La tienda de los horrores – El niño con el pijama de rayas

rayas

De entrada no hay nada excesivamente llamativo, ni para bien ni para mal, en esta película de Mark Herman que adapta la novela juvenil, insistimos, juvenil, de John Boyne, una de las películas más vistas de 2008. Nada destaca por sí mismo como excelente o brillante, ni lenguaje visual ni labor de dirección ni interpretaciones ni guión ni nada de nada, aunque tampoco cabe decir que sean un horror. Son, más bien, correctos, sin fantasía, pero apañados. Sin embargo, por el contrario, la película en conjunto sí resulta horrorosa, lamentable, repulsiva, moralmente repugnante, rozando la más asquerosa pornografía sentimental, apelando al vómito. Por supuesto, no esperamos que el espectador que se haya dejado llevar por las lágrimas teledirigidas que constituyen el único leit motiv de la cinta entienda o comparta, ni siquiera que lo intente, la línea argumental de este artículo: ahí radica el poder de la sedación mental o, más bien, sentimental, como es el caso.

Tenemos una historia con infinitas y prometedoras posibilidades llevada indefectiblemente por el camino del más baboso edulcorante: un niño alemán (Asa Butterfield), hijo de un oficial nazi (David Thewlis), y que además de hacerse antipático debe de ser imbécil perdido porque no entiende una palabra de la máquina de muerte que hay a su alrededor, se ha trasladado junto con el resto de su familia, formada además por su madre y su hermana, a una casa de campo (nunca mejor dicho) dejando atrás a sus amigos y su lujosa casa de Berlín. Allí no tiene amigos y pasa los días intentando inventar juegos que le terminan aburriendo, hasta que conoce a Shmuel, un chico de su misma edad que vive al otro lado del alambre de espino que separa la casa de papaíto nazi de lo que el niño toma por una “granja”, en la que los centenares de personas que la habitan van en pijama, fíjate tú, la indumentaria habitual en las granjas. Bruno, que así se llama el nene, se hace amigo del chaval permanentemente recién levantado, le lleva comida (sin que el hecho de que crea que es una granja le haga pensar que le sobran los víveres, por ejemplo) y pasa las horas jugando con él, eso sí, uno a cada lado de la alambrada. Lo cual no les impide, llegado el caso, incluso cavar un agujero para pasar de un lado a otro, sin que haya guardas que se lo impidan. Los guardias están oportunamente ausentes de este lado del campo, cerrado con alambrada y no con el cemento y hormigón que era habitual para evitar fugas precisamente, pero es que tampoco los judíos se dan cuenta de que un lado entero del campo está desprovisto de vigilancia y que pueden escapar como si fuera el desfile del orgullo gay, con banda y todo… Paralelamente, su hermana mayor se va poco a poco haciendo una nazi de lo más fanática mientras su madre, que por lo visto desde 1933 estaba en la higuera y de quien está claro que Bruno ha heredado la idiotez, se entera ahora de que su marido colabora en el exterminio de millones de personas, con lo que se avecina una ¡¡ crisis matrimonial !! de aúpa. Y así las cosas, con el padre hecho todo un criminal, la hermana deseando tirarse a cualquiera que lleve el uniforme de la raza aria, y la madre cayéndose del guindo y viendo que su niño se hace amigo de los judíos, una equivocación, un inocente juego infantil, termina llevando a Bruno a colocarse un pijama y pasar por prisionero del campo, compartiendo el final previsto para los “granjeros” mientras el resto de su familia lo busca a grito pelado y, oh maravillosa catarsis, terminan comprendiendo la naturaleza hedionda y salvaje de la solución final ideada por los nazis cuando les toca a ellos padecer sus efectos. Repugnante.

Una vez más, en la perpetua ansia de “facilitar” la digestión de hechos que son imposibles de digerir (de ahí la esencia de su naturaleza inhumana y la inexistencia de justificación o comprensión alguna), un merluzo nos vende un holocausto devaluado, minimizado, trivializado, convertido en la tragedia ficticia de una familia alemana y pasando de puntillas, como mero acompañamiento, por la cruda realidad de más de seis millones y pico de seres humanos. Una vez más nos quieren vender la moto de un ser puramente inocente en plena vorágine de miseria y destrucción, como si todavía creyéramos en las almas puras, en ángeles asexuados o en el ratoncito Pérez. Es el camino que nos aguarda desde que Steven Spielberg estropeara su, por otro lado magnífica, La lista de Schindler, con la parte final de la película, en especial con ese añadido en color, pero, sobre todo, desde esa infamia de Roberto Benigni llamada La vida es bella, muestra de la cobardía moral a la que se es capaz de llegar con el fin de provocar el llanto fácil del público y recaudar un buen dinero en taquilla con un derroche incontrolable de almíbar y ninguna vergüenza. Una vez más se quiere infantilizar al espectador, entregado en su mayor parte a una novela juvenil, ofreciéndole versiones parciales, azucaradas, desprovistas de retratos explícitos de la humana basura moral en aras de una imposible y falsa inocencia, de la mayor tragedia, o una de las mayores, vivida por la humanidad. En un extremo diametralmente opuesto, afortunadamente, nos sigue quedando Alemania, año cero, la obra maestra de Roberto Rossellini filmada nada más terminar la guerra mundial entre las ruinas del mismísimo Berlín, que muestra sin paliativos, sin anestesia, la cruda verdad de acontecimientos tan dolorosos y traumáticos para la colectividad hasta el punto de provocar dolor en el público, haciéndonos sentir una empatía irresistible, automática, por el niño protagonista de porvenir tan incierto, expuesto a toda maldad, a toda perversión, y capaz a su vez de todas ellas con tal de conseguir su objetivo único: sobrevivir. Qué valiente hubiera sido que Herman hiciera la película que debía haber hecho, que se saltara la letra del libro (por una vez que un libro debe ser pervertido en una adaptación al cine nadie se ha atrevido a dar el paso que era justo y necesario), que mostrara el horror desnudo, la maldad intrínseca de los seres humanos, de todos ellos, también de quienes fueron víctimas, haciendo que los propios judíos, o mejor, que incluso el propio Shmuel fuera quien, consciente del final que les aguardaba (en su falta de perspicacia es tan cretino como el niño alemán o peor incluso, dado que él sí sabe que donde “vive” no es una granja…), hubiera forzado a Bruno a compartir su destino, que lo hubiera introducido en el campo a sabiendas con el fin de vengarse de su captor, de quien ha dictado para él un futuro de muerte. Qué valiente, qué grande, qué soberbia hubiera sido una película en la que los prisioneros del campo hubieran contenido un punto de maldad tal, o de humanidad, de odio, de rencor, de venganza. Qué bien hubiera resultado si se hubiera mostrado la temprana adopción por parte de Bruno de los postulados racistas y asesinos de su padre y del resto de nazis, como un Hitler en miniatura, que a medida que fuera creciendo fuera conteniendo en su ser todo el irracional odio, todo el instinto asesino de sus correligionarios, en lugar de este mundo feliz para imbéciles que nos quieren hacer creer.

Pero no, eso estropearía la única finalidad de la cinta: hacernos llorar con la caprichosa casualidad que lleva a Bruno a compartir el final de Shmuel y con la desgracia de esa familia que, no olvidemos, pertenece a las altas esferas nazis. Cobardía, mugre, repulsión, superficialidad nauseabunda, falta de escrúpulos, bobada enlatada en marketing y almíbar, perversión moral que, para más inri, tiene como objeto al público juvenil, al que se supone que hay que contribuir a formar. El futuro que nos espera, cine de paños calientes para la masa, de emociones vacías, forzadas, edulcoradas, prefabricadas, para historias que jamás deberían emocionar, sino indignar, apelar a las tripas del espectador, no a su corazoncito y a sus buenos sentimientos de domingo por la mañana. Uno de los mayores ejercicios de hipocresía, de falsedad, de perversión, de los últimos tiempos. Volvamos a Rossellini, por favor, o a Shoah. Lo demás, mero engañabobos.

Acusados: todos
Atenuantes: la película, en sí misma, no está mal hecha ni mal interpretada
Agravantes: su perversión y repugnancia moral
Sentencia: culpables
Condena: un tiro de mierda para cada uno

33 comentarios sobre “La tienda de los horrores – El niño con el pijama de rayas

  1. Yo soy de los sedados emocionales que mencionas…después de lo que nos cuentas casi me da vergüenza decirlo pero me gustó la película.
    Como atenuante de la imbecilidad del niño alemán… que entonces nada se sabía de lo que iba a resultar el nazismo, al contrario de hoy en día que es lo primero que se aprende de Historia.
    De todas formas, igual no es un libro juvenil, a lo mejor es un cuento para niños.

  2. Desde luego no lo puedes explicar más claro.
    Ni me he leído el libro,ni he visto la película.
    Te agradezco este post .Si en algún momento sintiera la más mínima tentación de hacer cualquiera de las do cosas,no puedo tenerlo más claro.No sucumbiría a ella.
    Gracias y Saludicos.

  3. Carlos, ¿estás seguro de que no se sabía lo que pasaba con los judíos? ¿Has visto “Shoah”, el documental de Claude Lanzmann sobre el Holocausto (tienes una reseña en este mismo blog, aunque me temo que los vídeos ya están desactivados)?
    Sólo te planteo unas pequeñas cuestiones para que te las respondas: ¿no te parece que los personajes están devaluados? ¿Que es más valiente – pero menos comercial, por supuesto – reflejar la realidad de los nazis verdaderamente convencidos de serlo, asesinos convencidos? ¿No te parece más valiente reflejar la realidad sin edulcorar? ¿No crees que las lágrimas, insisto, teledirigidas, estropean lo poco bueno que pudiera tener la historia? ¿Qué hay de las lagunas de guión, de las situaciones absurdas, insostenibles?
    Cuando la realidad, la verosimilitud o la credibilidad de una historia se supeditan al lagrimeo, yo lo llamo pornografía sentimental. Personalmente, y reconozco que es una opinión muy minoritaria, me parece una película vergonzosa.
    Saludos.

    Bueno, Carmen, no conviene que me hagas caso en todo. Yo que tú la veía, quizá a ti te guste y me termines considerando un radical. Aunque, puestos a escoger si tienes que ver algo, mejor pasa de ésta y de “La vida es bella” y ve a Rossellini.
    Saludos.

  4. Bueno,lo primero que se plantea,mi querido amigo,es que los nuevos escritores ya no son testigos directos de la guerra.Fíjate aquí en nuestro país,la cantidad de novelas y películas basadas en la Guerra Civil realizadas a partir de los años ochenta.Y qué me dices de los grandes éxitos de Javier Cercas y Ignacio Martínez de Pisón,entre otros.Juegan con la historia donde hay más ficción que verdad.Ahora los Estados Unidos nos bombardean con peliculillas de nazis,literatura de nazis;se han convertido en los canallitas de turno.Y no hablemos del mundo del cómic,con un millonario Frank Miller y sus “300” y 300 millones de seguidores.Y la cosa funciona de maravilla mientras que en la universidades los estudiantes catéan en Historia.
    La Historia siempre ha estado manipulada por los poderosos en detrimento de la clase obrera,pero ahora la clase obrera disfruta en los parques temáticos de nuestra sociedad.

    ¿Quién lee hoy El diario de Ana Frank? o ¿Si esto es un hombre de Primo Levi? No nos interesa conocer la Historia de primera mano.
    El tiro de mierda se lo daría yo a todos a aquello que disfrutan complacientemente en los parques temáticos de la inconsciencia.

    Un fuerte abrazo,amigo.

  5. Cierto, Francisco, como hacen los japoneses con esos cómics que cambian la historia de la Segunda Guerra Mundial y que venden tantos ejemplares (¿y qué me dices de la última de Tarantino?); esto a los norteamericanos les llama la atención, incluso les indigna, sin darse cuenta que llevan décadas haciendo lo propio con la historia ajena… En fin, que, efectivamente, el espectador ha dejado de ser activo y se traga lo que le den sin el más mínimo rechazo mientras se lo envuelvan y empaqueten bien, y se lo vendan en los telediarios, a ser posible en tono de lagrimeo o de risa vulgar y chabacana. Sociedad sedada, sí señor.
    Abrazos.

  6. Sí,estoy escribiendo una reseña de la última película de Tarantino,pero no estoy disfrutando mucho de ello.El otro día en una entrevista Tarantino declaró que sus películas favoritas son:La gran evasión y Doce del patíbulo.De la primera ya he escrito,puede que abandone la reseña de Tarantino y me ponga a escribir de la segunda.

    Un abrazo.

  7. Hoy tu crítica no es muy cinematográfica que digamos.

    Empecemos diciendo, como siempre, que yo no he visto ni veré este más que certero bodrio. Hay cosas que ya de inicio, en su génesis, cuando tienes conocimiento de la su existencia en fase embrionaria, ya huelen mal. Y ésta es una de ellas.

    Creo que no deberías de haber entrado (perdóname) a descalificar la historia que se cuenta, pues de eso el culplable, más que el director, fue el novelista. Ahí radica el despropósito que en este caso es doble; 1º en haber escrito esa historia de esta manera tan pervertida y perversa; y 2º en lo mal parados que salimos los lectores en este retrato (el libro lo leí, ya que alguien me lo regaló para mi cumpleaños) pues es el típico ejemplo de lectura fácil, burda y hasta snob, me atrevería a decir yo.

    Otro día me tendrás que contar cómo está técnicamente hecha la película, Alfredo.

  8. Veo que mi sexto sentido funciona en ocasiones, porque la dejé pasar por “mi cine” sin mover un músculo.

    Me alegra comprobar, con tu detallada disección, que no erré el tiro.

    Y discrepo en un punto con el amigo Raúl que me precede, porque entiendo que, en cine, como tú apuntas, la libertad del director, responsable último, le permite modificar a su antojo la narración literaria, tomando las ideas que le resulten útiles y desechando las otras. Esto Don Alfred lo hizo siempre.

    Leyendo los comentarios, ya me están dando ganas de sentarme a ver la tarantinada, porque parece que, por lo menos, generará polémica en la bloguería cinéfila.

    Saludos sabatinos.

  9. Releo mi comentario anterior y por culpa de algunas frases más aceradas de lo que en una conversación de café resultarían (la del inicio y la del final) temo que tú, Alfredo, me puedas mal interpretar cuando digo que tu crítica no es muy cinematográfica.

    Nada más lejos de mi ánimo, “criticar” tu forma, ya no de hablar sobre cualquier película (en esto tendría yo mucho que aprender de ti) sino tampoco de cómo afrontas una de tus maravillosas entradas.

    Mi intención, y con esto quizá conteste también a Josep, parte de entender que el director ni tan siquiera ha tenido la ocurrencia de hacer suya la historia, sino que lo único que ha intentado ha sido trasladar a la pantalla, palabra a palabra, lo que ya antes otro mal contó en papel. De ahí que “criticara” el poco favor que me hace tu entrada al eludir hablar un poco más de esos aspectos cinematográficos que me darían en verdad muestras de los errores que ha cometido el director para que la historia no trascienda de lo sentimentamente reprobable. Esos aspectos que en el primer párrafo de tu entrada enuncias, pero queliquidas de un plumazo (lo que me da idea de la verdadera repulsa que la peli te provoca, claro está).

    No sé si me he explicado un poco mejor, o he acbado por estropearlo del todo. En cualquier caso, mi abrazo, Alfredo.

  10. el último párrafo es tan escalofriante como verdadero…aunque veo que a algunos de tus lectores habituales no les gusta que te metas con según qué cosas.
    Te leo porque lo haces. Si sólo te dedicaras a la crítica técnica no me pasaría por aquí tan seguido.
    Pienso en Fellini, en Hitchcock, en Bergman, por citar sólo a algunos de los que supieron hacer grandes películas con un mínimo argumento, prestado o no, y un montón de talento.
    abrazo

  11. Discrepo, Raúl, la crítica es tremendamente cinematográfica, no en cuanto a técnica si quieres, pero sí en cuanto a concepto. Entiendo perfectamente lo que quieres decir, pero como enuncio al principio, nada es de por sí ni bueno ni malo en la película, técnica o dramáticamente hablando. El director no asume ninguna clase de riesgo, los actores están correctos (aunque en el personaje del nazi hay toda una serie de incongruencias sobre las que se pasa por alto), no hay ambición ni virtuosismo, ni visual ni interpretativo ni dramático alguno. Simplemente, el director se ha entregado a poner en imágenes el libro contando con el recuerdo de éste que tiene el espectador.
    Por otro lado, si no critico al novelista y sí al director es por dos razones: 1) no he leído -ni leeré- el libro; 2) el director, si aspirara al menos a ser cineasta, debiera haber optado por tomar la historia y crear con ella un producto propio, cosa que no hace, asumiendo lo que parece ser el planteamiento moral perverso del libro, y, en lugar de descargarlo de tal, creando un puzzle sensiblero y aséptico (política e históricamente hablando) con el fin de buscar la lágrima, no de contar una historia que se sostenga (enormes lagunas de guión que no explican, por ejemplo, ni la estructura ni la vida en el campo ni por qué hay todo un lateral de alambre de espino que nadie vigila, por ejemplo, o por qué los judíos no escapan por ahí).
    Y no entro en desmenuzar la técnica porque, como le ocurre a “La vida es bella”, de Benigni, el mayor pecado de la película no es la negligencia o la incompetencia técnica, dramática o narrativa, sino el propio concepto de la película, al cual sirven los tres apartados anteriores en su perversa finalidad de que, atención, sintamos lástima de un oficial nazi que ha perdido a su hijo y pasemos olímpicamente de los demás muertos. Creo que esto es tan grave y tan pútrido que la cuestión técnica, insisto, siendo irrelevante para bien o para mal por su falta de ambición y su apuesta por no arriesgarse ni buscar otro virtuosismo que no sea poner la cámara y que la gente pase por delante, queda en un segundo plano.
    Y vuelvo a insistir, la diferencia de concepto viendo esta película o la de Benigni, y comparándola con “Alemania año cero” es tan abismal, que uno se da cuenta del deterioro, no sólo del cine, sino del espectador, al aceptar esta clase de cine (y supongo que también de literatura) sensacionalista.
    Pero acepto tu crítica, Raúl, faltaba más. No estamos aquí para decirnos siempre lo guapos que somos… Que lo somos.
    Un fuerte abrazo.

    Uy Josep, Tarantino está dando mucha guerra, pero para mí tiene algunos aspectos que me impiden reconocer la “obra maestra” de la que muchos ya hablan. Ya me contarás.
    En efecto, en esta película lo que echo de menos es que el director no posea voz propia: está claro que es una película de encargo con afán recaudatorio intentando explotar el filón del libro y seguramente al lector que posea un buen recuerdo le servirá para revivir sus sensaciones como tal lector, pero como película es indefendible, no técnicamente, que es aséptica, sino moralmente, que es repugnante.
    Saludos.

    Es que, amigo Dante, el film es indignante (pareado habemus) porque sólo apela a la lágrima. Personalmente pienso en todas las posibilidades del guión, incluso partiendo del libro, y me muerdo los muñones pensando en todo a lo que ha renunciado el director. Como digo más arriba: ¿y si el niño fuera el que poco a poco se va convirtiendo en nazi? ¿Y si los judíos del campo obraran a mala idea para vengarse de su verdugo? ¿Y si la familia del comandante fueran todos unos nazis de lo más fanáticos? Desde luego, la película sería menos bobalicona, pero cuánto más interesante, madura, valiente… Cuánto más cine…
    Abrazos.

  12. Bueno…cómo está de calentito el patio, je, je… Para leerte me tomo mi tiempo.Nunca, nunca me dejas indiferente.Yo no he visto la película.El libro lo conozco porque mis alumnos lo leyeron el año pasado.En principio estoy de acuerdo contigo en la visión de los alemanes.Light, condescendiente, maniquea, floja. El niño está mejor dibujado en el libro porque hay un estudio psicológico que en la película parece desaparecer. Yo reivindico la memoria histórica, ya lo sabes, y creo que es difícil no llorar ante tanto horror.Lo triste es que se llore por la escena y no por el transfondo. Que detrás de las lágrimas no debe haber pena y condescendencia catártica que se pasa al salir del cine, sino dolor profundo y repugnancia, y profunda humanidad para situarnos cada uno en el lugar que nos corresponde. Los alemanes cercanos al aparato represor sabían todo, igual que aquí.Otra cosa es su punto de vista:razones esgrimidas, demagogia del régimen, etc.
    Que hubo víctimas y verdugos eso no lo podemos negar, que los fascismos europeos nacieron del odio y la xenofobia(de clase y de raza)es innegable. El sufrimiento que causaron estos regímenes en la población “enemiga” y al final en sus propios ciudadanos es tan terrible que cuesta no llorar, no gritar, no vomitar, incluso.
    Y después del discurso que me he soltado, un beso, guapo, que te lo mereces.

  13. y por qué queremos seguir olvidando que quizá sea en su planteamiento una peli infantil, para niños…que vale, no debemos tomarlos por tontos y todos esos detalles sin explicación nos afectan a nuestra mente adulta, pero cuya prtensión final sea, elemento que obvias, sea mostrar la tontada de un odio adulto (el racial) que ninguno de los dos chavales comprende y al que no le da ninguna importancia.
    Abro el paraguas para enfrentarme el chaparrón pero es que creo que os cebáis con la peli tac´handola de perversa y a mí me parece que su idea principal es benévola y que es una historia para chavales un tanto simbólica.

  14. Correcto, Marisa, lo has dicho muy bien. La película consigue que nos olvidemos de las víctimas auténticas y nos lamentemos por los verdugos a los que durante hora y media se ha dedicado a vestir de piel de cordero. Y todo con la perfidia de “nosotros no sabíamos lo que pasaba”, que era precisamente la “defensa” de muchos culpables por acción u omisión, defensa ante la ley y ante su conciencia. Y ahora viene una película hecha por los antiguos vencedores a pretender darles la razón.
    Besos.

    Pero es que, Carlos, tu tesis es que el odio racial es adulto y la mía no lo es. A un adulto maduro raramente lo convencerás, si no es por razones de oportunidad, de una idea racista. Sin embargo, el niño es cancha abierta para la inoculación, sin necesidad argumental alguna, de cualquier planteamiento por descabellado que sea (de ahí que todos los partidos políticos al llegar al poder modifiquen las leyes de educación). Los chavales, al menos los de entonces, sí comprenden, sí dan importancia a las cosas, sí que su cerebro funciona como para entender esto o lo otro: Ana Frank tenía once años cuando Alemania invadió los Países Bajos: ¿quieres decirme que lo que una niña real sabía y entendía un niño alemán de tan solo dos años menos, hijo de un oficial nazi que sirve a la Solución Final, ni lo entendía ni lo sabía? ¿Que iba a la única escuela en la que no se enseñaba a los alumnos el odio racial? ¿Que era tan ingenuo o inocente que no se entregaba a estos planteamientos? ¿Que su madre vivía en una burbuja y que rechaza de repente lo que sin duda aplaudía desde 1933?
    En el final de tu comentario das la clave sin querer: la película pretende ser benévola, dices, pero olvidas que lo pretende donde la benevolencia no es posible y donde el simbolismo es ocioso. Insisto, échale un vistazo a “Shoah”, en plan documental, y a “Germania anno zero”, en plan docu-ficción. Si después de verlas opinas igual sobre ésta o “La vida es bella”, me rindo a la evidencia de estar equivocado.

  15. Ay, 39 Escalones, es que se nota que sos muy insensible, jeje…

    Concuerdo plenamente con tus puntos de vista. De hecho, me parece más bien excesivo poder dedicarle todo un artículo a una mierda como esta. Cierto, uno desearía poder explicarle a la humanidad este tipo de cosas, pero como bien señalás desde el principio, sabés que es difícil que alguien entienda, pero bueno, el esfuerzo vale y se reconoce.

    Acertado señalar que Spielberg tuvo entre sus manos una obra maestra, que echó a perder excepto por el final lacrimógeno de Schinlder llorando y los quince minutos de abuelitos coloridos. También, la desgracia en la que cae “La vida es bella”, que con su estilo cómico de la primera hora, pudo haber hecho una buena película, cinemaográficamente hablando.

    Yo no he visto esta película, y algunos dirán que entonces no tengo derecho a opinar, pero es que no es necesario probar todos los atunes en lata para saber que son atunes en lata: todos iguales y hediondos. La sola premisa, la sola imagen, y oír a la gente hablar del argumento del libraco, hacen que toda duda apriori sea razonable.

    Luego, lo que no comparto es el “atenuante” de que la “película esté bien hecha”. Eso no puede ser un atenuante. El colmo sería que además no supieran manejar las cámaras. En estos niveles técnicos y de desarrollo de la industria y del arte del cine, las cosas no solo pueden estar bien hehchas. Ese es precisamente el motivo “políticamente correcto” por el cual estos bodrios se salvan, porque todo está perfectamente calculado y bien dispuesto. La forma es lo principal, y solo después, el fondo será su efecto.

    Saludos.

  16. No pretende ser una disculpa, sino más bien un elemento que diferencia, para bien, a esta película, del resto que suelen aparecer en esta sección. Hay que entenderlo más bien como que, si bien no aporta nada de por sí, su forma tampoco le quita nada, no es el problema.
    Saludos.

  17. Ji, ji, ji. Cuánto me alegro de no haber leído siquiera el libro. ¿Qué ha hecho que estos productos (libro y peli) se hayan vendido tan bien? ¿Márketing? ¿Pura chiripa? Me intriga esto de los éxitos editoriales y cinematográficos, aunque me temo que el secreto no lo sabe nadie, porque entonces no fracasaría ningún lanzamiento estrella. Pero fracasan.

  18. Mi querida Noe, me lees el pensamiento…
    En cuanto a ésta, no sé por qué se vendió tanto el libro, supongo que porque vivimos en una época sensacionalista de exposición desnuda del morbo, incluso del sentimental, y eso atrae. De la película sí puedo decir que sin el tirón del libro se hubiera ido por el W.C., como digo, no porque esté especialmente mal (ni bien) hecha, sino por el retrato tan edulcorado y teledirigido que hace de aquellos hechos.

  19. Esta película no pienso verla, sí que leí el libro, en una tarde, por lo que dices, es una historia juvenil, que desde el primer momento sabes lo que puede ocurrir, sólo que me parece acertado el punto de vista de la narración: desde los ojos de un niño (ignorante).

    Leído el libro, la película ya no es interesante.

  20. Pues mire usted por donde mi estimado 39 escalones que tenía muchas ganas de ver la película porque se estenó el año pasado más o menos por estas fechas coincidiendo con San Sebastian, y yo andaba por los States. Me la perdí porque aquí ya había pasado y la habían quitado de cartel, pero vamos el género de judios sufridores me estomaga ya. Pero tras leer su reseña y haberla metido en la tienda de los horrores, un servidor como que quita este largo de las pendientes de ver. Me ha encantado lo de un tiro de mierda, jajajajjajajajajjaja. por cierto, el miércoles tengo clase a la hora en que reponen en un cine de por aquí “El mago de Oz” la versión buena, la de Garland en formato digital restauradito, con un documental después de la proyección de cómo se hizo. Y yo perdiéndomelo, no se si usted me lo perdonará algún día.

  21. Aggggh, me ha entrado el tembleque tonto ante semejante oportunidad perdue… En fin, perdonado, por los pelos, y por la eximente del deber cumplido, que si no…
    A ver, la película, como digo por ahí, no es que sea mala mala, no es que esté mal hecha. El problema es el edulcorante, tanto y tan mal puesto que sí que estomaga.

  22. Pues no he visto ni el libro ni la película, pero ya había oído por ahí que, al menos la segunda, era un pastelón de los que te pican todos los dientes.
    Alemania, Año 00 sí que la vi, y me impactó y me dejó con un mal cuerpo que no veas, y por supuesto me dejó pensando durante un buen rato, pero precisamente eso la pone entre mis favoritas.
    Besos.
    Rosa.

  23. Que bien me lo he pasado leyendote a ti y a todos los comentaristas. Un verdadero placer.

    A mi la película me pareció increible, increible de no creermela me refiero. Las tres F, falsa, fácil y fútil.

    Y no he leido el libro y eso que fuí yo quien se lo regalo a Raúl por su cumpleaños, eso me pasa por fiarme de algunas críticas y críticos.

    Un abrazo, repito, que bien me lo he pasado

  24. Gracias, Alma. Yo entiendo que no es una postura muy fácil de explicar y de compartir por parte de cierto público más “fácil” de contentar. Pero me pareció profundamente indignante hasta el punto de enfurecerme.
    En fin, me gusta que te lo pases bien por aquí, aunque sea a costa de poner una peli a caer de un burro…
    Un abrazo.

  25. no me gusto muxo el conentario sobre la pelicula el niño del pijama de rayas pues a mi me gusto mucho la pelicula pero en fin cada uno tiene sus opiniones

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