Un tesoro del cine mudo: La muñeca, de Ernst Lubitsch

En plena efervescencia del expresionismo alemán, Ernst Lubitsch filmó una desternillante comedia, un mediometraje de apenas sesenta minutos, que permite viajar en el tiempo casi un siglo para carcajearse a mandíbula batiente. Y eso que el presupuesto inicial, todavía más que vigente hoy en día, pronto da un giro hacia lo fantástico, hacia lo demencialmente fantástico, para encauzar una trama que de muchos modos y maneras diferentes ha sido versionada en múltiples ocasiones por Hollywood, siempre sin la gracia del original y con una enfermiza tendencia al infantilismo. Nada de eso hay en La muñeca (1919), sino unas enormes dosis de sentido del humor, gags bufonescos de gran altura, y una ironía y una retranca propias del “toque Lubitsch”.

La cosa va, como tan a menudo en la filmografía de Lubitsch por aquel entonces, de aristocracias. El barón de Chanterelle, un anciano enfermo que ya ve acercarse el final de sus días, pretende obligar a su sobrino, futuro heredero universal de sus bienes, a contraer matrimonio y así prolongar la antigua línea familiar con un nuevo vástago. Sin embargo, el joven, tímido, retraído, acostumbrado a vivir plácidamente en un segundo plano sin llamar la atención, de pronto se ve atemorizado, atenazado por la posibilidad de verse casado con una mujer desconocida de buenas a primeras. Así que resuelve salir por piernas de la situación saltando por la ventana (magnífica, descacharrante secuencia la de su huida con una legión de jovenzuelas desaforadamente ansiosas de echarle el guante corriendo en todas direcciones tras él) y escapando como puede de una horda de féminas hambrientas de fortuna. Pero el muchacho sale de la sartén para caer en las brasas, porque sus pasos le llevan a un monasterio en el que los monjes, bastante aficionados a eso de coleccionar riquezas y lujos, pero no de compartirlos (genial, de nuevo, la escena de la comida en el refectorio, cuando mientras el abad de pone ciego deglutiendo toda clase de manjares, el chico ha de roer un penoso hueso), ven la oportunidad de forrarse de nuevo el riñón a costa del imberbe jovencito. Así que, una vez comprobada la dote que va a recibir el joven por casarse y vistos los desesperados anuncios de los periódicos en los que el anciano llama de nuevo al redil al joven a cambio de incontables beneficios, hablan al muchacho de Hilario, el creador de muñecas-robot de un aspecto tan real, que puede ser la solución al problema: haciéndole casarse con una muñeca a la que sea capaz de hacer pasar por una chica de carne y hueso para engañar así a su tío y cobrar la dote, los monjes creen tener a tiro una más que cuantiosa suma de dinero. Lo que no saben es que Hilario acaba de construir una muñeca a imagen y semejanza de su amada hija, que el joven aprendiz del taller acaba de romperla, y que es la joven muchacha la que se hace pasar por muñeca para evitarle así al niño la bronca del maestro artesano.

La película es deliciosa. Lubitsch, con su tacto habitual para la presentación de personajes con las más mínimas pinceladas, dibuja a la perfección el ambiente y la clase de personas con las que el joven convive Continuar leyendo “Un tesoro del cine mudo: La muñeca, de Ernst Lubitsch”

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Música para una banda sonora vital – Cenizas del paraíso

A veces uno se queda perplejo cuando en una determinada película descubre inesperadamente los acordes o las melodías de canciones en principio imposibles de relacionar con el filme en cuestión. Algo así sucede en este magnífico thriller judicial dirigido por Marcelo Piñeyro en 1997 y protagonizado por Héctor Alterio, Cecilia Roth, Leonardo Sbaraglia y Leticia Brédice, entre otros, cuando en la secuencia de la fiesta de cumpleaños del patriarca de los Makantasis (Héctor Alterio), suena el principio de Bolleré, el tema en el que el sevillano Raimundo Amador regalaba el protagonismo al mohtro, al mehó, a B.B.King. Lo dicho, la última canción que uno espera oír en una película de intriga acerca de un pudiente clan familiar argentino de origen griego en el que sus miembros han ido a la greña por la casquivana novia de uno de ellos.

Un Melville imprescindible: La fragata infernal

Peter Ustinov, además de entrañable persona, excelente actor, y la mejor encarnación que ha tenido en la pantalla el Hercules Poirot de Agatha Christie, posee una breve pero estimable filmografía como director, iniciada en un periodo tan temprano como la década de los cuarenta, y finalizada en los ochenta, nada menos que con una producción yugoslava. Sus mejores películas como director, sin duda, son Pacto con el diablo (1972), enésima reunión de Elizabeth Taylor y Richard Burton, en la que Ustinov se reserva un goloso personaje, y sobre todo La fragata infernal (1962), en la que de nuevo las ansias de los traductores españoles por dejar su impronta de peliculeros de tercera cambian el título de la célebre obra de Melville Billy Budd por un engendro más propio de telefilmes basura o de peliculitas para adolescentes glotones de palomitas.

Un elemento externo a la propia película sirve para enmarcarla mejor en su contexto temático y temporal: el estreno, el mismo año, de la accidentada Rebelión a bordo, de Lewis Milestone. De hecho, La fragata infernal parece constituir una especie de revés en negativo de la famosa película erigida para mayor gloria del ego de Marlon Brando: la espectacularidad visual del filme protagonizado por Brando es aquí sustituida por los espacios angostos y opresivos y por las brumosas y oscuras atmósferas de unas aguas frías y gobernadas por el mal tiempo; los grandes espacios naturales de las islas del Pacífico nada tienen que ver con una narración situada íntegramente en los camarotes y la cubierta de un buque de guerra; el Technicolor aquí es un blanco y negro más bien sombrío merced a la fotografía de Robert Krasker; la abundante presencia de mujeres polinesias es aquí una atronante ausencia de personajes femeninos; la extremadamente alargada narración de Milestone (tres horas) no puede compararse con la narración escueta, directa, contundente, de Ustinov (de algo menos de dos horas); la majestuosa música de Borislau Kaper nada tiene que ver con la partitura compuesta por Anthony Hopkins (otro, obviamente) para el filme de Ustinov que, más allá del inevitable tema principal, ofrece melodías sutiles y minimalistas perfectamente engarzadas con los distintos episodios dramáticos de la trama.

Todo ello para la aproximación que esta producción británica hace a la obra de Herman Melville, Billy Budd, para contar la historia de un joven marinero de un barco mercante (Terence Stamp, nominado al Oscar al mejor actor de reparto -no se sabe por qué de reparto- por este papel) que es reclutado a la fuerza por un buque de guerra británico que lo intercepta en alta mar y que, en plena campaña napoleónica (nos encontramos en 1797, año del frustrado intento de Nelson de ocupar Tenerife, humillante derrota británica, convenientemente olvidada en Trafalgar Square y que al famoso almirante le costó un brazo), se dirige a las costas de España para mantener el bloqueo militar a la Europa ocupada por los franceses. Poco de esto, no obstante, impregna el drama principal de la película, dado que son las relaciones entre los tripulantes, la oficialidad y los marineros, las que cobran todo el protagonismo, en especial la de Billy con el mala sangre del maestro de armas (inconmensurable, como casi siempre, Robert Ryan). Continuar leyendo “Un Melville imprescindible: La fragata infernal”

Terror de bajo presupuesto: La bestia con cinco dedos

En la filmografía de Robert Florey, discreto director de la primera mitad del siglo XX (en su filmografía destaca asimismo haber llevado a la pantalla a los hermanos Marx en Los cuatro cocos, así como sus adaptaciones de relatos de terror de Poe y otros con Bela Lugosi y Peter Lorre, o incluso alguna de las secuelas de Tarzán), llama la atención una película considerada hoy de culto: La bestia con cinco dedos (1946), escrita por Curt Siodmak, hermano del célebre director de origen alemán. No es de extrañar, porque a pesar de sus evidentes carencias financieras, la película, brevísima (no llega a alcanzar la hora y media), ofrece, a través de un estupendo ejercicio de síntesis, una historia típica de terror con gran acierto en la recreación de atmósferas, estupendos momentos de clímax terroríficos y una galería de personajes bien descritos y desarrollados, un potaje del horror en el que además no escasean los guiños humorísticos, abiertamente paródicos o sutilmente sugeridos. En esta ocasión, el espacio geográfico en el que transcurre la trama es tan poco frecuente como, quizá, improbable, Italia, a priori un lugar no demasiado indicado para situar tenebrosas mansiones repletas de misterios. Sin embargo, ello da pie a unas cuantas notas de folclorismo local que, por otro lado, facilitan a la historia la posibilidad de introducir el elemento supersticioso popular como ingrediente con que acompañar el misterio central del filme.

Misterio que no es otro que la muerte de un famoso pianista Francis Ingram (Victor Francen) poco tiempo después de modificar su testamento en favor de Julie, la enfermera que lleva cuidándolo varios años (Andrea King). Tras una acelerada pero precisa presentación de los personajes centrales, la película nos introduce de lleno tanto en el escenario principal, una mansión gótica propia de este tipo de películas, con sus salones espaciosos y decadentes con enormes chimeneas, majestuosas lámparas y panorámicos espejos, con sus amplios corredores repletos de ruidos durante la noche, y con sus escaleras llenas de sombras, como en el nudo de la trama, cuando, tras la sospechosa muerte del músico, se presentan sus únicos parientes vivos (Charles Dingle y John Alvin) con la intención de hacerse con la herencia y liquidar todo el patrimonio del finado para llenarse los bolsillos. La lectura del testamento, en la mejor tradición de esta clase de escenas al modo clásico, y su sorprendente resultado, dan pie a su impugnación legal, pero el trámite no llega muy lejos: esa misma noche, el abogado Duprex, venido expresamente de París, aparece en un rincón de la casa asesinado cruelmente con unas huellas terribles en el cuello. Eso no impide que los que se creen legítimos herederos porfíen en sus intenciones en contra de Julie, que sólo cuenta con la ayuda de un joven músico que lleva años varado en la mansión (Robert Alda, padre del actor Alan Alda), antiguo asistente de Ingram que poco a poco se ha visto ocioso, apartado, residual, y que malvive vendiendo falsas antigüedades a los turistas. Todo ello bajo la atenta y siniestra mirada de Cummins (Peter Lorre), un estudioso de temas relacionados con el oscurantismo, la nigromancia y la predicción del futuro, que utiliza la vasta biblioteca de Ingram para sus investigaciones.

La muerte de Duprex hace entrar en escena a Ovidio Castanio (J. Carrol Naish), un pintoresco comisario de policía tan aparentemente frívolo y despreocupado como en realidad agudo sabueso. El caso se complica cuando, después de la muerte de Ingram y su abogado, extraños fenómenos empiezan a ocurrir en la casa: de noche, con el salón cerrado a cal y canto, las antiguas melodías favoritas de Ingram suenan en el piano interpretadas con su particular estilo, mientras que la cripta donde reposan sus restos se ilumina misteriosamente. Aunque nada tan extraño e inquietante como el hecho de que, envalentonados los habitantes de la casa y decididos a averiguar la verdad, descubren, tras abrir el cofre mortuorio de Ingram, que al cadáver le falta una mano… Continuar leyendo “Terror de bajo presupuesto: La bestia con cinco dedos”

La tienda de los horrores – Caravana hacia el sur

Henry King es uno de los directores clásicos de la edad dorada de Hollywood. Con una carrera que transita entre el periodo mudo de los años veinte y los primeros años sesenta, su filmografía destaca por resultar tan heterogénea como mediocre. En ella abundan los títulos de aventuras (El cisne negro, El capitán de Castilla, El capitán King), las intrigas ligeras (María Galante), los melodramas (La colina del adiós, Esta tierra es mía), los bélicos poco memorables (Un americano en la RAF, Aguas profundas, Almas en la hoguera), alguna que otra adaptación de Hemingway (Las nieves del Kilimanjaro, ¡Fiesta!), relatos bíblico-religiosos (La canción de Bernadette, David y Betsabé) y otro puñado de películas de corte histórico, westerns y casi cualquier otro género. Una de las películas por las que convendría echarle de comer aparte es Untamed, titulada -absurdamente, una vez más- en España, Caravana hacia el sur.

La cosa no hay por dónde cogerla por el empeño de King y su equipo de media docena de guionistas (el más destacado, Talbot Jennings, y digo yo: ¿pa’ qué tantos? ¿Pa’ esto?) en convertir la historia en un híbrido entre el cuento de hadas y amores imposibles en un marco aristocrático de su comienzo y el western más típico en su desarrollo y conclusión, consistiendo el único sello distintivo en trasladar la acción a Irlanda y Sudáfrica, en lugar de ceñirse al clásico Oeste de toda la vida, sin que el cambio geográfico consiga impregnar el metraje de ninguna novedad o matiz propio ni tampoco sirva para dotar a la historia de temas, visiones o profundidad ligada a su novedosa localización. Parte de la responsabilidad del tibio -tirando a gélido, a pesar de los calores africanos- resultado final es la atribución del protagonismo, cosa del viejo sistema de estudios, a Tyrone Power, al que King utilizó como protagonista de sus historias de romance y/o aventuras nada menos que una decena larga de veces. El caso es que se todo se desvirtúa por la manía de King en presentar los temas y situaciones de manera edulcorada.

Para empezar, el segmento inicial, casi a modo de prólogo, que transcurre en Irlanda a mediados del siglo XIX, justo cuando algunas familias de bien de la isla (por supuesto, ligadas a los ocupantes ingleses) vienen a menos por culpa de la crisis y las hambrunas derivadas de la plaga de las patatas. La película empieza con la clásica escena de caza propia de los entornos anglosajones aristocráticos (ellas montando de lado, a lo amazona, con vestido largo; ellos con casaca roja, botas y gorrito ridículo), el mismo donde se desarrolla el inicial desencuentro y posterior romance de Paul Van Riebeck (Tyrone Power), un rico, cómo no, comerciante bóer de origen holandés, y Katie (Susan Hayward), no menos rica (inglesa, por tanto) dama de alta sociedad irlandesa. La marcha de él a su país viene sucedida por el matrimonio de ella -por despecho o por comodidad, viendo el devenir del personaje en el filme casi hay que pensar en lo segundo, casquivana que es la tía…-, con Shawn, un irlandés de origen británico de su mismo estatus y alcurnia. King omite cualquier referencia, siquiera tangencial, a la cuestión de la ocupación británica de Irlanda o a las hambrunas y las políticas de los ocupantes para exterminar a la población autóctona aprovechando la carestía. El único efecto de la crisis es que la familia de Katie viene a menos, sus mansiones son vendidas, sus campos son abandonados, y ha de buscar una salida, como millones de irlandeses mucho menos afortunados (de los que la película no dice ni mú), en la emigración. ¿Y dónde va? Pues claro: a Sudáfrica, tierra de oportunidades. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Caravana hacia el sur”

Mis escenas favoritas – El cielo sobre Berlín

Mágico momento -junto a aquellos en los que aparece Peter Falk- de la brillante película de Wim Wenders El cielo sobre Berlín, filmada en 1987. Como ocurre tantas veces, la película fue recompensada con una estúpida versión de Hollywood que nos negamos a consignar aquí.