CineCuentos – La Madre Fénix

motel

Sentada en su mecedora junto a la ventana, la madre observa la violencia de la lluvia que golpea contra el tejado del bungalow y encharca la tierra demasiado reseca. Son las luces del porche en forma de ele las que iluminan la cortina de agua; más allá, a lo lejos, sólo oscuridad, el rumor de un mar embravecido que se vierte sobre el desierto, la única fuente que nutre la laguna cenagosa que tantos secretos esconde tras la casa. Son tan pocas las ocasiones en que el cielo se muestra clemente en aquellas áridas latitudes que a la madre no le cuesta ningún esfuerzo rememorar otra noche de lluvias torrenciales muchos años atrás, en los últimos días de su lucha por conservar la última juventud. Una nube ensombrece su corazón al recordar la mirada de su hijo, todavía un niño, allí de pie, en la entrada de ese mismo dormitorio, clavada en James, fría, inexpresiva, tras la que cree adivinar ahora, quizá por un imaginado casi imperceptible tic sobre la refleja inclinación de su ceja izquierda, una ira desbocada a duras penas contenida. Vuelve a escuchar su propia voz chillándole airada, ordenándole que se vaya, que los deje solos, que se encierre en su habitación y que no vuelva a salir hasta que ella vaya a buscarlo a la mañana siguiente. Y de nuevo ve al niño allí, inmóvil, desviando su atención hacia ella, la mandíbula en tensión y los puños apretados, luchando con todas sus fuerzas por no dejar entrever su odio. Escucha la voz de James rogándole que no le grite así al niño, mientras se incorpora en la cama para dedicarle una sonrisa y un ademán conciliatorio ante los que su única reacción es dar media vuelta y caminar por el pasillo hacia su habitación, resignado, como repentinamente ausente.

Cree revivir la embriaguez del amor, los besos de sal de James, el sueño reparador y el despertar envuelto en un esbozo de algo que reconoce como parecido a la felicidad que nunca había tenido ni ha vuelto a tener jamás. Y tras el desayuno de café y tostadas, y los últimos besos y caricias, se desata el horror: el ahogo, la fiebre, las convulsiones; ve desplomarse a James sobre la cama revuelta, el nudo de la corbata a medio hacer, sus ojos desencajados, su cara hinchada, su sudor empapando la ropa y confiriéndole a su rostro un brillo de muerte. Y de repente, mientras ella empieza a sentir el frío ascendiendo desde las profundidades de su alma y lo nota escapar como una erupción de calor a través de su piel, ve a su hijo entrar plácidamente por la puerta del dormitorio con una sonrisa cruel en los labios. Ella no se sostiene en pie, cae de rodillas y tose compulsivamente. Su vista empieza a nublarse, se arrastra como puede hasta la cama y se acurruca junto al desplomado James. Lo último que recuerda de aquella mañana es la tierna y dulce sonrisa de satisfacción de su hijo y la mano firme que sostiene el frasquito en cuyo letrero se lee una única palabra: arsénico.

Los tambores de la tormenta acompañan las ensoñaciones de la madre sentada en su mecedora junto a la ventana. Súbitamente, más allá de las luces del porche, unos focos potentes irrumpen desde la oscuridad para detenerse junto al bungalow. Una mujer se apea del vehículo y mira hacia el interior a través de los cristales. La madre la observa girarse hacia la casa y se da cuenta de que la ha descubierto al trasluz de la ventana. Se aparta de ella y va a parar ante el espejo del armario: al principio no se reconoce, ve los juveniles y delicados rasgos de su hijo bajo su pelo recogido al estilo decimonónico. Un instante después se queda atónita al ver cómo su cara va cambiando frente a ella, como si la imagen hubiera empezado a envejecer vertiginosamente, surgen arrugas, vello facial, un gesto adusto y malhumorado, la piel cada vez más repleta de grietas y pliegues, hasta, de manera aterradora, romperse, cuartearse, para revelar los músculos y nervios que la pueblan, y, finalmente, la desnuda calavera que hay bajo ella…

El claxon de un coche la libra de su alucinación. Vuelve a verse en el espejo como es, joven y bella, y eso la tranquiliza. Escucha descender por la vieja escalera de madera los pasos de su amado hijo, siempre tan atento y servicial, y cuando se acerca a la ventana lo ve salir de casa bajo un destartalado paraguas y bajar los escalones de cemento que llevan hasta el motel para atender a la recién llegada. De lejos la ve juvenil y atractiva; seguro que es una de esas mujeres fáciles y vividoras que van camino de California para ganarse la vida en trabajos indecentes, actriz, bailarina o quién sabe si algo peor. No los ve bien, pero le da la impresión de que ambos charlan animadamente y se sonríen. Pobre muchacho, tan ingenuo, tan fácil de impresionar. Esa chica no es para ti, hijo mío, no has aprendido nada de lo que te he enseñado. No es una mujer respetable y decente como tu madre.

Antes de apartarse de la ventana ve iluminarse el viejo letrero de neón, el mismo que su hijo olvida encender tan a menudo porque por la carretera vieja hace tiempo que no pasa casi nadie, sólo algún vecino de Fairvale camino de Phoenix o alguna buscona en ruta hacia Hollywood. Mientras se acomoda de nuevo en su mecedora, piensa que va a tener que hablar con su hijo Norman muy seriamente. Al fin y al cabo, la mejor amiga de un muchacho es su madre…