La tienda de los horrores – Barba Azul

Madre del amor hermoso… Hasta directores clásicos con una carrera salpicada de títulos apreciables que han posibilitado su paso a la posteridad y su reconocimiento por parte del gran público tienen pequeños horrores que esconder en lo más hondo de sus filmografías. Es el caso de Edward Dmytryk, que en una trayectoria, eso sí, plagada de mediocridades, se apuntó no obstante excelentes tantos como Historia de un detective (1945), una de las cimas del cine negro de todos los tiempos, la mítica Encrucijada de odios (1947), el western Lanza rota (1954), la memorable El motín del Caine (1954), el melodrama de época El árbol de la vida (1957), y ya enfilando su declive, el bélico El baile de los malditos (1958) y el western El hombre de las pistolas de oro (1959). Un currículum de casi cuarenta años con una larga etapa de decadencia iniciada en los sesenta y que culminó en películas americanas de serie B y coproducciones europeas de todo pelaje, entre las que destaca esta cosa de 1972 titulada Barba Azul, película franco-italo-germano-húngara que mejor hubiera hecho quedándose para siempre entre los proyectos inconclusos.

Parodia involuntaria, hilarante despropósito que termina riéndose de sí misma, esta adaptación de la clásica historia de Perrault, múltiples veces llevada al cine con mejor fortuna bajo distintas identidades y parámetros geográficos, relata la historia del barón Von Sepper (nada menos que Richard Burton, que en el más allá todavía se estará revolcando en azufre pensando en cómo pudo participar en esto), un héroe de guerra, un aviador famoso que, derribado por los rusos, se supone que en la I Guerra Mundial (los biplanos, el vestuario y la ambientación nos indican que estamos en el periodo de entreguerras), sufrió una curiosa mutación facial a raíz de la alta temperatura del aparato incendiado y de la pigmentación de la pintura derretida que terminó por colorearle la barba, literalmente, de azul. Este pequeño detalle no es nada comparado a las aficiones del gachó. Porque, aparte de vivir en un castillo de colorines que parece una mezcla entre Disney y los travestorros marca Almodóvar, el fulano está como una maraca. Acuciado por los problemas mentales derivados de su impotencia sexual y un trauma infantil mal digerido a causa de las difíciles y extrañas relaciones con su madre, el hombre se dedica a cargarse a toda mujer con la que está a punto de estar a punto, uséase, de irse al catre a folgar, que dirían los medievales. Con el inestimable concurso del vejestorio que hace las veces de criada desequilibrada, y coleccionando los cadáveres de sus esposas a medida que se las va cepillando en una especie de galería del terror, el Barón aprovecha que Anne, su última esposa, le ha cogido en un renuncio y ha descubierto el pastel, para, una vez advertida de que con la llegada del amanecer le llegará el turno de que le canten el gori-gori, para relatarle su carrera criminal en plan flashback. Sigue leyendo “La tienda de los horrores – Barba Azul”

Mis escenas favoritas – Un cadáver a los postres

Magnífica película de Robert Moore, de 1976, que utiliza el humor, la parodia y la ironía para poner de manifiesto y analizar de manera crítica las claves y los tópicos más comunes del género detectivesco. Lo más destacable, además de la ambientación, el excelente reparto: Alec Guinness, David Niven, Peter Sellers, Peter Falk, Eileen Brennan, Elsa Lanchester, Maggie Smith y James Cromwell, entre otros.

Diálogos de celuloide – Jardines de piedra

¿Cómo te llamas, soldado?

Willow, mi brigada.

¿Te gusta el ejército, Willow?

Me gusta mucho, mi brigada.

Hum… ¿Has estudiado biología en la escuela?

Sí, mi brigada.

¿Cómo copulan los gusanos?

No copulan, mi brigada; se reproducen asexualmente.

Hum… Un concepto interesante. Dime Willow, ¿sabrías decirme quién tuvo la brillante idea de la reproducción sin sexo?

¿Su mujer, mi brigada?

Gardens of stone. Francis Ford Coppola (1987).

Música para una banda sonora vital – Lost in translation

Just like honey de The Jesus and Mary Chain pone el cierre a Lost in translation, constituye el broche de oro de Sofia Coppola al momentáneo adiós de Scarlett Johansson y Bill Murray en la soledad hostil de Tokio que les ha reunido. El hormigón, el vidrio, el neón y el asfalto, la noche luminosa y el crepúsculo de la tarde se conjuran para un futuro reencuentro concertado en unas breves palabras dichas al oído.

Cine en fotos – Forajidos

Valga esta fotografía del animal más bello del mundo para la promoción de Forajidos (The killers, Robert Siodmak, 1946), basada en el relato de Hemingway, para invitar a nuestros queridos escalones a la siguiente sesión del II Ciclo Libros Filmados, de nuevo con una obra maestra como plato fuerte.

Mis escenas favoritas – La loca historia del mundo

En fechas tan señaladas de penitencia y torrijas, no podemos menos que sumarnos a la corriente de honda meditación y recogimiento del mundo católico con esta escena de La loca historia del mundo, de Mel Brooks (1981), en la que desmonta todas las paparruchadas que se han inventado Dan Brown y sus acólitos e imitadores con el fin de exprimir la burra del best-seller.

Música para una banda sonora vital – La ingenua explosiva

Mucho antes de que a los “geniales” Farrelly de Algo pasa con Mary se les ocurriera eso de introducir segmentos musicales entre secuencia y secuencia en los que, a modo de preámbulo, se contara de dónde venía y adónde iba la acción de la película, Stubby Kaye y Nat King Cole hicieron lo propio en el western cómico (mala mezcla, a priori, la del humor y el Oeste) La ingenua explosiva (Cat Ballou, 1965), y con mucha más gracia y talento. La película, con una Jane Fonda en plenitud de facultades físicas y artísticas, se recuerda sobre todo por la magnífica interpretación de Lee Marvin, que ganó el Oscar por su encarnación de un pistolero borracho bastante tronchante.