Mis escenas favoritas – Tierra y libertad

Aprovechamos esta conmovedora escena (no se sabe realmente qué conmueve más, si lo emotivo de la situación, si los altos ideales de sus protagonistas, o más bien su ilusa ingenuidad y su patetismo) de Tierra y libertad (Land and freedom), dirigida por Ken Loach en 1995, para invitar a nuestros queridos escalones a la última sesión del III Ciclo Libros Filmados, organizado por la Asociación Aragonesa de Escritores en colaboración con Fnac Zaragoza-Plaza de España.

Tierra y libertad retrata, inspirándose lejana y libremente en la excelente novela de George Orwell Homenaje a Cataluña, la odisea de un joven comunista inglés que, encontrándose en paro y viendo a la sociedad británica en pura connivencia con el fascismo alemán (como así fue hasta que económicamente dejaron de salir las cuentas), viaja a España para combatir a Franco, Hitler y Mussolini al lado de las Brigadas Internacionales en el frente de Aragón.

Cinta muy valiente y muy valiosa desde el punto de vista histórico, rodada entre Liverpool y Mirambel (Teruel), cosechó en su momento muy buenas críticas (se hizo con el premio FIPRESCI de la Crítica Internacional en el Festival de Cannes, obtuvo el premio Félix a la mejor película europea…) y obtuvo el favor del público (más de millón y medio de euros de recaudación), a pesar de que es una obra ejemplar de lo mejor y de lo peor de su autor, el poder y la convicción de su denuncia política y social unidos a los constantes subrayados, a las obviedades y a los mensajes panfletarios que hacen perder fuerza y llenan de huecos, precisamente, de forma paradójica al propio mensaje último del film que éste pretende resaltar. Con todo, una excelente película que nos dará ocasión para tratar en el coloquio múltiples cuestiones, desde el tratamiento que el cine hace de la historia y de la memoria histórica, pasada o reciente, la influencia que el paso del tiempo puede tener en el resultado final de este proceso, las relaciones entre ideología, propaganda y cine, y también de cuestiones no estrictamente cinematográficas ligadas a los hechos que narra la película.

III Ciclo Libros Filmados, organizado por la Asociación Aragonesa de Escritores en colaboración con Fnac Zaragoza-Plaza de España:

– martes, 20 de noviembre de 2012: Tierra y libertad, de Ken Loach, inspirado en Homenaje a Cataluña, de George Orwell.

– 18:00 horas: proyección

– 20:00 horas: coloquio avec moi

La tienda de los horrores – Driven (2001)

Probablemente el planeta sería mejor sin el cine de Renny Harlin, director finlandés afincado en Hollywood que ha perpetrado basura en serie del tamaño de Pesadilla en Elm Street 4 (1988), La jungla de cristal 2: alerta roja (1990), Máximo riesgo (1993), La isla de las cabezas cortadas (1995), Memoria letal (1996), Deep blue sea (1999) y una larga ristra de bodrios y mediocridades realmente insoportables paridas en esta primera década del siglo XXI, fundamentalmente petardos de terror barato o de acción digitalizada con niños bonitos de neuronas imperceptibles. La filmografía de este impresentable se ha visto condicionada, o empeorada todavía, por dos factores: su amistad con Sylvester Stallone, uno de sus ¿actores? fetiche, y su matrimonio con Geena Davis, para la cual diseñó especialmente dos o tres títulos de acción que constituyeron primero un colosal fracaso de taquilla y un fiasco de inversión multimillonaria, y después un sonado desastre conyugal… Curiosamente, tras su separación, ni uno ni otro reflotaron su carrera: Geena Davis siguió sin despegar como actriz tras sus esporádicos éxitos a finales de los ochenta y principios de los noventa (tanto fue así que dejó de lado el cine por su afición al tiro con arco, modalidad deportiva en la que llegó a representar a Estados Unidos en los Juegos Olímpicos), y Renny Harlin siguió haciendo su mierda sin un ápice de mejora. Una de sus mierdas más representativas es Driven (2001), bodrio entre los bodrios ambientado en las carreras de coches -no se sabe muy bien de Fórmula Qué…- que es tan mala y requetemala que bien podría conseguir dos efectos en uno simultáneamente: tanto podría encogerle el cuello a Fernando Alonso como hacerle brotar el pelo a Antonio Lobato.

Harlin y Stallone son tan amigos que el director aceptó una porquería de guión del ¿actor? para este proyecto, en el cual abundan las notas características del cine de ambos, destacando, como siempre, esas frases entrecortadas, de monosílabos, de oraciones breves que Stallone repite en todas sus películas, no porque interprete a personajes lacónicos, sino porque ni su cerebro ni sus escuálidas dotes interpretativas, o lo que sean, le permiten decir algo más sin parecer idiota -y aún así consigue parecerlo-. Como está escrito con encefalograma plano, la historia es la cosa más superficial, tonta y ridícula del universo, pésimamente interpretada por la colección de niños bonitos elegida en el casting y cuya finalidad parece ser únicamente no eclipsar, ni en cuanto a presencia ni en cuanto a capacidad dramática, al amigo Sylvester, el gran coloso del clembuterol. Vamos allá: Jimmy Bly (Kip Pardue -¿cómo se puede ser actor llamándose Kip Pardue? ¿Qué puñetas significa Kip Pardue? ¿Kip Pardillo?)- es un jovencito piloto de carreras que en su etapa principiante ya está a punto de ganar el campeonato de no se sabe qué -no es Fórmula 1, no son las 500 millas, no se sabe qué es, aunque acuden a carreras por todo el mundo y los bólidos parecen ser más potentes que los de Schumacher, Vettel, Webber, Hamilton y compañía-, pero que, por culpa de la presión, de la emoción y de que es un pazguato, está a punto de echarlo todo a perder a raíz de sus ataques de ansiedad, nervios y gilipuertez, provocados, acrecentados y nunca solucionados por su hermano y representante (Robert Sean Leonard, que no para de poner caritas de ñoño llorica pringado, como en toda su carrera, por cierto). Su máximo rival, Beau Brandenburg (Til Schweiger), anda por uno igual, porque su chica Sophia (Estella Warren, que es eso justamente, una Warren como no hay dos…), culo de mal asiento, lo abandona por el guaperas del Kip Pardillo-Jimmy Bly. Este par de capullos ponen de los nervios a Carl Henry (Burt Reynolds), el promotor del equipo de Jimmy -el personaje va en silla de ruedas, bien porque quieren vincular su pasado a algún accidente en la pista o bien porque Reynolds no soportaba participar en esta basura sin que le flaquearan las piernas-, que contrata a Joe Tanto (insistimos, Tanto, no Tonto -si se llamara Tonto su segundo apellido sería “Del Culo”-), un antiguo piloto suyo que sucumbió al vértigo del éxito antes de convertirse en verdaderamente grande, para que asesore, acompañe, reconforte y manipule las carreras para que el Pardillo gane, aunque sea echando del equipo al otro piloto, Memo (no es coña, la peli está llena de tontos hasta en sentido literal) Moreno (nada que ver con quien escribe, desde luego), que curiosamente es la actual pareja de la ex mujer de Tonto, digo de Tanto (Gina Gershon, siempre perturbadora, aunque en esta ocasión su máxima contribución a la cinta consista en embutirse unos vaqueros de cinco tallas menos…). O sea, que tenemos a un pendón que duda entre el Pardillo y el Beau-Bo, a un promotor sin escrúpulos, a un Tanto-Tonto que intenta corromper las carreras -deportivamente hablando- para que el Pardillo no se haga pipí dentro del coche, a un Memo al que echan del trabajo, y a su mujer, calentorra perdida, extrañamente fiel dado el percal de la cinta.

La película, reiterativa hasta decir basta -se trata de una sucesión de carreras, todas iguales, narradas constantemente por una insoportable voz en off que va contando lo que va ocurriendo, tal es la impericia y la incompetencia de Harlin para contar visualmente lo que pasa, consiste en una colección de tomas videocliperas en la que no dejan de aparecer coches, chicas guapas, música atronadora y motores rugiendo durante casi dos horas. Lo dramático está ausente: no hay humor, no hay dramatismo, no hay conflicto más allá de un montón de obviedades vacías contadas con toda superficialidad, sin profundidad ni talento alguno, sin personajes más allá de la percha cubierta con el mono de competición. Es decir, la acción por la acción, la nada absoluta, sin sentido, sin por qué, en algunos momentos, verdaderamente risible, como la toma en la que los dos rivales, Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Driven (2001)”

Vidas de película – Leslie Howard

En este caso, habría que titular la sección Muertes de película (sería sin duda más curiosa y más “exitosa” de lo corriente).

Leslie Howard Stainer forma parte del club de ilustres cineastas e intérpretes hollywoodienses de ascendencia húngara, si bien nació en Forest Hill, en un distrito de Londres, en 1893. De empleado de banca y actor de teatro en sus inicios derivó en los años 30 en una de las máximas estrellas del cine, archiconocido a nivel mundial, fama y repercusión que alcanzarían la inmortalidad al dar vida a Ashley Wilkes en Lo que el viento se llevó (Gone with the wind, Victor Fleming-David O. Selznick, 1939).

Antes de eso, su carrera durante los años 30 fue una continua sucesión de éxitos. Desde La llama eterna (Smilin’ through, Sidney Franklin, 1932), con Norma Shearer y Fredric March, La plaza de Berkeley (Berkeley square, Frank Lloyd, 1933) y la versión que George Cukor dirigió de Romeo y Julieta en 1936 hasta el cuarteto de sus películas más populares o recordadas de esa década junto a la epopeya sureña de Selznick, La pimpinela escarlata (The scarlet pimpernel, Harold Young, 1934), rodada en Gran Bretaña junto a Merle Oberon, la magistral Cautivo del deseo (Of human bondage, John Cromwell, 1934), junto a una excepcional Bette Davis, El bosque petrificado (The petrified forest, Archie L. Mayo, 1936), de nuevo con la Davis y con Humphrey Bogart, y Pigmalión (Pygmalion, 1938), codirigida por el actor junto a Anthony Asquith.

El año de su consagración protagonizó además la versión norteamericana de la cinta sueca de Gustaf Molander Intermezzo (Gregory Ratoff, 1939), primera cinta americana de Ingrid Bergman, y comenzó los cuarenta dirigiendo dos películas, una secuela moderna de La pimpinela escarlata y la biografía de un famoso diseñador aeronáutico de la época.

Paradójicamente, el 1 de julio de 1943 el actor viajaba en un avión que cubría la ruta Londres-Lisboa cuando éste fue atacado y derribado por la aviación alemana. Al parecer, los alemanes creían que a bordo se encontraba el Primer Ministro británico Winston Churchill camino del norte de África. No hubo supervivientes.

Ecos de Goya en el cine: La caza, de Carlos Saura (1966)

El visionado de esta excepcional película de Carlos Saura, otro aragonés (oscense con vinculaciones murcianas, para más señas) universal, siempre retrotrae a quien escribe a esa pintura de otro ilustre paisano, el maestro Francisco de Goya, en la que dos tipos en apariencia de extracción rural, enterrados en arena hasta las rodillas, se enfrentan garrote en mano a vida o muerte en Duelo a garrotazos. Esa imagen aparentemente inocente, gratuita, banal, expresa de plano la esencia de la historia de España desde el momento -1808- en que en este país empieza a existir algo parecido a la conciencia política, jurídica, social, colectivas, el año en que podemos empezar a hablar de sociedad pensante, no de vasallos o de súbditos, el momento en que el ciudadano vislumbra la posibilidad de alcanzar algún día cercano la mayoría de edad, sin tutelas, patronazgos ni paternalismos de curas corruptos o nobles analfabetos y ladrones, y España se da cuenta de que en pleno siglo XIX vive todavía, de facto, en pleno medievo (como escribe Buñuel -otro aragonés eterno- en sus memorias: en Calanda la Edad Media llegó hasta 1900). En ese momento, y ya a tiro limpio fratricida, comienza a plasmarse históricamente el drama de las dos Españas -o más-, que no ha dejado de representarse, en distintos grados de violencia, rencor e intolerancia, hasta los mismos titulares de la prensa de hoy. Los privilegiados se resisten a abandonar sus privilegios, desean a toda costa, y no pocas veces a golpe de cañón, mantener su posición de señor feudal, tanto en el plano material como el espiritual y el intelectual. El resto del país, la gran mayoría -aunque una vez tras otra debe contemplar como parte de esa gran mayoría se pasa a las filas de los señores feudales, con pretextos tan absurdos como el miedo, la patria o la bandera- , luchan, a veces con el mismo grado de encono, violencia y crimen, para abrir el marco de ese club de bendecidos por la fortuna lo justo para que les deje penetrar a ellos individualmente, y si puede ser a nadie más, pasando, una vez admitidos, a defender la exclusividad de su nuevo estatus frente a sus antiguos aliados, sus compañeros naturales, que se asoman defraudados al abismo del desengaño, del desencanto, de eso tan hispánico -y tan aragonés- que es el abandono. Esa naturaleza íntima de esta sociedad en algunos aspectos enferma, inculta, incluso miserable a veces, cainita, devoradora de sí misma, Saturno devorando a sus propios hijos, cansada -como dice el propio Saura (comentario dedicado a mi amigo Paco Machuca, que lo recuerda a menudo): España es muy cansada-, retrasada en lo político, lo jurídico, lo social y lo cultural, ensimismada en el espejismo que suponían hasta hace nada sus repentinas, abundantes y engañosas comodidades materiales, hoy en riesgo, y en la actual propaganda de los progresos y los triunfos deportivos, esa sociedad en la que los destellos de honradez, excelencia y maestría nunca se producen “gracias a” sino siempre “a pesar de”, es captada de nuevo por Carlos Saura en su película debut de 1965, La caza, en la que, como fue habitual en el primer cine de este aragonés, se exploran los efectos que la memoria histórica reciente -eso que nunca quieren recordar los que verían sus vergüenzas puestas al aire-  y especialmente los ecos de la guerra civil y del enfrentamiento a muerte entre iguales, a garrotazo limpio y semienterrados en la arena -o más bien, en nuestro caso, en puro fango-, perviven en los seres humanos que vivieron, padecieron, o viven y padecen, o vivimos y padecemos, el resultado de aquellos malos tiempos.

Pero Saura no lo hace desde el panfleto o el discurso dogmático, sino desde una sutil y asfixiante escalada de odio y violencia surgida de una aparente nadería: un grupo de yuppies modernos tipo años sesenta, de esos que viven esa primera borrachera de prosperidad, que pronto se verá que es falsa, surgida del fin de la autarquía franquista y del desembarco turístico, dedican un día de ocio y descanso a acudir a un coto de caza para matar conejos (Hispania: tierra de conejos). Son José (Ismael Merlo), Paco (Alfredo Mayo, toda una institución en el cine franquista), José María Prada (Luis), tres antiguos amigos, y Quique (Emilio Gutiérrez Caba -no perderse sus mini-shorts…-), el joven cuñado de Paco, el único que, por edad, no vivió la guerra civil. Pronto captamos el constraste entre el país pasado y el presente: su entorno desolado, desértico (la película se rodó en la provincia de Toledo), salpicado aquí y allá a los lados de la estrecha y mal asfaltada carretera o de las empedradas pistas rurales por parideras, chozas y humildes viviendas de labriegos y pastores, choca con los diálogos y la vida de la que hablan los cuatro protagonistas, exploradores modernos en un mundo que, oficialmente, tal como se vendía desde el poder, ya no existía. El choque, el cambio, es también personal y moral: mientras ese mundo permanece anclado en la Edad Media, José, por ejemplo, está separado de su mujer desde que tiene una amante -Maribel, mucho más joven que él-, separado en un mundo que hace de la moral católica ley escrita. Lo mismo le ocurre a Luis, separado también de su mujer, aunque en este caso por sus propias rarezas, su carácter hosco, su afición a la bebida. En Luis se da además un inesperado vínculo con la modernidad: su afición a las novelas de ciencia ficción. Paco, en cambio, vive para el dinero, para hacer fortuna. Su prosperidad económica, su crecimiento constante, es el vehículo de Paco para dar la espalda a ese mundo pasado que ha abrazado  al sumergirse tras haber aceptado la oferta de José, con el que se encontró casualmente tras haberse perdido la pista durante algún tiempo -cada uno volcado en sus ambiciones personales, olvidando Paco que un día José le salvó de la ruina gracias a un empleo de camionero en su empresa- , y que sabe que tras esa invitación no hay sino un proyecto de saldar su deuda pendiente, o lo que es lo mismo, el deseo de José de que Paco le preste dinero para sanear su fábrica y soportar los altos costes de su adulterio. La amoralidad de Paco no tiene límites: pronto adivinamos que su matrimonio con la hermana de Quique, un mozo de buena familia, no es más que una forma de emparentar con el dinero. La vinculación de Quique con la modernidad viene de cuna y se plasma en sus artilugios y aparatos tecnológicos: que si la radio para escuchar música -canciones risibles, banales, adolescentes, tontitas, de aquellos años-, que si la cámara de fotos para tomar instantáneas, que si la pistola Lüger que guarda su padre -vinculación con el Régimen sutil y magistralmente establecida mediante un símbolo tanto de la violencia como de la antigua amistad entre Franco y Hitler, convenientemente disipada por la propaganda oficial con el paso de los años-, que si un ansia desmesurada por pegar tiros de escopeta…

Mientras tanto, el entorno, esa zona rural de Toledo, esas chozas y caseríos viejos situados en medio de un pedregal, son el pasado, la ruina, la memoria de un país viejo y exhausto que es un inmenso terreno baldío solo apto para el crecimiento de siervos -Juan, el guarda del coto, interpretado por Fernando Sánchez Polack, el hermano de Tip, y su hija Carmen, enseguida deseada por Quique) y para el divertimento de esos ociosos urbanos que en cuanto obtengan lo que quieren, divertirse criminalmente a costa de los conejos, volverán a la ciudad, a ese país virtual que creen que es el auténtico. Su Land Rover -el mejor todo-terreno concebido por ser humano, un todo-terreno de verdad para ensuciarse, pringarse, sumergirse a gusto en la tierra, nada que ver con esos cochecitos de ruedas altas y gruesas diseñados para que los pijos de ciudad farden en los semáforos mientras se hurgan en la nariz y escuchan graznar a Shakira por la emisora de radio cutre del momento- es una especie de nave perdida en un mar de piedras, sol inclemente y montículos de matojos y arena.  Continuar leyendo “Ecos de Goya en el cine: La caza, de Carlos Saura (1966)”

Música para una banda sonora vital – Wayne’s world y Bohemian rhapsody

El grupo Queen ya había participado en algunas bandas sonoras de películas (Flash Gordon, Los inmortales…), y uno de sus integrantes, el guitarrista Brian May, ha desarrollado una pequeña carrera como compositor para el cine. El mundo de Wayne, o Wayne’s world ¡Qué desparrame!, en la tradición tan habitual ahora de poner títulos estúpidos a las comedias, dirigida por Penelope Spheeris en 1992, es una de esas películas de culto que uno no sabe por qué lo son. Traslación a la gran pantalla de un compendio de sketches de dudosa gracia creados gracias al programa Saturday Night Live, hizo famoso a Mike Myers, al que hubo que aguantar luego en la saga Austin Powers, y poco más.

Una de las pocas cosas positivas del film es que popularizó entre el gran público americano la Bohemian rhapsody de los británicos Queen, canción que vivió una segunda etapa de esplendor norteamericana gracias a la inclusión de este tema en una conocida secuencia inicial en la que los personajes, peludos y bastante guarros, de esta cinta hacen el play-back melenudo de la canción mientras marchan en coche por la ciudad. Mejor nos quedamos con los caretos de Freddie Mercury, Brian May, John Deacon y Roger Taylor.

Dos de espías berlineses (II): Funeral en Berlín (1966)

El mes pasado se cumplieron cincuenta años del nacimiento del James Bond cinematográfico en la piel de Sean Connery combatiendo contra el Dr. No. El grado de calidad y el éxito en taquilla de las tres primeras entregas de la saga propició un femonenal efecto de emulación, que consistió tanto en la adaptación de obras literarias en la estela de Ian Fleming con grandes presupuestos y estrellas como en una paralela y sorprendente corriente paródica que terminó impregnando a James Bond de su tono ligero y su banalidad durante el periodo protagonizado por Roger Moore. A la repercusión del pimer Casino Royale, codirigido, entre otros, por John Huston, de accidentado rodaje y estelar reparto, cinta en la que, partiendo del mismo Ian Fleming (cuyo hermano Peter, por cierto, estaba casado con Celia Johnson, la protagonista del Breve encuentro de David Lean), se parodiaba al Bond más canónico, hay que sumar la serie de películas del agente Matt Helm, protagonizadas por un Dean Martin cuya carrera en los sesenta consistió básicamente en reírse de sí mismo, e incluso una chorrada italiana protagonizada por el agente James Tont, cuyo Fiat 500 (como un 600 pero aún más pequeño) estaba lleno de gadgets. Entre las películas “serias” que consiguieron cierto grado de repercusión y apreciable calidad técnica y artística durante aquellos años destaca la saga del agente Harry Palmer (Michael Caine), prolongada durante 30 años, aunque solo a través de cinco películas (la última de ellas de 1996), que destaca porque su protagonista siempre está interpretado por el mismo actor, con lo que, a diferencia de Bond, el tiempo sí pasa por él. Una de las mejores entregas de las películas de Harry Palmer es la segunda de ellas, Funeral en Berlín (1966), que funciona como un negativo de James Bond, como un espejo de sus contrarios, y que resulta más “realista” y menos “superheroica” que las adaptaciones de 007. Parte fundamental del buen hacer de estas primeras entregas es que a los mandos se encontraran los productores de la propia saga Bond, Albert Broccoli y Harry Saltzman, y también el director Guy Hamilton, que participó nada menos que en cuatro películas de James Bond (James Bond contra Goldfinger, Diamantes para la eternidad, Vive y deja morir y El hombre de la pistola de oro).

Nacida de una novela de Len Deighton, el agente Palmer y sus avatares personales y profesionales están desprovistos de todas las notas características que acompañan a James Bond. En primer lugar, su nombre (en la novela el agente permanece anónimo); cuenta la leyenda que el nombre de Harry Palmer surgió de una conversación entre Saltzman y Caine, en la que éste eligió el nombre más soso en inglés y el apellido del compañero de escuela más anodino y aburrido que podía recordar. Por otro lado, su aspecto y su forma de vida: las únicas veleidades que se permite Palmer son su gusto por la música clásica y su afición a ser un cocinillas. Por lo demás, es un tipo reclutado a la fuerza en los servicios secretos británicos (cogido en una falta que debe compensar sirviendo a las autoridades de Su Majestad), que viste vulgarmente (trajes idénticos unos con otros y una gabardina de lo más corriente), vive en un apartamento pequeño y desastrado, trabaja fichando de nueve a cinco y usa unas enormes y antiestéticas gafas de pasta. Su físico tampoco es para tirar cohetes, y no posee habilidades especiales, ni buena puntería, ni fuerza física, ni conocimientos o capacidades destacables, excepto su instinto y su brillante ingenio, el cual suele servirle sobre todo para contemplar la vida desde un punto de vista escéptico y cínico, y para emitir réplicas sardónicas a los comentarios de jefes y compañeros. Pero, lo más importante: Harry Palmer, un reconocido don nadie, es perfectamente prescindible. Por eso se le envía a las misiones más arriesgadas y peligrosas, las que más sospechas pueden despertar en cuanto a posibilidades de ambigüedad, traición, desaparición o muerte. Por eso cuando el servicio secreto británico tiene conocimiento de que el veterano coronel Stock (el gran Oscar Homolka), jefe del espionaje soviético en Berlín Este, tiene intención de desertar, es Palmer el enviado a la capital alemana para ponerse en contacto con él y establecer el plan de fuga. La única ayuda con la que cuenta es con la de su amigo Johnny (Paul Husbschmid), otro agente británico, un alemán de origen que ha prestado excelentes servicios al MI5. Sin embargo, surgen dos complicaciones: por un lado, un experto en fugas de Alemania del Este, cuya actuación y relaciones con Palmer resultan ser más turbias de lo que parecen; por otro, una atractiva joven (Eva Renzi) entra en contacto con Harry, empeñada en seducirlo. Como él no es Bond, se da cuenta de que tan repentina atracción no puede ser “natural”, y por tanto le sigue el juego hasta descubrir que es una agente israelí. El caso se complica, y lo que al principio no es más que la complicada deserción de un importante militar soviético se convierte en una espiral de muertes, persecuciones, mentiras y dobles juegos en torno a la figura de un antiguo nazi desaparecido y de los documentos que pueden confirmar su identidad actual.

Alejado de escenarios exóticos, de locales ‘glamourosos’, de localizaciones naturales apabullantes, la película se acerca más a las truculencias y a los lúgubres y sombríos ambientes que deben servir de escenario a la auténtica labor de espionaje. Igualmente, los personajes que transitan por la trama son oscuros, ambivalentes, tramposos, siempre movidos por mecanismos ocultos que alteran sus lealtades o flexibilizan su moral. Continuar leyendo “Dos de espías berlineses (II): Funeral en Berlín (1966)”

Vidas de película – John Gavin

Este guaperas es John Anthony Golenor, conocido para el cine como John Gavin, californiano nacido en 1928, y esposo de la también actriz Constance Towers. Pero no se limita a ser otro busto parlante que haga poses ante la cámara, porque John Gavin es también un cerebrito. Experto en Historia Económica de Hispanoamérica, ex profesor de la Universidad de Stanford y ex miembro de la marina de los Estados Unidos, en los años 80 fue nada menos que embajador de su país en México, lugar de nacimiento de su madre (su padre era irlandés), por lo que domina el español a la perfección.

Su carrera no es demasiado extensa porque siempre la intercaló con sus estudios y sus ocupaciones intelectuales y académicas, además de con la participación en algunas series televisivas durante los años sesenta (los rodajes en los platós de televisión le resultaban más compatibles con su agenda académica que los viajes y los compromisos de sus proyectos cinematográficos), pero atesora un buen puñado de títulos notables, por ejemplo, la dupla con Douglas Sirk, Tiempo de amar, tiempo de morir (A time to love and a time to die, 1958) y el remake Imitación a la vida (Imitation of life, 1959), que pasa por ser uno de los mejores melodramas de la historia del cine, aunque un poco pesadito y tontito para quien escribe.

Además de algún papel en películas menores con Katharine Hepburn o Julie Andrews, lo más sobresaliente de John Gavin en los sesenta fue su aparición, pecho-lobo de por medio, en Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960) y como un joven Julio César, protegido de Graco (Charles Laughton), en Espartaco (Spartacus, Stanley Kubrick, 1960). Tras varios años retirado de la pantalla, protagonizó en México Pedro Páramo (1967), adaptación de la obra de Juan Rulfo, y después cambió definitivamente el cine por su otra profesión, la de diplomático en la tierra de su madre.