La tienda de los horrores – Vampiros de John Carpenter

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“Muere, jodido chupasangre”. Esa es la frase por excelencia de este esperpento western-vampírico con el que John Carpenter, dejando de lado el acto de narcisismo que supone incluir el propio nombre en el título de la cinta, como si por el contenido no quedara ya meridianamente claro a quién pertenece este engendro, pretendía volver a las mismas cotas de éxitos pasados. Evidentemente, para fans de este director, cualquier crítica que pueda hacerse a este petardo monumental les resbalará bastante, pero para un espectador objetivo no entregado de antemano a los desvaríos que pueda proponer este director de los considerados “de culto”, caben pocos alicientes para salvar semejante pestiño.

Esta, llamémosla película para entendernos, nos cuenta la apocalíptica historia de un comando de caza-vampiros comandado por Jack Crow (un James Woods de rostro acartonado y tupé plastificado, una caricatura de héroe de acción), que persigue a un malvado llamado Valek que a su vez capitanea un grupo de activos vampiros de Nuevo México (un lugar conocidísimo por su tradición vampírica, por cierto). Cuando el grupo de Jack consigue acabar con todos ellos, se las promete muy felices y lo celebra con un festorro de campeonato en un motel, con alcohol, drogas y putas, y sin que el hecho de que Valek escapara de la masacre les haga perder el sueño. Pero cuando éste vuelve y la lía parda, acabando con la mayor parte del grupo de mercenarios anti-vampiros, Jack entiende que será una lucha a muerte entre ambos en la que, como va descubriendo a medida que va indagando sobre su paradero, la Iglesia católica tiene mucho que decir. Y que esconder.
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Drama sentimental en la Transición: Asignatura pendiente

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Personalmente uno está muy cansado de que José Luis Garci, uno de los mejores directores de cine de España, un cineasta como la copa de un pino, un experto de primera clase, un apasionado, un estudioso y un aficionado de primera categoría, sea objeto de bromas manidas, chistes fáciles, tópicos absurdos y demás verborrea pretendidamente humorística. Más si cabe, cuando a la par un montón de indocumentados y los medios de comunicación informativo-propagandísticos alaban sin pensárselo dos veces a directorcillos recién salidos de la escuela (los más grandes jamás fueron a escuela de cine alguna, pero eran tremendamente cultos y poseían formación amplia y variada; no se trata de descalificar a los estudiantes de las escuelas de cine, al contrario, son el futuro y la esperanza del medio; se trata de sugerir que con la formación teórica y técnica no es suficiente, que hay que mirar más allá, sacar el ojo del visor), que no han demostrado nada y cuya fama se está labrando a golpe de imitación del cine made in Hollywood, mientras que los cineastas de verdad, los que atesoran kilates de experiencia y de buen hacer, mendigan por un productor que financie nuevos proyectos o rumian su retiro en silencio y olvidados por todos. Este repulsivo panorama pretende hacer leña y objeto de mofa a quienes, como Garci, todavía se empeñan por rodar cine y no se dejan arrastrar por las modas hollywoodienses (al menos no por las actuales) ni por la estética del videoclip para contarnos en plan castizo las mismas historias de terror previsible o las mismas comedias de adultos que se comportan como niños que los americanos llevan contándonos tres décadas. Nos guste más o menos su obra, el cine español tiene categoría y reconocimiento mundiales gracias a cineastas como Garci, Borau, Saura, Erice y muchos otros, mientras que los Bayona, Balagueró y compañía pueden suponer éxito, pero nada más (y nada menos).

Y el debut de Garci, uno de esos “westerns de sentimientos” de los que habla a menudo, fue esta película de 1977 que debería ser de visionado obligatorio para todos aquellos inconscientes que, como un servidor, nacieron durante aquellos años, sobre todo para los que piensan que la vida empezó con Naranjito y que la comida y las comodidades caen del cielo. En su primera película, Garci nos revela ya cuáles son sus gustos, sus manías y sus temas favoritos: la nostalgia y la memoria sentimental, la música y el cine de otro tiempo como puerta de entrada a los recuerdos, a las oportunidades perdidas, a los azares que nos sonrieron o nos dieron la espalda, como individuos y también, en este caso, como país y como pueblo. A través del idilio adúltero de José (José Sacristán) y Elena (Fiorella Faltoyano) no sólo nos introduce en el drama de una pareja de enamorados que se conocieron a destiempo, sino que nos pone en bandeja una lección de historia, nos sumerge en nuestro pasado más reciente y nos ofrece un canto a la esperanza de un futuro que por aquel entonces (y me atrevo a decir, tampoco ahora) estaba tan claro. De este modo, la asignatura pendiente del título no se refiere sólo a una pareja que aprovecha la edad adulta para dar rienda suelta a su reprimido amor adolescente, sino que nos recuerda la necesidad de un país al completo por superar sus prejuicios, sus malos hábitos, los defectos que lo llevaron a la casi total autodestrucción a través del peor pecado: la guerra civil.

Corre el año 1977 y junto con los constantes rumores de involucionismo por parte de los militares y la derecha más reaccionaria convive la esperanza puesta en las inminentes primeras elecciones democráticas desde la Segunda República. El clima en las calles está agitado, los coches de propaganda electoral circulan constantemente lanzando octavillas, con las banderas de los partidos y los altavoces coreando eslóganes y canciones (lamentables, dicho sea de paso). En una de esas calles de un Madrid convulso que intentaba salir de las tinieblas, José para su SEAT cuando ve a Elena, su antiguo amor de adolescencia, convertida en una mujer madura. La reconoce y se detiene en doble fila a saludarla: el puente hacia el pasado se convierte además en una opción de futuro. La nostalgia, los recuerdos del amor inocente de paseos por la carretera, de atardeceres en la sierra y de verbenas en las fiestas del pueblo, de besos y caricias reprimidos, invitan a aprovechar la incipiente bocanada de libertad para recuperar aquellos días e intentar sacar a la luz todo lo que se quedó en el tintero del amor y del sexo, sobre todo del sexo. Así, José y Elena inician una nueva vida juntos, una relación adúltera en la que buscan recuperar el tiempo perdido, las sensaciones olvidadas o aún no descubiertas. Continuar leyendo “Drama sentimental en la Transición: Asignatura pendiente”

Música para una banda sonora vital – Norah Jones

Norah Jones exitosa y jovencísima intérprete de jazz norteamericana, ha hecho su debut en el cine en la película My blueberry nights, lo nuevo de ese genio llamado Wong Kar-Wai junto al guapetón Jude Law. Norah Jones es hija del prestigioso músico indio Ravi Shankar, creador de las bandas sonoras, entre otras, de la fenomenal trilogía de Apur obra de Satjajit Ray, por lo que la relación entre música y cine no le resulta desconocida. Nos quedamos con dos de sus éxitos, Don’t know why y Sunrise, y con la canción que ha compuesto para My blueberry nights, de Wong Kar Wai, en la que también actúa.

Quentin Tarantino: ¿genio, copión o farsante?

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Sabido es que en el mundo del cine no hay nada nuevo bajo el sol. Todo está inventado. De hecho todo lo estaba ya antes de la llegada del cine sonoro, excepto el uso del sonido, por supuesto. Por eso resulta cuando menos prudente relativizar aquellos fenómenos surgidos, aparentemente de manera repentina, y que de inmediato mueven a otorgar etiquetas de genio, de maestro de la innovación, de insuflador de aire fresco, a diestro y siniestro sobre criterios más bien precarios, de la misma forma que exige plantearse el valor real que supone crear cine aparentemente nuevo gracias a la mixtura de mimbres ya lo suficientemente dados de sí por grandes maestros del cine. Un ejemplo paradigmático de esta doble tendencia, la consagración automática e irreflexiva y la degradación refleja e igual de irreflexiva, es la figura de Quentin Tarantino, el niño mimado de parte de la crítica de los noventa que con el tiempo ha ido adquiriendo su lugar real en el planeta cine.

Cierto es que sólo hay tres o cuatro historias que se repiten constantemente en el cine, el teatro y la literatura. Estas artes, en el fondo, no son sino la continua variación en la forma de contar una y otra vez las mismas historias, y Tarantino no es una excepción. Sólo que su mayor valor, o al menos el más destacado por la crítica, “su” especial forma de contarlo, no es ni nueva ni suya, aunque, al igual que sucede con otros directores de culto como Pedro Almodóvar, consigue con elementos ajenos que forman parte del imaginario colectivo y de la cultura cinematográfica del espectador, crear productos nuevos que, si bien no son en nada originales, funcionan. Continuar leyendo “Quentin Tarantino: ¿genio, copión o farsante?”

Mis escenas favoritas – Gunga Din

Clásico entre los clásicos del cine de aventuras, Gunga Din, dirigida por George Stevens en 1939 (excepcional cosecha cinematográfica la de aquel año), adaptación de la obra del escritor indio pro-imperio británico Rudyard Kipling protagonizada por Cary Grant, Douglas Fairbanks Jr. o Victor McLaglen, entre otros, contiene este memorable final, el del porteador de agua que siempre quiso ser soldado, vestirse de uniforme y desfilar, salvando a un regimiento de la emboscada que le han tendido los adoradores de la diosa Kali y que amenazan el dominio británico en la India. Inolvidable escena que tiempo después parodiarían magníficamente Blake Edwards y Peter Sellers en El guateque.

El diablo sobre ruedas: excelente cine para televisión

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Cierto es que en esta escalera no nos ocupamos por lo general (salvo honrosísimas excepciones como La cabina o Ciudadano X) de ese hermano bastardo del cine que es el telefilme y que nos ha brindado cantidades ingentes de engendros infumables cuyos cargamentos las televisiones se apresuran a adquirir para bombardearnos la sobremesa, especialmente los fines de semana, con peliculillas generalmente pésimas “basadas en hechos reales”. Pero en cualquier parte puede surgir un buen producto de vez en cuando, y Duel, título más acertado y ajustado al desarrollo de la historia que nos cuenta que el título en castellano El diablo sobre ruedas, es un oasis bendito más cercano a las célebres series de televisión de los años cincuenta y sesenta tipo Alfred Hitchcock presenta, en las que actores y directores de verdad creaban ficciones de cincuenta minutos para dejar boquiabierto al personal, que a esas burdas producciones en las que los focos se reflejan en la frente y mofletes de los intérpretes y que ahora campan a sus anchas por las parrillas de programación, aunque sean malas, simplemente porque son baratas.

Y Duel también lo fue, barata queremos decir, pero compensaba su escasez de medios con el enorme, por aquel entonces, talento de un joven llamado Steven Spielberg, que iniciaba su mejor época creativa con un telefilme cuyo descomunal éxito propició su estreno en salas comerciales y la apertura de las puertas de Hollywood para obsequiarnos con su primera joya: Tiburón, película excepcional convertida a la larga en uno de los capítulos iniciales del cine entendido como mercadotecnia, y uno de los pistoletazos de salida más contundentes hacia la desaparición del séptimo arte.
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