Otro Marlowe es posible: Adiós, muñeca (Farewell, my lovely, 1975)

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En los años setenta, Robert Mitchum contribuyó a actualizar el cine negro al protagonizar distintas revisiones que se filmaron de las obras de Raymond Chandler. Si en 1978 dio vida a Philip Marlowe en la nueva versión que de El sueño eterno (The big sleep, Howard Hawks, 1946) dirigió Michael Winner, titulada en España Detective privado y que, siendo más exacta como adaptación que la obra de Hawks, se atrevía, de forma un tanto exótica, a trasladar la acción a Inglaterra, tres años antes, en 1975, Mitchum encarnó al famoso detective en otra de las grandes historias de Chandler, Adiós, muñeca (Farewell, my lovely), ya filmada en 1945 por Edward Dmytryk con el título Historia de un detective (Murder, my sweet).

La película, dirigida por el oscuro Dick Richards, sin duda el mejor título de su no demasiado prolífica ni interesante filmografía, contiene todos los elementos, formales y narrativos, típicos del cine negro y de las novelas de Chandler. Marlowe (Mitchum), rememora en un largo flashback la situación que le ha llevado a aguardar en una habitación de hotel al teniente Nulty (John Ireland), y que tiene que ver con dos casos que, como casi siempre, se han solapado de manera extraña hasta coincidir en un punto crítico. En primer lugar, Moose Malloy (el enorme, físicamente hablando, Jack O’Halloran), un ex convicto por atraco que acaba de salir a la calle, le contrata para que encuentre a su antigua chica, Velma, una bailarina de clubes de mala muerte de la que hace seis largos años que no tiene noticia y de la que sigue enamoriscado como un niño. La cosa no parece tan sencilla como un simple caso de desaparición porque, por un lado, Moose tiene la mano demasiado larga y amenaza con liquidar a todo el que pueda dar noticias de Velma, y por otro, algún grupo organizado de matones parece no tener mucho interés en que Marlowe progrese en sus investigaciones en el turbio mundo de los clubes nocturnos, que le ponen en contacto con una antigua propietaria borracha (Sylvia Miles, nominada al Oscar) y un antiguo músico del club de Velma. El otro caso le cae encima a Marlowe cuando cree tener resuelto el primero (ha encontrado a Velma ingresada en un manicomio, ya sin recuperación posible) de la mano de Lindsay Marriott (John O’Leary), un afeminado de perfumes muy intensos que lo recluta para que le sirva de acompañante en el pago de un rescate por la devolución de un valiosísimo collar de jade que le han robado a una buena amiga suya, Helen Grayle (Charlotte Rampling), esposa de un anciano juez muy importante en California y amiga de Laird Brunette (Anthony Zerbe), conocido hampón del lugar. Para complicar más las cosas, la búsqueda de Velma se reactiva, y Marlowe se ve envuelto en un difícil episodio con la brutal dueña de uno de los más afamados burdeles de Los Ángeles, una madame lesbiana con varios esbirros a su servicio, entre ellos un bisoño Jonnie (no menos bisoño Sylvester Stallone).

La película transita por los derroteros esperados: asuntos turbios, personajes ambiguos, ambientes sórdidos, locales de dudosa reputación, policías corruptos (Rolfe, interpretado por Harry Dean Stanton), dobles juegos, identidades disfrazadas, sobornos, asesinatos y una ciudad de cine y crimen a la que llegan como ecos lejanos las noticias sobre las evoluciones de los frentes de la Segunda Guerra Mundial.  Formalmente, la película no arriesga. De factura clásica, solvente y al mismo tiempo más explícita que su precedesora, por ejemplo, en el tratamiento de la violencia y del sexo, abunda en secuencias nocturnas y también en el empleo de músicas asociadas al género (predominantemente jazz, con la partitura de David Shire). Los recursos técnicos y narrativos empleados, como el doble flashback (es decir, un pasado contado a su vez desde la evocación de una situación pretérita) o su señalamiento, las imágenes onduladas que sirven de transición para los sucesivos saltos en el tiempo, van en consonancia, así como la meticulosa ambientación (vehículos, despachos, utensilios, objetos, armas, etc.). Pero la gran virtud de la película, y de cualquier adaptación de las obras de Chandler que se haga con el respeto debido a su autor, radica en Marlowe, en su magnetismo personal, sarcástico, violento y brutal según el caso, y en su maravillosa personalidad, su capacidad para la ironía, las réplicas agudas, los diálogos punzantes, su forma de utilizar el humor para sobrellevar el desagradable entorno en el que suele tener lugar su trabajo. Mitchum está espléndido en un personaje que se ajusta bastante a su verdadera naturaleza personal en varios sentidos, se mueve como pez en el agua (quizá algo más justo en los momentos de acción; la edad no perdona…), y viene fenomenalmente secundado por un elenco muy satisfactorio, desde Stanton a Zerbe, con especial mención al lacónico y grandullón O’Halloran. Por supuesto, destaca una Charlotte Rampling bellísima, sugestiva, perturbadora y casquivana, que de inmediato ve en su capacidad de seducción el arma con que controlar al detective.

En resumen, el cóctel ya sabido, pero siempre dispuesto para su disfrute, las alambicadas tramas de Chandler, en las que a medida que van avanzando casi se llega a perder pie (como le ocurrió a él mismo: recúerdese el episodio sin resolver en El sueño eterno: ¿quién mata a Owen Taylor, el chófer?), el humor sardónico de su protagonista, tanto con los policías como con los criminales (y no sólo suyo: por ejemplo, el conserje del hotel al que Marlowe le pregunta si hay ascensor, y que le contesta: “si lo hay, yo no lo he visto”; sencillamente genial), y el latido de una ciudad, Los Ángeles, que bajo su barniz de flashes y oropeles de Hollywood apenas puede ocultar un submundo sucio, cruel y sombrío, que se lleva más vidas e ilusiones por delante de las que caben en todos los kilómetros de celuloide posibles. Al fin y al cabo, una realidad que, ni en Los Ángeles, ni en el resto de los Estados Unidos, ni fuera de ellos, ha variado demasiado desde la publicación de la novela, en 1940, hasta hoy. Hay que tener cuidado con lo que se sueña, tanto si se cumple como si no.

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11 comentarios sobre “Otro Marlowe es posible: Adiós, muñeca (Farewell, my lovely, 1975)

  1. Hola, Alfredo, buenos días; leyendo la sinopsis argumental, me transmite tal sensación de enrevesamiento que me temo que una peli como ésta tendría que verla con el mando del DVD en modo ralentí (de lo contrario, no me enteraría…). Pero, en todo caso, pinta bien, desde luego.

    Un fuerte abrazo y buen fin de semana.

  2. Pues no te digo yo que no sea así… En fin, se sigue bastante bien, pero no negaré que en determinadas conversaciones, cuando tres o cuatro nombres salen a relucir, en la cabeza pueden mezclarse y confundirse y hacer perder pie. No es mala cosa tener el mando a mano, no… Pero vamos, tampoco es muy grave porque lo verdaderamente importante se cuenta suficientemente.
    Abrazos

  3. A mí esta película me gusta más ahora que cuando la vi en su estreno.Si,la vi cuando se estrenó en la provincia hace ya muchísimo tiempo.Con solo ver a Mitchum es suficiente.Es una película muy criticada por los adeptos,pero creo que hoy gana mucho.Sin embargo,me ocurre lo contrario con Harper,investigador privado.Cuando la vi por primera vez me gustó muchísimo y ahora (la vi recientemente) no me parece tan buena.Quizá porque ya llevo leído casi todas las obras de Ross MacDonald que la colección Etiqueta Negra está rescatando.Su detective Lew Archer es el último de la edad de oro de este género y tiene muchas diferencias con Sam Spade y Philip Marlowe;algo le queda de la tradición de estos dos,pero con un punto más contemporáneo.Archer es algo filosófico.Su mirada está impregnada de lirismo y suave ironía de los tiempos que nos tocaría vivir.Te las recomiendo,amigo.Después Paul Newman realizaría una segunda parte bastante mala titulada Con el agua al cuello,basada también en una novela de MacDonald,La piscina de los ahogados.Te cuento todo esto porque he querido ver la película de Michael Winner alto de todo esto.Queja algo lejos,pero no del todo,el mundo,el maravilloso mundo de Hawks y Dmytrik. A mi me encantan las películas de detectives y las novelas,claro.Hoy ya no se pueden hacer.Las tecnologías lo impiden.Era maravilloso ver como un detective tenía que desplazarse de un estado a otro,como Archer y va describiendo el paisaje roto con las refinerías y las fábricas,toda una road movie.Es maravilloso ver a esos detectives buscando una cabina de teléfono para llamar a una desconocida.No existía el fax y ellos tenían que ir personalmente a los lugares.Fumaban,bebían.Todo ese mundo ha desaparecido y no concibo una historia sin todos estos elementos.Hoy un escritor de novela negra de detectives tiene que saber muchísimo de informática porque todo se desarrolla a través de ella.Un asco.Por eso (enlazo esta reflexión con mi último post) el detective Rick Deckard el blade runner,tiene todavía aromas del detective clásico,su anacronismo imposible hace que la historia resulte más interesante,con más sustancia.

    Joder,hoy estoy muy hablador y como diría mi abuela: Hablas más que un sacamuelas.

    Fuerte abrazo

  4. Efectivamente, Paco. En esto también se ve nuestro deterioro: hemos pasado del cine de Marlowe y Spade, e incluso Roma y Harper, a Ace Ventura, el detective de animales… Estos personajes ya no encajan con la modernidad (todavía recuerdo las acusaciones furibundas contra Mike Hammer por su, teórico o real, machismo…). No venden un estereotipo “saludable” ni “edificante” conforme a los parámetros de la mercadotecnia actual. Por eso estamos rodeados de superhéroes y de tipos de cuarenta tacos que interpretan a tíos de treinta que se comportan como tíos de quince.
    Tomo nota de tu recomendación sobre la Etiqueta Negra (mis sensaciones tras el último visionado de “Harper” son las mismas que las tuyas; en especial esa Janet Leigh, brrrr).
    Era otro mundo que pedía otros personajes. En cierto modo, era un mundo mejor, menos aséptico, menos de celofán, más humano. Con lo bueno y con lo malo, pero de eso se trata, ¿no?
    Fíjate: hace un tiempo puse en un post un diálogo de Harper; en los comentarios entró un detective de Florida (ponía un enlace a su web y pude fisgar un poco) que me contó algunas cosas de su profesión que guardaban mucha relación con las películas. Afortunadamente, la informática no lo es todo. Pero sí, es un asco que un hacker pueda trabajar para un detective (me resultan muy irritantes esos hackers de las películas que lo saben todo, encuentran todas las claves, acceden a todos los contenidos privados, etc.: ¿qué misterio? ¿Qué suspense? ¿Qué emoción hay en eso, en que unas teclas operen correctamente? Vaya mierda)
    En fin, lo dejo antes de que venga aquí también el sacamuelas…
    Abrazos

  5. Alfredo, magnífica elección. Un Marlowe crepuscular dirigido por un director—eficiente—como decía un viejo amigo; funcionarios de estudio con oficio. Un operador de cámara que recogió la esencia de un Noir con todas las connotaciones 70,S John A. Alonzo (la z del registrador del juzgado) y junto con el remake del 78 de Winner fue la despedida del héroe Noir Mitchum. Deliciosa entrada, un abrazo

  6. Desde luego, JC, todo muy de andar por casa pero, sin embargo, de lo más sugerente y efectivo. Captura una esencia de lo negro que en los 70 ya se estaba dando en formas nuevas (desde Shaft hasta “La noche se mueve”) y que en los 80 iba a pasar a la historia. ¿Pero alguien se imagina a un detective metrosexual…?
    Un abrazo

  7. ¡Yo quiero cambiar de época! Si es que tiene razón Paco, con la informática no cabe ya mayor emoción que la que encontramos en sitios como este, la de esperar respuesta a lo que escribimos.
    Parece muy apetitosa, siempre me han gustado los detectives de todas las épocas menos los de la nuestra y Robert Mitchum me cae fenomenal…no sé…será esa mirada entre aburrida y cansada, de vuelta de todo.
    pero explícanos un poco más, anda, sobre porqué el personaje se ajusta tan bien a la naturaleza del actor, ¿Es que era ácido y mordaz?

  8. Mi querida Hildy, Mitchum no falla aunque te dé la paliza cantando calypsos…
    Besos

    Más o menos, Anónimo. Digamos que le gustaba vivir bien, y reírse -sanamente- de la vida. Juzgado por posesión y consumo de marihuana, por ejemplo, en su día. Con una “carrera” musical paralela. Buen amigo de sus amigos, siempre considerado por todos como un tipo de los que no hay. Un fenómeno.

  9. No te digo nada nuevo, Alfredo, si afirmo que, para mí, ese Mitchum es mucho Marlowe, incluso para Bogart. Creo que está por encima de las propias películas y desde luego sigue siendo el anzuelo perfecto para volver a verlas, sobre todo, en versión original.
    Un abrazo.

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