La tienda de los horrores – Hostel

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Si la dieta de Eli Roth incluyera la ingestión de barrenos tal como sugiere el cartel, además de que de inmediato se le quedaría tipín, nos hubiera ahorrado esta bazofia que rodó en 2006, un auténtico despropósito cinematográfico que sólo puede contentar a fans entregados del gore o del peor terror de serie B (o C, o D, y así hasta la Zzzzz…). El buen cine de terror asiste últimamente a una continua degradación del género que confunde el morbo, la repulsión y la falsa y vacía presunta espectacularidad de las imágenes de contenido explícitamente sangriento o visceral con lo que siempre ha significado el cine de terror: la utilización creativa, a través de recursos exclusivamente cinematográficos, de la propia psicología del espectador como vehículo para, a través de la sugestión y de la identificación entre público y personaje, lograr que en ambos se produzcan idénticas respuestas emocionales ante las evoluciones de la trama. Esta confusión, que hace prevalecer los aspectos visuales desagradables, denigratorios, zafios o sucios, identificando terror con asco o repulsión, además de tratarse de un reduccionismo empobrecedor, resulta de lo más vulgar, tramposo y simplón, con lo cual suele tener asegurada cierta repercusión en taquilla, todo hay que decirlo.

Esta tendencia presente desde siempre en el cine de tercera clase, sin embargo ha logrado de nuevo relevancia, esta vez con pretensiones artísticas, a raíz de fenómenos como la saga Saw (una de ésas en las que la primera entrega tiene cierta gracia y frescura, la segunda resulta comercial, la tercera innecesaria y ridícula, y las demás vomitivas), tras cuya primera parte surgió de nuevo todo un catálogo de memeces sanguinolentas propagadoras de una asquerosidad que poco o nada tiene que ver con el miedo. Un miedo cuya aparición se reduce a la sensación incómoda de que algún manchurrón de sangre vaya a salpicar de la pantalla a la camisa recién planchada.
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