La tienda de los horrores – Los ojos de Julia

Para arrancárselos. Los ojos, digo. Viendo estas cosas, uno se pregunta cuál es el futuro real del cine español, y más propiamente, si quienes insisten en denominarlo de manera ilusoria como “industria”, intentan realmente otra cosa diferente a lo que parece ser únicamente la imitación de lo peor de las fórmulas foráneas que pretenden alimentar algo que, si bien a los promotores y productores de cine les interesa mucho (y con razón), esto es, la taquilla, no es menos cierto que al público no le interesa nada. O, mejor dicho, no le interesaba, hasta que el argumento de la recaudación se convirtió en un elemento publicitario más que, sin añadir (ni restar, es cierto) valor objetivamente a la calidad última de un filme, contribuye al engañabobos generalizado en torno a la confusión entre éxito, rentabilidad, calidad y gusto personal, ese totum revolutum que conduce indefectiblemente al hundimiento progresivo de la calidad de las películas y, por tanto, a la imposibilidad de que esa “industria” llegue a existir de verdad alguna vez fuera del marketing interesado de unos pocos y del analfabetismo audiovisual de buena parte del público. Igualmente, cabe preguntarse por el papel de las Escuelas de Cine y por el tipo de formación de sus estudiantes, cuando la máxima aspiración de aquellos que se licencian con honores parece consistir básicamente en hacer las Américas como directores de usar y tirar con películas de imitación y subgéneros agotados y meramente alimenticios para la taquilla (infectados por virus, zombis, thrillers baratos de sobremesa, etc.), o bien quedarse en España a emular a sus compañeros emigrados con amplias dosis de caspa hispánica y un eterno quiero y no puedo con productos acabados antes de ser filmados.

Es el caso de Los ojos de Julia, pseudothriller de sustos y sobresaltos tan vulgar como innecesario y que, no obstante, gracias a la consabida fórmula de “cine anunciado en los telediarios” ha conseguido una notable rentabilidad que algunos insisten en confundir con calidad. La cosa más lugares comunes no puede tener: Julia (Belén Rueda, cuya presencia en el cine sigue sin tener explicación comprensible, artísticamente hablando), retorna a su lugar de origen junto a su marido (Lluís Homar, notable actor convertido aquí en comparsa razonable de una historia desquiciada) para visitar a su hermana (gemela, pero con otra peluca) que, la pobre, sufre una extraña enfermedad ocular de carácter degenerativo (sin que expliquen en ningún momento cuál es) pero también genético, dado que la propia Julia está aquejada de la misma. Cuando llegan allí, resulta que la mujer se ha colgado del techo del sótano como un chorizo en proceso de curado. Aunque, eso sí, el público, que no está ciego, o eso parece, ya ha visto en el prólogo al comienzo de la historia, que de suicidio, nada. Desde ese momento, Julia, empecinada en demostrar que tras la muerte de su hermana hay tomate, que no es un suicidio como todos creen (en particular, el Pepito Grillo de su marido), comienza una aventura de indagación, sustos, sobresaltos, más sustos, lugares oscuros, más sustos, oscuridad, más sustos, etc., etc., más sustos, más etc., constantemente subrayados por la banda sonora que advierte al público de cuándo se acercan. Julia, que a medida que avanza la investigación, amenaza con volverse loca perdida, padece además la desaparición inexplicable de su marido, la cual tampoco le importa mucho, dados los pocos minutos de película que sufre por tal evento. La cosa es que, a medida que se va quedando cegata perdida y precisa de las mismas intervenciones quirúrgicas que necesitaba su hermana, es ayudada por un enfermero-cuidador la mar de cariñoso y atento que en ningún, en ningún, en ningún momento el espectador llega a pensar (nótese la ironía) que es el mismo mozo que estuvo en el ajo del suicidio de su hermana y que, claro está, se encuentra opositando a psicópata en sus ratos libres, eso sí, con madre permisiva de por medio.

Tal despropósito narrativo, mera coartada para la deposición salteada de sustos más bien esperados y de lo más predecibles, acusa en todo momento de un defecto capital: incapaz de apostar directamente por la línea de la parodia, la película aspira con notable torpeza a tomarse demasiado en serio a sí misma, cuando ni su guión, ni sus personajes, ni sus intérpretes, ni su voluntaria asunción, estilizada y actualizada, eso sí, de los modos y maneras del giallo italiano marca Dario Argento y Mario Bava, están a la altura de los que parecen sus referentes últimos, el terror y el suspense voyeur de Alfred Hitchcock en Psicosis y de Michael Powell en El fotógrafo del pánico. Así, la película de Guillem Morales se limita a coleccionar episodios con el sabor a ya visto impreso en su ADN, a acumular sustos y giros de lo más efectista y, pese a su correcta, aunque en nada original, construcción de una atmósfera neogótica que deviene en pirotécnica, resulta endeble, fallida e incluso delirante. El guión hace aguas permanentes, las presuntas sorpresas nunca lo son, y el lanzamiento de incógnitas y enigmas que toda película de terror realiza, según la fórmula de manual, en la primera mitad de su metraje, reciben respuestas absurdas e inconsistentes en una trama inconexa, deshilachada, caprichosa y banal.

Sin embargo, el gran pecado de la película es no atreverse, no mojarse en el barro con algunas de las cuestiones que apunta levemente y que bien pudieran abrir una senda mucho más interesante para la película, aunque eso supusiera salirse de los manidos y agotados cánones del cine de sustos para adolescentes inquietos en la silla e introducirse en otra clase de historias, inteligentes, maduras y sólidas. Y probablemente, menos taquilleras y presentes en los medios de comunicación.

Acusados: todos
Atenuantes: ninguno
Agravantes: el fracaso en la emulación de sus ilustres referentes, su carácter inservible incluso como parodia
Sentencia: culpables
Condena: obras mayores en el tercer ojo

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13 comentarios sobre “La tienda de los horrores – Los ojos de Julia

  1. Obras mayores? jejeje..¡qué manera de decirlo! Estucve a puntito de acudir al cine para verla porque me habían dicho que belén Rueda lo hacía bien. Por lo visto, hice bien en dejar pasar tal oportunidad. Abrazos.

  2. En fin, compa Alfredo, una vez más, discrepo (y van…). Creo que te cebas en exceso, y que le aplicas a la peli un tercer grado más basado en someterla a un canon de excelencia al que no aspira que a su calidad objetiva (discreta, normalita, pero en absoluto con ese grado de bodrio con que -desde luego, con la brillantez que le das a la pluma cuando la cargas con tinta ácida, que brilla mucho más…- le das acogida en esta tu tienda horribilis). ¿Exigente? Me parece fenomenal; ya me lo has explicado en alguna ocasión, y tu explicación me ha parecido razonable y bien fundamentada, pero, en fin, se ve que es una cuestión muy de sensibilidad el dónde se sitúa la línea que separa el rigor del rigorismo, y tú y yo las tenemos colocadas a una distancia considerable. Lo cual, como siempre, no creo que sea ni bueno ni malo, sino todo lo contario…

    Un fuerte abrazo, compa, y buen fin de semana.

    P.S. Me permito añadir, aunque con ello el comentario se me vaya bastante largo (y contando con tu indulgencia), el párrafo con que cerré la crítica que publiqué en su día sobre la peli:

    “Aún así, hay que insistir en que “Los ojos de Julia” es una propuesta que funciona como producto mainstream, entretenimiento puro sin más pretensiones y que, sin pretender ser una obra maestra —que no lo es—, cumple con su cometido eficazmente. Promocionada de manera muy poco disimulada como una suerte de “heredera natural” de “El orfanato” (Juan Antonio Bayona, 2007), es muy probable que no llegue a alcanzar la descomunal repercusión comercial de su predecesora —aunque sí unos resultados en taquilla dignos e interesantes—. ¿Decepcionante? Más bien al contrario, cabría considerarlo un signo de la normalidad de una situación que a algunos nos resulta particularmente deseable, y que es la de que el cine español sea capaz de producir con regularidad títulos capaces de manejarse con solvencia en las ligas del gran público, de competir con los grandes tiburones que manufacturan los grandes estudios de Hollywood. Necesidad obliga…”

  3. No sabes de la que te libraste, Marcos. Afortunado tú.
    Abrazos.

    Supongo, Larraz, que a los actores les divierte probar de todo. Su perspectiva es distinta a la nuestra, e imagino que intentan no aburrirse trabajando, sobre todo. Afortunadamente, Homar tiene un currículum muy distinto.

  4. Esa andaba por el multimedia de mi padre… intenté verla un par de veces al mediodía, pero a mí después de almorzar no se me puede poner ninguna polícula porque el sueño puede hasta más que los sustos, y mira que a mí incluso los “sustos” que pueda dar esta película me hacen efecto 😛
    De todos modos, eso del chico guapo y simpático que casi se lía con la protagonista (eso no las has dicho, pero, ¿a que se lía (o casi) y acaba siendo el malo, ya lo tengo más que visto.
    Muy bueno lo de las obras mayores en el tercer ojo XD.
    ¡Besos!
    Rosa.

  5. hola, gran crítica . hace poco vi la pelìcula española Todo lo que tu quieras, de Achero Mañas y me pareció un auténtico bodrio , pero que bien pudo sacársele raja , en la medida que el autor logra dar un buen principio que prometía, hasta que se le ocurre maquillar y ponerle peluca al deseperado padre. tu que opinas , ya la viste?
    Un saludo
    Filibustero

  6. Ese primer párrafo tuyo, Alfredo, lo firmo ahora mismo.

    El resto no porque la película no la he visto, pero casi seguro que, si me atreviera a verla, firmaría cada coma. Por una parte las películas “de miedo” a base de sustos y música atronadora ya me cansan y además esa protagonista no me acaba de convencer aunque por momentos la encontraba mona.

    Lo cierto es que, escarmentando en propia cabeza (y bolsa) en cuanto veo promociones en telediarios me aparto inmediatamente, y así he conseguido librarme de alguna (no todas, claro) que parece rodada para acabar en esta sección.

    Un abrazo.

  7. Pues no, Filibustero, no la vi, porque me veía venir la catástrofe. Queda para más adelante. Afortunadamente, el cine español es otra cosa.
    Saludos.

    Ay, Josep, estoy muy sensible últimamente con estas cosas, y más viendo “Sin identidad”, de Collet-Serra, un bodrio como un templo.
    Un abrazo.

  8. estimado, no quiero pensar lo que el tal Guillem estará diciendo después de leer tu crítica de estilo hachazo en la nuca…
    Nunca la vería, no me la venden, aún menos que ese pan negro tan premiado como poco vendido y a pesar de todo tan defendido por ciertos intereses concretos, más políticos que cinematográficos.

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