El desmitificador: Thelma y Louise (Ridley Scott, 1991)

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La acusada impersonalidad de Ridley Scott como cineasta viene normalmente acompañada de un empeño ansioso y desmesurado, coreado por parte de la prensa “especializada”, por ser considerado autor, como si la categoría de director comercial no le bastara y deseara verse a sí mismo dentro del particular Olimpo que para muchos supone ser catalogado como “artista”. De ahí que en su cine se perciban fundamentalmente dos características: la primera, una notable falta de capacidad para articular un universo creativo propio y, como resultante de ello, la necesidad de tantear aquí y allá en los distintos géneros sin insertarse en ninguno y de acudir repetidamente a fuentes ajenas con las que elaborar una arquitectura temática, narrativa y dramática pretendidamente particular; la segunda, un esteticismo -que no estética- que basa su fuerza en los efectismos, en “marcas de identidad” visuales que se repiten una y otra vez de película a película, entre tonos y géneros de lo más dispar, y que, carentes por lo general de sentido narrativo, de valor simbólico, metafórico o artístico alguno (por no hablar de puesta en escena), suelen quedarse en eso, en mero entorno decorativo, simple escenario aséptico que permita al espectador identificarle, reconocerle allí donde la fuerza de sus historias carece de todo punch y donde acusa la falta de coherencia y la solidez de un discurso propio . En ocasiones, esto le resulta suficiente: el público generalista a menudo acoge con benevolencia y agrado sus propuestas, por más demenciales que éstas puedan ser a veces. Por lo común, en cambio, y más allá de sus primeros aciertos, siempre mezcla de elementos ajenos -los duelos a espada de Joseph Conrad, la mixtura entre ciencia ficción y cine de terror o cine negro de los años 40- sus obras, en conjunto, se acercan más al trabajo videoclipero de su desafortunado hermano Tony que a la trayectoria de un cineasta de empaque.

Ejemplar en este sentido es Thelma & Louise (1991), una de sus más celebradas  películas y, probablemente, la mejor recibida después del estupendo periodo inaugural del director (del 77 al 82) a pesar de resultar profundamente esquemática, facilona y superficial, o por eso mismo. A ello han contribuido, y no poco, ciertos planteamientos de corte feminista que, sorprendentemente, ven en la película un vehículo apropiado para la reivindicación de sus, por lo común, justas y convenientes reclamaciones, sin que, bien mirado, haya excesivas motivaciones para ello durante los 127 minutos de metraje. Pero, más allá de postulados propagandísticos cogidos muy por los pelos, la película no deja de ser una traslación canónica y previsible, como en cualquier road movie que se precie, de la idea de viaje como metáfora del proceso de aprendizaje, conocimiento y liberación física y mental de los personajes respecto a ellos mismos, en interacción mutua y frente al mundo que los rodea. Una fórmula, en el caso de Scott, que le vale para creer que con eso ya tiene suficiente para terminar de montar una historia, cuando en realidad se trata únicamente de un planteamiento que no llega a desarrollar con acierto.

En este caso, el punto de partida viene establecido por el deseo de dos mujeres -Thelma (Geena Davis), una chica sencilla y algo ingenua casada con un auténtico bicho, un tipo violento y rudo que la ningunea, la esclaviza y la maltrata, de obra y de pensamiento, y Louise (Susan Sarandon), más veterana y sabia, que mantiene una relación satisfactoria con un tipo que la comprende y la apoya (Michael Madsen) pero cuyas coordenadas de vida, un día a día prisionero entre la casa y el trabajo en una hamburguesería, la ahogan sin cesar- de permitirse una escapada de ese mundo estrecho y gris que las atenaza. En el descapotable de Louise, parten para regalarse unos días de descanso, tranquilidad y comprensión mutua. Pero algo se tuerce: en una parada en un bar de carretera, un vaquero fanfarrón, machista y tosco, una fotocopia del marido de Thelma en realidad, después de tontear juntos en la pista de baile intenta violarla en el aparcamiento, y la temperamental Louise lo mata de un disparo. De este modo, la inocente escapada de fin de semana se convierte en una huida urgente con una única -porque así lo quiere, y por nada más, el guión de Callie Khouri- resolución posible, mientras que, por un lado el marido de Louise, y por otro el agente del FBI encargado del caso (Harvey Keitel), intentan, respectivamente por afecto conyugal y por sincera simpatía con las fugitivas y una honda comprensión de sus motivaciones, que las cosas se reconduzcan. Ahí radica la principal objeción a la “lectura” feminista del film: lejos de suponer un canto a la “liberación” personificada en una autonomía propia, libre de tutelas masculinas (como sucede tan a menudo, copiando lo peor del género masculino), incluida cana al aire con el típico florero de gimnasio (Brad Pitt, que despuntó como trozo de carne con ojos en esta cinta, que es lo que se ha limitado a hacer casi siempre en el resto de su carrera), observamos que es precisamente la ruptura de esa tutela la que conlleva el final fatal de los personajes, una inmolación resultante de su falta de capacidad para gestionar una situación de crisis de manera racional y madura sin atender los “consejos” y sin aceptar la ayuda salvadora de las dos únicas personas que velan por ellas, ambos hombres. De este modo, las mujeres libres que toman decisiones libres se transforman en dos pollos sin cabeza desorientados, caprichosos, que funcionan a golpe de capricho pasional, y cuyo final no es la natural conclusión del ejercicio de esa libertad hasta las últimas consecuencias (salto al vacío incluido), sino precisamente la constatación de su imposibilidad de abandonar ese mundo-prisión en el que vivían sin pagar un alto precio. Es decir: el precio de no vivir subordinadas es, directamente, no vivir. El razonamiento final al que nos lleva en planteamiento último de la película es escalofriante, y hace inconcebible que una interpretación feminista tan superficial y desatenta con lo que la película cuenta realmente se haya prodigado tanto y tan favorablemente.

En cuanto a Scott, su tratamiento visual y narrativo de la cinta oscila entre sus acostumbrados recursos a referencias ajenas, con tomas “a lo Ford” de Monument Valley incluidas, pero también en el retrato de la América desértica fronteriza con México, de sus pueblos destartalados, sus cafés de carretera, los hoteles y gasolineras cochambrosos, y el consabido uso de los espacios abiertos, fotografiados de manera preciosista, con una finalidad contraria, es decir, claustrofóbica, asfixiante, como escenario adecuado para un futuro que se estrecha aún más. Por lo demás, el director no construye suficientemente la personalidad de las protagonistas ni logra establecer una sinergia entre ambas que consiga sostener el film. Ciertamente, intenta hacer una película “de personajes”, desnudarlos psicológicamente para lograr la empatía del espectador, para construir una película con un discurso de mayoría de edad superior a la media del Hollywood generalista, pero esta voluntad, aparte del acierto en la evolución de las protagonistas en su relación particular, en sus influencias mutuas (Thelma y Louise intercambian sin cesar sus papeles, adquieren fortalezas y debilidades la una de la otra hasta ocupar finalmente las posiciones contrarias a las que representan al comienzo del film), se pretende resolver de manera cómoda, superficial, más sensiblera que emotiva, y, apercibido de que su apuesta se queda a medias, de que no consigue levantar una película tan intimista, sentimental e intelectual como pretende, Scott acude a los guiños comunes del cine de la familia: la espectacularidad vacía (explosiones pirotécnicas sin venir a cuento, para empezar, como la del camión introducido con calzador de la forma más artificiosa), los lugares comunes con los que los Scott pretenden “autorizarse” (tonalidades fotográficas azuladas o amarillentas, secuencias bajo lluvias torrenciales, el uso de los vehículos como extensión de la masculinidad, en particular de los potentes camiones plateados y sus remolques superpoblados de ruedas, con el correspondiente ruido atronador) y un par de estimables recursos al humor (los agentes del FBI viendo la tele en casa de Thelma y quejándose cuando su marido cambia de canal y les fastidia su programa preferido, o el policía encerrado en el maletero, presunta masculinidad humillada en un gag con una conclusión mucho menos afortunada) que no bastan por sí solos para sostener un film cuya reputación difícilmente se corresponde de manera rigurosa con lo que destilan sus fotogramas.

Lejos de representar, por tanto, un repunte en la decadente trayectoria de Scott, Thelma & Louise supone más bien un anuncio de lo que ha sido su carrera posterior, jalonada de incoherencia, indefinición, oportunismo y una capacidad técnica muy superior a su madurez como narrador, que hoy sigue siendo tan deudora e insuficiente como veinte años atrás.

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22 Respuestas a “El desmitificador: Thelma y Louise (Ridley Scott, 1991)

  1. Ja,ja,ja…me gusta ese oficio que te has buscado: “el desmitificador”. Espero nuevas acciones de El Desmitificador Sin Enmascarar.
    P.D. no la he visto, pero seguro que tienes razón.

    • Bueno, hay unanimidades, o mayorías, que me escaman particularmente. Lo estoy notando especialmente este año, cuando, por ejemplo, se ensalzan encarecidamente finalistas de los Oscar que van de lo trillado a lo mediocre o, directamente a lo malo, con una o dos excepciones que son las “tapadas” o las “hermanas pobres”. Ya sabes, a veces me puede el ardor guerrero.

  2. Mi querido Alfredo: ¿sabes cómo he vivido yo esta película siempre? Como un intento de cine negro en su modalidad pareja de delincuentes que va hacia el abismo.
    En su momento me pareció entretenida y me sigue pareciendo entretenida pero efectivamente, en este caso, sí me parece una película sobrevalorada. Me parece correcta. Y tampoco creo que es la mejor película para realizar un tratado feminista (creo que hay otras películas que tocan este aspecto desde puntos de vista más interesantes).

    Pero vuelvo a mi apreciación del principio. Cine negro donde el destino de la pareja protagonista va torciéndose y que termina con final trágico como tantas parejas de fugitivos (El demonio de las armas, El cartero siempre llama dos veces, Solo se vive una vez, Los amantes de la noche, Bonny and Clyde…). Esta vez son dos mujeres a las cuáles se les va torciendo el destino y la cosa, irracionalmente se les va liando más y más hasta llegar a ese final… que podría ser no de amor fou sino de amista fou.

    Todo se va torciendo sin posibilidad de enderezarse como la historia pesadillesca e irracional que vive el pianista de Detour que todo es un despropósito continuo…

    Pero Scott no consigue esa ‘fatalidad’ o esa ‘poética’ de este tipo de películas sino más bien una película entretenida y correcta, un intento que se deja ver.

    Ja, ja, ja… yo sucumbí a ese pedazo de carne… todavía recuerdo a Brad Pitt y su aparición espectacular en esta película… Fue todo un impacto.

    Besos
    Hildy

    • Uf, yo no termino de verlo así, mi querida Hildy. Un intento, en todo caso, muy chapucero. Me parece que no hay, como tal, una configuración de fatalidad, de destino prescrito, que marque la trayectoria de las protagonistas, sino más bien el hecho de que, entre todas las opciones posibles (y ahí vuelvo a hacer notar los personajes de Madsen y de Keitel, por no hablar de las distintas opciones que las propias protagonistas tienen y descartan un tanto caprichosamente, sin que exista razón de base ni psicológica ni contextual suficiente), es el guión y la necesidad de llegar al lugar al que el director quiere llegar quienes toman la decisión por encima de los personajes y de una situación real, creíble, de angustia sobrevenida. Digamos, para entendernos, que una excursión para ir de pesca no es lo que encaja mejor con la sombra de la fatalidad.
      Antes que el florero masculino, me quedo con la canción de los Eagles, y eso que me irrita bastante…
      Besos

  3. Joder. Por fin una crítica de esta película que diga lo que yo jamás supe decir, pues -para esquemático y simplista un servidor- a la hora de abordarla desde lo severo, siempre me he quedado en un ‘a mí no me gusta’.
    Y en cuanto a Ridley -que como directo solo es algo mejor que su hermano, pero más cobarde- decir que no me atrevo a destacar una sola redondez en su fecunda obra. Ni Blade Runner, fíjate lo que te digo.

    • Me alegro, Raúl, de que encaje con tu punto de vista, y también de no estar solo en esta perspectiva.
      Coincido en general en tu valoración de Ridley, aunque discrepo ligeramente en cuanto a sus primeras obras.

  4. Me gustó Los Duelistas y también me gustó Alien (siempre he pensado, tras ver su deriva, que esta peli se la tuvo que hacer un primo, no un hermano), y no puedo negar que mucho de Blade Runner me parece bueno, que no muy bueno. Tras eso, creo que a bote pronto salvaría ‘La tormenta blanca’, que por normalita y por falta de pretenciosidad me parece interesante. Todo lo demás, no sé…

    • Bueno, pues más o menos lo mismo que yo. En “Blade Runner” pesa más, creo, la imaginería que la historia, el estilo que el fondo. No obstante, entre tanto montaje nuevo y anecdotario, es cierto que está por debajo de las otras dos que señalas. Después de eso, salvo algunos instantes de “La sombra del testigo”, nada de nada.

  5. Precisamente siempre había encontrado fallido el discurso feminista que algunos defienden por el punto de inflexión que toma la película tras el asesinato y sobretodo, tras la aparición de Brad Pitt y la imposibilidad de seguir adelante que encuentran las dos mujeres. Parecen desamparadas en todo momento. Nada, nos quedamos con la banda sonora y la pegadiza road song (esta sí) de Glenn Frey. Hala desmitificador de fluzo….a por otro mito! Abrazos

    • Bueno, quizá sí, es la razón más digna de recordatorio… Junto con su breve participación como actor en “Mejor… imposible”, de la que apenas se ha dicho nada en los medios. En fin, dicho queda.

    • Ahí sí que no, es un espanto insalvable. Una historia medieval sobre las Cruzadas en las que un personaje cristiano dice “hacemos esto por el pueblo, lo hacemos por su libertad” merece ir a una pira incendiaria de por vida. El guión es insoportablemente horrendo.

      • Pensaría que decir “hacemos esto por el pueblo, lo hacemos por su libertad” es lo que un personaje cristiano de la época habría expresado. La nobleza de Saladin es notable. Las escenas de combate están mejor logradas que las de Peter Jackson, entre otros.

  6. Disculpa, pero es un lenguaje y un contexto mental completamente imposible para un cristiano del siglo XI. Imposible. Ni por las palabras utilizadas ni por el sentido en que se expresan. A partir de ahí, todo el conflicto construido entre cristianos y musulmanes resulta irreal, postizo, embustero y falaz, más preocupado por la estética que por profundizar en los matices de los hechos. En el fondo no es más que un folletín del estilo de la peor novela histórica. Por otro lado, ¿qué tiene que ver el cristianismo, y menos en los siglos XI-XII, con el pueblo o con la libertad? No será en este planeta…

      • ¿Y?

        Ser mejor que Peter Jackson no constituye ningún mérito. Y en cuanto a la “nobleza” de Saladino, ¿crees de verdad que un rasgo particular de un personaje demasiado esquemático salva una película, desde el punto de vista de la coherencia psicológico-temporal, realmente infumable?

      • Lamento haber provocado una hostilidad no justificada.
        Quise dar a entender que ‘El Reino de los Cielos’ (2005) en versión de 194 mins., podría interesar a quienes no conozcan el “canon” completo de su director.
        No estoy completamente convencido de que la frase incoherente en lo sicológico-temporal (?) de un personaje descalifique un largometraje por entero. Recomendaría ilustrar en qué sentido es el guión “insoportablemente horrendo”.
        ‘Thelma y Louise’ (“jalonada de incoherencia, indefinición, oportunismo”) ha sido considerada e incluida aquí. Otras igualmente incoherentes podrían también serlo.

      • Hostilidad ninguna. Al menos por mi parte.

        Mira, esto es de primero de guión: cuando sitúas a un personaje en una época histórica concreta, no puedes poner en su mente, en su discurso, valores, mecanismos de pensamiento, ideologías, principios, etc. que sean anacrónicos. No pasa sólo con esa frase en cuestión, es un ejemplo. Ocurre con todos los personajes, con la concepción de la historia, con el leitmotiv del conjunto. Es una película teóricamente sobre las Cruzadas en las que los personajes “positivos”, todos planos e insustanciales, se mueven en unos parámetros psicológicos que no corresponden con su época, y por ende, la película pretende vender un discurso “humanista” que no encaja con el fenómeno histórico del que, pretenciosamente, aspira a convertirse en recordatorio riguroso. Es tan incoherente e indefinida como poner a Jesucristo redactando el padrenuestro con un bolígrafo Bic. Y tan oportunista, porque intenta aprovechar un ambiente de presunta lucha “Oriente-Occidente” a raíz del 11-S y similares para meternos un gol con eso de la hermandad entre los pueblos, la comprensión mutua y todas esas tonterías superficiales aprovechando, o intentándolo, unos hechos históricos que abogan precisamente por lo contrario a poco que Ridley Scott haya superado la escuela primaria. Eso, para mí, lo hace insoportablemente horrendo.

        Por otro lado, se trata de mi blog y de mi artículo, y por tanto, hasta hoy, yo y nadie más decide qué se utiliza para ejemplificar la, a mi juicio, incoherencia, la indefinición y el oportunismo del cine de Ridley Scott, y de paso de la del cine comercial actual en general.

        Y esto no es hostilidad, sino argumentación del sentido del post y de los comentarios, nada más. Oponer a una razón de fondo simple maquillaje subjetivo (la presunta nobleza de no sé quién que por su época jamás podría pensar y sentir como lo hace en la película) sí me parece una debilidad reduccionista. Ahora bien, si es un mero pretexto para reinvindicar la acción y supuesta espectacularidad del filme, te diré que ese aspecto tampoco me gusta. La acción, las escenas de lucha, tienen un sentido y un significado que van estrechamente ligados a la historia que cuentan: si la historia es una memez, por mucha acción en el que la rebozan, con memez se queda.

        “El reino de los cielos” es un intento construido a base de producción, es decir, de dinero. Pero no tiene personajes ni guión. Tiene pretextos, y así no se puede levantar una película histórica de la que se pretendan extraer conclusiones actuales.

  7. Te recomiendo, a cambio, una excelente película, desde el punto de vista de la mentalidad medieval, que se sujeta a la verosimilitud y credibilidad (que no son lo mismo) históricas: “El señor de la guerra”, de Franklin J. Shaffner.

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