Paradojas de la civilización: La muerte del señor Lazarescu

La muerte del señor Lazarescu no proviene de una cinematografía especialmente relevante sino de un país, Rumanía, que, si bien en los últimos tiempos nos ha obsequiado con un puñado de películas más que interesantes, suele ser pasado por alto por el público como tantas otras cinematografías consideradas, de manera absolutamente idiota, marginales, excesivamente realistas o aburridas. En ella no hay estrellas, no hay caras ni cuerpos de portada (pero sí algún que otro rostro bello, de esa belleza natural que puede dejar helado), no hay nombres de relumbrón, no hay persecuciones ni disparos, no hay sexo ni violencia, no contiene efectos especiales ni se ha visto beneficiada de grandes campañas publicitarias que la anunciaran en telediarios o marquesinas de autobús. Y sin embargo es una de las películas más importantes y más espectaculares del cine europeo reciente, no precisamente porque contenga imágenes sublimes, momentos de tensión dramática inolvidables o una historia intrincada y apasionante, sino por la desarmante fuerza de una trama aparentemente simple, una circunstancia cotidiana que nos revela, en la mejor línea kafkiana, que el ser humano no es nada frente a las trampas de una sociedad que se devora a sí misma y que nos diluye en una masa numérica deshumanizada sometida a designios incomprensibles.

El señor Lazarescu supera ya los sesenta años de edad, pero la vida lo ha castigado tanto, Segunda Guerra Mundial incluida, que aparenta y padece algunos más. Hace años que es viudo y su única hija emigró a Canadá hace tiempo. Comparte su vida con sus gatos en un pequeño piso que lleva meses sin limpiar y en el que acumula suciedad y trastos viejos. Su único consuelo, a pesar de que por sus dolencias debería abstenerse, es tomar unos tragos de vez en cuando, demasiado a menudo a decir verdad. Su soledad, a la que añade la confusión propia de quien ha vivido toda su vida bajo dictaduras de uno y otro signo y no es capaz de calibrar la magnitud de los cambios sociales, culturales y económicos del país, hace que no sepa reaccionar con rapidez y diligencia cuando una noche solitaria de vinos y gatos empieza a sentirse mal. Coge el teléfono y llama a una ambulancia para que lo traslade al hospital, pero ante la tardanza, se limita a esperar sentado en su cocina. Vuelve a llamar, pero la ambulancia sigue sin llegar y finalmente opta por pedir ayuda a sus vecinos, una pareja ya mayor que recela de él, sobre todo cuando captan el pestazo a tintorro barato que desprende.

Así, entre largas tomas en las que Lazarescu se duele, vomita, intenta explicar lo que le sucede, y sus vecinos le cuidan al mismo tiempo que se quejan, se prolonga la espera de la ambulancia. Pero no está todo resuelto, porque Lazarescu se encuentra cada vez peor y, una vez que el vehículo vence al infernal caos del tráfico y llega al hospital, no hay sitio para él. Comienza así una odisea de todo un día en el que el personal de la ambulancia intenta que el señor Lazarescu sea admitido en cualquiera de los hospitales de la ciudad, en los que una y otra vez es rechazado por las razones más desesperantes o también más peregrinas: falta de espacio, ausencia de aparatos necesarios para diagnosticar su dolencia, antipatías entre el personal médico o sanitario y el que le atiende en la ambulancia, descuido o desidia del personal encargado de los ingresos, malos modo o cruel indiferencia por parte de quienes han de atenderlo… Hasta que por fin, tras un día entero cruzando la ciudad sin que nadie le atienda y encuentre el origen de su malestar, da con quien, de una manera ciertamente fría, despersonalizada, más bien sardónica, le revela lo que Lazarescu, sin moverse de su casa, ya sabía. Continuar leyendo “Paradojas de la civilización: La muerte del señor Lazarescu”