A 23 pasos de Baker Street: más -o menos- cerca de Alfred Hitchcock

Resultaba imperdonable que en dos años y medio de escalera no hubiera asomado por aquí el gran Henry Hathaway, director de un buen puñado de clásicos inmortales como Tres lanceros bengalíes, La jungla en llamas, Rommel, Niágara, El jardín del diablo, El fabuloso mundo del circo, Los cuatro hijos de Katie Elder, El póker de la muerte o Valor de ley. Un director de estudio de gran oficio y una forma casi artesanal de entender el cine que en 1956 se apuntó al suspense que tan buenos réditos estaba dejando en las taquillas al aire del enorme éxito comercial del cine de Alfred Hitchcock y aunó la moda del momento con la memoria de uno de los más populares detectives de novela, el Sherlock Holmes de Conan Doyle, para crear esta excelente intriga psicológica que contiene todos los elementos del género y los combina a la perfección.

Situando pues la historia geográficamente muy cerquita de la memorable residencia de Holmes y Watson, Hathaway nos presenta a Philip Hanon (el, para quien escribe, siempre insulso Van Johnson), un dramaturgo norteamericano instalado en Londres desde que perdiera la vista tiempo atrás. Vive encerrado en su lujoso piso, con su secretario Bob (memorable Cecil Parker, irónico y mordaz), y pasa el tiempo grabando en un magnetófono las nuevas obras que Bob le pasa al papel. Philip se encuentra resentido con la vida por culpa de su fatalidad e intenta disimular su ceguera ante todo el mundo, a la vez que pretende olvidar todo aquello que le recuerda el pasado en el que podía ver. Por eso, cuando le visita su antigua secretaria y posterior prometida (Vera Miles, en la cima de su éxito tras actuar aquel mismo año en Centauros del desierto), el mal humor y los nervios le llevan a olvidar las penas a su pub habitual, donde, a través de los débiles ventanales de un reservado, escucha cómo dos personas elaboran lo que parece ser un plan criminal. Sin rasgos físicos que puedan ayudarle a identificar a los interlocutores y con unas débiles pistas captadas a través de una máquina tragaperras que alguien no dejaba de hacer funcionar, vuelve a casa, graba los retazos de conversación que recuerda en su magnetófono y comienza una labor de investigación con ayuda de su ex novia y de su secretario mientras la policía, escéptica y también sin indicios reales a los que agarrarse, intenta disuadirle. Sin embargo, cuando algunas cosas empiezan a no encajar, y más aún cuando ve su propia vida amenazada, Philip no tiene ya duda de que va por el buen camino.

Encontramos por tanto una mezcla de una historia de suspense, un débil MacGuffin tan etéreo, impreciso y abstracto como un plan escuchado a medias del que no se sabe autores ni objetivo, con un romance retomado tras haber sido roto en pleno auge años atrás. Así, el desarrollo de la investigación, la averiguación de los hechos, va paralela a la reconstrucción del afecto y la confianza entre los antiguos amantes, mientras que la nota de ironía y humor la pone el secretario y algún que otro personaje secundario con sus comentarios mordientes. Y como no puede ser menos contando con un protagonista invidente, se aprovecha esta circunstancia, de manera un tanto tópica ya a estas alturas, para la construcción entre penumbras y oscuridades de la escena final en la que investigador y culpable se las “ven” en el mismo terreno en un duelo con las luces apagadas. Si añadimos además la localización en plena City londinense y el aprovechamiento como decorado de los exteriores monumentales de la ciudad y también sus particulares características climatológicas, en especial la lluvia y la niebla, obtenemos una película que sigue la senda del mejor suspense inaugurada por Alfred Hitchcock mientras que, por otro lado, conecta la historia con la tradición detectivesca británica, tanto en el fondo como en la forma, de la era victoriana.

Entre los aspectos negativos, cabe mencionar dos: la ausencia de carisma en los villanos, interpretados por actores de segunda fila que, además de que no llegan a cobrar la importancia que mereciera una atención minuciosa por el espectador, apenas ocupan minutos relevantes dentro del metraje, que incorporan a unos personajes a los que se muestra siempre a distancia y sin que el espectador posea claves suficientes para ir por delante de los investigadores y poseer así información que les haga partícipes de la historia en mayor medida, y por otro lado, el poco acierto en recrear al dramaturgo ciego por parte de Van Johnson, especialmente en las escenas que transcurren en lugares en los que el personaje no habría de desenvolverse con habilidad, sin que quepa la coartada de la ayuda o la compañía de quienes se hallan con él. Pero donde más se percibe esta falta de elaboración del personaje es precisamente en las escenas cotidianas, en las situaciones normales, donde Johnson, simplemente, sólo es ciego porque se recuerda constantemente que es ciego.

Con todo, pequeñas debilidades que no consiguen empañar el magnífico guión y la gran dirección de Hathaway, así como el interés de una historia que bien merece con el paso del tiempo situarse entre los más reconocidos y celebrados filmes de suspense de la época clásica del cine, con perdón de Sir Alfred.

13 comentarios sobre “A 23 pasos de Baker Street: más -o menos- cerca de Alfred Hitchcock

  1. Pues, ciertamente, no es descabellado pensarlo, es su tema, su ritmo, su puesta en escena, y no chirría para nada imaginarla protagonizada por James Stewart y Grace Kelly, por ejemplo.
    Saludos.

  2. Sí que era flojito el bueno de Van, sí…
    La recuerdo mal, esa es la verdad, por lo que si alrgo mi comentario lo voy a llenar de vaguedades, sino de imprecisiones.
    En todo caso, detectas como defecto, el poco desarrollo de los personajes de los villanos. Creo que eso también va muy en la línea de Hitchcock, quien en varias de sus películas, pasa intencionadamente de forma superficial por el pellejo de los “malos” en una demostración de lo que para él era o no importante en sus películas: las emociones, no los motivos que las provocan.
    abrazos.

  3. Correcto, Raúl, pero el bueno de Sir Alfred partía de una regla a través de la cual él mismo juzga el nivel de sus historias: el carisma del villano, su estilo, su refinamiento criminal, a mejor villano, mejor historia. Ya desde “39 escalones”, busca esos malvados con clase que luego popularizaría la saga de James Bond, sobre todo a partir del James Mason de “Con la muerte en los talones”. Pero tienes razón, porque, aunque hay buenos ejemplos de ello (Joseph Cotten, Claude Rains, Alida Valli, John Dall, Robert Walker, Ray Milland, William Devane), también los hay muy diluidos, casi anecdóticos (“Yo confieso”, “La ventana indiscreta”, “Cortina Rasgada”, “Los pájaros”…).

  4. Henry Hathaway está entre mis directores favoritos del período clásico y me alegra muchísimo encontrarlo aquí en estos 39 escalones que ascienden cada vez más alto.Cada peldaño es como una bajada a lo más profundo del corazón del verdadero cine y de las verdaderas emociones.Has escrito un post fantástico,de verdad.Quería decirte también que me encanta su película Nevada Smit,con un Steve McQueen inmejorable.Histora de venganza y genio.A 23 pasos…la he visto un montón de veces en todos los formantos,pero nunca olviradé cuando la vi en el cineclub con todo su esplendor.

    Gran post.Un fuerte abrazo,amigo.

  5. Jo…que tampoco la he visto!!!! y apetece barbaridad. De Henry Hathaway siempre me ha encantado “Niagara”…tiene algo diferente, una magia especial…¿serán las cataratas?.

  6. Uppss! Esta no la he visto, y eso no puede ser, así que a la lista y por delante, porque aunque coincido contigo en el poco aprecio de ese Van Johnson, Hathaway es para mí otro de esos directores que injustamente ha caído en el olvido.

    Me has hecho la pascua con tu estupenda reseña, porque me impele a ver esta película y estaba hace unos días pensando en repasar Hatari: me parece que lo solucionaré con una sesión doble…. 🙂

    Saludos sabatinos.

    1. Pues como que no conocía esta peli,que raro ¿no?.
      Después de leer tu post me apetece verla.
      Sir Alfred,seguro que Sir Alfred te perdonará.
      Saludicos.

    2. Josep,por ahí tengo Hatari para volver a verla,de cría me encantaba.
      Llevo días mirándola en la estantería y es como si me diera miedo ponerla,tengo tan buen recuerdo que me asusta que ahora me decepcione.
      Saludicos.

      1. Carmen: no lo dudes: seguro que te vuelve a emocionar, porque el pulso vibrante de la aventura y el humor nunca pierden peso. Eso sí, hay que verla en pantalla cuanto más grande, mejor.
        Saludos.

  7. Gracias, Francisco, envidia me das de haber disfrutado de esta película en pantalla grande. Londres no exige menos.
    “Nevada Smith” es una gran película, atípica, diferente, y eso que Hathaway tiene unos cuantos buenos westerns “ortodoxos”.
    Abrazos.

    Dana, ¿te refieres a las cataratas del Niágara o a las oculares?
    Fuera de coñas, es una película interesante, y plagiada, más o menos explícitamente, hasta la saciedad.

    Bueno, Josep, no me negarás que un programa doble de esta clase no es un gozo más que un sacrificio… Lástima de Van Johnson, con otro actor seguramente hablaríamos de otra repercusión.
    Saludos.

    Carmen, pues para eso estamos, para refrescar la memoria y compartirla. No dejes pasar “Hatari!”, en pantallón, a poder ser.
    Saludos.

    Lástima que no sea, relativamente, fácil de encontrar, Minerva, porque vale la pena.
    Gracias a vos.

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