adelanta su amigo -por una sola noche- Val ‘Red Horse’ Smith, que viene de la frontera de Dakota, mucho más al norte, desde mucho más lejos.

La luna llena atrae el aullido del lobo. Hace décadas que dejó de haber lobos por esta zona; hoy ni siquiera queda apenas algún chacal escuálido que amenace la plácida existencia de los pequeños roedores. Pero el anciano indio sabe que sus espíritus no faltarán a la cita. Incluso, entre el rugido del motor, ‘Big Jackal’ cree oír un murmullo lejano, un lastimero quejido lanzado al leve resplandor de la noche como un homenaje perpetuo que le lleva al esplendoroso pasado de su pueblo, cuando hombre, lobo y tierra eran uno.

Tampoco faltarán los grupos de guerreros blandiendo al aire sus tomahawks, con sus cantos de guerra y sus cuerpos y rostros pintados mientras cabalgan por las inmensas llanuras de la otra vida, en un paraíso de tierra fértil, agua, caballos y búfalos, ni las mujeres con sus vestidos de fiesta danzando erectas al son del tambor, el rostro serio, grave, gráciles y terriblemente dulces, llorando por los guerreros que marcharon a las praderas eternas antes de tiempo.

‘Big Jackal’ no se ha equivocado. Cuando detiene el coche al pie del promontorio el Jeep azul ya esta allí. En lo alto se ve el resplandor tenue de una fogata. ‘Red Horse’ ya habrá preparado sus pinturas de guerra y esperará enfundado en sus ropas de Gran Jefe. La ascensión se hace penosa, y al llegar arriba ‘Big Jackal’ reconoce en su cansancio las señales del agotamiento de su pueblo. ‘Red Horse’ le espera sentado ante el fuego, fumando su pipa tranquilamente, el rostro surcado de líneas rojas, amarillas y blancas, con su penacho de plumas blancas descansando a un lado, tarareando una antigua nana que su madre le cantaba en los largos inviernos, su rostro a la luz naranja del interior de la tienda.

Esta noche, como todas cada 31 de agosto desde 1973, un cheyenne y un navajo, con Monument Valley como anfiteatro, danzarán alrededor del fuego y emularán un combate cuerpo a cuerpo cuchillo al viento entonando cánticos de celebración por el espíritu del Chief John Ford, que pasa la eternidad bebiendo “agua loca” sentado al fuego sagrado del Gran Consejo, como un anciano más de la tribu.

Douglas F. Leibowitz
Western American Tales
Books of Middle West – Des Moines, 1997.

18 comentarios sobre “CineCuentos – John Ford Point

  1. Sencillamente maravilloso el relato, para un aficionado a la cultura india nativa americana como yo, y fan absoluto de Ford, se trata de una comunión sencillamente arrolladora Alfredo.
    Muy grande.
    Un abrazo

  2. Gracias Iván. Leibowitz también es un gran fordiano y un amante de las culturas indígenas de América. A ese respecto, hay un artículo genial publicado en 1992 con respecto a la efeméride del “descubrimiento” que no reproduzco aquí porque no es el tema, pero es lo mejor que he leído jamás sobre este tema.
    Un abrazo.

  3. ¿El 31 de agosto? Creo que, a partir del año que viene, esa noche me pondré “La diligencia”, o “El hombre que mató a Liberty Valance”, o “Pasión de los fuertes” (vaya traducción de título), o “El hombre tranquilo”, o…

    Gracias, tuerto.

  4. Un viejo irlandés con parche en el ojo, un falso tuerto, dicen algunos, se pasea de madrugada por las tranquilas calles de Penacho, una de las exclusivas urbanizaciones de la ciudad. Ni arrastra a un perro, ni tampoco hace footing, que por aquel tiempo no es actividad que se lleve. Simplemente pasea, embozado en un tres cuarto marinero, con paso vacilante y quizá ebrio.
    La urbanización queda en lo alto de una colina desde donde se divisa todo el Valley Rosales, una extensión de tierra inmensa encosertada por dos pequeñitas cadenas montañosas, en la que en tiempos, se asentaba una de las tribus nativas que fue practicamente borrada del mapa primero, por la acción de los conquistadores y después, por la desmesura de la colonización nacional.
    Ha pasado la noche junto a un par de colegas de profesión, bebiendo a borbotones whisky del país de sus padres, jurando en arameo, y contando historias diversas, de esas que sólo pueden contarse de noche al abrigo de los buenos amigos.
    La última de esas historias hablaba de los indios que habitaban en aquel valle, antes de que los blancos los pisotearan. La ley del más fuerte, había dicho el bruto de su amigo John, medio mofándose y justificando los excesos del progreso. La ley del más idiota recuerda haberle contestado él, antes de pegar el último trago y levantarse de la mesa sin despedirse.
    Al aparcar frente a la puerta de su casa, inquieto un tanto avergonzado, fue cuando le entraron las ganas de pasear hasta lo alto de la colina.

    Alfredo, tu cuento me ha encantado.

  5. Kermit, inmejorable compañía aunque no sea en 31 de agosto… Como homenaje al viejo Ford, cualquiera de esas maravillas vale. Y me atrevo a añadir “El gran combate”.

    Gracias, Marta. Ahora que pienso debería haberlo publicado un 31 de agosto. Habrá sido el agua loca…
    Besos

    Pues qué te voy a decir yo, Raúl, piazo artista. Tú sí que sabes escribir…

  6. No Iván, no lo busques. Te volverás loco y no lo encontrarás… Te lo aseguro.
    De todos modos, si no lo tengo podrido por alguna carpeta de mi archivo personal, lo eescaneo y te lo mando.
    Un abrazo.

  7. Ok, perfecto! a ver si te cuento a fondo las nuevas peripecias de aquello que hablamos, que no encuentro el momento por querer extenderme un poquito más de lo normal, jaja, de este finde no pasa!
    Saludos!

  8. Me ha encantado ese relato, tanto en mi condición confesa de admirador de John Ford como por mi afición a las historias de los primeros ocupantes de América del Norte.
    Coincido con Minerva en que saldría un buen cortometraje y, si fuera posible, yo llevaría los botijos al rodaje en el Valley, sólo para poder dormir al raso en una noche de luna clara y estremecerme, emocionado, recordando la magia de tantas memorables películas allí rodadas, atisbando en el viento los susurros del tuerto y sus amigos.

    Saludos.

  9. Excelente,si señor,magnífico.Hace ya muchas películas que estuve eb Monument Valley.Era muy entrada la noche cuando llegé,hacía mucho frío y las montañas se perfilaban hacia un inminente amanecer.Fue entonces cuando cobré conciencia sobre el cine de John Ford,para mí,uno de los más grandes de la historia del cine.Dentro de poco publicaré un post sobre él para esclarecer ese estúpido malentendido de que su cine era fascista.

    Me ha encantado este cinecueno (felicito a su autor que cada día escribe mejor).

    Un fuerte abrazo,amigo.

  10. Pues esperamos ese post like water on may… Nunca he entendido esa acusación, por más que haya elementos en sus películas bélicas o en los westerns (sobre todo en su trilogía sobre la caballería) que hagan exaltación de símbolos y maneras de pensar interpretables en ese sentido; pero yo no las veo como expresiones nacionalistas, sino de unos valores humanos muy determinados en situaciones muy concretas.
    Gracias amigo. Un abrazo.

  11. Me has hecho recordar las tardes de verano en la playa viendo películas del oeste junto a mi padre y mi hermana, esperando que se paasara las dos horas de la digestión para poder ir a la playa. Un besazo.

  12. Gracias por traernos joyas como ésta, sencillamente la web necesita de páginas así para que el mundo sepa apreciar el buen cine. De un admirador de John Ford, y de casi todo el cine en blanco y negro, ahora también soy n admirador de 39escalones.

  13. Cuánto me gusta haceros recordar cosas (buenas, claro)… En cierto modo supone atribuir a este blog esa cualidad evocadora, en lo personal, del cine. Y aunque sea sólo un poquito, aunque no pueda compararse a la fuerza de una película, me alegra mucho, mucho.
    Besos.

    Muchísimas gracias por tus palabras, Marcos. He de decir que tienes muy buen gusto (me refiero a Ford y al cine en blanco y negro). Eres bienvenido cuando quieras pasear por nuestra escalera.
    Saludos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .