Dos de espías berlineses (I): Target (1985)

La figura de Arthur Penn es imprescindible para entender la transformación que vivió el cine norteamericano durante el periodo que puso fin al sistema de estudios (finales de los cincuenta y principios de los sesenta, aunque fruto de un largo proceso inciado en los cuarenta con la duración limitada de los contratos de las estrellas determinada por los tribunales a raíz de los casos, por ejemplo, de Bette Davis, Olivia de Havilland o Joan Crawford, y con las leyes que pusieron fin al monopolio en la distribución y exhibición), el final del Código Hays (1967) y el nacimiento y la muerte prematura del llamado Nuevo Hollywood que tanto prometía y que murió fulminado por obra y gracia de los contables y ejecutivos bancarios que sacrificaron la creatividad en aras del éxito de los blockbusters (no es de extrañar que este término, originariamente, designara a un tipo de bomba utilizada en demoliciones). Es decir, que Arthur Penn, como otros de sus contemporáneos, vivió de cerca, protagonizó, el proceso que llevó a las películas desde la denominación de pictures del periodo clásico (asociada a la creación artística), pasando por la de films de la era del cambio (asociada al concepto de autoría personal), a la de movies de hoy (asociada al entretenimiento banal, infantiloide, olvidable, a los videojuegos y al cine-pasatiempo, a la inmensa mayoría del cine de hoy calificable como morralla). Como tantos otros de sus camaradas de oficio, Penn vivió en los sesenta y setenta una eclosión creativa y artística apoyada desde los nuevos productores hollywoodienses –El zurdo (1958), El milagro de Ana Sullivan (1962), La jauría humana (1966), Bonnie & Clyde (1967), Pequeño gran hombre (1970), La noche se mueve (1975)…- que resultó truncada con la llegada de los ochenta, cuando su volumen de producción y la calidad de la misma se resintieron a causa de las limitaciones presupuestarias derivadas de los nuevos intereses financieros que controlan el cine desde entonces. Su cinta más salvable de los ochenta es Target: Agente doble en Berlín, protagonizada por Gene Hackman, uno de sus actores favoritos, y un joven Matt Dillon, un thriller de espionaje y drama de sentimientos, a ratos vibrante, a ratos rutinario, cuya premisa inicial resulta bastante poco creíble y que funciona solo a medias.

Walter Lloyd (Hackman) es un típico padre de familia americano de una localidad de Texas. Su esposa Dona (Gayle Hunnicutt) está a punto de iniciar un viaje de trabajo a Europa, y su hijo Chris (Matt Dillon) anda en esa edad difícil en la que debe elegir un camino para su vida futura, en ese punto de tensión continua, de alejamiento y acercamiento respecto a sus padres, o mejor dicho, respecto a su padre. El matrimonio de los Lloyd parece tener luces y sombras, no se sabe si el hecho de que Walter no acompañe a su esposa en su viaje se debe a que ambos pretenden darse un tiempo o porque no hay nada ya que pueda recomponerse. La cuestión es que esta inestabilidad que se percibe bajo el aparentemente plácido entorno familiar perfectamente estructurado como en las teleseries americanas de perfil bajo está a punto de verse sacudida: Dona es secuestrada en Europa, y este hecho abre una puerta al pasado que el joven Chris nunca hubiera sospechado y que le obliga, a través del viaje que emprenden tras sus pasos por distintas ciudades europeas, a replantearse su identidad, a aceptar unos cambios radicales en su vida que lo convertirán, literalmente, y no solo en cuanto a su proceso de madurez, en una persona distinta.

La película transita por distintas localizaciones del continente, con preferencia por París, Hamburgo y Berlín, donde tiene lugar el meollo principal de una trama que pronto gira del mero conflicto familiar de índole particular a una intriga de interés internacional con espías y agentes de diversos países implicados en un tejido de relaciones y antiguas misiones realizadas por el antiguo agente de la CIA Duncan “Duke” Potter, ya retirado, y que tienen su origen en las representaciones diplomáticas norteamericanas en Europa. Penn, con un guión de Howard Beck y Don Petersen que bien pudiera novelarse y venderse en alguna edición de tapa blanda como best-seller barato o como lectura intrascendente, crea una película de espías canónica, excepto en lo cogido por los pelos de la premisa inicial, una variante no del todo creíble ni interesante, que transita por los lugares comunes de este tipo de películas: un agente que intenta construirse una vida normal a su medida, abandonar el mundo de secretos, traiciones, muertes y remordimientos en el que ha desarrollado su carrera profesional, y que se ve obligado a volver a la lucha, esta vez por proteger a su nueva familia, todo ello entre persecuciones a toda velocidad por las calles europeas (fenomenalmente rodadas, con excelente pulso y ritmo), carreras, amenazas, tiroteos, falsas identidades, traiciones, complots, verdades a medias, mentiras completas y, en este caso, un análisis superficial de las relaciones padre-hijo. El principal problema de la cinta es que vulnera la premisa detonante: el conflicto familiar, la chispa que pone en marcha la trama, es tratado con ligereza, muy por encima; no solo Dona es un mero MacGuffin -valga la referencia hitchcockiana-, carente prácticamente de todo protagonismo, incluso de importancia real, en una trama que pronto deriva hacia otras latitudes y en la que ella conserva un papel meramente testimonial, a pesar de que el clímax final, algo previsible pero muy bien elaborado, tenga que ver con su puesta en libertad, sino que esas relaciones padre-hijo que han de resultar consustanciales a la trama de acción se basan, quizá demasiado, en un cliché, en una versión un tanto plana y esquemática del clásico conflicto generacional, sin que el extraño e infrecuente entorno en el que tiene lugar su forzoso reencuentro, la necesidad de compartir tiempo y vivencias juntos, algunas muy arriesgadas, le sirva a Penn para ahondar psicológicamente en la situación de los personajes, en su mente y en sus contradictorios sentimientos.

El aspecto de acción y violencia está mejor desarrollado, aunque con las habituales peripecias y los consabidos giros que hacen de estas historias algo increíble (por más que en la vida real en situaciones de esta clase haya vivencias que todos catalogaríamos de igual manera), con disparos, muertes, persecuciones, trucos, engaños y demás secuencias vertiginosas que incluyen la presencia de asesinos fríos y metódicos, esbirros de gran tonelaje, mujeres interesantes y apetitosas con lengua de víbora, ancianos diabólicos y conspiradores profesionales, a pesar de que la puesta en escena de la conclusión última resulte más que acelerada y, sobre todo, exagerada. La dupla protagonista, aunque no parece la más idónea para interpretar estos personajes, cumple con efectividad; Hackman está perfecto, como siempre, por más increíble que pueda resultar a la vista del pasado que de él se nos cuenta, y Dillon, que venía de y caminaba hacia un cine muy diferente, lejos del concepto palomitero en el que podría encuadrarse este filme,  al menos no desentona, manteniendo el tipo aun a costa del confuso desarrollo de su personaje y de sus comportamientos a veces inexplicablemente inmaduros y otras excesivamente “profesionales”.

Con todo, una historia muy entretenida -dicho sea como virtud, especialmente en estos tiempos- repleta de alicientes narrativos, carente un tanto de carisma y de atractivos visuales más allá de las localizaciones europeas del rodaje por culpa de sus maneras casi televisivas que la han hecho envejecer estéticamente de una manera casi exasperante, contada con cierta prisa en la presentación de la acción y en los cambios de situaciones pero dosificando correctamente la información al espectador para que no pierda pie y tenga una exacta impresión del tamaño de la boca del lobo a la que se aproximan los personajes. Una película que sobrevive gracias al oficio de Penn, a su capacidad para contar historias, a dotar de dinamismo e interés un material en inicio poco sólido, que gracias a su pericia compone una intriga interesante, por momentos incluso absorbente.

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13 comentarios sobre “Dos de espías berlineses (I): Target (1985)

  1. ¡No la he visto, Alfredo, y con las luces y sombras que tan bien escribes, me resulta interesante! ¡Dios mi arcón de películas pendientes rebosa, me estoy ahogando, dulce ahogo por otra parte…! Y me gusta Arthur Penn… así que tiene muchas, muchas cosas por las que me apetece verla.

    Por cierto interesantísimo y brillante el primer párrafo de tu post en el cuál cuentas una parte de la historia de Hollywood de manera concisa y certera.

    Besos
    Hildy

  2. Ya lo dice el refrán, “de aquellos barros no sé cuántos…”
    Penn vale mucho la pena; quizá no esta película especialmente, porque la verdad es que hay momentos que su envejecida estética televisiva te echa bastante para atrás, si no algunas fases del guión que parecen escritas entre psicotrópicos de rebuscadas y cogidas por los pelos que son, pero, como haces siempre tú, si rescatas lo positivo, no te lo pasas mal viéndola.
    Besos

    PD: por cierto, de Soderbergh no está mal una que, a priori, prometía ser un petardo y que me sorprendió: “Un romance muy peligroso”.

  3. Alfredo, me ha gustado mucho la lectura de este post sobre la última obra de un cineasta muy interesante, que marca un antes y un después de la estructura de los estudios y la TV, como bien has apuntado. Pertenece a una generación fantástica de autores que convivieron en un espacio dorado. Él, fue un contestatario, muy indie y se llevó unos cuantos mamporros. Pero, dejó una obra esencial. Tengo ese western tan sui generis en la retina y fresco del invento TDT, con el que debutó— muy Noir— en este negocio al lado de un púber Paul Newman: “El zurdo”, magistral. Empecinado en contar la esencia de la violencia desde un punto de vista más intelectual; su formación en filosofía se aprecia a lo largo de su carrera. Este film— menor— sobre espías me gusto. No sé como decírtelo. ¿Obra del casting, la textura, la trama? O quizás, la ágil dirección de la vieja escuela. O simplemente, la nostalgia ochentera ante el inminente fin de un grande. Si no mal recuerdo la vi en VHS y no sé si se ha editado en DVD en Europa. Lo dicho, último encargo de un genio. Saludos cordiales

  4. Te confirmo que está editada en DVD en Europa; la tengo yo en casa…
    La película, en efecto, pertenece a esa categoría de cine de espionaje de serie B de los setenta y ochenta, algunos productos muy interesantes, que contaba con gente de prestigio delante y/o detrás de las cámaras (como “Scorpio”, por ejemplo, o “La fórmula”), refreída del cine político inmediatamente anterior y preludio de las películas de casquería y testosterona de los ochenta.
    Saludos

  5. Conforme te iba leyendo iba recordando la película, cuyo título no me sonaba mucho. Arthur Penn es un director que me ha dado alegrías y desilusiones a partes iguales y seguramente no estaríamos de acuerdo, Alfredo, en el aprecio a sus películas. Esta que diseccionas estupendamente es una muestra clarísima de las virtudes y defectos de Penn y desde luego se inserta en la colección de “películas de espías” que aparecieron en los setenta: en su reparto tiene también una muy buena baza porque pilla a Hackman en su salsa…

    Un abrazo.

  6. Es que aquí se llamó de origen “Agente doble en Berlín”. Pero es un título que no me gusta nada, porque no hay ningún agente doble, y ni está ni ocurre -o no ocurre solo- en Berlín.
    Suele ocurrir eso de la divergencia en torno a la obra de Penn; a mí me gusta especialmente porque marcó un camino que luego fue demolido por la industria del dinero, pero que prometía otro cine americano que no pudo ser, pero que, sin duda, habría sido mejor que este.
    Un abrazo

  7. Buen texto ¡pardiez! Vuelvo a señalar ese libro que tú también conoces,Moteros tranquilos,toros salvajes,de Peter Biskind,aunque algo exagerado me parece una lectura obligatoria para entender la transición del viejo y el nuevo cine de los setenta.A Arthur Penn no lo tengo olvidado,es más,siempre estoy visionando sus películas.Por ejemplo,su primer filme El zurdo,me parece un bodrio,de verdad,y eso que allí está Paul Newman.Acosado me parece interesante,una película digna sacada de la serie Dimensión desconocida.Su obra maestra sigue siento La jauría humana y Pequeño gran hombre me sigue gustando,superior a El zurdo.La noche se mueve y Bonnie & Clyde siguen estando en la palestra de los clásicos.El amigo Penn que nos dejó en el 2010 y en sus última películas no descollaba.He visto de nuevo hace poco Georgia y solo me quedo con algunas partes,pero nada más.¿Sabes que me interesa muchísimo la transición del cine americano entre los sesenta y los setenta?

    Fuerte abrazo

  8. Es que, creo, esa etapa explica muchas de las cosas que hemos visto después, la caída en barrena del cine comercial en los clichés de consumo más burdos y tontos, el nacimiento del llamado -casi siempre de manera falsa- cine independiente de los 90, y la evolución del cine de fuera de los EE.UU. Me parecen unos años cruciales para entender por qué, más allá de grandes películas puntuales, las últimas tres décadas del cine son las peores, en conjunto, de toda su historia.
    Abrazos

  9. Y precisamente dominaron el cotarro los peores de los setenta.Fíjate el caso George Lucas,que las pasó putas con La guerra de las galaxias y se prometió,y,les prometió a los nuevos directores apoyarlos,es decir,que quería salir de las garras de las grandes productoras y hacerse independiente para realizar películas fuera de un mundo gobernado por los grandes mafiosos,Y lo consiguió,sí señor,pero ¿qué hizo después? Engordar su cuerpo,su papada,su cuenta corriente y hacerse más rico con los muñequitos de su saga.¿Qué películas produjo? ¿A quién apoyó? ¿A Robert Howard? ¿Has visto esa mierda de peli Howard el pato? o ¿Tucker,un hombre y su sueño? producida por él y dirigida por Coppola? ¿Willow?Menuda porquería,ese Tucker es similar a Henry Ford. Si quieres triunfar en tu famosa cámara de los horrores reseña Howard el pato,amigo.

    Abrazos de nuevo.

  10. Ja,ja,ja… Si ya digo yo que para crear los ewoks de “El retorno del Jedi” únicamente se miró al espejo…
    Tomo nota; creo que se llamaba “Howard, un nuevo héroe”. No sé si la resistiré, porque incluso la mierda tiene límites.
    Abrazos

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