Cine en fotos – Wong Kar-Wai

Los personajes en los filmes de Wong Kar-Wai son dolientes: viven en la frustración, están necesitados de afecto y, al mismo tiempo, son incapaces de suturar la herida que les aqueja porque ellos mismos se autoinmolan al no situarse en el instante adecuado ni en la actitud adecuada. El azar es consecuencia de sus actos, de su incapacidad para decidir avanzar hacia el encuentro de la felicidad; de ahí la nostalgia por algo que no se ha perdido porque jamás se ha tenido ni podrá tenerse; de ahí, también, la magnificación del pasado como el lugar de la “posibilidad”, del recuerdo enfermizo que no es sino la herida abierta.

Francisco Javier Gómez Tarín. Wong Kar-Wai. Grietas en el espacio-tiempo. Ed. Akal. Madrid, 2008.

Música: Wang Ji Ta, de Shirley Kwan.

Clásico del cine de terror: Los crímenes del museo de cera

Para Gema, que guarda en un rincón muy especial el recuerdo de esta película.

André De Toth es quizá el más desconocido (e infravalorado por su adscripción a la llamada serie B) de los cineastas miembros del oficiosamente conocido como Club del Parche, compuesto junto a él por John Ford, Fritz Lang, Nicholas Ray y Raoul Walsh, y cuya seña distintiva consiste, obviamente, en el uso de uno de esos antifaces por problemas de visión. En el caso de De Toth, se debió a la pérdida de un ojo en su juventud, allá en su Hungría natal. Truncada su incipiente carrera cinematográfica en 1939 con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, probó suerte en occidente, primero en Inglaterra junto a su paisano Alexander Korda, en esas típicas superproducciones de época en plano historicista tan queridas al cine británico de por aquel entonces, y luego en Estados Unidos, donde destacó por su matrimonio de ocho años con la guapísima oficial Veronica Lake, y donde se especializó en cine de género, especialmente en los westerns de serie B, el cine de aventuras, el cine bélico o la intriga de terror.

A esta última categoría pertenece Los crímenes del museo de cera, de 1953, uno de las cimas del cine de terror del periodo clásico y remake del original de Michael Curtiz de 1933 protagonizado por la king-kongniana Fay Wray. En este caso, De Toth parte de la misma historia despojándola de los aspectos que “suavizaban” el contenido terrorífico de la anterior (suprimiendo personajes y subtramas que desviaban el tono de la película) y apostando por los elementos de la narración que, en la línea de Edgar Allan Poe, son puramente propios del relato de terror, lo que, unido a la presencia de Vincent Price (mejor ver la cinta en versión original para percibir la calidad y el poder de caracterización del personaje a través de su voz), a la siniestra aparición de Igor (Charles Bronson, en su primer papel relevante -aunque cuarto en realidad, por más que suele citarse ésta como su primera aparición en la pantalla- en el cine, todavía con su auténtico apellido polaco, Buchinsky) y a la teatral atmósfera cercana en muchos aspectos a los clásicos británicos de la Hammer, consigue elevar el conjunto final de la película por encima de su precedesora, tanto en creación de personajes como en intensidad narrativa y puesta en escena.

La película sigue en cuanto a argumento las líneas principales de su fuente de inspiración: en el Nueva York decimonónico, Vincent Price es Henry Jarrod, un escultor de figuras de cera de gran belleza que es dueño a medias con otro socio de un pequeño museo en el que se exponen sus creaciones artísticas. A pesar de su pericia como modelador, el museo no resulta rentable, y a duras penas consiguen reunir a un puñado de visitantes. Sin embargo, Jarrod siente una enorme satisfacción personal y un cariño no exento de orgullo por cada una de las figuras que ha creado, especialmente por María Antonieta en el cadalso antes de ser decapitada, y se rebela frente a su socio cuando éste le propone incendiar el local para cobrar la cuantiosa indemnización del seguro. No obstante, pierde la pelea y su socio consigue sus propósitos sin que le importe la vida de Henry, quien, intentando salvar lo que puede, ve cómo sus manos, las herramientas primordiales de su trabajo, resultan abrasadas y quedan inútiles.

Años después, un nuevo museo ha abierto en la ciudad y, al contrario que el anterior, es todo un éxito: no sólo por el increíble realismo que reflejan las magníficas figuras que expone, sino por el morbo que supone para el público que se especialice en la recreación de escenas de famosos crímenes, algunos de ellos recientes y todavía investigados por la policía, incluida la desaparición de personas y el misterioso robo de algunos cadáveres de la morgue de la ciudad. El escultor, que ha contado con su ayudante Igor para resucitar su museo, se queda perplejo cuando descubre en una de las visitantes la viva imagen de su María Antonieta, y pone en marcha su particular nueva manera de “modelar” sus figuras. La joven intentará evitar las atenciones de Jarrod, mientras la policía cada vez se hace más preguntas respecto a esas extrañas desapariciones de cadáveres, a la enigmática figura embozada que frecuenta las neblinosas noches de la ciudad, y al gusto de Jarrod por presentar nuevas figuras tras cada crimen o cada robo. Sigue leyendo

La tienda de los horrores – Las 13 rosas

Poniendo por delante nuestro reconocimiento a las víctimas del episodio que narra la película y nuestro agradecimiento a quienes investigan y difunden atrocidades semejantes que nos permitan no olvidar lo que ha sido la historia de este país, Las 13 rosas, dirigida por Emilio Martínez-Lázaro en 2007, es uno de los grandes fiascos del cine español reciente, uno de esos filmes más populacheros que sólidos de los que “justifican” cierta mala fama del cine español vinculada al sempiterno recurso de contarnos “una de la guerra civil”. Plena de decisiones erróneas, de equivocaciones tanto en la forma como en el fondo, para salir a flote la película apela incesantemente a los buenos sentimientos del espectador, a su querencia lacrimógena, como única vía de mantener el interés y la fuerza de una fábula sentimental y un poco tonta muy por debajo de la crudeza y el dramatismo de los acontecimientos reales en los que se inspira. La cinta cuenta la historia de unas jóvenes madrileñas detenidas al poco de finalizar la guerra y que, acusadas injustamente de querer refundar las Juventudes Socialistas en la clandestinidad del Madrid ocupado y de un presunto y delirante complot para asesinar a Franco, sufrieron torturas y malos tratos en los interrogatorios y fueron encarceladas como paso previo a su fusilamiento en el verano de 1939.

La película, por desgracia, no les hace ninguna justicia a las víctimas. Con corrección en la puesta en escena y en la ambientación, si bien con un poquito de tendencia a usar computadora allí donde no tendría por qué hacer falta (esa Cibeles tapiada de videojuego…), el primer problema del filme es el guión, obra de Ignacio Martínez de Pisón, un defecto amplificado por el montaje, que a buen seguro dejó material decisivo fuera del largo metraje final de dos horas y cuarto. En primer lugar, la necesaria conservación de los aspectos más conocidos del caso obliga a partir de trece víctimas, lo cual implica, bien que no pueda contarse apenas nada de cada una, con lo que el espectador ha de sentirse por fuerza distanciado, sin capacidad de identificarse o empatizar con el personaje en cuestión, bien el abandono de la historia de la mayor parte de ellas o su caracterización con trazos gruesos e imprecisos en favor del desarrollo más pormenorizado de sólo un puñado de ellas que habrán de ser el vehículo por el que el público entre en la historia. Eso es lo que sucede en la película, a lo que hay que añadir los personajes secundarios y los antagonistas de las jóvenes, que obviamente también requieren su protagonismo. Precisamente, a causa de ello, nos encontramos con la paradoja de que, más allá de cuatro tomas generales, al espectador no se le ofrece ninguna visión de conjunto de las jóvenes, no distinguen apenas sus rasgos, historias y personalidades (excepto las dos o tres protagonistas del grupo y dos o tres secundarias extraídas de ellas), que se confundan unas con otras o que directamente no se reconozcan, mientras que algunos secundarios gozan de más minutos en pantalla, más protagonismo incluso, que la mayor parte de las “homenajeadas”. Sigue leyendo

Mis escenas favoritas – Un trabajo en Italia

Inolvidable y colosal persecución la de los tres Minis en los que la banda liderada por Charlie Croker (Michael Caine) intenta sacar de Turín los cuatro millones de libras en oro que, entre el barullo y el caos que se ha apoderado de la ciudad con motivo de un importante partido de fútbol, han “distraído” de un furgón blindado. Los ladrones y la policía juegan una particular partida de ajedrez, o bailan una curiosa danza motorizada, que desemboca en un final memorable.

Se trata de Un trabajo en Italia (1969), clásico dirigido por Peter Collinson cuya versión actualizada de 2003, como de costumbre, traduce lo que fue una simpática comedia de robos en un rutinario thriller videoclipero.

El encanto de los perdedores: Mal día para pescar

Para el amigo Alfie, con agradecimiento por sus ánimos para hacerme ver esta película.

La literatura y el cine no serían lo mismo sin la figura del perdedor. Son cientos, miles, millones, las plasmaciones literarias y cinematográficas de esos personajes de vuelta de todo, vencidos por las circunstancias, por un pasado trágico, de crimen, de amor, de soledad, que luchan contra el mundo que los margina por rescatar la última oportunidad que los enganche a la vida soñada que nunca pudieron disfrutar. El uruguayo Álvaro Brechner adapta un cuento de Juan Carlos Onetti para su debut en la pantalla que gira constantemente alrededor de este motivo: el fracaso, los trenes perdidos, la amargura de la soledad y la pugna por cambiar un destino marcado a fuego en el pasado.

Asociados en su deriva, dos de estos perdedores se han unido en una particular emulación de Don Quijote y Sancho para buscarse la vida: un antiguo campeón mundial de lucha libre de Alemania Oriental, Jacob Van Oppen (Jouko Ahola), que baña en alcohol sus ensoñaciones de glorias pasadas mientras gira por los pueblos y ciudades pequeñas en combates contra los fortachones del lugar por unos pocos pesos, y Orsini (Gary Piquer), su apoderado, manager, agente publicitario y única compañía, un tipo que malvive pactando las bolsas de los combates, no pocas veces amañados, para ir tirando. A medio camino entre la atracción de feria y el desfile circense, mientras ambos esperan una futura reconquista del título por parte del antaño campeón, la pareja desemboca en un pueblo donde el ritmo habitual de las cosas se verá alterado por una circunstancia inesperada que obliga a ambos a enfrentarse cara a cara con la grotesca ficción que domina sus vidas, y en la que el campeón luchará por un campeonato muy distinto, y el manager buscará dentro de sí sus últimos atisbos de dignidad.

En primer lugar, lo que sorprende de este magnífico debut es la elegancia formal de una historia narrada en clave de fábula. No sólo la película cuenta con una más que correcta factura visual, sino que Brechner, además de mostrar una notable pericia técnica, gran dominio del encuadre y de la elipsis narrativa, consigue un gran ejercicio de puesta en escena, soberbiamente apoyado por la magnífica elección de unos cuantos clásicos de la ópera como banda sonora, a medio camino entre lo lírico y lo cotidiano, lo melancólico y lo trágico, todo ello alrededor del mundo de sueños, magia e ilusiones invocando siempre lo extraordinario del tradicional número circense, de la sorprendente atracción de feria, del “más difícil todavía”. El guión, medido y muy preciso a pesar de haber surgido en parte de las sesiones de improvisación realizadas entre Brechner y Piquer, contiene por igual amargura y picaresca, humor y drama, todo recubierto de una capa de nostalgia y melancolía que identifica rápidamente al público con unos personajes que, no siendo del todo trigo limpio, compensan su cualidad de golfos con esa tristeza que arrastran y que se lee en sus rostros apenas se dan cuenta de que nadie los mira. Ambos parecen salidos de otro tiempo: el luchador, de unos ochenta en los que se coronó como “el hombre más fuerte del mundo”, su agente, con su clásica vestimenta y su perilla a lo Buffalo Bill, de un pasado mucho más remoto, del de los buhoneros y charlatanes de los días de mercado. Sigue leyendo

Música para una banda sonora vital – Las mejores canciones del western

Una de las notas distintivas del western como género dentro del cine clásico la constituyen sus célebres y recordadas bandas sonoras, míticas e inolvidables, tanto en sus temas instrumentales como en algunas canciones aparecidas en películas del oeste. Éstas son algunas de las principales:

El árbol de la horca (Delmer Daves, 1959): Marty Robbins canta The hanging tree, el título original del filme.

La leyenda de la ciudad sin nombre (Joshua Logan, 1969): Lee Marvin canta Wandering star.

Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954): Peggy Lee canta la canción del mismo título.

Solo ante el peligro (Fred Zinnemann, 1951): Frankie Lane canta High noon (Do not forsake me, oh my darling…), igual que el título original de la cinta.

El Dorado (Howard Hawks, 1967): George Alexander canta la canción del mismo título.

Duelo de titanes (John Sturges, 1956): Frankie Lane canta Gunfight at the O.K. Corral, el título original de la película en inglés.

Dos hombres y un destino (George Roy Hill, 1969): B.J. Thomas canta Raindrops keep falling on my head.

Rio Bravo (Howard Hawks, 1959): Dean Martin y Ricky Nelson cantan My rifle, my pony and me.

El ‘toque’ Samuel Fuller: Casco de acero

The steel helmet fue el primer éxito comercial de Samuel Fuller, uno de los “chicos malos” oficiales de Hollywood, uno de esos directores considerados como sensacionalistas y políticamente incómodos en Estados Unidos pero que en Europa siempre ha sido tomado por creador de culto. Tras iniciarse como periodista de sucesos y escritor de novelas pulp, Fuller comenzó a escribir guiones durante los años treinta e incluso dirigió un par de westerns convencionales. Sin embargo, en 1951, con Casco de acero dio el primer toque de atención a crítica y público sobre sus enormes facultades como cineasta, un excelente pulso narrativo, el empleo de largas tomas y planos secuencia y también de primerísimos planos, al igual que sobre su gusto por las historias potentes y cargadas de violencia a través de la cual denunciar déficits sociales y políticos.

Nos encontramos en la guerra de Corea: Zack es el único americano que ha sobrevivido, gracias a su casco, que en recuerdo conserva la perforación de la bala, a la ejecución masiva de su pelotón por parte de los soldados comunistas. Junto al niño coreano que le libera de sus ataduras y un enfermero que encuentran en el bosque, se unen a una patrulla desorientada cuya misión consiste en tomar un templo budista utilizado por el enemigo como base de operaciones. Sin embargo, al llegar la posición parece desierta, y ellos la ocupan mientras esperan que llegue su relevo. No obstante, el enemigo no anda muy lejos, y no tardan en producirse bajas en el pelotón provocadas por unos combatientes invisibles que se mueven en la oscuridad de la noche.

Con una precariedad de medios evidente y unas limitaciones de presupuesto que le obligaron a economizar utilizando imágenes de archivo de la guerra real, Fuller construye un atípico alegato antibelicista que, además de cargar las tintas contra la crueldad y la violencia al margen de toda ley, sentido o sentimiento humano, apunta al origen de los conflictos, a los intereses que mueven a los gobiernos a involucrarse en escaladas armadas, y a los pretextos que enarbolan para obligar y convencer a los más desfavorecidos de sus sociedades a que acudan a morir por unos motivos que les son ajenos y que son vendidos con propaganda grandilocuente y discursos falseados. En ese sentido, resultan elocuentes las conversaciones que el prisionero coreano mantiene con dos de sus captores, en primer lugar el soldado negro, al que le pregunta cómo es posible que luche por un país que consagra la segregación racial y considera a los de su raza como animales o cosas, y no como a personas, y posteriormente con el soldado de origen japonés, al que le recuerda que sus conciudadanos japoneses nacidos o residentes en Estados Unidos fueron confinados en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial.
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