Diálogos de celuloide – Calle Mayor

JUAN: ¿Y qué te parece?

TONIA: ¿Eh?

JUAN: La broma, lo de esa chica, Isabel.

TONIA: Ya te lo he dicho. Una canallada.

JUAN: ¿Sí?

TONIA: Sí, una canallada. Esos tíos son unos cabestros, pero tú…

JUAN: ¿Qué?

TONIA: Nada, que creía que eras de otra manera.

JUAN: ¿Cómo?

TONIA: Más hombre, más…, entero.

JUAN: Pero si, total, todo es una broma, para reírnos…

TONIA: ¿Todos?

JUAN: No te entiendo.

TONIA: ¿Ellla también se va a reír?

JUAN: ¡Bah! No le va a pasar nada.

TONIA: ¿Tú que sabes? ¡Me dais asco!

Calle Mayor. Juan Antonio Bardem (1956).

La tienda de los horrores – La huella (2007)

Un sacrilegio. Los remakes de ciertas cosas son puro sacrilegio. Desde luego, no pocas veces hay que alabar la irreverencia de quienes, saltándose normas y bajando del pedestal a artistas santificados, osan explorar lenguajes nuevos y llevar sus historias más allá. Pero repetirse por el mero gusto del propio onanismo, o peor todavía, por la caída en desgracia o la ausencia de ideas propias, es digno de cárcel. Y en este caso, Kenneth Branagh y Jude Law (director y uno de los productores, respectivamente), merecen la pena máxima.

La última película de Joseph L. Mankiewicz, de 1972, es una obra maestra absoluta, un ejemplo del punto de magnificencia cinematográfica que puede llegar a alcanzar a veces ese cine que algunos rechazan como “excesivamente teatral” (pobres). En ella, dos intérpretes de primera categoría (Laurence Olivier y Michael Caine), una obra excepcional de Anthony Shaffer (autor teatral especializado en obras de misterio con su propia trayectoria cinematográfica como guionista –Frenesí, de Alfred Hitchcock (1972) o las adaptaciones de Agatha Christie con Peter Ustinov como Hercules Poirot, Muerte en el Nilo (1978) o Muerte bajo el sol (1982) son muestra de ello-), la juguetona partitura de John Addison y, por encima de todo, las grandes dotes de Mankiewicz para la dirección de actores, la traslación a imágenes de los guiones y el dominio de la puesta en escena, componen un puzle inolvidable, una joya repleta de suspense, ingenio, inteligencia, chispas de humor e ironía, crítica social y, sobre todas las cosas, una relación especial entre película y espectador: un reto en forma de juego. La historia de un adinerado y aristocrático autor de novelas policíacas que invita al amante de su mujer a pasar con él un fin de semana en su mansión de campo para proponerle un plan criminal que les permite enriquecerse y vivir libremente sus aventuras amorosas consigue elevarse tras sus ciento treinta y ocho minutos a la categoría de mito.

Poco de ello conserva, sin embargo, la versión de Branagh de 2007. El planteamiento es el mismo, pero el resultado es muy diferente a pesar de contar con Harold Pinter para adaptar la historia de Shaffer. Con todo, vayamos primero con lo positivo: la película de Branagh y el texto de Pinter encaran directamente y sin ambages los tintes de homosexualidad, más o menos latente, que contenía la obra de teatro y que en la película de Mankiewicz, pese a contar con el propio Shaffer como adaptador, han de leerse muy entre líneas. La ejecución de esta parte de la historia por los actores, es otro cantar, pero al menos la idea está ahí.

En cuanto a lo negativo, lo es casi todo. Las grandes expectativas que levantara el proyecto, especialmente por los nombres involucrados en él, no tardan en frustrarse: uno espera mucho más de un guión de Harold Pinter, de la dirección de Branagh, que si bien estaba -y está- en horas muy bajas, sí que había dado durante los noventa la medida de lo que era capaz dirigiendo e incluso interpretando películas basadas en textos teatrales, siempre con el respaldo de Shakespeare y del buen hacer de su ex, Emma Thompson, de la interpretación de Caine, un seguro, y de la de Jude Law, uno de los más prometedores actores “jóvenes” de su generación, con un incipiente currículum más que aceptable, y que hoy parece ser otra muestra de cómo el éxito hueco puede devorar en la nada más absoluta a las nuevas caras desorientadas por el reconocimiento y el dinero fácil.

La película comete errores desde el principio, desde los mismos créditos Sigue leyendo “La tienda de los horrores – La huella (2007)”

Mis escenas favoritas – Locos por el sexo…

Uno de los experimentos más divertidos en el planeta cine es imaginar delirantes propuestas de intertextualidad cinematográfica, esto es, qué resultaría de juntar de manera disparatada personajes o situaciones de películas diametralmente opuestas o imposibles de relacionar a priori y que sin embargo andan conectadas por algún fleco argumental subterráneo.

Por ejemplo, ¿qué pasaría si uniéramos en una comida a la joven Sally que interpreta Meg Ryan en Cuando Harry encontró a Sally, dirigida por Rob Reiner en 1989, y al Doctor Bernardo que incorpora John Carradine en Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y no se atrevió a preguntar, película de Woody Allen de 1972? Una finge orgasmos durante la comida; el otro aprovecha el segundo plato para emitir incendiarios discursos sexológicos…

El escalón nº 35

El titular de esta escalera cumple hoy mismito 35 inviernos. Se admiten regalos, especialmente provenientes de la ferretería, que las grapas de las cicatrices ya se sueltan y los únicos dos tornillos que quedan en su sitio ya andan más bien tirando a oxidados…

¡Salud y cine, y música para celebrarlo!

Romance del revés: Amores con un extraño

Esta película un tanto olvidada es una de las más importantes muestras del talento narrativo de Robert Mulligan, célebre director de Matar a un ruiseñor (1962), que al año siguiente encaró un proyecto diametralmente opuesto que se mueve de manera bastante original y con una estructura y un estilo poco comunes entre el drama y la comedia romántica, siguiendo un camino que quizá demasiado a menudo se cuenta en sentido contrario. Mulligan parte de una situación dramática, casi desesperada, para construir una historia de descubrimiento y crecimiento personal que deriva en una comedia sentimental con algunos gags muy logrados y que se basa fundamentalmente en la química dramática y cómica de la pareja protagonista, nada menos que Natalie Wood, conmovedora en la primera mitad del filme, absolutamente adorable en su conclusión, y el gran Steve McQueen, que aparca la dura personalidad habitual que habitualmente ofrece en pantalla (y también las cabriolas motociclistas por la frontera suiza de ese mismo año a las órdenes de John Sturges en La gran evasión) para componer el retrato de un hombre díscolo e irresponsable que ha de madurar de golpe.

La película se zambulle en un intenso drama nada más comenzar: en una reunión del sindicato de músicos de Nueva York a la que los afiliados sin trabajo acuden en busca de algún encargo para salir del paso, la joven Angie (Natalie Wood) se mezcla con la concurrencia de la atestada sala en busca de Rocky (McQueen). Pero no para ofrecerle trabajo, sino para recordarle cierta noche de unos meses atrás en la que ambos disfrutaron de un amor de fin de semana en una cabaña tras una de sus actuaciones. Y el objeto de su recordatorio no es otro que informarle de que de aquel amor pasajero surgió precisamente eso, un pasajero que saldrá al exterior en apenas unos meses. La situación convulsiona las vidas de ambos: Angie es una joven que busca libertad en el seno de una familia tradicional italiana; sus hermanos la sobreprotegen tanto y su madre asume un control tan directo de su vida y de su futuro que se ahoga, que necesita cada vez más un espacio propio en el que tomar las riendas de su vida. Su trabajo en unos grandes almacenes le ofrecen la posibilidad de conocer gente, pero el tipo de hombres que allí podrían fijarse en ella no le interesan. Un amigo de la familia, un hombre ya algo mayor que bebe los vientos por ella, igualmente de origen italiano y por tanto continuador de la tradición familiar, el hombre que su madre y sus hermanos han escogido para ella, no le apasiona, aunque siempre sería un último recurso de salvación llegado el caso. Por otro lado, Rocky es un irresponsable, un mujeriego que aprovecha sus esporádicos trabajos para conseguir ligues. Uno de ellos es precisamente quien le tiene en su casa y trabaja para pagar el alquiler mientras Rocky intenta conseguir actuaciones o audiciones. Con un niño en camino, la amenaza de estallido de la situación les obliga, como forma más “cómoda” y rápida de salir del paso, a buscar el camino más corto: el aborto.

El talento de Mulligan reside en sus elecciones para contar la historia. En vez de realizar una película convencional, en la que el preludio romántico dé paso al drama de una criatura ni buscada ni deseada, empieza por este segundo punto, convirtiendo el prólogo en una gran elipsis que permite al espectador completar la película dentro de su cabeza. Ese prólogo que no ve caracteriza inmediatamente a ambos personajes: Rocky es un tarambana, aprovecha sus juergas musicales para llevarse chicas a la cama, no cree en relaciones duraderas ni mucho menos en el matrimonio. En cambio, ella es idealista y romántica, y un puntito ingenua, y cree que de una noche de pasión puede nacer una historia de amor profunda y eterna. La cruda realidad trastoca de manera irreversible los planes de ambos. O, mejor dicho, la manera de revertirlo va acompañada de una toma de decisiones en nada gratuita. Sigue leyendo “Romance del revés: Amores con un extraño”

Música para una banda sonora vital – El piano

El piano, la excelente película de Jane Campion (1993) protagonizada por una espléndida Holly Hunter, Harvey Keitel y Sam Neill, no hubiese podido existir sin la sublime partitura de Michael Nyman. Ejemplo de cómo la música complementa el poder emotivamente evocador del cine con mayúsculas.

Cine en fotos – Rebeca

Nos viene de perlas esta fotografía del bueno de don Alfred Hitchcock viendo con envidia cómo Laurence Olivier y Joan Fontaine esperan que les sirvan una apetitosa cena para invitar a nuestros queridos y nunca bien ponderados escalones a la primera sesión del II Ciclo Libros Filmados, que tendrá lugar el próximo 21 de febrero, lunes (y no el martes 22, como ha sido anunciado en diversos medios), a las 18:00 horas, en la FNAC Zaragoza-Plaza de España, organizado en colaboración con la Asociación Aragonesa de Escritores. En esta ocasión se proyectará, obviamente, Rebeca, dirigida por Alfred Hitchcock y producida por David O. Selznick en 1940.

Presentado por Miguel Ángel Yusta, que vestirá chaqueta de lentejuelas para la ocasión además de, como de costumbre, sufragar de su bolsillo las ulteriores birras, en el coloquio posterior participarán el escritor y crack en sí mismo Miguel Serrano Larraz, un servidor, y todo aquel que quiera o tenga algo que decir, incluido lo que venga a cuento de la película; incluso el personal podrá relatar aquellos de sus sueños que les llevan de vuelta a Manderley…

II Ciclo Libros Filmados, organizado por la Asociación Aragonesa de Escritores en colaboracion con FNAC Zaragoza-Plaza de España.

Primera sesión, lunes 21 de febrero de 2011: Rebeca (1940).
18:00 h: proyección
20:15 h: coloquio, con Miguel Ángel Yusta, Miguel Serrano Larraz y un servidor de vuecencias