A propósito de Once: una historia real

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Supongo que todos hemos vivido alguna vez un momento similar: un día, de improviso, sin advertencia previa, nuestro mundo personal se tambalea. Descubrimos una frontera tenue, indistinguible, antes de la cual nos sentíamos seguros en nuestro equilibrio vital, todo encajaba, no había otro problema que aquellos que trae el devenir cotidiano, cuestiones burocráticas, climatológicas o, simplemente, productos del azar, que nos contrariaban o perturbaban levemente y de los que nos quejábamos airosos olvidándonos de lo que supone tener problemas de verdad, una frontera después de la que todo ha desaparecido, y esas pequeñas contingencias que en otro momento conseguían encaramarse el número uno de nuestra lista de marrones pendientes quedan supeditadas ante un inesperado torbellino de emoción, frustración, desencanto y depresión en el que ya no hay nada más. Una ìmprevisible ruptura sentimental, un abandono insospechado, el repentino adiós a un ser querido…, momentos que nos dejan fuera de juego por un tiempo, a veces horas o días, a veces meses e incluso años, que parecen amordazar nuestra capacidad de elaborar pensamientos o de producir sentimientos que no tengan que ver con esa obsesión que nos consume desde un fatídico instante que no contábamos con que llegaría. Y sin embargo, cualquiera de esas tardes de convalecencia en las que parece que todo se derrumba, es el momento idóneo para ese subgénero de cosecha propia denominado “reconstituyentes para el ánimo”. La irlandesa Once, de John Carney, ha entrado a engrosar directamente las filas de esas películas, ligeras sin ser banales, emotivas sin ser sensibleras, tiernas sin ser cursis, amables sin ser bobas, pedazos de vida sin ser un cúmulo de denuncias o de desgracias… Una de esas películas que te puede recuperar los ánimos mejor y más rápidamente que una botella de Jack Daniels o una caja de bombones.

Curiosa mezcla de elementos de distintos géneros (pedazos de dramatización de una historia real, documental que retrata un proceso creativo, comedia romántica, musical absolutamente sui generis,…), esta pequeña joya de apenas 85 minutos rodada en 2006, triunfadora para el público del Festival de Sundance y ganadora del Oscar a la mejor canción, cuenta la historia de Glen (Glen Hansard, interpretándose a sí mismo y su propia historia) y Marketa (Marketa Inglova, ídem de ídem). Él es un joven cantante y compositor callejero que se gana la vida con las propinas y con las chapuzas que hace en el taller de aspiradoras de su padre; por el día interpreta versiones de temas conocidos en busca de unas monedas por las calles céntricas de Dublín, por las noches toca sus propios temas, inspirados en la mujer que le ha abandonado, donde puede o donde le dejan.


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