Cine de papel – René Ferracci*

*Este artículo sigue fundamentalmente el texto dedicado a René Ferracci en el espléndido libro de Roberto Sánchez López, El cartel de cine, Arte y publicidad, editado por Prensas Universitarias de Zaragoza en 1997.

René Ferracci (1927-1982) es uno de los más importantes cartelistas de cine, con una obra que supera los dos mil quinientos diseños repartidos entre los años cincuenta y el final de su vida. Tras pasar por Paramount, 20th Century Fox y la MGM, su época de apogeo fue sin duda los años sesenta, en los que, además de su su labor como “freelance“, para Warner, United Artists, Columbia o Walt Disney, realizó trabajos para Jean Luc-Godard, Federico Fellini, Jacques Tati, François Truffaut o Luis Buñuel, siempre bajo la influencia del Pop Art y el cómic. Continuar leyendo “Cine de papel – René Ferracci*”

La tienda de los horrores – Aquel maldito tren blindado

Tremendamente popular desde que Quentin Tarantino realizara su falso remake, este bodrio bélico de Enzo G. Castellari viene a engrosar la interminable lista de productos de culto-friki con que los cinéfilos “alternativos” gustan adornar uno de sus exclusivos clubes privados, la mayor parte de los cuales consistentes en la devoción impostada de subproductos de serie Z, cuanto más desconocidos para el público, mejor, a través de los cuales reafirmar su supuestamente particular sapiencia, su mayor capacidad de desbroce y su singular agudeza intelecto-emocional fuera de los circuitos críticos “oficiales”, toda una labor de proselitismo fundamentada básicamente en la autoafirmación (con la, suponemos, subida correspondiente de la autoestima) de una exclusividad de gusto y criterio que supone en última instancia mirar a sus congéneres, especialmente si optan por la calidad del cine clásico bien hecho, por encima del hombro. Así, regodeándose en el cine que el resto del mundo, no es que desconozca, sino que ha descartado por pésimo, es como algunos intentan emular a los “genios” que convierten esa tendencia en su mecanismo para forrarse, pero en plan pobre, claro. Es la única explicación plausible al hecho de que a alguien -Tarantino incluido- pueda gustarle este pestiño en serio.

La cosa va de un grupo de convictos del ejército americano en plena Segunda Guerra Mundial que, mientras son trasladados a prisión, aprovechan el ataque de los alemanes para escapar a tiro limpio incluso tiroteando a los guardias de su propio ejército. En su huida hacia terreno neutral, armados como un comando, se enfrentan a distintas unidades nazis eliminando a un buen puñado de soldados y capturando e inutilizando gran cantidad de material de guerra, y su suplantación de un comando americano destinado a una importante misión ante un oficial (Ian Bannen), consiguen una promesa de libertad por la que luchar, en una misión suicida para volar un tren alemán por la que sacrifcarán sus vidas.

La película está construida sobre la base de la pretendidamente espectacular -pero algo escasa de presupuesto, como el resto del rodaje- escena final, en la que el tren ha de estallar llevándose por delante un apeadero ferroviario. Sin embargo, los capítulos previos son tan lamentables, que no vale la pena el esfuerzo. Personajes mal caracterizados, diálogos risibles, un tono de comedieta barata que no consigue hacer volar las risas, y unas abundantes escenas de acción en las que canta a la legua la escasez de medios y la falta de imaginación de los guionistas (consisten básicamente en la continua sucesión de episodios de combate sin talento, oficio ni beneficio alguno más que la presunta espectacularidad de la sangre y la banalización de la muerte y de la guerra), no son suficientes para excusar el necesario y meritorio encaje de bolillos con que directores y productores de los setenta lograban poner en pie apreciables producciones de acción y violencia. En este caso, el colmo es la historieta de amor metida con calzador entre uno de los presos evadidos y una joven de la resistencia franchute, tan lamentable y ridícula en su concepción y desarrollo, como sonrojante en su conclusión. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Aquel maldito tren blindado”

Mis escenas favoritas – Ordet

Final de la gran obra maestra de Carl Theodor Dreyer, Ordet, película imprescindible de 1955 (León de Oro en el Festival de Venecia de ese año) que, a través de la historia de una familia de granjeros de Jutlandia y del amor de uno de los hijos por una joven de un grupo religioso rival, y con unas interpretaciones sublimes (nótense, por ejemplo, los cambios en el rostro de la niña), analiza de manera reveladora la contradictoria naturaleza espiritual del ser humano en el marco de las ricas y evocadoras composiciones de Dreyer, de una belleza visual más pictórica que cinematográfica.

Obra maestra del cine fantástico: King Kong

Fue la belleza lo que mató a la bestia

Pocas películas en la historia del cine son capaces de aunar fantasía, emoción, terror, aventura y carga simbólica, ideológica y ética como el clásico de 1933 codirigido por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, King Kong, una maravilla que en su día destacó por su avanzada utilización de los efectos especiales y que, casi ochenta años más tarde de su filmación, sigue suponiendo un hito en el cine fantástico y de aventuras protagonizado por criaturas fabulosas muy pocas veces igualado (y nunca superado, no hay más que ver las versiones de John Guillermin y Dino de Laurentiis de 1976 y la de Peter Jackson de 2005), ni siquiera por productos de mayor presupuesto, repartos y equipos técnicos más reconocidos (incluido el empleo del ordenador para la creación de efectismos) o, a los ojos del espectador de hoy, más “modernos”. Al mismo tiempo actualización del mito de la Bella y la Bestia, pasada por cierto aire romántico a lo Frankenstein, y plasmación del conflicto entre desarollo y naturaleza, entre civilización y vida salvaje, entre ecosistema natural y escenario urbano, King Kong sigue siendo a día de hoy una historia vibrante, de ritmo trepidante, de imágenes inolvidables, poderosa, hechizante, irresistible, un cheque en blanco a la aventura tal como se vivía en los sueños de la niñez, y a la vez la prueba fehaciente de que la serie B, que en su día era una cuestión de presupuesto, no tiene que ver necesariamente con la inteligencia, la pericia o la capacidad técnica de quienes se dedicaban a ella, ni con la calidad final de su trabajo.

Todo el mundo conoce el argumento: un director de cine lleva a su equipo a una ignorada isla del Índico cercana a Sumatra para rodar una misteriosa película de la que no ofrece más detalles que su presunta magnificencia. Para convencer a los estudios y conseguir la financiación, se ha visto obligado a incluir en la expedición a Ann (Fay Wray, que se ganó la inmortalidad gracias a su personaje), una chica desgraciada y sola, aspirante a actriz, que ha conocido en un café de Nueva York. Arribados a la isla, llamada de La Calavera, descubren la existencia de una antigua tribu anclada en un remoto pasado prehistórico que secuestra a Ann para ofrecerla como sacrificio a una bestia a la que se refieren como Kong, y que no es otra cosa que un gigantesco gorila, una rémora de un pasado anterior a la aparición del ser humano, perteneciente a un mundo dominado por los dinosaurios que habitaron la Tierra antes de su desaparición fulgurante a causa del impacto de un meteorito. A diferencia de otros casos, Kong se siente atraído por la chica, rubia y de piel clara, nada que ver con las nativas de la isla que ha devorado hasta entonces: por ella se enfrenta hasta la muerte con otras bestias tremebundas, igualmente restos de la prehistoria, que pueblan la isla, pero, utilizándola como cebo, el equipo de la película captura a Kong con la finalidad de trasladarlo a Nueva York y hacer negocio con su presentación pública en Broadway, en lo que siempre fue desde el principio la intención del director de la película.

Espectacular, grandiosa, fascinante, imperecedera, parte de su trascendencia viene derivada de la conversión del personaje principal, el monstruoso simio del principio, en una criatura humanizada, capaz de desarrollar y demostrar sentimientos, y de la apuesta por un final triste que permita triunfar a la barbarie impuesta por lo que conocemos como civilización por encima de los instintos naturales y el amor, la piedad o la compasión. Continuar leyendo “Obra maestra del cine fantástico: King Kong”

Música para una banda sonora vital – El Álamo

El Álamo (1960) supuso el debut de John Wayne en la dirección, un western historicista que, en la línea conservadora de su director, apuesta por la épica y la grandilocuencia para narrar meticulosamente el episodio histórico del asedio sufrido por los texanos independentistas en la misión de San Antonio de Béjar por parte del ejército mexicano del general Santa Anna en 1836. Aunque el retrato heroico de unos centenares de voluntarios sitiados dista mucho de su condición de ocupantes ilegales, de colonos invasores de un territorio ajeno azuzados por Estados Unidos, y resulta ser poco más que un tributo patriótico desaforado, lo cierto es que Wayne muestra en la película un tacto y un respeto inusitados al retratar a los mexicanos como enemigos legitimados, valientes, aguerridos, heroicos, caballerosos y corteses, sin dotarlos de ninguna negativa connotación de perfidia o crueldad con que los norteamericanos suelen caracterizar a enemigos más poderosos que ellos, y sin apelaciones al infortunio para justificar la derrota. Sin duda, el hecho de que Wayne conviviera tanto tiempo con John Ford, apasionado de México, el más importante cronista de la historia norteamericana y el mayor poeta en imágenes de la historia del cine, por más que en sus films abusara de estereotipos y tópicos, y su propia pasión por el país y por sus mujeres, ayudaron a que la película no fuera un panfleto anti-mexicano.

Cuestiones ideológicas aparte, destaca la famosa música de Dimitri Tiomkin, en particular su excepcional Overtura.

El hombre contra la naturaleza, contra sí mismo: Zero Kelvin

El kelvin (antes llamado grado Kelvin), simbolizado como K, es la unidad de temperatura de la escala creada por William Thomson en el año 1848, sobre la base del grado Celsius, estableciendo el punto cero en el cero absoluto (−273,15 °C) y conservando la misma dimensión. William Thomson, quien más tarde sería Lord Kelvin, a sus 24 años introdujo la escala de temperatura termodinámica, y la unidad fue nombrada en su honor. Es una de las unidades del Sistema Internacional de Unidades y corresponde a una fracción de 1/273,16 partes de la temperatura del punto triple del agua. Se representa con la letra K, y nunca “°K”. Actualmente, su nombre no es el de “grados kelvin”, sino simplemente “kelvin” (texto extraído de Wikipedia).

Retorcida, sublime, majestuosa, cruel, frenética, hermosa, desesperanzada, Zero Kelvin, coproducción entre Suecia y Noruega dirigida por Hans Petter Moland en 1995, es una de las más inteligentes, perturbadoras, trepidantes y grandiosas cintas europeas de los noventa. El comienzo de la película, el breve episodio melodramático de Larsen (Garb B. Eidsvold), un joven estudiante atraído por la poesía y el arte, que es rechazado por la muchacha de la que está enamorado, constituye el punto de partida para la sórdida crónica de un descenso a los infiernos, del cruce de la tenue frontera que separa la condición humana del puro bestialismo animal. El Oslo primaveral, las calles y los parques repletos de parejas paseando, de niños jugando, de militares cortejando a niñeras y doncellas bajo las suaves temperaturas de las escasas fechas que permiten disfrutar de la calle, los bosques y los prados, contrasta con el escenario de las gélidas llanuras de hielo y piedra salpicadas por las moles glaciares de Groenlandia a las que su despecho conduce a Larsen, un lugar en el que va a explorar su propio interior, en el que va a descubrir que, además de lo que él creía que formaba parte de su ser, existe un lado oscuro, oculto, salvaje, del que, atizado por la necesidad de sobrevivir, el ser humano echa mano: de sus instintos, de su pasado animal más despiadado.

Llegado a Groenlandia (ya lo hemos dicho alguna vez, pero, ¿por qué será que Groenlandia -Greenland- se llama “isla verde” y es de hielo, e Islandia -Iceland-, se llama “isla de hielo”, y es verde?), el joven Larsen intenta curarse del olvido de su amor ejerciendo de trampero, introduciéndose en un mundo duro, de un sacrificio físico extenuante, al límite de las fuerzas, nada que ver con el ejercicio del intelecto que ha presidido su vida anterior. Allí, en una mugrienta cabaña de cazadores de focas, convive con otros dos hombres tan perdidos como él: Holm (Bjorn Sundqvist), un hombre de temperamento pausado, observador, amante de las ciencias, y Randbaek (Stellan Skarsgard), tosco, brutal, malencarado. La sangrienta labor diaria, la mantanza continua de focas, el constante teñir de viva sangre roja la blancura inmaculada del frío ancestral no tarda en saltar al interior de la cabaña, y primero Larsen y Randbaek, en una sorda lucha de desprecios, sarcasmos y continuos desafíos y provocaciones, con el posterior concurso de Holm, que les convence para salir al exterior e intentar salvarse cuando la vida de los tres se ve amenazada por la escasez y el temporal, se zambullen en una espiral de odio, violencia y lucha por la supervivencia que, en el grandioso marco de una naturaleza desbocada, presentada en bruto, permite traslucir el amplio catálogo de instintos animales que, bajo la piel de la civilización, de los valores adquiridos, impostados, yace latente dispuesta a guiar las manos del hombre cuando se pone en juego su vida. Continuar leyendo “El hombre contra la naturaleza, contra sí mismo: Zero Kelvin”

Mis escenas favoritas – Primera plana

The front page es una divertida y lúcida obra de teatro centrada en el mundo de la prensa y, en particular, en la denuncia de ciertos de sus vicios, como el amarillismo, el sensacionalismo y la manipulación interesada del lector, un fenómeno propio de cuando la prensa escrita era el principal vehículo de información para el público y extrapolable sin mucha dificultad al papel preponderante que la televisión desempeña en nuestras vidas.

Escrita por Charles MacArthur y el gran guionista Ben Hecht, que volcó en el texto buena parte de su propia experiencia profesional y vital, ha sido llevada al cine en múltiples ocasiones, siendo las más recordadas la de Lewis Milestone, Un gran reportaje, de 1931, Luna nueva, de Howard Hawks, de 1940, con el acierto de convertir el personaje de Hildy Johnson en mujer, interpretada por Rosalind Russell para acentuar su antagonismo con Walter Burns, un fenomenal Cary Grant, director de su periódico al tiempo que ex marido suyo, y, finalmente, la tardía versión de Billy Wilder, de 1974, con Walter Matthau y Jack Lemmon en los papeles principales (y que homenajea al propio Hecht en este diálogo). Una joya de la comedia, no del todo satisfactoria para Wilder, pero mordaz, irónica y contenedora de una crítica y una denuncia plenamente vigentes y aplicables a los medios de comunicación (prensa, televisión, radio o internet) que utilizan la información como trinchera partidista o como simple vehículo de atracción de la masa irreflexiva que renuncia a su condición de ciudadana y se limita a obrar como consumidora.

Para Hildy Johnson.

Billy Wilder en pie de guerra: Cinco tumbas a El Cairo

Antes de El-Alamein, nunca vencimos; después de El-Alamein, nunca fuimos vencidos (Winston Churchill).

En un desierto velado de sueños, teñido de magia onírica por la fotografía de John F. Seitz, un escenario idóneo para ricas caravanas de mercaderes o apto para hallar algún idílico oasis abarrotado de jaimas, un tanque británico anda a la deriva a través de las dunas, alzándose perezoso hasta las cumbres y hundiéndose terco en las profundidades para remontar de nuevo hacia la luz para caminar en circulos marcados por el fuego y la muerte. Los cadáveres de sus ocupantes son mudos fantasmas de una guerra que se libra ya a decenas de kilómetros de allí, testigos de su sacrificio anónimo y estéril, mientras el Afrika Korps de Rommel amenaza con internarse en Egipto y acabar con el frente mediterráneo que amenaza la ocupación nazi de Grecia. Entre los cadáveres, de pronto, unos miembros en movimiento, y un oficial herido (Franchot Tone, discreto actor de una carrera de más de treinta años, con títulos como Tres lanceros bengalíes, Rebelión a bordo o Tempestad sobre Washington) que, desolado ante la contemplación de sus camaradas muertos, lucha por salir del interior del vehículo hasta que cae accidentalmente y se enfrenta a una muerte segura bajo el sol inclemente del desierto. Tras su agonía de kilómetros a pie sin víveres ni agua, cuando ya cree que su vida va a terminar en medio de ninguna parte, encuentra un espejismo: un edificio medio derruido abandonado a su suerte en medio del desierto. Pero lo que cree espejismo no es tal, sino el último vestigio de civilización en un lugar devastado por el clima y la guerra, un resto de un pasado de esplendor gracias a la circulación de turistas pudientes que acudían a Egipto para visitar las antiguas ruinas de los faraones. El único hotel abierto en el desierto es su salvación. O el inicio de una aventura insospechada…

Con este fulgurante comienzo, el gran Billy Wilder nos sumerge en su única película bélica propiamente dicha, aunque, en puridad, más bien destaca por la intriga, el suspense y la lucha psicológica en una atmósfera de guerra que por las tangenciales, escasas y siempre evocadas a distancia, escenas de combate. Con esta, su tercera película, Wilder, ayudado por su coguionista de la época, Charles Brackett, contribuye al esfuerzo propagandístico de guerra (estamos en 1943) con un episodio de espionaje, acción, romance y tensión que tiene como escenario el frente del Norte de África previo a la gran batalla de El-Alamein entre Montgomery y Rommel que dictó sentencia en cuanto a la guerra en el continente y que propició el principio del fin del conflicto con la liberación del África francesa ocupada, el desembarco de Sicilia y el hostigamiento constante a las tropas alemanas en Creta y el resto de Grecia. Continuar leyendo “Billy Wilder en pie de guerra: Cinco tumbas a El Cairo”