Hollywood anticomunista (II): Rojo atardecer (The journey, Anatole Litvak, 1959)

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Echando cuentas, resulta bastante llamativo el hecho de que, justo tras Alfred Hitchcock, John Ford y Billy Wilder, el cineasta del que más se ha ocupado esta escalera sea Anatole Litvak. Son hasta tres las ocasiones en las que se ha comentado alguna de sus películas, a saber, por orden de publicación: La noche de los generales (The night of the generals, 1966), producción británica, Un abismo entre los dos (Le couteau dans la plaie, 1962), producción francesa, y Voces de muerte (Sorry, wrong number, 1948), producción norteamericana. Si bien la primera y la tercera de ellas resultan muy estimables, la segunda acumula demasiadas debilidades. Contribuimos a aumentar esta involuntaria estadística favorable al director ucraniano por el lado de las cintas más flojas con una cuarta entrega, también norteamericana, englobada dentro del movimiento hollywoodiense adscrito a la política propagandística propia de la Guerra Fría, titulada Rojo atardecer (The journey, 1959) y protagonizada, tres años después de su éxito conjunto como pareja principal en El rey y yo (The King and I, Walter Lang, 1956), por Deborah Kerr y Yul Brynner.

En esta ocasión, sin embargo, la química entre ambos está más que ausente, debido principalmente a la escasa elaboración que su, en teoría, ambivalente relación tiene en el guión original de George Tabori. La premisa, sin embargo, resulta atractiva, aunque un pelín cogida por los pelos: tras varios días retenidos en el aeropuerto de Budapest tras la ocupación soviética de Hungría en 1956, un grupo de ciudadanos extranjeros de las prodecencias más diversas (diplomáticos, turistas, estudiantes, empleados de empresas occidentales destinados en Oriente Medio, etc., incluido un antiguo oficial alemán nacionalizado etíope…) recibe autorización por parte de las autoridades soviéticas para abandonar el país en autocar por la frontera austríaca. Entre los pasajeros, como se ha dicho, hay de todo: un diplomático inglés (Robert Morley), una familia americana compuesta por una pareja (E. G. Marshal y Anne Jackson), sus dos hijos pequeños (uno de ellos el futuro actor juvenil y luego oscarizado -no se sabe por qué- Ron Howard) y otro que viene en camino, el ex-nazi ya citado junto a su hija, un estudiante francés, un diplomático japonés, un profesor… Y una pareja demasiado elocuente a pesar de sus esfuerzos para no ser asociada, la que forman Diana Ashmore (Deborah Kerr), la conocida esposa de un político británico, y otro inglés, Paul Flemyng (Jason Robards, acreditado como Jason Robards Jr., en su debut en la gran pantalla, bastante crecidito ya, la verdad), que viaja maltrecho y agotado como producto de una herida de bala que intenta esconder a las tropas rusas. Este variopinto grupo se pone en marcha y llega a la última localidad húngara antes de la frontera con Austria. Pero allí, el mayor Surov (Yul Brynner) ha recibido órdenes de retenerlos hasta que puedan formalizarse ciertos permisos producto de las nuevas normas, por lo que soviéticos, húngaros y occidentales deben confraternizar más de lo deseable para todos.

La película flaquea en todos sus aspectos principales: el enigma que oculta el personaje de Flemyng, su verdadera identidad y la razón de su proximidad a Lady Ashmore se adivinan con excesiva prontitud; por otro lado, el triángulo que ambos forman junto a Surov no termina de cerrarse, y la relación entre el militar y la dama inglesa queda insuficientemente tratada. En particular, la evolución de Surov respecto a ella resulta demasiado virulenta y repentina, casi se diría que caprichosa por necesidad del guión, por no decir sencillamente inverosímil, o al menos increíble. El capítulo final de esa evolución no resulta mucho mejor, y pretende convertir a Surov en una suerte del inolvidable Rick de Bogart, si bien truncado a última hora. Otra carencia brutal es la falta de suspense: ni a lo largo del viaje ni en el necesario receso en la huida del país hay situaciones en las que la tensión por un descubrimiento, por una captura, por una revelación que pueda amenazar a los amantes y hacerles volver a Budapest llega a explotarse adecuadamente, y Litvak parece apostar por el romance a tres bandas, que nunca estalla, en vez de por la coyuntura política y aventurera que le permitiría la historia, contendándose con despachar este prisma con un par de episodios bélicos de escasa importancia, y con un intento de fuga no muy logrado y en el que se echa en falta un mayor despliegue de medios.

Por otra parte, el aspecto político está tratado de manera lamentable: los discursos de Surov durante las cenas y los vasos de vodka a fin de mostrar su deseo de abrirse a otros pueblos y a otras culturas, punteados por los disparos y por las tareas de represión de las tropas soviéticas, resultan panfletarios y demagógicos, mientras que la verdadera naturaleza dramática del conflicto es apuntada con un puñado de frases de elogio que los personajes dedican a la combatividad y la entrega de los patrióticos resistentes húngaros. Sin embargo, Litvak sí evita en parte la atribución maniquea de cualidades odiosas  a los personajes soviéticos: no sólo éstos, más allá del comportamiento general de su ejército y sus autoridades, no aparecen como ogros criminales y salvajes, sino que en la película hay cierto esfuerzo por humanizarles y comprenderles, como si pretendiera mostrarse una equivocación de principios más que una maldad absoluta. Especialmente memorable resulta en este aspecto la secuencia del baile, cuando soviéticos y extranjeros dejan correr el vodka, las canciones y las danzas, y comparten momentos de relajación y alegría, apartados todos de los convulsos sucesos derivados de la política y el enfrentamiento de bloques.

No obstante, ni estos momentos, ni la pasión y la fuerza interpretativa de Brynner (recordemos, ruso de origen, y que por tanto habla su idioma en la película sin necesidad de doblaje ni aprendizajes acelerados) ni la corrección de una gran actriz como Kerr, logran salvar el conjunto, cuyo desarrollo (de su planteamiento general tomaría sin duda buena nota Alfred Hitchcock para la huida de Paul Newman y Julie Andrews del bloque soviético en Cortina rasgada, Torn curtain, 1966) y desenlace no resultan del todo satisfactorios, componiendo una especie de mixtura entre Casablanca (Michael Curtiz, 1942) y Tiempo de amar, tiempo de morir (A time to live and a time to die, Douglas Sirk, 1958), terminando de tirar por la borda los pocos momentos acertados del filme en aras de una conclusión autocomplaciente, falaz y más romántica que realista, vista la situación del país y la crudeza de la represión.

Estimable con cuentagotas, la cinta, por tanto, resulta insuficiente como tributo a los húngaros a los que pretende honrar, aunque sí guarda un merecido espacio para el escalofriante y desesperado mensaje de ayuda que los teletipos y las emisoras de Occidente comenzaron a recibir un día de noviembre de 1956 desde Budapest: ¡ya están aquí! ¡Nos atacan! ¡Ya no queda tiempo, no podemos hacer nada! ¡Ayudadnos, amigos! ¡Socorrednos!

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8 comentarios sobre “Hollywood anticomunista (II): Rojo atardecer (The journey, Anatole Litvak, 1959)

  1. Hola, Alfredo, buenos días; la vi hace millones de años (bueno, millones no, pero sí bastantes…), y recuerdo que, ciertamente, no me entusiasmo. De hecho, lo único que recuerdo que me causó una grata impresión fue su fotografía. No debe ser casual…

    Un abrazo y hasta pronto.

    1. Pues no, no es casual. La película se agota en su propia idea, y el desarrollo es más que precario. Debieron conformarse con hacer un “thriller” sin más, a lo Hitchcock si quieres, en vez de intentar profundizar emocional, política o ideológicamente en algo. Me temo que el origen de Litvak, ucraniano, y por tanto en una difícil posición sobre el pasado y el presente de su país (los hubo bolcheviques que combatieron junto a Stalin, y los hubo “blancos” que combatieron junto a Hitler) y en general de Europa Oriental le llevó a pervertir el punto de vista de la historia y perder pie.
      Un abrazo.

  2. Pese a sus irregularidades y a saber que es una película fallida, me apetece muchísimo. Pero mucho, mucho. Como siempre he disfrutado de tu análisis y todo lo que aportas…

    La culpa la tienen Deborah y Yul… y también Anatole. Y también me gusta su título en castellano. Me queda bastante por ver de este director pero entre las que he visto hay cosas que me han gustado bastante. Tiene una película de una belleza extraña (extraña es también la historia, que además era un remake de una peli francesa), La noche eterna con Henry Fonda.
    Besos
    Hildy

    1. Bueno, más o menos yo la vi por todas esas cosas que apuntas, y aunque el resultado es más que tibio, al menos hay dónde mirar, ques es más de lo que se puede decir de según qué cine (y no quiero referirme a los Goya…). En fin.
      Anatole Litvak debía de tener un hermano gemelo o algo así, que le hacía las pelis malas (o las buenas), porque es profundamente irregular. Estupendo, eso sí, cuando le salen bien.
      Besos rojos

  3. De Litvak no he visto todo lo que yo quisiera. Es más, la mayoría de sus películas son difíciles de ver lo cual no puedo evaluarlo demasiado,mi querido Alfredo. Sí que es bastante desigual, este director de Ucrania que tuvo que trabajar en diversas lenguas. No llegó a ser un Lang, un Lubitsch, un Wilder o tantos otros que tuvieron que incorporarse al arsenal Hollywood tan bien. El cine de Litvak lo descubrí en el mítico programa ¡Qué grande es el cine! y con la inevitable Anastasia, con la Bergman y ese tipo que tenía una cabeza alquilada a los insecto para hacer esquí. No me parecen malas (escribo desde el recuerdo) las pelis en donde intervinieron gente tan estupenda como Edward G. Robinsos o James Cagney. La que reseñas no la recuerdo mucho,la verdad.
    En estas fiestas pasadas pude ver en los centros comerciales cajas muy bonitas con una selección de películas de los directores más famosos: Hitchcock, Ford, Wilder, Fellini, Buñuel, etc., que por cierto, nunca he llegado a comprender por qúe en esas cajas ponen lo peor, añadiendo una o dos buenas. Bueno, pues nunca he visto cajas de directores grandes pero olvidados. No sé, sueño con una caja de lo mejor de Siomak, Tourneur, y todos esos tipos de películas B de aquella época y que ahora son películas A como una catedral. De Litvak no había nada, solo la versión de Anastasia de Disney.

    No veas lo cotorra que estoy últimamente.

    Abrazos

    1. Muy bueno tu eufemismo sobre la calvicie… Supongo que te refieres a Bryner, y no al autor del texto…
      El tema de las cajas tiene mucho que ver con las licencias de venta de los DVD. A menudo las grandes compañías retienen los derechos de comercialización de los títulos más importantes, y los “recopiladores” sólo pueden acceder a lo más desconocido y barato, o, lo que suele ser igual, lo peor. Por esa misma razón sería extraño descubrir cajas de esos directores que apuntas, e igual no lo es que sí existan, por ejemplo, de Joe Dante. La decadencia de la especie, amigo. Tanto repetirnos eso de que la cultura no existe, que todo es cultura (lo mismo es), no ha hecho sino igualarnos a la baja, que todo dé igual, y que, por tanto, lo malo sea lo más.
      Te gano a cotorra, chaval.
      Abrazos

  4. No hombre, no iba por ti. En Zaragoza los mosquitos no pueden hacer nada con ese cierzo que tenéis allí. A caso podrían aprovechar para ir en parapente. Lo que dices de las cajas es verdad y es una lástima. La mayoría de las películas en DVD para coleccionistas no respeta el formato y es horroroso. Por ejemplo, si ves La dolce vita o Grupo salvaje, dos películas que son una obra maestra del cinemascope, podemos ver la pantalla cortada por ambas partes del televisor. Y otra cosa, detesto esas carátulas que no son originales. Por ejemplo, La gran evasión, la portada parece hecha por esos chinos que tienen sus bazares. Algunos me han tachado de tiquismiquis (me parece que se escribe así), pero es que nadie cuida ya los detalles.
    Por cierto: ¡Cómo se han enterado los chinos!
    Menudo lapsus a lo Walter Matthau.

    Más abrazos

    1. Tiquismiquis se escribe así, sí, excepto en griego, que es tikismikis y juega en el Panatinaikos…
      Eso de las ilustraciones es cierto, y no sólo en los chinos. Para mí, tienes razón, forma parte de un todo: el respeto por el cine, por el acabado, por el espectador, por la memoria común, por un cine entendido como un vehículo de entretenimiento a través del arte. Hoy nada de eso se respeta, ni la profesión ni el producto ni mucho menos el espectador, y por tanto todo se banaliza, se “comercializa”, se pasa por el tamiz del consumo. Mal, vamos mal.
      Abrazos cierzosos

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