La tienda de los horrores – Virgen a los 40

Realmente hiela la sangre comprobar cómo una y otra vez, no sólo críticos norteamericanos -que sería lo normal, más que nada porque allí hace tiempo que la crítica se entregó a la publicidad-, sino también del resto del mundo, especialmente españoles, elevan una y otra vez a Judd Apatow a los altares de la genialidad del siglo XXI en el apartado de comedia. Cuando, tras escuchar o leer interminables peroratas sobre la increíble agudeza e inteligencia de sus películas, su exquisita sensibilidad y la gloria en la que se zambullen una y otra vez los intérpretes protagonistas de sus trabajos, uno se enfrenta a una comedia de Apatow, comprueba sin tardanza la esencial estupidez del argumento, el guión basado en la explotación de tópicos sexuales, los diálogos de caca-culo-pedo-pis y el pestazo conservador que destilan en última instancia sus historias, uno se pregunta: ¿la crítica se ha vuelto imbécil? ¿Tanto poder tienen los estudios para comprarla y tan pocos escrúpulos tienen los críticos como para entregarse a aplaudir semejante bazofia y deshacerse en elogios que no dedican ni por asomo a los que merecen el apelativo de cineastas? Es exactamente lo que ocurre con el bodrio Virgen a los 40, debut de Apatow en el cine tras su paso por televisión.

Steve Carell, uno de esos pseudocomediantes como Adam Sandler, los hermanos Wilson y compañía tan de gusto de Apatow o Wes Anderson, otro que tal, da vida a Andy, un señor de cuarenta tacos que no ha conocido mujer. Eso, en la infantilización desde la que parte todo análisis en la comedia americana reciente, implica que Andy es un capullo: es decir, que por sus aficiones, su forma de vestir, su estilo de vida, su manera de hablar y compartarse y demás rasgos personales, es lo que se dice un capullo o un friki. Todo viene de un trauma de juventud, cuando en pleno juego amoroso con una amiga ésta empieza a lamerle el dedo gordo del pie y él la deja K.O. de una patada refleja en todo el morro. El mozo, además, colecciona tebeos y juguetes, y tiene un trabajo vulgar y aburrido en una tienda de electrodomésticos. Sus amigos, que todos trabajan allí, son una panda de adolescentes perpetuos que, a los cuarenta tacos, siguen hablando, viviendo y comportándose como cuando debían de tener quince: tetas, culos y chistes de homosexuales. Cuando se enteran de que el pobre Andy no ha conocido hembra, pues se ponen manos a la obra para echarle un cable y que el chaval eche un casquete. Sería muy fácil: se llama a una prostituta, o prostituto, se fornica, se paga, y listo, nos evitamos hora y media de película, pero no, la peli apuesta por lo “legal” y lo políticamente correcto y, queriendo hablar de sexo, termina hablando de amor azucarado y romanticismo de tercera división: el muchacho conoce en la tienda a una mujer de la que se enamora (Catherine Keener), para descubrir más adelante que tiene hijas y que no ha sido afortunada en el amor. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Virgen a los 40”