El diablo sobre ruedas: excelente cine para televisión

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Cierto es que en esta escalera no nos ocupamos por lo general (salvo honrosísimas excepciones como La cabina o Ciudadano X) de ese hermano bastardo del cine que es el telefilme y que nos ha brindado cantidades ingentes de engendros infumables cuyos cargamentos las televisiones se apresuran a adquirir para bombardearnos la sobremesa, especialmente los fines de semana, con peliculillas generalmente pésimas “basadas en hechos reales”. Pero en cualquier parte puede surgir un buen producto de vez en cuando, y Duel, título más acertado y ajustado al desarrollo de la historia que nos cuenta que el título en castellano El diablo sobre ruedas, es un oasis bendito más cercano a las célebres series de televisión de los años cincuenta y sesenta tipo Alfred Hitchcock presenta, en las que actores y directores de verdad creaban ficciones de cincuenta minutos para dejar boquiabierto al personal, que a esas burdas producciones en las que los focos se reflejan en la frente y mofletes de los intérpretes y que ahora campan a sus anchas por las parrillas de programación, aunque sean malas, simplemente porque son baratas.

Y Duel también lo fue, barata queremos decir, pero compensaba su escasez de medios con el enorme, por aquel entonces, talento de un joven llamado Steven Spielberg, que iniciaba su mejor época creativa con un telefilme cuyo descomunal éxito propició su estreno en salas comerciales y la apertura de las puertas de Hollywood para obsequiarnos con su primera joya: Tiburón, película excepcional convertida a la larga en uno de los capítulos iniciales del cine entendido como mercadotecnia, y uno de los pistoletazos de salida más contundentes hacia la desaparición del séptimo arte.
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