Un poco de John Ford es mucho: Cuna de héroes (The long gray line, 1955)

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Cualquier espectador que se acerque a Cuna de héroes (The long gray line, John Ford, 1955) desde el tan manido prejuicio que acusa al maestro de ser un cineasta ultraconservador o directamente fascista, creerá que encuentra argumentos para un planteamiento tan simplón: acentuadamente sentimental, volcada en la recreación complaciente de las liturgias militaristas y nacionalistas norteamericanas más retrógradas (si no ridículas), es cierto que la película ofrece una premisa tan ramplona y previsible que se agota en sí misma nada más empezar. Pero a los mandos está John Ford, y eso significa que nada es superficial, aunque pueda parecerlo. Ford encuentra en la historia real del sargento Marthy Maher, un irlandés que sirvió durante más de cincuenta años en la Academia Militar de West Point, el vehículo perfecto para sus temas de siempre: la conformación de la nación, los valores de la historia, la tradición y el ritual como reconocimiento de la comunidad hacia sí misma y permanente ejercicio de construcción, el amor como salvación personal y el homenaje al concepto de sacrificio y lucha abnegada por unos sentimientos superiores: el amor, la familia, la amistad y la prosperidad.

El guión de Edward Hope se construye sobre una estructura episódica. Como toda película que intenta recrear distintas fases de la vida de una persona, se sostiene sobre un débil hilo conductor repleto de elipsis y saltos temporales que, al mismo tiempo que ocasiona desajustes de ritmo -por momentos la acción avanza vertiginosa en los hechos y en el tiempo; en otros se producen parones y recesos dramáticos que prolongan y ponen el énfasis en ciertos pasajes concretos y ningunean o descartan otros- generan un conjunto dramáticamente irregular, en el que la comedia, el drama, la tragedia y el romance se mezclan en compartimentos estancos sin interacción entre sí. Pero, como decimos, John Ford es mucho John Ford, y, aunque no lo logra del todo, se esfuerza en conseguir un equilibrio en su historia a través del recurso que mejor manejó en su carrera: la composición de planos y el tono poético de la narración. Dejando de lado el hecho de que la traducción española califique ligera y gratuitamente de “héroes” a los cachorros de una academia militar, así porque sí, sin entrar a valorar sus acciones (West Point se ha distinguido por dar a luz a un buen número de criminales de guerra norteamericanos, de los que la historia contada por los vencedores nunca habla), Ford se concentra en un único personaje como portavoz de sus puntos de vista, Marthy Maher (Tyrone Power), un emigrado irlandés que ingresa en West Point para cumplir su sueño de integración en el nuevo país.

Pero la película comienza lejos de West Point. Es en Washington, en la Casa Blanca, donde vamos a empezar a conocer la historia de Maher, en relato directo al presidente Eisenhower (mostrado de espaldas). La razón no es otra que Maher protesta contra su orden de jubilación, y para ello acude ante uno de sus antiguos tutelados en la Academia, el general que dirigió las tropas americanas en la II Guerra Mundial y que luego se aupó a la presidencia, con nefastos resultados (dio origen a la dictadura americana dirigida por el complejo militar-industrial, que dura hasta hoy y que ha ocasionado millones de víctimas en todo el mundo, normalmente en conflictos artificiales generados desde la idea de la guerra como negocio). A partir de ese instante, Maher vuelve atrás en su historia, hasta el momento de su llegada a West Point directamente desde el barco que le trajo desde Irlanda. Los primeros minutos del film transcurren por los derroteros de la comedia: el choque cultural se combina con las dificultades de Maher en sus relaciones con los cadetes autóctonos y con su nula adaptación a los distintos oficios que le toca desempeñar, en especial el de camarero (destrozando la vajilla de las cocinas en un par de ocasiones) pero también el de instructor de boxeo (los cadetes le zurran en todo momento) o en la piscina (sin saber nadar). Sus dificultades de adaptación provienen de su falta de entendimiento de la tradición militar (lo cual le ocasiona enfrentamientos y peleas con algunos compañeros de armas, como con el personaje de Peter Graves, o con mandos militares, ante los que se permite discursos y actitudes inapropiados), pero a medida que ésta se vaya subsanando irá encontrando la protección de algunos mandos (el comandante Kohler que interpreta Ward Bond) bajo cuya tutela hacer carrera… y algo más.

Porque de esa protección surge el amor: al servicio de la familia Kohler sirve otra irlandesa, Mary O’Donnell (Maureen O’Hara), de la que Maher se enamora. La comedia se mezcla así con el romance, tanto en su primer encontronazo (él saliendo del gimnasio con los guantes de boxeo recogidos en el regazo) como en sus tímidos avances hacia ella (haciendo de fontanero en casa de Kohler o en sus torpes monólogos con una chica que insiste en no hablarle; aunque, cuando lo hace, su primera palabra es “sí”). Poco a poco la comedia va cediendo el sitio a lo puramente sentimental, aunque conserva breves atisbos gracias a la presencia del padre de Maher, llamado Marthy, como él (Donald Crisp), un típico irlandés pendenciero y borrachín que se hace prácticamente dueño del hogar de Marthy y Mary. En este panorama se va introduciendo cada vez más, hasta hacerse con el tono general de la historia, el componente dramático-sentimental que liga a Maher al ejército y a sus cadetes. Los distintos avatares históricos, en particular las dos guerras mundiales, además de diferentes episodios ligeros con aire humorístico de Maher con sus alumnos, sirven para marcar el pulso narrativo, siempre desde un punto de vista que alterna lo sentimental con la idea del deber y del sacrificio. Así, el estoicismo de Maher al conocer la muerte en combate de algunos de sus cadetes más queridos se asimila a su propio dolor cuando es su hijo recién nacido el fallecido, o con la resignación ante el hecho de que Mary no podrá ya tener hijos. Este concepto es importante, porque Maher, que durante un tiempo considera dejar la Academia, sustituye a su hijo muerto por sus cadetes, se convierte en su “padre” militar y espiritual. Finalmente, este hecho es reconocido por los propios cadetes, ya oficiales del ejército, o incluso por el gobierno, en el gran desfile de homenaje en honor de Maher que cierra la película.

Durante muchos minutos, no obstante, el hartazgo por el tributo a lo militar puede cansar al espectador de hoy, máxime teniendo en cuenta que el filme peca de exceso de duración (138 minutos), lo que aumenta la sensación de descompensación narrativa. Además, los instantes cómicos no están demasiado logrados, y vistos con el humor de hoy pueden parecer incluso tontos. Sin embargo, la abundancia de tomas de mérito y los momentos de gran tensión emocional logran mantener el interés: al ya citado diálogo amoroso entre Maher y Mary (al que alude la foto de cabecera) hay que añadir la sorpresa de Marthy al descubrir en el comedor de su familia recién llegada de Irlanda, viaje que Mary ha mantenido en secreto, las secuencias que transcurren en el hospital durante el parto de Mary y el fatal desenlace, la reprimenda de Marthy al periodista que se permite dudar de los valores de West Point, la maravillosa secuencia de la muerte de Mary en el porche de su casa (magnífica toma en la que Maher asiste por la espalda al momento en que su esposa, ya anciana, fallece), o el homenaje que, en privado, recibe Marthy de sus cadetes durante la cena de Navidad.

Además de la estupenda fotografía de Charles Lawton Jr., de la presencia de miembros más o menos estables de la “compañía John Ford” (Bond, Crisp, O’Hara, Harry Carey Jr., Patrick Wayne…), y de la maestría de Ford en el uso de las diversas estancias y de las localizaciones exteriores (no tanto en la caracterización de Power y O’Hara a medida que van cumpliendo años y su cabello se vuelve blanco y su piel se va arrugando…), destaca la presencia de sus temas preferidos, en particular del ejército como mecanismo de integración y de fábrica de espíritu nacional en los recién llegados. Buena parte de los personajes tiene origen extranjero (apellidos irlandeses, polacos y alemanes en su mayoría, lo mismo que en sus famosos westerns sobre la caballería) pero sirven con honestidad y decisión bajo la bandera de un nuevo país cuyos valores hacen propios. Esta experiencia personal de Ford (él mismo sirvió durante la guerra -llegó a alcanzar el grado de almirante- y poseía una vocación militar tanto o más fuerte que la propiamente cinematográfica) es vomitada de manera incontenible para crear un tributo personal, en clave íntima, a todo un espectro de su vida que para él era tan fundamental como el oficio de hacer películas: sentir el ejército y los valores americanos como propios para no sentirse excluido, extranjero, ajeno.

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12 comentarios sobre “Un poco de John Ford es mucho: Cuna de héroes (The long gray line, 1955)

  1. Mi querido Alfredo… tengo esta película enterrada en la memoria. La debí ver hace pero muchos años, tantos que casi no tengo imágenes retenidas. Así que me has generado ganas de volver a verla y refrescarla.
    Besos
    Hildy

  2. No creo que Eisenhower diera origen “a la dictadura americana dirigida por el complejo militar-industrial”. De hecho, hay alguna cita en la que él mismo advierte acerca del poder que toma el ejército… Siendo militar no le pondría trabas, desde luego…Pero vamos.
    Y sobre la película. Es una de mis favoritas, así que no le veo ni las mínimas pegas que puedes ponerle como la duración o el humor (tampoco otras películas de Ford tienen un humor muy “inteligente”, que digamos).
    West Point no solo sacó criminales de guerra, como comentas. Por lo visto debía ser una institución bastante clasista (las novatadas debían ser brutales), racista (se lo hicieron pasar muy duro al primer cadete negro; y supongo que a los primeros que le siguieron) y más… Lo cual no impide que yo siempre tenga deseos de alistarme cada vez que veo la película (jaja)
    Un saludo.

    1. Sin duda una de las mejores maneras de dejar cinematográficamente este mundo, no cabe duda (y envidiable forma de hacer mutis en la vida en general).
      Ese discurso de Eisenhower, no lo olvides, es del momento de dejar la presidencia, y, entre otras cosas, habla precisamente de eso, de su responsabilidad en ello. Es verdad que la cosa empezó a salirse de madre con Truman, pero aprendió la lección en Corea. No obstante, fue Eisenhower quien, buscando una pax americana, cedió a todas las presiones de los belicistas yanquis, e incrementó el gasto militar y en política de seguiridad hasta unos extremos que más adelante no han dejado de crecer, hasta hoy. Un detalle: 1,6 millones de americanos trabajan en agencias de seguridad (17 en total). Súmale a eso todos los militares. Es un país obsesionado sociológicamente con su complejo de vulnerabilidad, y todo eso parte precisamente de Eisenhower.
      Es verdad, West Point no produjo solo criminales de guerra, pero la película se olvida de ellos, y yo no. Y sí, como Academia militar debe de ser canónica, tanto en lo bueno como en lo malo.
      Saludos

  3. A mí lo que me choca de los militares y ex-militares es su obsesión por el territorio, por la unidad territorial. En nuestro caso sólo les preocupa España, no los españoles. Se preocupan por los separatismos -que su importancia económica y por tanto también la tiene en el bienestar social, evidentemente- pero no verás a ninguno de los antiguos veteranos que salen en la tele asistiendo a un desfile militar, hablar del paro y de la generalización de la pobreza económica ni cultural entre sus habitantes. Es algo que hace que no les tenga mucha simpatía aunque claro, reconozco su necesidad práctica.
    ¿LA peli? Ah, pues no sé decirte….

  4. A mí lo que me fastidia de los militares, y no ya sólo de los grandes mandos, generales y toda esa pesca sino de muchos oficialillos veteranos e incluso retirados de los que asisten a los desfiles, es que parece que sólo les preocupa el territorio. O sea que les quita el sueño España pero no los problemas de los españoles. Como el otro día en la tele: “Yo sólo pido que no se rompa España” y es que a ellos no les afectan los recortes porque se jubilan muy pronto, les atienden en los hospitales militares sin lista de espera y tienen muchos privilegios que insultan al españolito medio Supongo que es evidente que la ruptura supondría empobrecimiento y por tanto afectaría a nuestras condiciones de vida y también creo que por desgracia los militares son necesarios pero ver y oír estas cosas hace que aumente la distancia entre ellos y yo. Parece mentira que vuelva a suceder un milagro como la toma de partido de los militares por el pueblo como ocurrió en las dos revoluciones rusas, o por lo menos, como nos lo han contado.
    Ah! y la peli…pues no la he visto, pero es que tampoco me apetecería demasiado.

    1. Alguien decía que un militar es una planta que hay que cuidar para que no dé fruto.
      En fin, como en todas partes, entre los militares hay de todo. Como institución, en conjunto, pues ya sabemos lo que son. Desde luego, esta pátina de oenegé que les quieren echar por encima (que si revitalizan países, construyen puentes, mejoran las condiciones de vida de la gente, etc.) no me la creo. Es verdad que seguramente aquellos países en los que hay presencia militar “neutra” en conflictos armados seguramente reciben mejoras, pero, como ocurre con los misioneros religiosos, éstas siempre conllevan un precio que, por lo general, no es tan encomiable como parecería, y que poco o nada tiene que ver con el bien común. No hablo de los soldados a pie de campo, claro -o no de todos- sino de quienes los envían allí.
      Por otro lado, el concepto de patria que se les vende suele estar, en efecto, vacío. Es un ideal, un contenedor, fácil de asumir y de recrear, pero falto de sustancia real. Pero la patria no es el único, ni mucho menos. A él podrían sumarse dios, la nación, la monarquía o incluso la moda. Vivimos en un mundo de etiquetas, carteles y apelativos que en la gran mayoría de los casos no definen, sino que ocultan, la realidad. Y hay mucha gente, demasiada, que no sólo prefiere que sea así para no tener que pensar o mojarse el culo, sino que hacen de ello su medio de vida. En ocasiones los militares -muchos, no todos- pertenecen a este grupo. Otras veces, cuando las cosas pintan mal, como ocurre con dios, muchos se acuerdan de ellos.

  5. Magnífico. Cuna de héroes es también una heroicidad que podrían cometer las nuevas generaciones si se dignaran a ver las películas de Ford. No creo que eso sea posible. Estas películas ya no están al alcance de las mentes de la mayoría. Aquí, en Barcelona, en la Filmoteca hace ya demasiados años que no tienen en cuenta a Ford.

    Abrazos

    1. Creo que es Joseph McBride el que cuenta, en su biografía, que se puso en contacto con dos personas para tratar de la recepción del cine de Ford en las actuales generaciones estadounidenses. Uno era el máximo responsable de guión de unos grandes estudios; la otra, una profesora de cine, creo que de la UCLA. Ninguno de los dos veía sus películas. Incluso uno, no recuerdo mal, preguntaba si hacía películas del Oeste. Qué panorama, amigo…
      Abrazos

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