Intriga política de capa y espada: El maestro de esgrima

El maestro de esgrima

Una amiga muy querida tuvo a bien, como dice Adela de Otero (Assumpta Serna) en un momento de la película, hacerme “el mejor requiebro que he me han hecho nunca”: según esta amiga, mientras veía por vez primera la adaptación a la pantalla por parte de Pedro Olea de la que, a juicio de un servidor, es la mejor novela de Arturo Pérez-Reverte, dando como resultado, según este mismo servidor, la mejor película de entre las basadas en un libro suyo (y no, no me estoy olvidando de Alatriste), esta amiga, digo, que si no recuerdo mal no había leído el libro, no podía evitar ver llamativas y sorprendentes similitudes entre el protagonista, Jaime de Astarloa (Omero Antonutti), y mi propia persona humana masculina singular. Y no es que a uno le agrade especialmente que lo asimilen a un antiguo galán italiano setentón que hace películas en España de vez en cuando (aunque compartamos el mismo volumen de flequillo), sino que la cosa se ve desde otra perspectiva si pensamos en la caracterización del personaje.

Madrid, 1868. La política anda convulsa, pues se dice que el general Prim, catalán de Reus, astuto político y temerario, valiente y competente militar, héroe de una de las campañas africanas del decadente imperialismo español y exiliado en Londres por sus ideas excesivamente “democráticas”, está conspirando para regresar a España y ponerse al frente de un movimiento revolucionario que aparte del trono a la pizpireta y casquivana Isabel II. Eso, si es que no ha vuelto ya y se encuentra de incógnito convenciendo a los indecisos o sobornando a quien se deje con tal de abrirse camino hacia el gobierno… El que sería líder de la llamada Gloriosa, posteriormente presidente del Consejo de Ministros y, por último, uno de los más ilustres de entre los célebres políticos asesinados en el siglo XIX español, es el detonante en la sombra de una intriga que amenaza la paz de Jaime de Astarloa, el mejor maestro de esgrima de la Villa y Corte. A Astarloa, incapaz de imaginar siquiera que los entresijos de la vida pública del país puedan afectar en lo más mínimo a su rutinaria y compartimentada vida, esos juegos políticos no le interesan más allá del entretenimiento que le proporciona la tertulia de la tarde con sus escasos amigos, Carreño, Romero o Agapito Cárceles (Miguel Rellán), apasionado, radical y fanático intrigante. Astarloa vive de ensoñaciones y de recuerdos, de memorias de un tiempo en el que las palabras tenían peso, valor, y la mayor razón para desenvainar la espada era un lance de honor, una traición de amor o amistad, la ruptura de la palabra dada o la insolencia o descortesía con una dama. Permanece ajeno a la velocidad de un mundo de ferrocarril y pólvora, de capitalismo y distancias cada vez más cortas, en el que poco empiezan a importar los antiguos valores de la nobleza, de la aristocracia desmoronada reconvertida en banca regida por tipos de interés, de políticas que son pretextos para que unos pocos puedan turnarse en el ejercicio arbitrario y partidista del poder, y de religiones que se venden al mejor postor para no perder su cuota del suyo. Astarloa vive en tiempo pasado, empecinado en seguir enseñando esgrima en un mundo que tira de pistola, de fusil, de cañón, convencido (con razón) de que éstas son armas más rápidas, efectivas, devastadoras, pero innobles, tramposas, que vuelven al hombre un cobarde, ruin y mezquino, que puede matar a distancia o por la espalda sin pasar por el obligatorio trance, para el honor y la dignidad, de mirar a los ojos a aquel al que se está matando, sintiendo su aliento, su calor corporal, o viendo el pánico, el dolor o la súplica implícitos en su expresión. Así, mientras recuerda sus días de aprendiz en París y evoca un amor pasado cuya desgraciada conclusión le obligó a volver a Madrid, pasa sus días entre sus clases impartidas a los pocos románticos que todavía practican la esgrima o la imponen como disciplina formativa a sus nietos, sus encuentros con amigos en el café, y la redacción de un tratado de esgrima cuyo colofón ha de ser la estocada maestra, aquélla imposible de prever y de parar, la estocada infalible, definitiva, siempre victoriosa, y en cuya búsqueda lleva meditando toda su vida, intentando continuar una labor que su maestro jamás pudo culminar. Sin embargo, dos hechos van a ir tejiendo levemente una tela de araña alrededor de esta vida de nostalgias: por un lado, Luis de Ayala (Joaquim de Almeida), un marqués, alumno de Astarloa, pendenciero y mujeriego, que anda metido en política, le pide que custodie unas cartas de suma importancia que sólo puede confiarle a al único hombre honorable que conoce, y por otro, y sobre todo, la irrupción de Adela de Otero, joven atractiva de oscuro pasado y enigmática belleza que, consumada esgrimista, convence al maestro para que le enseñe la famosa estocada de doscientos escudos para cuyo aprendizaje alumnos de toda Europa llegaban antaño a Madrid para ser recibidos por Astarloa.

le maitre d'escrime

La llegada de Adela de Otero revoluciona como nunca la vida de Astarloa: como un adolescente enamorado, empieza a preocuparse de nuevo por mantener un aspecto lo más cuidado (y juvenil) posible, por la corrección y actualización de su indumentaria, y anhela cada día la hora de verla pasar por la puerta de su estudio, volviendo a experimentar emociones, atracciones y sentimientos que creía olvidados. Nada le importan ya las intrigas de alcoba de Ayala ni los cotilleos políticos de Cárceles ni la conclusión de su tratado de esgrima, sólo ella, el último vestigio de algo parecido a una promesa de felicidad que pasa ante él. Sin embargo, los celos que le produce verla en compañía de Ayala y la inevitable conclusión de sus clases cuando por fin le enseña la estocada de los doscientos escudos, vuelven a sumirlo en su existencia monótona, herido y un tanto resentido. Pero cuando, una mañana, acude a su clase en casa del marqués y se encuentra con el inspector de policía Jenaro Campillo (José Luis López Vázquez, en uno de sus últimos papeles reseñables en el cine), su vida da un vuelco: en cuanto ve el cadáver reconoce las inequívocas señas de su estocada de los doscientos escudos.

En apenas ochenta y cinco minutos, Pedro Olea nos sumerge en la apasionante intriga del Madrid decimonónico de conspiraciones y maquinaciones por el poder que se prolongaron desde el final de la Guerra de la Independencia hasta el estallido de la guerra civil en 1936 (en España todo dura más de la cuenta; si la Edad Media duró hasta 1808, el siglo XIX no terminó hasta bien entrado el XX). Con meticulosidad en la puesta en escena, en particular en la recreación de vestuarios, atmósferas, escenarios y utensilios, quizá el mayor problema de la cinta sea la escasez de presupuesto y la necesaria privación de mayores y mejores medios para una filmación que, aun siendo en formato cine, no puede evitar cierto aire televisivo, resultando especialmente llamativa la desangelada recreación de las manifestaciones políticas reprimidas por la Guardia Civil (en el mejor estilo del cuadro La carga, de Ramón Casas), así como el doblaje realizado por los propios actores para cubrir las limitaciones del acento por parte de Antonutti en castellano por un actor español, que resulta en todo punto artificioso.

Aun con sus notables imperfecciones, entre las que destaca su tono frío, plomizo, desapasionado a pesar de retratar sentimientos y pasiones exacerbados, resulta no obstante un relato apasionante a caballo entre el melodrama de época y el cine de género que consigue enganchar a través de una excelente forma de captar el suspense y la intriga de la novela original, encadenando los sucesos políticos con los acontecimientos particulares de los personajes y constituyendo un todo cerrado, estupendamente resuelto, con anticipación y conclusión acertada y solvente de las diversas líneas narrativas que se han ido planteando, si bien el MacGuffin, las cartas, la vinculación política de unos y otros, quién paga y quién gana, siempre se mantengan en la sombra. Las interpretaciones andan entre el aprobado raspado y el notable, bien Antonutti como galán crepuscular con un aire, tanto en la construcción y la evolución, al personaje de Lampedusa, Fabrizio di Salina, más limitada Serna, quizá por ausencia de una mayor exuberancia exigida por el personaje, estupendos los secundarios Rellán, López Vázquez o Alberto Closas, entre otros y simplemente correcto De Almeida. Seleccionada por España para los premios Oscar de aquel año, no pasó el corte, pero sin embargo constituye uno de los mejores ejemplos del cine español reciente de cómo es posible conseguir una película digna para públicos amplios a partir de una novela o de referencias históricas propias dotándolas de características cinematográficas dignas y atractivas, y un recordatorio de la enorme riqueza que supone acudir, por ejemplo, al inagotable caudal histórico hispánico más allá de la guerra civil como fuente para nuevas-viejas historias que atraigan e interesen a un público español masivo, siempre y cuando se adornen de repartos atractivos y se les dote de medios suficientes. El maestro de esgrima, película a todas luces pequeña, modesta, voluntariosa y limitada, es un buen ejemplo de ello; la muestra es que, a día de hoy, con tantos y tan buenos directores y presupuestos tan altos a la hora de enfrentarse a otras adaptaciones de las obras de Pérez-Reverte, ésta siga siendo la mejor y, en cierto modo, la más reconocida.

15 comentarios sobre “Intriga política de capa y espada: El maestro de esgrima

  1. o sea que eres un romántico poco atraído por las continuas novedades excepto Internet, como Astarloa. Y también pesimista en lo relativo a la forma de vivir actual…Te alabo el gusto.
    yo ésta la vi en el cine en el 93 ó 94 y me encantó. Por entonces no estaba en condiciones de juzgar por qué pero lo que más recuerdo en su sobriedad y solemnidad. Ah y la Asumpta de la que me enamoré.
    Y Prim, yo es que todavía me aprendí un cacho de un romance que contaba mi abuela y que aprendió cuando era peque (nació en 1899) y siempre lo he tenido así como un héroe. Trataba de su asesinato.
    Un comentario excelente.

  2. Como vi la película hoy te lo digo de otra forma.No se puede explicar mejor.Magistral.
    Me ha hecho gracia uno de los adjetivos con que defines a Isabel II;Pizpireta.
    Se tendrían que hacer más películas en España con otras referencias históricas(pues anda que no hay ),que no sea el tan manido de la Guerra Civil.
    Me imagino que te refieres a Alatriste a la hora de adaptar una buena novela al cine.Esta última contó con mucho más presupuesto que la que hoy comentas y a mi gusto nada que ver una con otra.
    Personalmente a mi no me gustó.
    Gracias por este magnífico post.
    Saludicos.

  3. Gracias, Carlos. Bueno,la comparación no hay que tomarla al pie de la letra, pero algo hay. Muy bueno lo que comentas del romance de tu abuela, muy revelador. Porque en 1899 ya había llovido desde todo esto.
    Gracias de nuevo.

    Gracias, Carmen. Es que Isabel II se las traía…
    Saludos.

  4. Me gustó un montón esta peli y tengo pendiente el libro. De las que he visto adaptadas de Pérez Reverte, es la mejor. Años convulsos aquellos; y nos quejamos de ahora.

    Un saludo.

  5. Pues creo que el libro te gustará, Quevedillo. Combinación muy estimilante de literatura, historia, intriga y acción.
    Al menos la Guardia Civil ya no va a caballo más que en los desfiles.
    Saludos.

  6. Si. debía ser como los romances de ciego medievales que se transmitían oralmente pero éste recogiendo un hecho moderno. Supongo que perduraría en el recuerdo de los bisabuelos y a principios del siglo XX todavían lo recordaban. Yo sólo recuerdo una frase “…si mataron a Prim habrá sido a traición…”nananí nananá…”que Prim no teme a ningún español”…Algo así,algo así…
    Bueno ¿y qué extraño que contrataran a este Antonutti, no? A mí me parece bien pero para evitarse el trago del doblaje…¿qué actor español de entonces habrías puesto tú?

  7. Uno de esos tesoros de lírica popular…
    Lo del actor es complicado (quizá por eso terminaran buscándolo fuera). Mi candidato sin duda hubiera sido Fernando Rey, aunque ya era quizás algo demasiado mayor. Pero sin duda es a quien le hubiera encajado mejor.

  8. “El maestro de esgrima” fue la primera novela de Pérez-Reverte que leí y la que más me gusta de todas. Coincido totalmente contigo en que es la mejor de este escritor. En cuanto las películas basadas en novelas de Pérez-Reverte: haciendo memoria ahora misma, también diría que es la mejor.
    Saludos

  9. Ay,como no me gusta Arturo Pérez-Reverte,no fui en su momento a ver El maestro de esgrima,como tampoco las otras basadas en las novelas de éste.Tu magnífico post hace que le de una oportunidad a la película.

    Un abrazo,amigo.

  10. Pelín desapasionada. Demasiado formal, demasiado pobre (coincido en que se nota el paupérrimo presupuesto) un tanto académica…
    Con eso, una película que se puede ver perfectamente.
    Yo tengo una relación extrañisima con la obra de Pérez Reverte. Creo haberlo leído todo, pero no me preguntes con cuánto de ello he disfrutado.

  11. Pues esta es otra más de las que tengo pendientes. Si según tu parecer es mejor que Alatriste, haremos por verla, ni que sea por comparar la aplicación del ingenio contra la exhuberancia de medios.

    Saludos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.