CineCuentos – Samarcanda blues

Cuenta el sabio Abu Bashir Ahmed Rashid al-Baqr que en otro tiempo Samarcanda era de oro. Que sus cúpulas y muros refulgían al sol de tan prodigiosa manera que el viajero no avisado se arriesgaba a quedarse ciego para siempre si, al encontrarse tras la última loma su tranquila silueta, plácida, lánguidamente descansada sobre la arena del desierto, no ocultaba a tiempo sus ojos a tan magno impacto. Que bajo la capa dorada de sus brillantes templos y palacios se extendía una alfombra de colores, una apoteosis de esencias, una catarata de voces emitidas en todas las lenguas conocidas. Que su cielo azul parecía tejido de esa seda para cuyo tránsito era precisamente Samarcanda un majestuoso puente entre China y Europa, una puerta edificada de piedras preciosas, especias, música y ricas telas teñidas de arco iris y polvo de oro. Que sus torres y minaretes eran tan altos que desde ellos podían alcanzarse las patas del Sagrado Trono de Alá…

Sin embargo, nos advierte el sabio Abu Bashir Ahmed Rashid al Baqr de que tal paraíso en la tierra se edificó sobre una orgía de fuego y muerte. Que, deseoso de superar al gran Gengis Khan en hazañas y crueldad, el sanguinario Tamerlán puso los ojos en la misma ciudad que aquél redujo a cenizas siglos atrás y que, contrariado por la resistencia que sus habitantes opusieron, ordenó su decapitación y muerte y la construcción de una gran pirámide de cráneos vacíos sobre la que encaramarse para proclamar su grandeza. Pero añade el sabio que, una vez satisfecha su sed de destrucción, erigido por encima de las torres de la ciudad, Tamerlán fue poseído súbitamente por una fiebre. Que, tocados sus ojos por la belleza que aún se levantaba a su alrededor, deslumbrado por los rayos del sol en los minaretes de la ciudad y embriagado por los aromas que conseguían, pese a todo, abrirse paso entre la putrefacción de la muerte, se enamoró de ella de modo tan enfermizo que ya nunca quiso abandonarla, para descontento de sus lugartenientes más belicosos, ansiosos de continuar sus razzias hacia poniente. Así fue cómo un asesino dio a Samarcanda el esplendor que jamás volvió a alcanzar ciudad alguna. Y tanto se enamoró de Samarcanda, tanto la cuidó, tanto la embelleció, que Samarcanda le perdonó su pasado y se enamoró de él. Y tan poderoso y tan fuerte fue este amor, que a la muerte de Tamerlán le siguió la lenta, triste e incesante muerte de Samarcanda. Atrás quedaron el oro y la seda, el esplendor y la gloria; en la Samarcanda uzbeka sólo sobrevive la arena del desierto en torno a un cadáver encerrado en un sarcófago de cemento de la era soviética. La tierra a la tierra, la ceniza a la ceniza, el polvo al polvo. Ya nos lo advierte el sabio: la gloria no es más que una montaña de cráneos vaciados.

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21 comentarios sobre “CineCuentos – Samarcanda blues

  1. Fiel reflejo tu relato, compa Alfredo, de lo contradictorio de las pasiones humanas: la grandeza, lo más elevado, conviviendo con lo más brutal, lo más abyecto, sin rupturas ni separaciones. Así “semos”, me temo. Ah, y muy bien escrito, por cierto. Tanto como bien cantada la pieza con que nos la acompañas, un auténtico placer…

    Un fuerte abrazo y buena semana.

  2. Magnífico texto,Alfredo.Como me ha gustado la versión de We can work it out.Me encanta esa canción de los Beatles.
    SAMARCANDA,que palabra tan bonita.Suena a oro,seda,esplendor….
    Y huele a arena.
    Gracias.Es una gozada tenerte ahí.
    Saludicos.

  3. Gracias, amigo Celebes. Mira, no le había notado yo esos aires bluseros…

    Gracias, Manuel. Comparto tu temor. Qué bien y qué mal que las cosas sean así.
    Abrazos.

    Qué alegría tenerte por aquí desde allá, amigo Dante. Tengo pendiente la lectura de tus crónicas bonaerenses, pero es que en vacaciones me tomo los blogs con mucha calma. Pero allí estaré, no lo dudes.
    Abrazos, y disfruta.

    Gracias infinitas, David, muy exagerado, pero por eso mismo.

    Gracias, Carmen, tú sí que eres gozada.
    Saludos.

  4. Esto es una maravilla, Alfredo y una conclusión magistral del texto. No es sólo toda la historia que repasas con tus palabras si no el ambiente que recreas. Es un relato muy gráfico donde el lector puede visionar todo lo que describes sin cerrar los ojos. enhorabuena.

  5. Jajajaja ¡Qué ganas de chafarle a Raúl su buen recuerdo!

    A mí Samarcanda me recuerda Las Mil Noches y Una Noche, que hace tiempo no visito, pero he de decirte que tu relato, Alfredo, me ha resultado muy familiar y eso, creeme, es el mejorhalago que podría escribir.

    Eso sí: la versión del clásico es un truño horroroso: esas dos parecen dos gatas maullando…. =(:-[

    Un abrazo.

  6. Alfredo, te escribo desde el ordenador del curso… WordPress me tiene manía, no consigo publicarte ningún comentario.
    Bueno, estos días atrás decía que es un placer volver a pasar por esta escalera después de un tiempo y encontrarse una con estos escritos tuyos, que tú dices que no son gran cosa pero a mí atrapan desde la primera letra.
    El siguiente también me gusta, pero te lo comento aquí porque este me ha encantado especialmente… el final sobre todo me parece inmejorable.
    No conocía yo ese nombre tan bonito de Samarcanda.
    Esta tarde leo el último que has publicado, no sea que ahora me riñan XD.
    Besos.
    Rosa.

  7. Qué alegría, Rosa, tenerte de vuelta por aquí. Uno se incorpora hoy tras el paréntesis vacacional (aunque vacaciones reales ha habido pocas) y siempre está bien retomar la rutina en buena compañía.
    Besos y gracias.

  8. Imposible ver imágenes hoy desde aquí… Pero este cinecuento me hace pensar, reflexionar… Si hay algo eterno, desde luego que no es la vida… Y si hay algo que puede hacernos dichosos es el amor… Gracias amigo.
    Besos
    Ana

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