Hollywood anticomunista: Callejón sangriento (Blood alley, 1955)

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Lejos de sus mejores trabajos, el veterano y eficiente William A. Wellman dirigió en 1955 este guión de A. S. Fleischman, basado en su propia novela, titulado Callejón sangriento (Blood alley) y protagonizado por dos de las más importantes estrellas del periodo, John Wayne y Lauren Bacall. La película, una historia de aventuras con tintes de la política de bloques de la Guerra Fría y ecos del reciente conflicto bélico en Corea, no termina de generar auténtica tensión o emoción en ninguno de sus aspectos, ni en el romántico ni en la pura acción, pero sirve como ejemplo de la forma en la que el Hollywood oficial inoculaba su discurso ideológico en productos aparentemente banales o intrascendentes, con alguna que otra paradoja posiblemente involuntaria.

La premisa es sencilla: Tom Wilder (John Wayne), un marino norteamericano prisionero en una cárcel de la China comunista inmediatamente posterior a la guerra, es ayudado a escapar por unos desconocidos que le suministran un arma, un uniforme ruso (no perderse a uno de los adalides del nacionalismo estadounidense ataviado con la vestimenta militar soviética, estrella roja incluida) y una ruta de huida. Sus benefactores son los habitantes de una humilde aldea china que, hartos de los abusos de la administración comunista, y encabezados por el señor Tso (Paul Fix) y la hija del médico local, Cathy Grainger (Lauren Bacall), un norteamericano en misión humanitaria, han ideado un rocambolesco plan para conseguir que toda la población pueda emigrar a la colonia británica de Hong Kong. Los pormenores de la misión incluyen el robo de un trasbordador de vapor, utilizado para el transporte entre las islas y la costa chinas, y un arriesgado viaje por el estrecho corredor marítimo que separa el continente y la isla de Formosa, antigua colonia portuguesa llamada hoy Taiwan, conocido como “callejón sangriento” por sus traicioneras corrientes, sus bancos de niebla, sus violentas tempestades y sus escarpadas orillas, que se han cobrado miles de vidas en incontables naufragios a lo largo de los siglos. La cosa se complica aún más, porque es preciso navegar de noche o entre la niebla para eludir la vigilancia de los patrulleros chinos, y además sin cartas de navegación. A pesar de todo, y tras comprobar la violencia con la que se conducen las tropas chinas en la aldea (intento de violación de Cathy incluido), accede a comandar el buque y llevar a los aldeanos al exilio voluntario.

La película cuenta a favor con el oficio de Wellman para narrar una historia plana de buenos y malos sin grandes complicaciones argumentales, giros elaborados ni grandes secuencias de acción. En sus 111 minutos, Wellman combina secuencias en interiores, rodadas en decorados no muy logrados en Hollywood, con exteriores californianos camuflados como chinos (atención a esa muralla de cartón piedra en lo alto de la colina y que se supone que protege al pueblo), así como escenas a bordo del barco de vapor que no resultan tampoco demasiado estimables. Por supuesto, están todos los elementos previstos: persecución por los patrulleros, navegación entre la niebla, tempestad, cañoneo por parte del enemigo, insuficiencia de combustible y víveres, camuflaje del barco en un río y arrastre a golpe de soga por unos chinos convencidos de que su futuro está en Occidente, y también el esperable romance entre los protagonistas blancos y yanquis. Poca tensión y un interés que no va más allá de la mera aventura formal, con una excelente fotografía en Cinemascope de William H. Clothier y una partitura con toques orientalizantes de Roy Webb. John Wayne encarna una vez más a su personaje-estereotipo, y Lauren Bacall hace de chica desvalida pero tenaz que debe ponerse en manos del macho-man. El retrato de los chinos es absolutamente tópico y paternalista, y cuando hay personajes relevantes entre ellos, son interpretados por occidentales caracterizados, con todos los llamativos resultados que pueden contemplarse (el ya mencionado Fix, pero también la sueca Anita Ekberg como Wei Ling, por ejemplo, Barry Kroger como el anciano comunista Feng, o Paul Mazurki, adelantándose once años en su trabajo para John Ford en Siete mujeres, como campesino chino). Pero no terminan ahí los problemas de la cinta, porque su intención primera, la política, tampoco termina de hilarse bien.

El mensaje está claro: un marino americano, ayudado por una mujer americana, libera a los chinos, que desean escapar de la dictadura comunista, hasta un futuro mejor, un enclave británico de indudable importancia económica y política, a bordo de un barco de vapor de diseño y construcción norteamericana. A ello se oponen los malvados soldados chinos y la familia Feng, comunistas de la aldea a los que hay que llevarse también a Hong Kong por dos motivos: para que el partido comunista no los fusile como represalia por la huida, y para que no denuncien el plan de fuga. Por supuesto, como buenos comunistas, son pérfidos, y no vacilan en envenenar la comida y las reservas de agua para retardar y dificultar la marcha, hasta que el discurso patriótico de John Wayne los “convierte” a la auténtica fe y suben a bordo de buena gana para contribuir al futuro mejor de sus conciudadanos. Desde luego, todo es como respuesta al empate técnico (pero con sabor a derrota americana) de la entonces reciente guerra de Corea, y Wayne no pierde ocasión de soltar discursos políticamente correctos sobre la postura americana ante la teoría del efecto dominó, acuñada por la administración yanqui para justificar su intervención en Extremo Oriente.

La película, naturalmente, omite cualquier análisis de profundidad en las tres cuestiones que tiran por tierra la postura ideológico-política del film, y que el tiempo ha terminado por avalar. No ya en la cuestión del comunismo y la dictadura china, con los terribles efectos sobre su pueblo que perduran hasta hoy y que son irrefutables, sino en las presuntas bondades de Occidente que la película pretende vender como alternativa. En primer lugar, Hong Kong, colonia británica, fuente de prosperidad económica para la zona que en realidad fue un territorio alquilado por la fuerza de las armas como resultado de las dos llamadas “guerras del opio”, conflictos armados entre el Imperio Británico y China (de 1839 a 1842 y de 1856 a 1860) por los que la nación supuestamente más civilizada obligó a China a consentir la importación del opio que el país asiático se negaba a permitir para evitar la adicción de sus ciudadanos, pero que cuyo comercio resultaba más que lucrativo para los ingleses, como probaban las décadas que llevaban introduciéndolo de contrabando. Que un imperio colonial, occidental y anglosajón se lucrara con el comercio internacional de drogas y la muerte de millones de personas no es precisamente encomiable, pero es un detalle ocultado por la película y también por la realidad hasta la devolución de la colonia a China de 1997.

Por otro lado, hay otras dos cuestiones que se plantean en 1955 de un modo muy diferente a como se haría hoy: el fenómeno de la inmigración ilegal, es decir, de aquellas personas que fletan embarcaciones en precarias condiciones para huir a un territorio con mejores perspectivas de vida (fronteras USA-México o USA-Cuba, Túnez-Lampedusa o Marruecos-Melilla), retratado como hecho heroico de necesidad manifiesta para garantizar a los seres humanos la libertad y la prosperidad, considerado hoy, sin embargo, como una amenaza para la estabilidad de las economías y de las prestaciones sociales occidentales; y las relaciones de Occidente con China, que han pasado de la hostilidad y la crítica directas a la convivencia necesaria en aras de los negocios y de las posibilidades de encontrar mercado en una población de mil y pico millones de consumidores potenciales de bienes occidentales. La película, por tanto, no ha logrado con el tiempo atesorar apenas ninguna destacable cualidad cinematográfica, pero sí ha conseguido erigirse en monumento fílmico para una de las mayores paradojas del Occidente de la supremacía mundial: su intrínseca hipocresía. Para los demás pero, esencialmente, ante sí mismo.

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5 comentarios sobre “Hollywood anticomunista: Callejón sangriento (Blood alley, 1955)

  1. Muy interesante análisis.
    A veces hay películas que interesan más por lo que las rodea, por los motivos por los cuales existe, por la época en que se rodaron, por su fondo, por lo que quieren decir y contar… etcétera. Y ésta parece una de ellas.

    Y poniéndome algo frívola… ¿hay algún tipo de química entre John Wayne y Lauren Bacall…? Cuéntame. Son dos personalidades fuertes juntas (aunque ella haga de personaje algo más desválido).

    Besos
    Hildy

    1. Es poco más que una coartada aventurera con trasfondo ideológico-político, poco más
      Entre Wayne y Bacall no existe la menor química. Es más, son personajes planos, que se atraen en tanto que occidentales rodeados de chinos, pero ella es muy arquetípica, demasiado ‘percha’ con poco contenido. Está para hacer bulto. Sólo en un par de momentos, muy al principio, parece que van a engranar, pero no, nada de nada. Es más, Wayne resulta bastante antipático-gilipollesco con la costumbre que tiene de hablarle a Bibi, una novia imaginaria -o recordada- con la que tiene conversaciones y cruza comentarios todo el rato. Se hace pesado, resulta tonto, y, en contra de la opinión de los guionistas, no resulta nada divertido.
      Besos

  2. ¡William A. Wellman ! En mi adolescencia radical cinéfila lo tenía entre los míos. Ay,qué bien que se sentía uno por aquellos tiempos cuando la maldita crítica por doquier ensució el alma del cine. Callejón sin salida la tengo grabada.Y qué me dices de la otra Callejón sin salida de William Wyler,por dios pero qué buena.Lo que te digo.Para amar el cine hay que leer lo menos posible las críticas y más hoy que está de moda criticarlo todo.Incluso lo que no se conoce.

    Abrazos mil

    1. Bueno, a mí me parece que Wellman tiene un puñado de títulos excelentes, especialmente en los años 40. La crítica, especialmente entonces, a menudo iba por detrás del cine. Lamentablemente, en la actualidad es al revés; van por delante, pero de los intereses de los medios para los que trabajan, para hacer de altavoces publicitarios, sin más. Pocas veces la crítica ha descubierto realmente algo: sirve más para consagrar con el tiempo lo que ya han admirado, hemos admirado, todos. El otro día leí a un famoso crítico que se lo tiene muy creído poner a caldo la última de Woody Allen. Yo pensé: “este tío no ha entendido nada; ¿qué película habrá visto este mardano?”.
      Abrazos

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