Cabalgar juntos pero no revueltos: Los comancheros (1961)

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Asomarse a una buena pantalla al inicio de Los comancheros (Michael Curtiz, 1961) es una promesa de disfrute asegurado durante 105 minutos. Asistimos a un duelo de honor en el que el jugador de Nueva Orleans, Paul Regret (Stuart Whitman, injustamente olvidado actor que terminó en vulgares películas de catástrofes  y mediocres seriales televisivos), termina con la vida del hijo de un juez, con el que ha tenido alguna pendencia originada en la mutua rivalidad. Esto, aunque haya cumplido las estrictas formas que imponen las caballerosas normas de la justicia violenta del Oeste, le pone al otro lado de la ley por imperativo familiar, y no es otro que el capitán de los Rangers de Texas Jake Cutter (John Wayne), el encargado de arrestarlo y llevarlo ante los tribunales. Pero en su tránsito surge una complicación: los indios comanches, reconocidos incluso por los propios indios de Norteamérica como los más salvajes, anárquicos, sanguinarios y despiadados, andan revueltos, y justamente una banda de comancheros (con este apelativo se conocía a la gente del sur de Estados Unidos y del norte de México que comerciaba con los comanches, a los que solían vender normalmente armas y alcohol a cambio de tierras, mujeres, caballos o cautivos blancos por los que pedir rescate, o de bienes saqueados en los ranchos y puestos militares) está en territorio indio haciendo negocios, se supone que con un buen cargamento de rifles que podrían suponer una gran ventaja para los belicosos comanches. Cutter ha de enfrentarse a la situación mientras arrastra consigo a Regret, con el que establece una curiosa relación de caracteres contrapuestos: el guardián de la ley es el típico vaquero rudo, tosco, bruto y poco inteligente; Regret, sin embargo, a pesar de ser un jugador, se dota a sí mismo de los aires aristocráticos europeos, o más bien franceses, tanto en sus ropas como en su compostura. Eso le vale el continuo y zumbón apelativo de “mesié”, que Cutter le dedica constantemente. Obviamente, ambos personajes se complementan, se comprenden, se entienden y, finalmente, se hacen amigos, con lo que la misión y el desenlace de su particular relación legal adquieren otros derroteros. Al dúo se suma un tercer personaje, el estrafalario Tully Crow (enorme, grandioso Lee Marvin), una especie de remedo chusco y cachondón del pistolero Liberty Valance que interpretó para John Ford.

The Comancheros - 39

En la película predomina la acción en grandes dosis, pero no descuida otros elementos comunes del género, como es la construcción del guión en torno a un pequeño grupo de personajes antagonistas, especialmente su pareja central, con choque cultural, de caracteres, de habilidades, competencias e intereses entre los que poco a poco va surgiendo la oportuna y más que conveniente sinergia e incluso alimenta también el romance en la figura de Pilar (nombre coincidente con el de una de las tres esposas hispanas de Wayne, por cierto, interpretada con solvencia en este caso por Ina Balin), la también tópica presencia junto a los malos que los traiciona por amor a un recién llegado que le ofrece lo que en su vida no tiene. Los combates con los comanches poseen pulso y espectacularidad, y la secuencia en la que asistimos a la reunión de los comancheros con sus clientes en el poblado indio alcanza notables cotas de tensión y suspense, especialmente a raíz de su desenlace (excelente la secuencia del carro abierto y el comanchero arengando a los indios hasta que…). El tono ligero, la narración sin pretensiones, la búsqueda de un mero entretenimiento, no descuida la confección de un guión preciso, algo tópico y previsible, bastante tendencioso en el retrato de los indios (aunque ya hemos advertido de que la opinión de otras tribus sobre los comanches no distaba demasiado de la que tenían los blancos), pero más que disfrutable en sus gags y en buena parte de sus diálogos (la escena de la detención, por ejemplo, o el diálogo entre Regret y Tully Crow mientras juegan al póquer). Whitman sobresale como galán que sabe batirse el cobre cuando toca, Wayne es el Wayne de siempre (incluso en cuanto a su vestuario, aunque en algún momento se camufle de manera un tanto extravagante), con su habitual personaje plano pero sólido, sin fisuras, estrechamente ceñido a su papel icónico en el western, siempre feo, fuerte y formal, y el que se come la pantalla en cada plano es el gran Lee Marvin que, lastimosamente, abandona el metraje mucho antes de lo que al espectador le gustaría. En el resto del reparto, conocidos nombres del western y del cine de aventuras como Bruce Cabot (tantas veces co-protagonista junto a Wayne), el propio hijo de John Wayne, Pat, o el omnipresente Jack Elam, toda una institución en el cine del Oeste, además de otros rostros conocidos como Henry Daniell, uno de los malos “malosos” oficiales del cine clásico americano y británico.

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La última película del director de origen húngaro, uno de los más grandes del periodo clásico (la última de una larga, larguísima carrera que en Europa y Estados Unidos reúne alrededor de 180 títulos, mudos y sonoros, en blanco y negro o color, cortos, medios y largometrajes, algunos de ellos inmortales, inolvidables, imperecederos, que todos recordamos), sin apartarse de la fórmula canónica del western prefijada por maestros como John Ford (su cinta Dos cabalgan juntos (Two rode together) se estrenó el mismo año), Howard Hawks, Raoul Walsh, Henry Hathaway o John Sturges, o por el mismo Curtiz (en sus títulos, por ejemplo, con Errol Flynn), es más, siguiéndola al milímetro hasta en sus componentes más insignificantes, ofrece en cambio a pesar de ello una muy estimable historia repleta de acción, humor y poderosas y vibrantes imágenes filmadas por un director enfermo de cáncer que a los 73 años, sabedor de que no iba a sobrevivir, prefirió dejar este mundo al pie del cañón, al aceptar la oferta de dirigir una película que aceleraría su proceso de deterioro, en vez de dejarse morir abandonado sobre la cama de un hospital. John Wayne continuó con sus pinitos en la dirección echando algún que otro cable durante los forzosos tratamientos y descansos de Curtiz, que terminó falleciendo durante el montaje (el mismo año estrenó una película sobre Francisco de Asís, el santo católico que tan de moda está cuarenta y pico años después). Pero esta última película no parece ni mucho menos la obra de un hombre acabado, desahuciado. Por el contrario, posee un ritmo, una vivacidad y un humor, que parecen impensables como producto de las manos de un cineasta moribundo. La grandeza de Curtiz, en el cine y en la vida, llega a tanto y a mucho más.

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8 comentarios sobre “Cabalgar juntos pero no revueltos: Los comancheros (1961)

  1. ¿Puedo decir, una vez más aquello de que ya no se hacen películas así?

    Una de esas películas que la pillas empezada en la tele y ya no cambias de canal aunque la hayas visto, o precisamente por ello, porque sabes que te vas a divertir, porque el que está(ba) al frente tiene entre ceja y ceja un enorme respeto por el espectador y ha cuidado todos los detalles que ha podido y eso se nota en el conjunto…

    Un abrazo.

  2. Puedes decirlo todas las veces que quieras porque es verdad. Quien diga que las mediocridades que nos ofrecen hoy en las carteleras son bienvenidas porque el cine es, sobre todo, entretenimiento, debería preocuparse por averiguar cómo era el cine de entretenimiento hace unas décadas, comparar y abochornarse.
    Lo mejor, es que podemo verlas eternamente; lo peor, que todo aquello ya no volverá.
    Abrazos

  3. El modelo de esta película es claramente fordiano: Las madres de las casas bendiciendo a los recién llegados. El espanto ante el ataque de los indios. La amistad con toques irónicos pero con buen humor. Las “sociedades ocultas” vigilando el cumplimiento de la ley.
    Señalar el papel de Stuart Whitman, actor que con el tiempo terminó injustamente relegado a trabajar en películas de ínfima calidad.
    Aquí, su personaje y el de John Wayne; ligeros, casi felices ante el panorama inmediato del secuestro, tortura y muerte; carecen de ese poso trágico de los personajes de Ford.Quizá vea “desajustes” que la estropean un poco como esas. escenas pelín mal apañadas, como que de un tiro caigan 3 indios a caballo. Aparte que los especialistas obligan a caer al caballo al mismo tiempo, hacia el mismo lado y del mismo modo, en columna de a tres, parece una exhibición hípica.Los indios, cuando interesan son astutos, atacan de noche y a traición y, cuando conviene al argumento se lanzan a pecho descubierto a morir ante un enemigo bien parapetado,ay,ay, que me hago viejo.
    Lee Marvin, con un reflejo de imagen añeja de Liberty Valance, casi le roba la cartera al mismísimo John Wayne y es suprimido de la acción con demasiada antelación. Podían haber aprovechado su inquieto personaje durante toda la película.Seguro que estoy equivocado,porque Marvin es un actor me que encanta.Creo que el montaje debía haber sido más riguroso,pero nada,todo perdonado ante tanta basura “estrenil” de las carteleras actuales.
    Buena reseña de la última película del gran Michael Crutiz,un todo terreno.

    Un fuerte abrazo.

  4. Mi querídisimo Alfredo… cómo me ha gustado este texto de una película que estoy practicamente segura de que no he visto…

    Sobre todo me ha encantado toda la parte final cuando nos cuentas que fue la última película de un Michael Curtiz que durante el rodaje estaba muy enfermo. Ya sabes que me gusta conocer la última obra de los directores de cine y ya me apunto a la lista LOS COMANCHEROS.

    Besos
    Hildy

  5. Es una película ligera, sin duda, puro entretenimiento, pero del de antes, del que no carecía de interés, profundidad, y errores, claro, pero compensaba, porque ofrecía muchas cosas a cambio. El entretenimiento también ha decaído, Paco.
    Abrazos

    Entonces, mi querida Hildy, conocerás y disfrutarás sin duda del libro “La última película de los grandes maestros”, de T&B. Una gozada.
    Besos

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