Diálogos de celuloide – Cazador blanco, corazón negro

JOHN: Sabes, Pete, jamás serás un buen guionista, ¿y sabes por qué?

PETE: No, John. ¿Por qué no me lo explicas tú?

JOHN: Porque dejas que ochenta y cinco millones de aficionados al cine influyan en ti. Para escribir una película tienes que olvidarte de que alguien va a ir a verla.

PETE: Pues tú vas a conseguir que nadie vaya a ir a ver esta.

JOHN: Puede que sí, pero yo creo que hay dos modos de vivir en este mundo: uno es arrastrándose, besando culos y escribiendo finales felices, firmando contratos largos, no arriesgándose nunca a nada, no volando, no saliendo de Hollywood y ahorrando dinero hasta el último céntimo. Y cuando eres un cincuentón bien conservado te mueres de un infarto porque tu parte salvaje se ha comido los músculos de tu corazón. El otro modo de vivir es haciendo lo que te salga de los cojones, negándote a firmar contratos, peleándote con aquél que puede degollarte, halagando al desgraciado que pende del hilo que sostienes.

PETE: Quizá no deberás estar en el mundo del cine.

JOHN: Quizá tengas razón, chico, quizá no debería. Quizá debería dedicarme a recorrer el planeta invirtiendo en pozos de petróleo, diamantes robados y proporcionando mujeres a majarajás.

PETE: Sí, pero ¿sabes por qué no lo has hecho? Porque en algún rincón de tu ser todavía queda un pequeño átomo de esperanza.

JOHN: Al diablo la esperanza. Yo moriré pobre en algún sucio hotelucho de Los Ángeles… No quiero ser amargo. Habré contribuido a unas cinco o diez buenas películas, darán mi nombre a algún premio especial de la Academia, y ¿sabes una cosa? Se lo darán a algún incompetente y yo estaré en el infierno cagándome de risa.

White hunter, black heart. Clint Eastwood (1990).