Clásico del cine de terror: Los crímenes del museo de cera

Para Gema, que guarda en un rincón muy especial el recuerdo de esta película.

André De Toth es quizá el más desconocido (e infravalorado por su adscripción a la llamada serie B) de los cineastas miembros del oficiosamente conocido como Club del Parche, compuesto junto a él por John Ford, Fritz Lang, Nicholas Ray y Raoul Walsh, y cuya seña distintiva consiste, obviamente, en el uso de uno de esos antifaces por problemas de visión. En el caso de De Toth, se debió a la pérdida de un ojo en su juventud, allá en su Hungría natal. Truncada su incipiente carrera cinematográfica en 1939 con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, probó suerte en occidente, primero en Inglaterra junto a su paisano Alexander Korda, en esas típicas superproducciones de época en plano historicista tan queridas al cine británico de por aquel entonces, y luego en Estados Unidos, donde destacó por su matrimonio de ocho años con la guapísima oficial Veronica Lake, y donde se especializó en cine de género, especialmente en los westerns de serie B, el cine de aventuras, el cine bélico o la intriga de terror.

A esta última categoría pertenece Los crímenes del museo de cera, de 1953, uno de las cimas del cine de terror del periodo clásico y remake del original de Michael Curtiz de 1933 protagonizado por la king-kongniana Fay Wray. En este caso, De Toth parte de la misma historia despojándola de los aspectos que “suavizaban” el contenido terrorífico de la anterior (suprimiendo personajes y subtramas que desviaban el tono de la película) y apostando por los elementos de la narración que, en la línea de Edgar Allan Poe, son puramente propios del relato de terror, lo que, unido a la presencia de Vincent Price (mejor ver la cinta en versión original para percibir la calidad y el poder de caracterización del personaje a través de su voz), a la siniestra aparición de Igor (Charles Bronson, en su primer papel relevante -aunque cuarto en realidad, por más que suele citarse ésta como su primera aparición en la pantalla- en el cine, todavía con su auténtico apellido polaco, Buchinsky) y a la teatral atmósfera cercana en muchos aspectos a los clásicos británicos de la Hammer, consigue elevar el conjunto final de la película por encima de su precedesora, tanto en creación de personajes como en intensidad narrativa y puesta en escena.

La película sigue en cuanto a argumento las líneas principales de su fuente de inspiración: en el Nueva York decimonónico, Vincent Price es Henry Jarrod, un escultor de figuras de cera de gran belleza que es dueño a medias con otro socio de un pequeño museo en el que se exponen sus creaciones artísticas. A pesar de su pericia como modelador, el museo no resulta rentable, y a duras penas consiguen reunir a un puñado de visitantes. Sin embargo, Jarrod siente una enorme satisfacción personal y un cariño no exento de orgullo por cada una de las figuras que ha creado, especialmente por María Antonieta en el cadalso antes de ser decapitada, y se rebela frente a su socio cuando éste le propone incendiar el local para cobrar la cuantiosa indemnización del seguro. No obstante, pierde la pelea y su socio consigue sus propósitos sin que le importe la vida de Henry, quien, intentando salvar lo que puede, ve cómo sus manos, las herramientas primordiales de su trabajo, resultan abrasadas y quedan inútiles.

Años después, un nuevo museo ha abierto en la ciudad y, al contrario que el anterior, es todo un éxito: no sólo por el increíble realismo que reflejan las magníficas figuras que expone, sino por el morbo que supone para el público que se especialice en la recreación de escenas de famosos crímenes, algunos de ellos recientes y todavía investigados por la policía, incluida la desaparición de personas y el misterioso robo de algunos cadáveres de la morgue de la ciudad. El escultor, que ha contado con su ayudante Igor para resucitar su museo, se queda perplejo cuando descubre en una de las visitantes la viva imagen de su María Antonieta, y pone en marcha su particular nueva manera de “modelar” sus figuras. La joven intentará evitar las atenciones de Jarrod, mientras la policía cada vez se hace más preguntas respecto a esas extrañas desapariciones de cadáveres, a la enigmática figura embozada que frecuenta las neblinosas noches de la ciudad, y al gusto de Jarrod por presentar nuevas figuras tras cada crimen o cada robo.

De metraje muy breve (apenas hora y media), la película acentúa y explota su carácter teatral, conservando la acción en un número muy reducido y repetitivo de escenarios, y supone un vehículo para el lucimiento de Vincent Price en uno de esos personajes que lo han consagrado como un clásico del cine de terror de serie B. Aprovechando su grandiosa presencia física, la potencia y riqueza de matices de su voz y su enorme carisma, se come cada plano en el que aparece y se desenvuelve como pez en el agua en los distintos decorados construidos para la ocasión, incluidos los espacios para las escenas de exteriores. Por otro lado, André De Toth, siguiendo la norma de la época, consigue eludir lo morboso y lo explícito de ciertas situaciones escabrosas y ofrece un terror blanco, más sostenido en la intriga, en el suspense y en la capacidad de evocación del espectador que en las modernas atracciones por la repelencia que tanto gustan hoy en día. De Toth construye una pesadilla de excelente calidad formal, un tanto arquetípica en cuanto a personajes, no exenta de momentos de gran belleza y con un buen puñado de logros visuales, como por ejemplo en las escenas en las que las figuras arden, o en la secuencia en la que se hace justicia y la mano criminal asoma del interior del caldero de cera ardiente, un momento que ha pasado a la historia imitado hasta la saciedad.

Un gran clásico, quizá no para estremecerse, sino para dejarse llevar durante un ratito por una historia sencilla, sin grandes sorpresas ni pretensiones, que rebusca en nuestras pesadillas y miedos de la infancia, que se deja ver con cierto aire de nostalgia y melancolía por las antiguas historias de terror, esos cuentos de invierno a la luz del fuego que, sin salpicar sangre ni pretender desagradar, más que asustar, con continuas apelaciones a la asquerosidad, remueven dentro de nosotros nuestros temores más profundos: la soledad, la crueldad, la muerte, todos los atávicos miedos y peligros que encierra la incertidumbre de lo desconocido.

31 comentarios sobre “Clásico del cine de terror: Los crímenes del museo de cera

  1. La recuerdo con cariño y lejana. Aunque hace mucho que no la he vuelto a visitar. La vi de pequeña en televisión. ¿Me equivoco o la hicieron en el sistema 3D de aquellos momentos en el momento de su estreno?
    Besos
    Hildy

  2. Estos post, que la llevan a una a tener que ver la película, me encantan… Me queda la sensación de haber empezado a verla… Si vieras mi lista, amigo… Te sorprenderías… sonrisa.
    Besos

  3. ¡Jajaja! Voy a tener que repasarla, porque no recuerdo la intervención de Bronson y eso quiere decir que hace ya mucho tiempo que la ví en la tele (y además, que no me fijé lo bastante); pero sí que en mi recuerdo es una excelente muestra de esa Serie B que tanto añoro, cada vez más y más, películas de escaso presupuesto hechas con talento, justo todo lo contrario a lo que hoy hallo en el cine…

    Apuntada queda su búsqueda, porque veo que me falta en la estantería y estoy decidido a hacerme con todas esas perlas de antaño… 😉

    Saludos.

  4. Pues el amigo Bronson, Josep, sale acartonado perdido, es casi un monstruo de Frankenstein a pequeña escala.
    Yo llevo ya un tiempo volviendo a refugiarme en estas cosas; como dices, el talento suplía la falta de medios. Ahora, al contrario, el talento queda sepultado por ellos.
    Saludos.

  5. A pesar de lo entrañable que siempre me ha resultado Bronson (¡ah, aquella infancia con pelis de la Cannon!) comprendo que casi nadie lo recuerde; aparte de tener un papelito muy poco lucido, encima lo colocan al lado de un genial actor (y roba-escenas como pocos) que es Vincent Price.

  6. O un friki, querido Raúl…

    Hombre, entrañable, no sé yo… Hay que fijarse un poco, sí, porque esta muy jovenzano. Pero sus rasgos son plenamente reconocibles, aunque no hable y se mueva como un ladrillo…

  7. ¡Un lunes genial!
    Muchísimas gracias 39, ha sido como volver a verla, …, una gozada.
    Me ha emocionado y mucho este post…, como que no se que decir.
    La imagen de las figuras ardiendo dificilmente desaparecerá de mi retina y ese Vincent Price como en estado de gloria.
    Un millón de gracias, y un super-abrazo de lunes.

  8. La tengo perdida en el memoria.La vihace tropecientos años.Me han entrado ganas de volver a verla.
    Una delicia de post.
    Saludicos.

  9. Esta película es de las que tengo grabada en mi memoria, sin duda con la que más miedo pasé en mi habitación de crío… Por más que lo intentaba, nunca se me olvidaba 🙂

  10. yo la vi con mi de hermana de pequeñas, y jamás la he olvidado, son de esas cosas que quedan impresas en la memoria, me ha parecido genial tu post, quiero volver a verla, gracias eres bueno de verdad

  11. Es una de esas películas que no se olvidan.Me ocurre lo mismo con películas como La mosca, La invasion de los ladrones de cuerpos,Ultimatum a la tierra o El hombre menguante.Vicent Price siempre está muy bien en todas sus magistrales interpretaciones, incluso en Eduardo Manostijeras.Fue un tiempo en donde todo estaba por hacer,todo nos resultaba original e inquietante.
    Has escrito una reseña escepcional,mi querido amigo.Cine para el recuerdo un recuerdo que mantiene vivo nuestras mejores pesadillas,tan vivas como esas víctimas que nos mira a través de las máscaras de cera.No hace mucho fui al museo de cera de Barcelona para enseñarselo a un amigo que visitaba la ciudad por primera vez y es difícil no hacer referencia a este clásico.

    Un fuerte abrazo.

  12. Gracias, Francisco. Hablando de museos de cera, el de Madrid es el más vergonzoso que he visto nunca: no hay una sola figura que se parezca a alguien… En fin, que Price fue un maestro y que sin él todo este cine de aquella época hubiera sido muy distinto, o no hubiera sido.
    Abrazos.

  13. Recuerdo que la vi de crío y me gustó a pesar de que no era de fantasmas. Y a Vincent Price volví a verlo precisamente la semana pasada en El pozo y el péndulo. Al estar doblado no podía apreciar el detalle de la gestualidad de su voz y comenzaba a pensar que su papel era ridículo especialmente haciendo del padre inquisidor (que por cierto hace falta simpleza para llamar a los personajes con nombres ingleses en una trama de la inquisión española)…decía que me daba bastante risa hasta que su personaje comienza a enloquecer de terror, entonces sí que me pareció un gran actor.

  14. Pues en eso, amigo Larraz, no puedo ayudarte. Gracias a los “excelentes” programadores televisivos, nadie piensa en estas películas. Y aunque está editada en DVD, no sé yo si es fácil de encontrar…

    Paradójico, sí, lo de la Inquisición, cierto, Carlos. Por eso la serie B es lo que es… Aunque es algo habitual, incluso en películas de mucha mayor pretensión, dentro del cine americano: rótulos, libros, letreros, en muchas películas cuya trama no se desarrolla en países anglosajones todo viene expresado en inglés. Resulta especialmente llamativo en “El lector”, en la que, situándose en Alemania, Ralph Fiennes le lee a Kate Winslet libros en inglés…

  15. A mí me gusta mucho esta película y sobretodo Vincent Price. Aún así, no la he visto con el sonido original pues mi copia de esta película es de los antiguos Beta, así que figúrate… Creo que André de Toth hizo muy bien en ceñirse a la historia y olvidarse de esas subtramas que comentas. Una buena forma de guiarte por la historia realmente importante.

  16. Como mi hermana no deja de darme la “tabarra” desde que leyo este post, y como la “obligue” vilmente a ver la peli hace un montón de años, se la debo …, la he encontrado y bastante asequible de precio en fnac, por si os sirve de ayuda para los que no la encontrais.
    Saludos.

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