El hombre contra la naturaleza, contra sí mismo: Zero Kelvin

El kelvin (antes llamado grado Kelvin), simbolizado como K, es la unidad de temperatura de la escala creada por William Thomson en el año 1848, sobre la base del grado Celsius, estableciendo el punto cero en el cero absoluto (−273,15 °C) y conservando la misma dimensión. William Thomson, quien más tarde sería Lord Kelvin, a sus 24 años introdujo la escala de temperatura termodinámica, y la unidad fue nombrada en su honor. Es una de las unidades del Sistema Internacional de Unidades y corresponde a una fracción de 1/273,16 partes de la temperatura del punto triple del agua. Se representa con la letra K, y nunca “°K”. Actualmente, su nombre no es el de “grados kelvin”, sino simplemente “kelvin” (texto extraído de Wikipedia).

Retorcida, sublime, majestuosa, cruel, frenética, hermosa, desesperanzada, Zero Kelvin, coproducción entre Suecia y Noruega dirigida por Hans Petter Moland en 1995, es una de las más inteligentes, perturbadoras, trepidantes y grandiosas cintas europeas de los noventa. El comienzo de la película, el breve episodio melodramático de Larsen (Garb B. Eidsvold), un joven estudiante atraído por la poesía y el arte, que es rechazado por la muchacha de la que está enamorado, constituye el punto de partida para la sórdida crónica de un descenso a los infiernos, del cruce de la tenue frontera que separa la condición humana del puro bestialismo animal. El Oslo primaveral, las calles y los parques repletos de parejas paseando, de niños jugando, de militares cortejando a niñeras y doncellas bajo las suaves temperaturas de las escasas fechas que permiten disfrutar de la calle, los bosques y los prados, contrasta con el escenario de las gélidas llanuras de hielo y piedra salpicadas por las moles glaciares de Groenlandia a las que su despecho conduce a Larsen, un lugar en el que va a explorar su propio interior, en el que va a descubrir que, además de lo que él creía que formaba parte de su ser, existe un lado oscuro, oculto, salvaje, del que, atizado por la necesidad de sobrevivir, el ser humano echa mano: de sus instintos, de su pasado animal más despiadado.

Llegado a Groenlandia (ya lo hemos dicho alguna vez, pero, ¿por qué será que Groenlandia -Greenland- se llama “isla verde” y es de hielo, e Islandia -Iceland-, se llama “isla de hielo”, y es verde?), el joven Larsen intenta curarse del olvido de su amor ejerciendo de trampero, introduciéndose en un mundo duro, de un sacrificio físico extenuante, al límite de las fuerzas, nada que ver con el ejercicio del intelecto que ha presidido su vida anterior. Allí, en una mugrienta cabaña de cazadores de focas, convive con otros dos hombres tan perdidos como él: Holm (Bjorn Sundqvist), un hombre de temperamento pausado, observador, amante de las ciencias, y Randbaek (Stellan Skarsgard), tosco, brutal, malencarado. La sangrienta labor diaria, la mantanza continua de focas, el constante teñir de viva sangre roja la blancura inmaculada del frío ancestral no tarda en saltar al interior de la cabaña, y primero Larsen y Randbaek, en una sorda lucha de desprecios, sarcasmos y continuos desafíos y provocaciones, con el posterior concurso de Holm, que les convence para salir al exterior e intentar salvarse cuando la vida de los tres se ve amenazada por la escasez y el temporal, se zambullen en una espiral de odio, violencia y lucha por la supervivencia que, en el grandioso marco de una naturaleza desbocada, presentada en bruto, permite traslucir el amplio catálogo de instintos animales que, bajo la piel de la civilización, de los valores adquiridos, impostados, yace latente dispuesta a guiar las manos del hombre cuando se pone en juego su vida.

El gran mérito de Moland consiste en conseguir mostrar la precariedad del equilibrio en el juego entre civilización y naturaleza salvaje. En un primer término, expuestos a los designios de un entorno todopoderoso que puede fulminarlos con apenas un soplido, las costumbres sociales de los tres hombres perviven, se manifiestan, sus relaciones están presididas por la comprensión y la cooperación, entendidas como el único vehículo para garantizar la supervivencia de los tres. Cuando, sin embargo, la naturaleza expande su reinado al interior de la cabaña, cuando los egoísmos afloran y se pierde la idea de comunidad, todo deviene en una loca carrera cruel y violenta hacia la satisfacción del puro interés individual, incluso a costa de la integridad física de los demás individuos. Moland muestra así lo superfluo de la ética y la moral cuando la naturaleza, la supervivencia, las someten a una presión imposible de soportar, es decir, el punto límite de los grandes principios y valores toda vez que ya no sirven para satisfacer las necesidades mínimas del ser humano, cuando no hay restricciones, ni sanciones, ni brazos ejecutores que las impongan.

Así, Moland, en un marco monumental de una belleza inconmensurable, casi inconcebible, de cielos fundidos con los horizontes helados, de grandes murallas de piedra, roca y hielo recortando el perfil de un cielo gris en bruma permanente, en el que el sol es un breve chispazo perdido en apenas minutos, certifica la muerte de los idealismos y la falsedad de cualquier concepto de superioridad moral y, por extensión, de cualquier convención ética, moral, política o religiosa, necesaria para articular la convivencia, pero insuficiente, inútil, como prueban los hechos políticos e históricos desde milenios atrás, cuando de asegurar y satisfacer el propio deseo, capricho o interés se refiere.

Lo que parece una película intimista, minimalista, deviene en thriller apasionante, espectacular, narrativamente lleno de giros e ingenio, cuando los personajes abandonan la cabaña. Moland recoge ecos del Polanski más turbador para recordarnos que el ser humano, ante todo, aun camuflado bajo el escaparate de la cultura y los oropeles de los trapos con los que cubre su desnudez, es un animal, y que, sometido a los dictados de la naturaleza, es el más expuesto a su crueldad al haber sustituido el necesario aprendizaje para desenvolverse ante ella por una fachada de civilización que, en última instancia, no vacila en abandonar cuando del propio provecho se trata. La locura del hombre tiene dos vías, producto del círculo vicioso en el que lleva milenios encerrado: su profunda soledad, su desesperación, le llevan a la naturaleza; dar la espalda a la civilización, le lleva a la locura. En estado natural, esa, la locura, es su única salida para sobrevivir.

14 comentarios sobre “El hombre contra la naturaleza, contra sí mismo: Zero Kelvin

  1. Fantástica la crítica de hoy, Alfredo. Redondamente glaciar, si se me permite el invento.
    “Zero Kelvin”, película que sólo he visto una vez y que me obligo a volver a visitar, es una de las películas más desesperanzadas que recuerdo haber disfrutado jamás. Además, tan de moda que están ahora las sórdidas historias que nos cuentan los escritores “nórdicos” ésta entronca perfectamente con ese pesimismo tan característico de las plumas venidas de aquellas latitudes.
    El recadito está perfectamente claro: al hombre, para defenderse de si mismo -de su propia e innata locura- sólo le queda la soledad como estado natural.
    ¡Bravo!

  2. Pues voy a buscarla y a verla. Comenzando a leerte se me antojaron aires a Dersu Uzala, luego cambia el “chip” cuando refieres a lo mejor de Polanski. Pues no me la pierdo, gracias por la recomendación.

    Saludos.

  3. ¡¡Pedazo texto!!Me lo he leído sin aliento.No la veré,estoy segura.Leyendo la maravillosa descripción ,tan detallada ,he sufrido,viéndola aún sufriré más.
    El hombre, sometido a situaciones límite de esfuerzo físico,soledad y desesperanza, siempre sacará el animal que lleva dentro.Me encanta la comparación que haces cuando comparas las inclemencias de la naturaleza exterior diciendo:sin embargo la naturaleza expande su reinado al interior de la cabaña….
    Saludicos.

  4. Gracias a ti, Babel (gran blog el tuyo, por cierto); merece la pena de verdad y, en efecto, esos cambios y giros de estilo descolocan tanto como atrapan.
    Saludos.

    Gracias, Carmen. Yo, pese a todo, te la recomiendo, es una película estupenda y muy aleccionadora.

    Pues ya sabes, Marcos, a por ella.
    A mí es que lo de Groenlandia e Islandia me tiene consumido; fíjate que es mi segunda preocupación más importante. La primera, obviamente, es: ¿por qué los kamikazes se ponían casco?
    Abrazos.

  5. 🙂 ¡Coño, que me partes el ambiente con eso de los kamikazes!

    Estupenda reseña, Alfredo: me ocurre como a Carmen: desasosiego al leerte, aunque me la apunto para verla un día con calma, pues no la conocía. De todas formas, la filosofía nórdica creo que tiene unos complementos peculiares debidos a la geografía y que no se ajustan milimétricamente al sentir mediterráneo: pero eso hay que mirarlo con calma…

    Saludos.

    p.d.: los kamikazes llevaban casco porque vestían el uniforme reglamentario: el honor se manifiesta externamente con la pulcra vestimenta y los que iban a morir se sacrificaban, con honor, por su emperador y patria (y por ése orden, creo); el seppuku conlleva un ritual y es su antecedente.

  6. Buen apunte, Josep, la cuestión del efecto del medio climático en el carácter, presuntamente frío, introspectivo y atormentado, de los intelectuales nórdicos. Al menos en el cine, tal cosa parece más que evidente, así como la incomodidad y la incomprensión de mucho público hacia su particular forma de narrar cuando esa base no se comparte.
    En cuanto a los kamikazes, no me cabe duda de que es así, pero, ¿por qué el uniforme reglamentario para suicidas es para no-suicidas? Estos japoneses…

  7. Hala, pues se parece a la Quimera del Oro…un poquico, un poquico…
    En tonces, la filmografía esta sueca, unas veces con pelis comerciales y otras con buenas como ésta o Déjame entrar parece bastante importante ¿no?

  8. Bueno, poquico, Carlos, más bien casi nada…
    En realidad, el cine sueco no ha sido especialmente comercial, más allá de la indigesta trilogía, aún inconclusa, sobre Larsson, que los americanos están a punto de volver a filmar, sin necesidad, por supuesto, exactamente que en el mismo caso de “Déjame entrar”, una película excelente y poco “comercial”, que los americanos ya se han ocupado de convertir con su versión en algo superfluo y vulgar. Pero si piensas en Sjöstrom, Bergman, la adopción en su momento de Tarkovski por la cinematografía sueca, o en celebradas películas recientes como “Fucking Amal”, el cine sueco suele ofrecer densidades y produndidades incompatibles, a priori, con el éxito comercial.

  9. Pues ya ves, compa Alfredo, aquí otro que ni siquiera sabía de su existencia; cosa que, por lo demás, tampoco es complicada, teniendo en cuenta cuán poco nos llega -pese a promociones comunitarias, programas Media y zarandajas de ese tipo- del cine europeo, y, más aún, del que nos queda más “retiradillo” geográficamente. Según la pintas, debe resultar acojonante; por momentos, tu reseña me traía a la memoria una peli como La cosa, aunque ésta me supongo que apela a terrores mucho más introspectivos y propios, sin necesidad de apelar a monstruos externos que encarnen alegóricamente la maldad humana. Pero el hielo abundante, el grupo humano aislado y la lucha por la supervivencia son elementos que me llevan a rememorar esa otra peli. Ah, y felicidades por tu texto; magnífico…

    Un fuerte abrazo y buena semana.

  10. Gracias, Manuel. Te recomiendo la película (yo, en efecto, hube de esperar a la televisión para poder verla). Poco que ver con “La cosa” realmente; los tiros irían más bien por “Defensa” o incluso por el western psicológico en la línea Anthony Mann, fíjate.
    Abrazos.

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