Magia, amor, humor y ternura a la vuelta de la esquina: El bazar de las sorpresas

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Esta es la historia de “Matuschek & Compañía”, del señor Matuschek y de las personas que trabajan para él. Su bazar está a la vuelta de la esquina de la calle Andrassy. En la calle Balta, en Budapest, Hungría.

Aunque este seductor cuento de almas infelices bien pudiera transcurrir en otras coordenadas temporales y geográficas igualmente propensas a las fábulas de anhelos insatisfechos y corazones hambrientos, la atención del mundo se concentra por un instante, de puntillas, casi sin hacer ruido, a través de ese microscopio de emociones que es el cine, que nos invita, cogidos de la mano, mecidos por una voz cálida y amable que cita el texto que abre este artículo, a colocarnos ante un sencillo, modesto, pero encantador y coqueto escaparate de, como dice la canción, seres imperfectos, soledades compartidas, ideales desmesurados y amores a escondidas, de sentimientos expuestos a la espera de alguien que sepa apreciar su calidad pagando su precio hace mucho tiempo rebajado, en un pequeño pero próspero comercio de marroquinería y artículos de importación de la vieja capital húngara en un momento, 1939, en que Europa está a punto de perder la inocencia, si es que alguna vez la tuvo o creyó haberse fabricado una memoria a medida que la hiciera olvidarse por completo y por siempre de sí misma. Así, llevados del brazo, con el susurro de la promesa de un amor a un tiempo sencillo y épico, legendario y corriente, mágico y cotidiano, nos situamos en la esquina de las calles Andrassy y Balta del viejo Budapest a la temprana hora matutina en la que los empleados de Hugo Matuschek van concentrándose ante la luna de la tienda a la espera de la irrupción del taxi que traslada al gran hombre mientras comentan las noticias del primer periódico del día, se cuentan los avatares acaecidos la tarde anterior en sus quehaceres privados, lamentan la nueva enfermedad de la esposa del señor Pirovitch, esperan el relato de Kralik sobre la cena de la noche anterior en casa del jefe, o hacen buenos propósitos para la jornada en curso, aunque algunos de ellos, de reojo, a la vez preocupados y ansiosos, aguardan la llegada del coche para ser ellos quienes, por una vez antes que el señor Vadas, tengan el privilegio de abrirle la puerta a Matuschek y mostrar su abnegación por la empresa y su inquebrantable adhesión a la persona de su dueño en forma de un servilismo extremo que les vuelva visibles a sus ojos, que les proporcione un momento de notoriedad que abogue por su compromiso en el negocio antes de subsumirse en el anónimo marasmo cotidiano de clientes, proveedores, trastiendas, caja registradora, horas de teléfono, cuentas y tratos, antes de que Matuschek se encierre en un despacho al que sólo Kralik, su ojito derecho, parece tener acceso libre e ilimitado.

Así, con unas breves, soberbias, delicadas pinceladas, con unos diálogos agudos, ágiles, rápidos, certeros, se nos presenta el pequeño universo humano que va a deleitarnos apenas hora y media. Pirovitch (Felix Bressart, un fijo en las más recordadas películas de Lubitsch), es un hombre de mediana edad, algo triste y desencantado, hecho a una rutina familiar plácida y tranquila, que se deja llevar por una vida sin sobresaltos, sin alicientes, y que encuentra en su esposa e hijos todo lo que anhela de la vida, un frágil y quizá timorato y cobarde pero también cómodo equilibrio vital que no desea ver perturbado, ni por su suegra ni por el tío con el que odia compartir veladas ni tampoco por culpa de un trabajo que necesita conservar a toda costa ante la imposibilidad de poder ser aceptado en otro sitio, de ahí que desee refugiarse en ese mismo anonimato laboral que otros rehuyen, escondiéndose o haciendo mutis por el foro cada vez que Matuschek busca un empleado al que pedir consejo u opinión si no tiene a Kralik a mano, y que hace que, precisamente sea él el objeto de los malos humores del dueño del lugar cuando una sombra se cruza por su cabeza. Flora (Sara Haden) es una mujer madura que, adivinamos, probablemente perdió el tren del amor hace mucho tiempo, por mala suerte o porque no tuvo coraje para comprar el billete, y pasa sus días en compañía de su anciana madre. En el trabajo es tan eficiente como silenciosa y discreta, es el talento contable que hay tras el diario cierre de caja, su tardío momento de gloria cotidiano, pero no nos cuesta imaginarla en la intimidad de su hogar, suspirando por las oportunidades perdidas. Ilona (Inez Courtney) también hace gala de timidez y discreción ante Matuschek, aunque no vacila en opinar abiertamente, criticar o colgar sambenitos si es menester cuando el jefe no está delante, buscando en la aceptación de sus compañeros el trato afectivo diario del que quizá está privada al llegar a casa. Ferencz Vadas (Joseph Schildkraut, magistral en su difícil componenda de ser el rostro antipático en un metraje repleto de afabilidad) no busca ser querido o respetado por nadie más que no sea el señor Matuschek, y no por aprecio o simpatía personales, sino por su acentuado egoísmo: no duda en meter cizaña, en conspirar o en dar la vuelta o sacar punta a comentarios de sus colegas con tal de tener algún chascarrillo que vender al gran jefe que le permita así ganar puntos en su ranking de lealtades. Rastrero, ruin, vil y despreciable, utiliza la hipocresía y la falsedad como armas de conducta ante todos con tal de lograr su único propósito, su propia prosperidad. Adulador, soberbio, egocéntrico, mezquino y despreocupado por otra cosa que no sea él mismo, sin límite ético alguno a la hora de conseguir lo que quiere, en el fondo es el caso más lamentable de Matuschek y Compañía, porque sólo hay algo peor que el hecho de que la persona amada no corresponda a nuestros sentimientos: no tener uno mismo alguien a quien amar, o mucho peor, carecer de la capacidad para hacerlo. Pepi (William Tracy), el chico de los recados destinado a convertirse en el eficiente dependiente conocido como señor Katona, es un golfo amable, simpático. Viene del hambre, y de ella ha salido con mucho y buen trabajo, pero también con grandes sufrimientos y amarguras, aprendiendo de la vida en las calles con sus buenas dosis de cara dura, continuas triquiñuelas, y, probablemente, con algún leve quebrantamiento de la ley. No hay maldad en su corazón, sólo la alegría de vivir a toda costa, ganas de disfrutar por anticipado de una felicidad de la que se ve acreedor como justo depositario de ella, que siente segura, una mera cuestión de tiempo, pero a diferencia de Vadas, no en exclusiva, sino como uno más que pueda compartirla con otros al mismo tiempo que la recibe de los demás. Hugo Matuschek (Frank Morgan) es un patriarca, ejerce de padre de familia de su comercio. Pese a llevar veintidós años casado con Emma, no tiene hijos, de ahí que el negocio lo sea todo para él y se relacione con sus empleados como un padre entre bienintencionado y cascarrabias, quisquilloso y de buen corazón, siempre absorbido por las cuentas, atento con los caprichos monetarios de su esposa y, aunque él forjó su fama y fortuna de la nada, a su avanzada edad está ya necesitado de un apoyo en quien confiar para superar las limitaciones de su indecisión ante los nuevos tiempos. Su reputación de hombre de negocios próspero no está a la altura de la realidad: probablemente sin el apoyo de Kralik todo fuera distinto. Alfred Kralik (espléndido, maravilloso James Stewart, toda una estrella ya por aquel entonces, en una de sus mejores encarnaciones de hombre ordinario, común, cotidiano) es un héroe anónimo de firmes convicciones morales, de conquistas pequeñas y, no obstante, decisivas, que persigue un ideal tan recto como sencillo, la felicidad. Lleva nueve años en Matuschek y Compañía, desde que era un aprendiz como Pepi, le ha dedicado a la tienda toda su vida, y conoce los entresijos del negocio tanto y tan bien como el propio Hugo Matuschek, o quizá más y mejor, dado que a él no le cuesta ir adaptándose a los nuevos tiempos. Una vez convertido en encargado, sin embargo, la vida le sabe a poco, necesita abrirse a nuevas experiencias que han permanecido ajenas a él mientras ha necesitado invertir todo su tiempo en hacerse con una posición. Ahora siente la llamada de la poesía, de la música, de la vida, busca enriquecer su existencia antes de seguir los pasos de Pirovitch y llegar tarde a casi todo. Buscando alguna oferta de venta de enciclopedias de segunda mano ha encontrado un anuncio en el que una joven con inquietudes culturales busca interlocutor epistolar con quien intercambiar ideas filosóficas. Apartado de correos 237 de Budapest. Inmejorable para empezar. Con lo que no cuenta es con pasar de la cultura al amor, un terreno nuevo y resbaladizo para Alfred.

Este pequeño microcosmos familiar que parece congelado en un entorno mágico, casi de cuento, en una ciudad de ensueño en la que la vida es sencilla, plácida, fácil, donde se permite que la imaginación vuele a pesar de las leves penalidades diarias o precisamente para escapar de ellas, una urbe pequeña y agradable surcada por tranvías y bicicletas, llena de cafés en los que los valses, las polcas, las marchas, las mazurcas y las polonesas interpretadas por orquestinas de cuerda amenizan las charlas en torno a una taza y un trozo de pastel, donde las librerías y bibliotecas ofrecen tesoros y cada esquina es una puerta abierta a la aventura y a los sueños, va a verse alterado una mañana de verano cualquiera. Klara Novak (Margaret Sullavan, en la tercera de las cuatro colaboraciones con Stewart como partenaire a lo largo de su carrera, truncada trágicamente por su deriva personal hacia el alcohol y las drogas que terminó en trágica muerte por sobredosis de barbitúricos y ahogo en el propio vómito, aspecto luctuoso que confiere a su interpretación y a su personaje unas dimensiones ciertamente siniestras) es una joven tímida y apocada, una chica que huye, suponemos, de una mala experiencia anterior con hombres en cualquiera de los grandes almacenes en los que ha trabajado, si no en todos ellos. Idealista, romántica, soñadora, inquieta, ha aprendido a ser osada por necesidad, y consigue así, con un golpe de atrevimiento, que el intransigente señor Matuschek, que no quiere oír hablar de contratar nuevos empleados, le dé una oportunidad como vendedora aun en contra del criterio de Kralik (por una vez, en lo que es una forma un tanto infantil por parte de Matuschek de marcar su territorio como jefe independiente del criterio de su subordinado) gracias a su espontánea habilidad para encajarle a una cliente por encima de su precio habitual una horrible tabaquera musical con la sintonía del clásico popular ruso Ochi tchorniye (Ojos negros), disfrazándosela de bombonera dietética. Así que Matuschek, en un arranque de autoafirmación como jefe supremo, decide dos cosas: contratar a Klara, y adquirir una buena cantidad de tabaqueras para venderlas como bomboneras. Ambas decisiones, unidas a los propios problemas personales de Matuschek, traerán consecuencias que alterarán la vida de este mágico rincón de Budapest.

Por una vez, un título en castellano que no tiene nada que ver con su original en inglés no termina de traicionar o degradar del todo la intención del autor o el sentido de la historia. Porque si el título de Lubitsch, The shop around the corner, acentúa la perspectiva azarosa y cotidiana de una historia normal y corriente que puede transcurrir en cualquier ciudad o país del mundo, el título español, El bazar de las sorpresas, apunta por un lado, al juego de cajas chinas o muñecas rusas sobre el cual se estructura la trama de la cinta, con continuas revelaciones, giros e información cruzada y parcial entre los personajes pero completa y bien engranada para el espectador, que asiste a las peripecias y desencuentros de los personajes a sabiendas de las claves de su confusión, y por otro, la palabra bazar trae sin duda evocadoras reminiscencias relacionadas con esos bulliciosos mercados árabes, tan coloridos, aromáticos, concurridos, llenos de calles estrechas, recovecos escondidos, promesas y peligros, emociones y sorpresas que aguardan en la esquina menos pensada. Y así sucede en la película con el tejido de relaciones creadas en la tienda, en las cuales la aparente nunca parece ser la explicación más sencilla de lo que sucede: Klara y Alfred no se soportan, su jornada está jalonada de desencuentros, de miradas hostiles, reproches continuos y exacerbadas discusiones, aunque nosotros sabemos que él es un hombre sensible que mantiene un amor epistolar con el apartado de correos 237 de Budapest y que ella ansía el momento de acercarse al cajetín de su oficina postal para recoger las cartas de un amado desconocido; Matuschek sospecha que su mujer le engaña con uno de sus empleados y desconfía de Alfred, el empleado cortés y educado que deja poemas de Shakespeare en el libro de visitas de la casa cuando es invitado a cenar y que siempre tiene palabras entusiastas y elegantes para Emma, y su relación casi de padre hijo por más de nueve años se resiente, amenaza con quebrarse; Pirovitch y Alfred sí mantienen una buena amistad sustentada en las horas que pasan fuera de la tienda, paseando y o tomando café mientras charlan de lo divino y lo humano, lo cual convertirá a Pirovitch en confidente de Kralik y desencadenante de la resolución de la trama; Vadas empieza de repente a vestir ropa elegante y a lucir joyas muy caras, y su estrella va creciendo a medida que la de Kralik se va apagando a ojos de Matuschek, … Todo parece ir por el camino equivocado, los malos entendidos parecen triunfar por encima de las buenas intenciones, los desencuentros ganar la partida a los sentimientos, y el espectador aguarda expectante, algo inquieto pero consciente de que en algún momento, como así ocurre, las cosas, por puro azar y gracias al corazón gentil y amable de Pepi Katona, despreocupado y golfo pero hasta cierto punto, han de ir volviendo poco a poco a su cauce para desembocar en un final navideño y feliz que deje las cosas en el sitio de donde nunca debieron salir.

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El berlinés Ernst Lubitsch, maestro de maestros, mentor de nada menos que Billy Wilder, establecido en Estados Unidos desde 1922 tras una larga, fructífera y exitosa carrera europea, da una nueva lección de cine con mayúsculas a través de una historia pequeña, sencilla, un mero divertimento en el que por primera vez abandonaba los aristocráticos ambientes de sus enredos de alta sociedad heredera directa de la tradición del cine de “teléfonos blancos” que tanto se prodigó en Europa a raíz de su éxito, precisamente, en Hungría y también en Italia, para regalarnos una sutil comedia romántica que, afortunadamente, poco o nada tiene que ver con el pasteleo habitual que suele ser destinatario de esta expresión (y del que es buena muestra, para mal, el pretendido remake de 1998, la infumable Tienes un e-mail, con el hoy fondón Tom Hanks y la pavisosa Meg Ryan haciendo el ridículo más espantoso en una película lamentable cuyo negativo debería ser quemado en público). En este caso, en cambio, justo tras la magistral Ninotchka y un par de años antes de la sublime Ser o no ser, Lubitsch ofrece en esta historia de gente común y corriente con la que el público podía identificarse con mayor facilidad que con los condes, princesas, damas y caballeros de su cine anterior, un compendio de lo mejor de su cine, de lo que después se llamó con fines publicitarios “el toque Lubitsch”: un guión perfectamente engranado repleto de magníficos, breves, punzantes y desarmantes diálogos, un relato situado en la actualidad (de 1939) pero basado en elementos atemporales que permitan su proyección hacia el futuro o el pasado, un trabajo de actores soberbiamente dirigido, y ese no sé qué, mezcla de genialidad, humor, pasión por el detalle del rostro, del gesto, del diálogo chispeante o del objeto más inesperado o aparentemente banal como vehículo metafórico de emociones, sentimientos y explicaciones de lo que se ve, unido a un innegable buen gusto por las escenografías y el infrecuente don de contar y mostrar lo que en cada minuto del metraje se requiere, ni antes ni después, todo ello con elegancia, sutileza y sofisticación visual y una enorme capacidad para sugerir y generar complicidad en el espectador. Con un rodaje que no llegó a los treinta días con el sur de California, aunque parezca mentira, como marco, y un presupuesto inferior al medio millón de dólares, honorarios incluidos, que en taquilla se multiplicaron exponencialmente en la cuenta de beneficios, la película, basada en un drama del autor Nikolaus Laszlo adaptado por Samson Raphaelson y la colaboración de nada menos que Ben Hecht en los diálogos, está rodada en el mismo orden en que se muestra la trama al espectador, escena por escena, y se sustenta en la magnífica química entre James Stewart y Margaret Sullavan, antagonistas que se aman y no lo saben, amantes que se odian sin querer. En particular, Stewart da un recital con su caracterización de hombre corriente poseedor de enorme determinación, capacidad y talento, a un tiempo fiable, seguro, varonil y recto, y también simpático, amable, gracioso, divertido y de buen corazón.

Pero la película es mucho más que una historia romántica rodada con estilo, elegancia, belleza y fina ironía. Más allá de la historia de dos conocidos que desarrollan una intensa relación amorosa por carta sin haberse visto nunca y sin sospechar que en realidad se conocen, que trabajan en la misma tienda y que en su relación diaria se odian, la película contiene claves de crítica social también presentes en el cine de Frank Capra, y no nos referimos al marco navideño en el que se resuelve la historia de modo un tanto lacrimógeno y facilón aprovechando los buenos sentimientos que proliferan por esas fechas. La tienda de Matuschek es casi el escenario único de la película, en lo que constituye una atmósfera casi teatral, con apenas tres breves momentos transcurridos fuera de ella (el café donde se encuentran los amantes desconocidos, el hospital, la habitación de Klara), y ese acercamiento al entorno laboral de estructura piramidal que nos presenta la cinta es precisamente el retrato de una estructura social propugnada por el capitalismo norteamericano en los años cuarenta como alternativa a los tan repentinos como engañosos éxitos logrados por el fascismo y el comunismo en Europa. Por otro lado, por vez primera en el cine de Lubitsch, las relaciones amorosas prohibidas, los adulterios, los esposos o esposas engañados, no son frívolo objeto de sus comedias o simples medios para mostrar sus ocurrencias humorísticas. Al contrario, en El bazar de las sorpresas, los sentimientos anidan a flor de piel, el dolor traspasa la pantalla, vemos a los personajes sufrir, temer el hecho de que sus heridas puedan reabrirse o de que su suerte pueda cambiar en un momento dado, que su destino pueda ser alterado por el azar de un amor traicionado, de una expectativa fallida o derrotada, y Lubitsch, lejos de buscar el humor en una situación conmovedora, nos consuela, nos da ánimos, y nos impulsa afectuosamente y con enorme sensibilidad y tacto a mirar hacia delante. Así, la película, lejos de resultar un pastelón romántico de sábana dispuesta a secar lagrimones de cocodrilo, resulta una comedia ingeniosa y ligera, un festivo homenaje a la vida que consigue a través de sus formas amables, su magnetismo y el carisma de sus personajes, dejar un regusto agradable a pesar de estar manejando un dramatismo demoledor y unas historias crudas de soledad y desarraigo. Quizá no demasiado apreciable técnicamente, sin embargo explota a la perfección el suspense romántico a través el anzuelo que tiende al público desde el momento en que averigua, junto a Alfred, que Klara es su amada por correspondencia. A partir de ahí el espectador asume el papel de Kralik y, aunque prevé la resolución positiva del lance, se muestra pendiente del cómo, el cuándo y el por qué.

Película encantadora, recurrente como una vieja amiga cuyo consuelo necesitamos cuando las cosas van mal, no puede evitar haber trascendido a sí misma en un aspecto que sus responsables no podían prever en su día: Budapest, 1940. Esos personajes a cuyas evoluciones hemos asistido durante hora y media, esas personas que nos han hecho sonreír o reírnos a carcajadas (inolvidable la escena del café cuando, desde la calle, Pirovitch revela a Alfred la identidad de la chica que le espera en el café con el ejemplar de Ana Karenina y el clavel marcando la página; ver último vídeo), con las que hemos llorado (un poco antes, cuando el camarero se da cuenta de que Klara lleva un clavel como señal para su amado desconocido y le cuenta la desgraciada historia de una joven que esperó con una gardenia en la mano a su amante y de cómo encontraron una gardenia pisoteada cuando barrieron el local horas después: “sin duda él llegó y la vio, no le gustó y tiró su gardenia al suelo”), que nos han hecho preocuparnos, inquietarnos o sentirnos felices y contentos, todos ellos, están a punto de enfrentarse a la mayor tormenta que ha asolado a la humanidad. Viendo sus evoluciones por las calles de Budapest uno no puede evitar pensar en la dictadura húngara aliada de Hitler, la invasión de la URSS de 1941, la posterior retirada, la amenaza soviética al país, la invasión alemana y la deportación de cientos de miles de judíos húngaros a los campos de exterminio en 1944. El final amable, positivo, feliz, que esperamos durante hora y media, viene superado por una verdad histórica escalofriante que, al igual que ocurre con la historia real de algunos de sus actores como Margaret Sullavan, hace cobrar a la historia una nueva dimensión extracinematográfica. ¿Qué fue de Alfred y Klara, de Pirovitch, de Flora e Ilona, de Matuschek y su esposa, incluso de Vadas, en los años sucesivos? ¿Qué pasó con Pepi o Rudy, el nuevo chico de los recados que lo sustituye y que sirve de compañía al viejo jefe en la cena de su primera Nochebuena de soledad tras veintidós años? La sonrisa que deja la película se congela en el rostro si pensamos en los “verdaderos” Alfred y Klara. Algo que ni siquiera el “toque Lubitsch” pudo prever.

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Sin embargo, si aislamos la película de un entorno histórico-político ajeno a su concepción, se trata sin duda de una auténtica delicia de noventa y cinco minutos, un prodigio de sensibilidad y buen gusto, de sentimientos desnudos pululando por la pantalla, de amabilidad y complicidad con el espectador, uno de los mayores exponentes de ese “cine reconstituyente para el ánimo” del que ya se ha hablado aquí alguna vez. La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos decidió incluir una copia del negativo original en su National Film Registry como bien norteamericano a preservar para futuras generaciones, por su relevancia histórica y cultural y sus grandes valores dramáticos, estéticos y narrativos. No es para menos.

36 comentarios sobre “Magia, amor, humor y ternura a la vuelta de la esquina: El bazar de las sorpresas

  1. Al loro…¡qué texto, 39,! hay que dejarlo a medias…suspense…luego lo termino.
    Esta peli la vi a principios de los 80, cuando en la tele pública ponían ciclos sobre directores y actores cásicos en horario prime time…y de ésta recuerdo exactamente lo que has mencionado: un poso de amable cotidianeidad y de simpatía,y un establecimiento como aún pude ver en mi pueblo cuando era crío, ya sabes:tarima en el suelo, estanterías con cajoncitos de madera. No puedo recordar la trama pero guardo un agradable recuerdo de ella y de Stewart.

  2. BUENO!!!,menudo texto el de hoy. Me lo he leído casi sin respirar.
    Creo que es de lo mejor que has subido. Felicidades. Sólo un inconveniente. Es lunes, estoy currando y me han entrado unas ganas increíbles de ver la peli enterita, ¿qué porras hago ahora?

    Precioso post!!!

    K,

    Marta

  3. Gracias, Carlos. Dices no recordar la trama pero sí la sensación positiva que te dejó: un punto a favor del buen cine.

    Mil gracias Marta, me lo ha escrito el mismo que le escribe los libros a AR… Estoy de acuerdo contigo, es uno de los tres mejores posts que he escrito y si algún día cierro el chiringuito lo único que me impedirá dar de baja el blog con todo lo que contiene serán artículos como éste.
    Si tienes VHS lo podemos solucionar fácilmente.
    Besos

  4. Como tu ya lo has dicho todo, me fijo en esta frase “es una mujer madura que, adivinamos…” y ese es parte del toque Lubitsch, con unas pinceladas magistrales (gesto, vesturario, frase) conocemos enseguida al personaje que de todas formas y en otra vuelta de tuerca del toque nos sorprenderá.

    Coincido totalmente contigo con lo de la película ·Tienes un e-mail”, un bodrio. Lo que más me molesta es que se venda como remake porque le hace flaco favor a quien no conozca (si hay alguien) el original.

  5. En efecto, Alma, y se trata de un personaje absolutamente secundario, accesorio, que, junto con la otra dependienta, Ilona, apenas tiene protagonismo alguno (fíjate en que mientras de los demás sabemos nombres y apellidos, ellas sólo son Flora e Ilona).
    “Tienes un e-mail” debería ser causa de juicio sumarísimo y condena sin redención posible.

  6. ¡¡¡Qué texto y análisis extenso sobre película maravillosa!!! El bazar de las sorpresas es una de mis debilidades. Una de mis medicinas. Cura tristezas y melancolías. Y son estas películas las que muestran cómo surge el cine inolvidable. Ese que no se borra de la memoria. Una historia sencilla, cercana; unos personajes perfectamente dibujados; un guión lleno de detalles y buenos diálogos, el buen uso de la cámara para contar en imágenes, un grupo de actores que se transforman en personas absolutamente creíbles, una historia por la que el tiempo no pasa (está más pasada Tienes un e-mail y es de hace menos tiempo…, por seguir criticándola, vamos)…
    En fin, El bazar de las sorpresas siempre va a ser un buen regalo. Lubitsch como demostró una y otra vez era un rey no sólo contando historias sino llevándolas a la pantalla, era un narrador cinematográfico nato. Y como bien desarrollas, no porque una historia sea sencilla cuenta menos cosas o es menos profunda, a veces, lo sencillo guarda mucha más sabiduria que los discursos más complejos.
    Un beso y gracias
    Hildy Johnson

  7. Gracias a vos, Hildy. Cine medicinal de primera clase sin contraindicaciones ni efectos secundarios. Precisamente la virtud de la película es tocar tantas y tan serias cosas con tanta delicadeza, ironía, ternura y humor.
    Besos.

  8. ¡Que maravilla de POST !.Me lo he leído sin respirar,me daba hasta pena que terminara.Desde luego no es para menos que una copia del negativo original se guarde como una autentica joya ,en el National Film Registry.Yo no la he visto, pero solo con leer lo que has escrito,se positivamente y por experiencia adquirida en estos tus 39 escalones ,que no me defraudará cuando pueda verla.Me encanta Stewart.Tiene un porte único.Al ver las escenas que has puesto,no he podido menos que recordar una de mis pelis preferidas ,¡Que bello es vivir!,donde para mi,esta inmenso. Diría mucho más ,(me enrollo sin conocimiento)…….Solo una cosa; A mi me encantan los finales Navideños y felices que dejan las cosas en su sitio.Enhorabuena Alfredo.Inmenso.Saludicos

    1. Caso omiso Alfredo.El domingo por la noche dediqué 95 maravillosos e inolvidables minutos a ver esta joya de película.
      Magnifico James Stewart en su papel de Alfred Kralik.Química perfecta entre Stewart y Sullavan (después de verla,realmente da pena su trágica muerte).Como tu dices,Lubistsch,deja un maravilloso regusto,a pesar de estar contando unas historias llenas de dramatismo,soledad y desarraigo.Totalmente de acuerdo en que es una delicia sensible,amable y cómplice con el espectador,un reconstituyente para el ánimo. Gracias,gracias y gracias. Siempre te lo digo,tus post ganan quilates después de ver la peli.Este en especial es “ALUCINANTE”.Saludicos

      1. Gracias a ti, Carmen, por revisar la película por nuestra culpa… Como ves, la peli se vende sola. A mí me llena tanto de tantas cosas que si tenía que escribir sobre ella no podía ser menos.
        Gracias de nuevo.
        Saludos.

  9. Gracias, Carmen. Si tienes que ver sin falta alguna de las películas que comentamos por aquí, es sin duda ésta.
    Personalmente, eso sí, abomino de los finales felices y navideños; es lo que menos me gusta de la película y sin embargo yo diría que es la única excepción a mi severísima y particular regla sobre los happy endings.
    Saludos.

    1. Mi condición femenina me juega siempre buenas pasadas,en el sentido de que me gustan los finales felices.Fíjate que digo la misma frase que tu escribes en el post. En tu contestación falta un ligero matiz….Que dejan las cosas en su sitio.Hay finales Navideños y felices en los que no ocurre así. Esos happy endings tampoco me ilusionán mucho. Seguro que tu sabes un montón de ellos. Saludicos

  10. Efectivamente, me adelanté a ti. sonrío.
    has realizado una de las mejroes entradas que te recuerdo. Bueno, ésto es un decir, un tratar de quedar bien superlativo, pues no te recuerdo una entrada indecente en todo este años que te llevo leyendo.
    Sin embargo la que nos ocupa, está plagada de detalles, de muy buen trabajo de campo, de opiniones verdaderamente fundadas, y además está muy bien escrita.
    Sobre la película, a mi modo y manera, ya dije todo lo que podía decir.
    Un abrazo.

  11. Leído! Fantástico,39. ¿y qué son las comedias de telefono blanco?
    Oye, que es escalofriante la reflexion que haces sobre el futuro proximo, real, de los protagonistas en la inminente guerra. Como duele ver que nuestras vidas, felices o no, pero nuestras, pueden ser manejadas por políticos y militares… Que nos sea leve.

  12. ¿Que no he hecho nada indecente? Eso es que algo va mal…
    Tu relato capta excelentemente la atmósfera que rodea la acción. Inmejorable traslación. Soy un libro abierto; se me nota cuando algo me gusta.
    Un abrazo.

    Gracias, Carlos.
    El cine de “teléfonos blancos” es la denominación que recibe una serie de películas que triunfaron en la Europa de los años 20 y 30, sobre todo en el este y en Italia, comedias de ambiente aristocrático que hacían de los líos de faldas y el enredo sentimental su pilar central. Grandes maestros como el propio Lubitsch se formaron en él, y es también el origen último de un cine a la manera fascista que se hizo en Italia durante los años treinta y hasta la Segunda Guerra Mundial, en el que surgieron estrellas como Alida Valli, por ejemplo.
    En cuanto al futuro de los personajes de la película, es algo en lo que no reparé en los primeros visionados. Obviamente, no podía ser la intención de los autores reflejar ese aspecto, pero es una buena manera de demostrar que vida y arte se retroalimentan, que se completan.

  13. Un trabajo exquisito, denso, con perfiles minuciosamente descritos, con tramas relatadas con lujo de detalles, con personajes perfectamente retratados, encuadrados, con un argumento estudiado, … su post, digo …

    Ha tratado Ud. a esta película como se trata a esos objetos cuyo inmenso valor nos fuerza a buscar el detalle del detalle. Se nota que le gusta. A mi también. Gracias por hacer que me guste aún más.

  14. Pues nada, otro título que no conocía y que voy a ver en cuanto pueda. Sin duda, el video que has colgado ya es una buena muestra junto a las fotografías y tus palabras de que es otra de esas joyas que no se conocen demasiado. Además a mi me encantará ya que todavía no he visto ninguna película con Jimmy Stewart que no sea buena.

  15. Gracias a vos, Celebes. La película resulta de lo más inspiradora. El mérito es todo suyo.

    Dana, película de visionado urgente. Ya tardas, de verdad.

    Amigo Dante, si te dijera lo que me costó escribirlo no te lo creerías, así que no te lo digo.
    Gracias a vos.

  16. Como se nota, amigo Alfredo, que esta película te gusta: esa descripción que haces de todos sus personajes es sobresaliente: me parece verlos desfilar de nuevo por mi pantalla.

    Estupendísima reseña, quizás la que más me ha gustado hasta ahora, puede que porque la copiaría en el acto al suscribir por entero su totalidad.

    Calurosos saludos.

  17. Gracias, Josep. Lástima que las obligaciones no permitan dedicarle el mismo entusiasmo a todos los artículos, Josep. Bueno, tampoco todas las películas lo merecen.
    No te acalores, hombre.
    Saludos.

    Tienes razón, Carmen. Me he expresado horrorosamente. Además, cuanto más mayor me hago, más me gusta la Navidad, aunque no en el cine.
    Saludos.

    1. Me encanta que digas que te gusta la Navidad .La mayoría de gente de tu edad,dice lo contrario.Pero me parece que es más una postura que una convicción.Saludicos

  18. Vaya tú te has empeñado en recordarme que una vez tuve en casa de mis padres una tele en color que montó mi padre por piezas(grunding creo que era)y que yo pataleaba porque mi abuela se empeñaba en ver un ciclo de pelis en blanco y negro…Y luego me quedé allí, sentada a su lado hipnotizada, sin poder levantarme y ella y yo nos quedamos en el sofá, dejando que pasaran todos esos increíbles personajes por aquella tienda de la esquina donde el mundo se había detenido.Cada película tiene una historia.Esta me gusta recordarla.Gracias Alfredo

  19. La diferencia para mí, Carmen, han sido mis sobrinas. Hasta entonces no es que me gustara o no, era simple indiferencia. Pero ya no. Eso sí, el excesivo almibaramiento me repatea, sea en Navidad o no.
    Saludos.

    Me alegra traeros recuerdos, Marisa. ¿Qué es el cine si no?
    Gracias a ti.

  20. No puedo dejar de asombrarme,como tus compañeros blogeros,sobre este monumental texto,mi querido Alfredo.Diseccionas de una manera insuperable,intercalando imágenes,tanto estáticas como en movimiento,otro bazar de sorpresas rico en contenidos y detalles.Sé lo que es el buen cine,el cine de calidad,pero cuando va reforzado por un texto como éste,siento que no todo está perdido.

    Excelente,magnífico.
    Un fuerte abrazo.

    1. Gracias Francisco, ojalá tengas razón y que no todo esté perdido.
      Es una película que me llega particularmente, y cuando eso sucede, el entusiasmo puede más que cualquier contención.
      Abrazos.

  21. Que maravilla de tienda, en ella encontraremos a ése grandísimo guionista que éra Samson Raphaelson(Sospecha A. Hitchcock), ése vodevil vienés, ésas puertas cerradas de Lubistch; ésa colmena de gente amable y trabajadora dónde están tan fuera de lugar un “gigoló” y los celos enfermizos del de nuevo rico, personaje que interpreta tan magistralmente Frank Morgan, hacia su bondadoso hombre de confianza. Y, sobretodo ésa pareja que se ama apasionadamente de modo platónico, y epistolar, pero que no pueden evitar discutir cada véz que se vén o se hablan.
    Coincido plenamente con Félix Bressart en lo de hacer un regalo horrible a álguien a quién detestas por Navidad, ya que te gastas la pasta igual, al menos que se le amargen las fiestas al otro.

  22. Vodeville de estilo vienés he escrito, muchacho, Lubistch éra austriaco, he visto la mayor parte de su obra, de 1.914 hasta “La dama de armiño”, y véo perfectamente que el llamado “toque Lubistch” estaba basado en el vodevil austriaco. aunque esta obra de teatro séa la adaptación de un vodeville al estilo del Budapest de los años 20, tipo Fèrenc Molmar.

  23. Disculpa, Lubitsch era alemán, nacido en Berlín, y su familia era oriunda de Rusia. Y yo no veo, o al menos no sólo, el vodevil austríaco, y si lo hay, lo hay como hay decenas de otros elementos.

  24. Chico, no soy tan erudito, he cometido un error lógico, teniendo en cuenta que Lubistch ya en el Berlín de 1.914 hacía filmes de guardarropía al más puro estilo vienés y burgués, y nunca abandonó ése estilo de comedia sofisticada y un tanto ‘snob’, de la que fué uno de sus grandes emperadores.
    Y la mayor parte de obras de teatro que adaptó y de los guionistas con los que trabajó fueron alemanes, austriacos y de los países del este de Europa.

  25. Anoche descubrí, yo solito, que en “La niña de tus ojos” Trueba cuela un expreso guiño, en plan homenaje, al genial Ernst Lubisch haciendo una sutil referencia a esta peli.
    Y lo descubrí yo solo, ya digo, con lo que me puse la mar de contento.

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