Un western que lo tiene todo: El último atardecer

Tras cuatro años largos escalonados, parece mentira que nunca nos hayamos detenido en la rica y estimable filmografía de Robert Aldrich, que abarca casi cuatro décadas y que incluye títulos tan memorables como Veracruz (1954), El beso mortal (1955), ¿Qué fue de Baby Jane? (1962), Doce del patíbulo (1967) o La venganza de Ulzana (1972). Aldrich, un director capaz de mezclar en la misma coctelera la acción, la violencia y la introspección psicológica de imprevisibles consecuencias, realizó en 1961 con guión de Dalton Trumbo (recién recuperado para la causa de la escritura de guiones con su propio nombre tras la caza de brujas por Stanley Kubrick el año anterior en Espartaco) un western crepuscular en el que se vierten abundantes, complejos y perturbadores elementos y perspectivas para configurar un imprescindible título de un género que en los sesenta ya empezaba a mostrar síntomas alarmantes de agotamiento en sus coordenadas tradicionales. En él destacan, a priori, dos grandes bazas: la extraordinaria labor de dirección de Aldrich, tanto en los espectaculares exteriores como, sobre todo, en las distancias cortas, a cubierto o al aire libre, y, por encima de todo, el espléndido guión de Trumbo, que va soltando con cuentagotas la información que permite al espectador ponerse en situación, y que refleja acertadamente el mapa de recovecos emocionales, a menudo contradictorios, de los personajes y de sus posturas ante los inesperados giros en los que se ven envueltos.

La premisa parece sencilla y tópica: Brendan O’Malley (Kirk Douglas), un antiguo pistolero acusado de varios asesinatos que siente tras él el aliento de un agente de la ley que le persigue, llega a un rancho de México en el que pide hospedarse por una noche. Allí lo recibe la esposa del dueño, Belle (Dorothy Malone), acompañada de Missy, su hija adolescente (Carol Lynley, y del personal del rancho, la mayor parte mexicanos retratados según el estereotipo folclórico habitual. Este cruce de destinos no tiene nada de casual, ya que pronto descubrimos que Belle y el pistolero son viejos conocidos y que arrastran cuentas pendientes que O’Malley, con su aparición, pretende saldar. El retorno del marido (fantástico, como siempre, Joseph Cotten), un borracho, antiguo oficial confederado durante la guerra civil con la conciencia no muy limpia, obliga a posponer la resolución de su drama, que cambia de rumbo cuando el vengativo sheriff Dana Stribling (Rock Hudson), que lleva tiempo tras las huellas de O’Malley y no precisamente por su abnegación en el cumplimiento del deber sino por cuentas personales que poco a poco se van desgranando en la trama, se une a ellos en el rancho. Interesado en Belle desde que la descubre, Stribling accede a retomar su antiguo oficio de capataz de ganado para guiar las vacas de Belle y su marido hasta Texas, donde esperan venderlas y liquidar el rancho, y donde O’Malley se ha ofrecido a acompañarles como vaquero con el fin de recuperar a Belle al final del viaje. Todos cuentan con que, tras cruzar Río Grande y entrar en la jurisdicción del sheriff, el enfrentamiento entre O’Malley y Stribling es inevitable, pero lo que nadie espera es que Missy se enamore del pistolero hasta el punto de desear huir con él y vivir para siempre juntos en México.

Lo más llamativo de la película es la magnífica construcción de su guión y de sus escenas, y en particular el goteo constante con el que se informa al espectador de cuestiones decisivas del argumento, herederas del pasado de los personajes, que van a tener hondas repercusiones en el desenlace del drama. Este aspecto confiere vital importancia tanto a los diálogos como al comportamiento gestual de cada personaje, sus rostros, sus modales y sus reacciones ante determinadas palabras y acciones de sus compañeros de viaje; durante buena parte del metraje son poseedores de datos que el espectador desconoce y que en el transcurso de los minutos puede ir encajando adecuadamente para descubrir nuevas dimensiones en la historia que contempla. La maestría de Trumbo en la caracterización de cada personaje y la solidez con que sabe dotar cada una de sus historias hacen que la trama se presente como una red de circunstancias abocadas, a causa de los designios del azar, a un destino ineludible, en buena parte rechazado por todos, pero única conclusión posible, inevitable. En esta historia marcada, destacan principalmente en su labor interpretativa un genial Joseph Cotten y un, como siempre, estupendo Kirk Douglas, acompañados por una correcta Dorothy Malone y un sobrio Rock Hudson, que pretende dotar a su personaje de una dureza tal que bien podría masticar piedras.

Otra de las grandes virtudes de la cinta es la capacidad de Aldrich para crear una atmósfera asfixiante, opresiva, incluso en los momentos en que la acción transcurre en fenomenales y hermosamente filmados espacios abiertos. La continua tensión, el enrarecido ambiente de rencores, odios y pretensiones contrarias crea una ola de creciente crispación que amenaza con estallar a cada instante, y que cuando es momentáneamente desactivada, sólo sirve para aumentar de tamaño, para acumular más fuerza y más odio de cara al estallido final. Curiosamente, las situaciones de acción inherentes y esperadas al viaje en el marco del Oeste, es decir, la aparición de unos individuos de dudosa reputación (interesados igualmente en tener a Belle), encabezados por el siempre carismático Jack Elam, y la amenaza constante de los indios, son meros accesorios de la historia principal, válvulas de escape que permiten por unos instantes al espectador salir del torbellino de emociones entrecruzadas entre Belle, Stribling, O’Malley y Missy, y concentrarse en tiroteos y persecuciones.

Los aspectos más débiles de la cinta son los que tienen que ver con su desenlace sentimental. La atracción entre Belle y Stribling se retrata de modo apresurado y un tanto “fácil”, más todavía teniendo en cuenta la tormenta emocional que para ella ha supuesto la reaparición de O’Malley (en un aspecto paralelo, el paso del tiempo ha hecho que cada relación romántica de Rock Hudson en sus películas, que son apariciones en plan machote, sean contempladas hoy con cierta risa floja…), mientras que Missy, a la vez que desea mostrarse ante O’Malley como una mujer madura e independiente a pesar de tener sólo 16 años, se empeña en comportarse como una niñata pedorra y cursi. Tampoco resulta completamente satisfactoria la resolución del conflicto entre Stribling y O’Malley, ya que los oscuros tintes de carácter personal que cubren al personaje de Douglas al final de la cinta hacen caer a Aldrich y Trumbo en la tentación de una apoteósica redención final igualmente caprichosa y apresurada, como una reivindicación última del personaje en una grandeza que durante el metraje ha permanecido casi todo el tiempo camuflada.

Sin embargo, las debilidades en su resolución no merman para nada el magnífico planteamiento y el ejemplar desarrollo, lleno de matices y trampas para los personajes, de una historia que incluso permite contemplar a Kirk Douglas haciendo sus pinitos cantando en español Cucurrucucú, paloma.

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10 comentarios sobre “Un western que lo tiene todo: El último atardecer

  1. Recuerdo la controversia y la crítica generalmente adversa para un western adulto (para Universal Studios, en especial) en el que Douglas y Hudson, en manos de Aldrich, tomaron por sorpresa al público. Si tan solo hubieras tenido la edad y oportunidad de aportar tus apreciaciones, para equilibrar la balanza. Gracias. ¿Podrías rescatar ‘ATTACK!,’ con Jack Palance y Eddie Albert?

  2. … al baúl de pendientes. Y muy apetecible.

    Pero comparto fascinación por Aldrich.

    Una de sus películas que más me impresionó (además de contar con un Jack Palance increíble está un Rod Steiger que da terror de lo bueno que es en su papel) es El gran cuchillo (The big knife).

    Besos
    Hildy

  3. Apuntada queda, MAD, aunque para más adelante, porque no repetimos directores, exceptuando a Hitchcock, con mucha asiduidad.
    Gracias a ti.

    Más que un baúl, uno necesita un armario-vestidor completo…
    Me gusta mucho Aldrich, generalmente. Y me encantan las películas sobre el cine, así que “The big knife” es de ley.
    Besos.

  4. Una película maravillosa, es cierto.
    Cuando uno se enfrenta a Kirk Douglas (sí, utilizo bien el verbo) sabe que tiene la partida perdida de antemano. Esa fisicidad (la tenían también Lancaster o Quinn) tan poética, es un arma invencible, amigo mío.
    Por otro lado decir que, a mí, que Cotten siempre me pareció un tipo de lo más aburrido, está de lo más convicente en el papel que Aldrich le dio.
    Y en cuanto al director, en algún lugar recuerdo haber leído que fue decisivo para la carrera de Sergio Leone como modelo de inspiración; lo que no me extraña en absoluto cuando comprobamos el similar uso que hacen de los primeros planos, ya sea en interiores o en descampados.

  5. Me gusta cómo defines el goteo de ese guión que nos va dando la información poco a poco. Me quedo con Joseph Cotten (como siempre) y ese Kirk Douglas inmejorable. Es una de las películas que, después de verla, se quedan para siempre en el recuerdo junto a las obras maestras. No obstante, es de las pocas que he visto de Robert Aldrich junto a “Veracruz”. UIn abrazo!

  6. Digamos más bien que la especialidad de Cotten eran los papeles grises y sutiles. Pero no me dirás que de tío Charlie en “La sombra de la duda” era aburrido…
    Douglas y Lancaster son prácticamente bailarines.

    Es que es así, Marcos, uno ve antes que sabe, y ha de encajar las piezas. Todo un ejercicio de lo que significa entretener, buscar el espectador activo, o sea, el que usa el cerebro mientras mira el cine.
    Un abrazo

  7. Uf! Esta la ví en la tele hace mucho tiempo y la he ido rememorando gracias a tí, Alfredo, paladeándola lentamente de nuevo.

    Esos finales “obligados” de algunas películas sí que darían pie a que apareciera “la versión del Director” y todos quedaríamos la mar de satisfechos, pero, por lo menos, como tú apuntas, el desarrollo bien vale darle un repasito a esa película olvidada y que tú recuperas con brillantez.

    Por cierto: yo juraría que Trumbo debía bastante más a Kirk que a Stanley… 😉

    Un abrazo.

  8. Ésta no la he visto, compa Alfredo, pero sí tengo entre mis pelis de cabecera esa locura que es ¿Qué fue de Baby Jane? Difícil poner en pantalla algo más insano y maléfico que lo que se desprende entre Bette Davis y Joan Crawford (algo que, según cuenta la leyenda -negra- iba bastante más allá de lo meramente fílmico: parece ser que lo que vemos en pantalla no era más que la prolongación en celuloide de lo que se vivía en el set…); cada vez que la veo me dan sudores fríos. Ésta, en todo caso, y por lo que cuentas, no le debe ir, en ese aspecto, muy a la zaga… Un fuerte abrazo y buen fin de semana.

  9. ¡Magnífico! Robert Aldrich es uno de los grandes,sin ningún tipo de duda. Tocó casi todos los géneros,por no decir todos,con mano maestra.Es uno de los directores que siempre vuelvo a él.Un cine moderno,vibrante,toda una lección para los niños bien del cine actual.No hace mucho vi El emperador del norte,Canción de cuna para un cadáver y ¿Qué fue de Baby Jane? Esta que analizas tan bien la tengo algo olvidada y no por desidia,sino porque no la tengo en DVD.Le pondré remedio,seguro.
    Un fuerte abrazo.

  10. Desde luego, Kubrick se apuntó a la peli con el proyecto ya muy avanzado, con Kirk en la producción y habiéndose despedido a Anthony Mann. Pero bueno, firma quien firma…
    Esta película es uno de esos westerns que hacen que el género vaya más allá de los tópicos del género y de la historiografía (mal contada) particular. Y Kirk se sale.
    Un abrazo, Josep.

    Hombre, Manuel, es otro tono distinto. Son más parecidas Baby Jane y “Canción de cuna para un cadáver”, por ejemplo. Aquí las obsesiones existen, pero el barniz es otro.
    Y sí, parece que la leyenda negra es cierta: el odio, la enemistad entre ambas venía de muy muy lejos. De cuando las pelis no eran en blanco y negro por elección, prácticamente.
    Abrazos

    Ponle remedio, ponle, Francisco. Aunque de Rock Hudson ahora pensemos que al que le mira el culito es a Kirk, fuera de coñas, la película vale la pena. Posee enormes recovecos y matices, y Cotten está inmenso.
    Abrazos

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