Inteligente western contemporáneo: El hombre del tren

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Si algo hay que envidiarle a la cinematografía francesa es su capacidad para producir películas inteligentes, para nada tópicas ni repetitivas, y de una calidad superior a la media. Todos los años hay seis, siete, ocho productos (y eso por ceñirnos sólo a los más relevantes) que en España no se rodarían salvo por accidente de la imaginación de sus autores y de la valentía de sus productores y que mantienen a Francia en el primer lugar de lo mejorcito del cine europeo por razones obvias. En 2002, Patrice Leconte añadió otro nombre a la lista de clásicos modernos del cine francés (y a la de su propia y más que estimable filmografía) con este western contemporáneo, extraño, tan cómico como dramático, tan profundo como aparentemente sencillo, titulado El hombre del tren, premiado en Venecia.

Y decimos que western, pese a su localización en la Francia actual, por razones que saltan a la vista tan solo con acercarse al argumento: última hora de la tarde, último tren que llega a una ciudad francesa de provincias. Un hombre solo (Johnny Hallyday), corpulento pero con aspecto de amargado, de resignado, de introspectivamente desencantado de la vida, se apea con una bolsa de viaje. Camina por las calles semidesiertas a esa hora de la incipiente noche, y sólo se cruza por azar con Manesquier (espléndido Jean Rochefort, premiado asimismo en Venecia), un profesor de lengua jubilado que ha salido a comprar a la farmacia. Milan (que así se llama el recién llegado) y Manesquier no se han visto nunca antes, pero, sorprendemente congenian, y Manesquier le invita a pasar la noche en su casa ante lo avanzado de la hora y la ausencia de fonda. En esa convivencia ambos se dan cuenta del por qué de su rápida conexión: cada uno de ellos ansía, en el fondo, la vida del otro. Milan se ve atormentado por una vida que no le gusta, en la que ha tenido que asistir a hechos reprobables y participar en acontecimientos vergonzosos, y hubiera deseado una existencia anónima, más convencional, mundana, rutinaria, con un horario fijo, una vida que le permitiera enamorarse y tener familia; Manesquier, por el contrario, siempre ha deseado salir de su vida monótona, aburrida, sin aliciente, en esa pequeña ciudad olvidada, ver mundo, luchar en él, acumular vivencias que lo hubieran curtido, convertido en un tipo duro, con leyenda a sus espaldas.

Pero esa convivencia, al principio un tanto incómoda, forzada y tensa, y poco a poco más fluida, natural, improvisada, espontánea, tiene fecha de caducidad. Continuar leyendo “Inteligente western contemporáneo: El hombre del tren”