CineCuentos – Primavera

Se marcha. Se va. No volveré a verla más. O, mejor dicho, sólo volveré a verla si el destino quiere. Mi experiencia dice que no querrá. No se puede confiar en él. Es un tramposo. Un cabrón. Apenas ha querido que la viera en estos meses. Su barco zarpa a las cinco. No queda tiempo. Qué hacer. Qué decir. Qué pensar. Qué soñar. Qué se puede hacer en la media hora previa a la pérdida para siempre de la persona que amas. Un último instante especial. Algo que no pueda olvidar jamás. Que haga que nunca pueda apartarme de ella del todo. Convertirme en recuerdo recurrente. En flash que de vez en cuando le provoque una sonrisa de nostalgia. Uno no muere hasta que muere la última persona que le recuerda. Budd Boetticher. Chaplin. El payaso. Calvero. Cómo lloró de emoción. Y de risa. Con Keaton. Calvero es la clave. Chaplin la solución. Su risa. Bellísima vitamina. Nunca ha sido tan hermosa como cuando se la regalaba a Charlot.

Unas horas solamente. La pierdo. Ropa vieja. Unos pantalones anchos y un viejo chaqué. Carcomido. Descolorido. Como yo. La cara blanca. Los ojos pintados. No puedo decirle otra vez que la quiero. Ya lo hice. No serviría de nada. No sirvió de nada. Unos zapatones. Un bombín. Un bastón de caña. Unas flores de plástico. O mejor, robadas del jardincito de atrás. Y correr. Correr a toda velocidad. Al galope. Correr Ramblas abajo camino del puerto. Ponerme de rodillas ante ella justo cuando vaya a poner el pie en la pasarela y pedirle que no me olvide. Hacerla reír una última vez. Arrancarle una última sonrisa que recordar siempre. Sus ojos quizá llorosos.

Pero no. No hay sol. Las Ramblas están llenas de gente. Me cuesta horrores seguir la línea recta. La aguja del reloj del puesto de flores se acerca a las cinco. No llego. No puedo ir más rápido. No podré decirle adiós. No podré hacerla reír una última vez. Moriré. Si antes no se me escapa el corazón por la boca. ¿Qué hará ella si llego a tiempo? ¿Qué pensará? Ni pensar en coger un taxi. Día de fiesta. Ni siquiera imagina lo que estoy haciendo. Que corro sin aliento a buscarla. A verla una vez más. La última. No sé cómo Chaplin podía correr con estos zapatos. Maldita sea. Voy a morir. Va a darme un infarto. Qué facha cuando llegue a la sala de urgencias del hospital. El personal sanitario se descojonará de mí. Haré reír a quien me importa un bledo que ría. Me faltará ella. Sin remisión. Moriré dos veces. Una en realidad.

Demonios. Qué sudores. Qué pintas. Cómo se vuelve todo el mundo a mirarme. El payaso supersónico. La velocidad de la luz. Una mano en el sombrero. Para que no vuele. Otra sujetando un ramo de flores descompuesto. Feo. Sí. Es lo que hay. La delincuencia floral tiene sus límites. El jardín de atrás no da para más. Fin de las Ramblas. Sigue la carrera hacia el puerto. Veo el barco de lejos. Un grupo de gente delante. Un reloj digital callejero indica las cinco menos dos minutos. Llego. Qué emoción. Qué haré. Qué hará. ¿Un beso de película? Ni de coña. Probablemente alguien me partirá la cara. Allí están. La veo a lo lejos. El sudor me está echando a perder el maquillaje blanco. Lo noto caer por mi cara y manchar el cuello de la camisa. Ni para payaso valgo. Pero llego. Allí está. Todavía lleva el vestido de novia y aún tiene el ramo de flores en la mano. Las chicas esperan a que lo lance, pero no lo hace. ¿Por qué? ¿A qué espera? Ojalá me esperara a mí.

Llego. Las sirenas del barco protestan su adiós. Ya llego. Estoy agotado. Pero el infarto no ha llegado. Yo sí. Ahí está. Preciosa. Sonriente. Ilusionada. Una nueva vida. Un nuevo país. Otro futuro. Sin mí. Su sonrisa franca se vuelve ahora cauta. Me ve. Me acerco. No me reconoce. O sí. Todos se ríen. Todos me miran. Descompuesto. Sudoroso. Agotado. Casi no puedo caminar sin riesgo de caerme. No he recuperado el resuello. Me inclino hacia delante para apoyar las manos en las rodillas. El bombín cae. Todos ríen. Recobro la respiración. Esperan. Ella espera. Expectante. No sabe quién soy. O sí. Me acerco lentamente a la pasarela. Ella está allí. Ante mí. Ha dado unos pasos hacia tierra firme al verme llegar. Él está detrás. Con su traje caro y su flor en la solapa. Corte de pelo militar. Sonrisa de afortunado. De incrédulo. Todavía no entiende cómo ha podido hacerse con una mujer así. Cómo ella ha podido acabar con alguien así. Un modelo de portada. Un cerebro de mudanza. Pero ella me mira. Por un segundo es toda para mí. Yo. Gesto triste. Lloro. Finjo que lloro. O lloro. Rodilla en tierra. Zapatones. Más risas. Tiendo las flores. Su sonrisa se desvanece. Sus dientes se esconden. Temo hacerle daño. Equivocarme. Hacerla sufrir. Que el musculitos de gimnasio con el que se va a América me dé una paliza. Dicen que es buen tipo. No lo sé. Para mí no puede serlo desde que ella se fijó en él. Ella sigue seria. ¿Qué hace? Saca una mano del ramo de flores y en ella sostiene un revólver. Pobre payaso loco. Sigo de rodillas. Su gesto adopta la seriedad de la muerte. Su mirada se vuelve fúnebre. Apunta a mi cabeza. Mueve el dedo en el gatillo. Dispara.

Las sirenas del barco camuflan con su adiós el mecanismo del arma. Nadie escucha la detonación. Yo tampoco. Por el cañón asoma un cilindro de plástico. De él cuelga un cartelito. Amarillo. Con letras rojas como un centelleo. ¡BANG! Ella vuelve a sonreír. Se ríe con todo el cuerpo. Es adorable verla reír. Vuelve a haber sol. Todos ríen. Ella me esperaba. Sabía que iría. Que me acordaría de Chaplin. Que robaría unas flores en el jardín de atrás. Que correría Ramblas abajo entre turistas y puestos callejeros. Que me arrodillaría ante ella. Ella esperaba para un último guiño cómplice. No olvidó nuestro juego. Pero soy un payaso profesional. Debo morir. Caigo en redondo con un ademán teatral. Dejo una pierna tiesa. Estiro la pata. Más risas. Por el rabillo del ojo, ella ríe más que nadie. Guarda la mano del revólver a su espalda. Se da la vuelta y lanza el ramo hacia atrás. Tortas entre las chicas para hacerse con él. Eso sí que tiene gracia. Pero soy un cadáver. No puedo reírme.

Ella toma las flores de mi mano muerta. Sube a cubierta abrazada a su machorro. Los operarios retiran la pasarela. Las sirenas vuelven a vomitar su despedida. Ya nadie ríe. Buenos deseos. Adioses. Lágrimas. Esperanzas. Recuerdos. Un payaso en el suelo. Muerto. Con media cara blanca. Un te quiero atragantado. Sonrisa torcida en la boca. Como de primavera rota.

28 comentarios sobre “CineCuentos – Primavera

  1. “Qué se puede hacer en la media hora previa a la pérdida para siempre de la persona que amas”. No sabría qué hacer, pero este cuento tuyo ha hecho que me metiera en la piel de ese payaso mangante de flores y sintiera esa carrera ramblas abajo… Qué agotamiento más placentero ha sido leerlo…
    Besos

  2. Ana, esto surge de una pregunta auténtica, es decir, que últimamente me he topado con una persona en la misma circunstancia. Obviamente, él no optó por Chaplin (mejor le hubiera ido); el desarrollo de la idea quizá, pero sólo quizá, tiene que ver con lo que a mí se me hubiera ocurrido en una situación similar, aunque ten por seguro que a mí sólo se me hubiera ocurrido pero no la hubiera ejecutado. Y eso que para hacer el payaso, y mal, me basto solito…
    Besos.

    1. Lo he releído; ahora es muda, le acompaña una música. Qué te parece “circus”… Espero que la historia real haya ido por mejor camino… Y espero, por supuesto, que nunca tengas que llevar a cabo esta idea (por causa parecida, claro); si lo haces por cualquier otra anúncialo por favor… No me lo perdería…
      Besos

      1. Bueno, Ana, pues de la historia ya no tuve más noticia después de la representación, así que no puedo contarte. Pero me da que no acabó bien para el protagonista; en mi caso soy poco escandaloso con estas cosas, me rumio las penas yo solito y sin nariz de payaso. Prefiero hacer el tonto, voluntariamente quiero decir (porque sin querer lo hago a cada momento) en ocasiones más festivas: ¿viste la escena de “El bueno, el feo y el malo”?
        Besos.

    2. ¿Te refieres a la versión que grabaron dos maños? Excelente casting… El guión con ese acento baturro que nos delata lo mejor… Mr. (no recuerdo el nombre) speaking… genial! Fotografía un poco limitadilla (por la poca variedad más que por la calidad). Sonido, mejor no digo nada… Banda sonora transportadora… Y el maquillaje y vestuario muy profesionales, lograron tapar cicatrices y disimular tornillos con bufanda al cuello, un trabajo excelente… Deberías de confiar tu imagen a quien te maquilló ese día… A todo esto no le llamo yo hacer el tonto, aunque me reí un rato, eso sí… Pero no de ti.
      Una preguntilla… ¿No os entraba la risa de veros así de serios uno delante del otro?
      Besos

      1. Pues es que esas cosas no son como parecen; en realidad, excepto en un momento muy concreto, no estuvimos frente a frente ni un segundo. A pesar de eso, yo apenas podía contener la risa en ciertos momentos.
        Lo de la imagen me lo voy a pensar…
        Besos.

  3. Atrapas la esencia de ese Charlot que se debate entre la comedia y la tragedia. O esa leyenda de que detrás de un buen cómico existe un hombre trágico. Como ese Calvero de cara blanca, artista de variedades con nostalgia por tiempos pasados y siempre fiel al trabajo bien hecho.
    Es como esos cortos o largos donde el pequeño vagamundo se queda sin la chica con el corazón roto y ella feliz se va con el galán o chico forzudo. Pero a Charlot siempre le queda ese momento de dignidad y de hombre romántico a pesar de lo cómico dentro del drama de la vida.
    Besos
    Hildy

  4. Precisamente, Hildy, es lo que me interesa, anécdotas reales aparte, del personaje del payaso, su dimensión trágica, incluso tenebrosa o terrorífica. Evidentemente, el personaje de Chaplin o Keaton no llega hasta ahí, y ahí me he detenido.
    Besos.

  5. Precioso, Alfredo y muy emocionante. Me ha gustado mucho el final de ese payaso que da la vida por una última sonrisa y que guardará ese recuerdo para el resto de sus días. Todos hemos sido alguna vez ese payaso. Rescatas la esencia de Chaplin, quizás Keaton, y he recordado a Sinatra disfrazado de payaso con lágrima incluída en la portada de “Only the lonely”. Genial texto.

  6. Pues fíjate que tengo yo mis dudas sobre eso; no sé si lo veo más conmovedor o más patético; en función, más que nada, si me recuerda a la persona en que me inspiré o me recuerda a mí mismo, snif…
    Abrazos.

    Bueno, la vida, la vida… Al hombre le disparan con una pistola de broma… Digamos que es una muerte simbólica, la ejecución de un sentimiento a manos de una destinataria que no lo quiso: si te matan con una sonrisa igual te lo hacen más agradable, pero te matan igual…
    Gracias por la carátula, chulísima de verdad.

  7. Que cantidad de dudas y sentimientos nos descubres bajo la faz blanca de ese payaso roto de amores no correspondidos.

    El juego de la risa y la tristeza; no es mala idea hacerse “asesinar” por la amada huidiza aunque está claro que, de efectivo, poco, porque no se detiene en la contemplación…

    La máscara oculta la faz y ésta, es universal.

    Saludos.

  8. Genial sir…hay que bueno (aunque triste). También a mí me ha hecho sonreir..hasta que pienso en la esperanza que se retira con esa pasarela. Locuras. Arrojo de verdad.
    Y esa foto de Chaplin es preciosa.

  9. Efectividad nula, Josep; la idea inicial, sin embargo, era hacer algo de terror con un payaso como progatonista (es que a mí siempre me han dado yuyu…), pero luego me contaron una historia más parecida a esto y dejé la mieditis a un lado y preferí la tragicomedia del personaje.
    Supongo que todos llevamos una máscara de algún tipo.
    Saludos.

    Gracias, Inma. Yo es que no soy capaz aún de escribir cosas graciosas sin algo de drama…
    Es que cuando vi la foto pensé (mal por mi parte) que era mi protagonista; hasta en el gesto creo ver las dudas que me inventé.
    Besos.

  10. MAgistral Alfredo…Emocionante y emotivo, tío. Me has hecho sudar con este Charlot y luego desfallecer de solidaridad con él. Sólo que creo que el Charlot de las primeras películas era pelín más orgulloso se habría encogido de hombros emprendiendo un nuevo camino en solitario, claro que éste no es el de las pelis. Enhorabuena, amigo.

  11. Si, simbólico, o … sin balica -permítaseme el torpe giro-, pero es un disparo al corazón, con premeditación y alevosía. Y, seguramente, ella ni es consciente del daño que ha hecho.

  12. ¿Habrá alguna vez un lbro en las estanterías que se llame “Cinecuentos” y esté hecho por un tal Alfredo Moreno? Yo creo que podría… que debería haberlo.
    Genial. Yo me hubiera quedado con ese Chaplin sin pensármelo… nadie mejor para acompañarme en mis (muy frecuentes) payasadas (voluntarias e involuntarias).
    Besos.
    Rosa.

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