Música para una banda sonora vital – Nueve semanas y media (Nine 1/2 weeks, Adrian Lyne, 1986)

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Es la tercera ocasión en la que Joe Cocker aparece por esta sección, un tipo que se ha hecho grande gracias a sus eficaces versiones de canciones de éxito (Bob Marley o Lovin spoonful, entre otros, aunque su mayor mérito reside en haber mejorado a Los Beatles, que ya es decir). Su tema más archiconocido, You can leave your hat on, es de hecho una reinterpretación de un tema de Randy Newman (habitual compositor de cintas animadas de Disney; menudo contraste…) para esta película de Adrian Lyne que lanzó al estrellato sexual a Kim Basinger, le metió la tontería en la cabeza a Mickey Rourke (hasta los extremos actuales, que parece que desayuna neumáticos todos los días) y que, en resumidas cuentas, a pesar de su carga erótica y del morbo que promete, no deja de ser una película profundamente retrógrada y conservadora, por no hablar de que la cosa en su conjunto es bastante más que soft. De ella, con el tiempo, ha quedado una fama inmerecida, una restricción para menores de 18 años, una famosa escena de strip-tease, y un tema para los restos que, además, tiene un valor añadido: permite adivinar cuántos gilipollas sueltos hay en cualquier bar a altas horas de la noche.

Y de propina, más Joe Cocker, esta vez versionando al gran Ray Charles en su fenomenal Unchain my heart. Temazo.

Vidas de película – Robert Parrish

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A lo largo de una carrera irregular pero tremendamente personal, Robert Parrish (1916-1996) dirigió una veintena de películas, desde los primeros cincuenta hasta mediados de los setenta, dejando especial huella en el cine negro –Grito de terror (Cry danger) o El poder invisible (The mob), ambas de 1951- y el western –Historia de San Francisco (The San Francisco Story, 1952), Más rápido que el viento (Saddle the wind, 1958) o su celebrada Más allá de Río Grande (The wonderful country, 1959)-, pero también en una línea más particular que entremezclaba géneros y elementos muy diversos de manera solvente y efectiva -el bélico Llanura roja (The purple rain, 1954), Orgullo contra orgullo (Lucy Galiant, 1955), el documental, codirigido con Bertrand Tavernier, Mississippi Blues (1984) o la cinta al estilo de la nouvelle vague, rodada en Francia y, que sepamos, nunca estrenada en España, In the french style (1963)-. Más conocidas, aunque de peor nivel, son su contribución al accidentado rodaje de Casino Royale (1967) y Contrato en Marsella (The Marseille contract, 1974).

Atípico cineasta que genera sorpresas agradables con prácticamente cualquiera de sus títulos gracias a un estilo a un tiempo tremendamente personal e inusualmente atractivo, fue galardonado en nada menos que cuatro ocasiones con el Óscar de la Academia por su trabajo como montador, labor en la que trabajó para directores como John Ford, Robert Rossen, George Cukor, Lewis Milestone o Max Ophüls, entre otros. Antes de dedicarse al montaje, no obstante, ya había hecho sus pinitos como actor infantil junto a estrellas como Rofolfo Valentino, Charles Chaplin y Douglas Fairbanks, y como intérprete adolescente para cineastas de la talla de Cecil B. DeMille, Raoul Walsh o Allan Dwan.

Lo que se dice un auténtico “hombre de cine”.

 

Terror con trenzas: La mala semilla (The bad seed, Mervyn LeRoy, 1956)

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Si Narciso Ibáñez Serrador se preguntaba en los años setenta ¿Quién puede matar a un niño?, la respuesta previa a esta cuestión puede ser este clásico dirigido por Mervyn LeRoy, toda una leyenda de la etapa dorada del sistema de estudios del Hollywood, que, en la línea de cierto cine de terror, escoge a una niña como inquietante vehículo para la intriga, el suspense, el misterio y el horror. Como no puede ser de otra manera, el tono elegido ya desde los créditos iniciales (el apacible perfil sereno y tranquilo de una pequeña localidad norteamericana contrasta con la turbulenta lobreguez del embarcadero agitado por las olas en una noche de temporal) oscila continuamente entre la atmósfera plácida, soleada e inocente de los cuentos infantiles y los escenarios góticos, tenebrosos, tormentosos y lúgubres asimismo propios de esos mismos cuentos.

LeRoy utiliza así el clima para acentuar simbólicamente la aparente doble personalidad de la dulce y tierna Rhoda (Patty McCormack, candidata al Óscar), una niña sensible, buena y muy espabilada (demasiado, superando con creces la delgada línea de la repelencia repipí) que, a medida que van transcurriendo los 129 minutos de metraje, se va revelando como una mente cínica, obsesiva, calculadora y especialmente retorcida y perversa. Tal es así que, cuando, precisamente en el embarcadero, un niño pierde la vida ahogado durante un feria escolar, su propia madre, Christine (Nancy Kelly, también nominada al Óscar), empieza a sospechar que su hijita tiene algo que ver, y no precisamente para bien: la víctima del “accidente” acababa de vencer a Rhoda en el concurso escolar de redacción, y la niñita no lo había encajado bien. Como, además, Christine descubre en el joyero de Rhoda la medalla al premio de redacción, ata cabos, y esas ataduras la llevan a otros sucesos del pasado, muertes sobrevenidas y “misteriosos accidentes” de personas cercanas pero no especialmente receptivas a los deseos de Rhoda que, de repente, habían desaparecido violentamente de sus vidas… El terror que esto le infunde a Christine, y la necesidad de torear la situación sola, dado que su marido, coronel del ejército (William Hopper) está en su base, la llenarán de angustia e incertidumbre, y también poco a poco de un miedo a convertirse en una pieza prescindible del rompecabezas de la mente de su hija… El puzle se completa con Leroy (Henry Jones), el peón que hace trabajos manuales en el edificio de apartamentos donde vive la familia, y que desarrolla una turbia atracción por la pequeña Rhoda que, aun así, no le impide leer su verdadera naturaleza, la señora Breedlove (Evelyn Varden), la propietaria, que ejerce como abuela ‘de facto’ de la niña, y con Hortense (Eileen Heckart, tercera de las seleccionadas para el Óscar de entre el reparto), la madre del pequeño fallecido que, desesperada y alcoholizada, frecuenta la casa para intentar sonsacar -y luego acusar- a Rhoda por su intervención en la muerte de su hijo.

La película se construye con una estructura y un formato que se muestran direcamente deudores de la raíz teatral (una obra de Maxwell Anderson) y literaria (una novela de William March) del guión de John Lee Mahin. Excepto en escasos momentos (la merienda campestre, los aledaños de la casa), toda la acción transcurre en interiores, y en la mayor parte de los casos (excepto los despachos de la base y las dependencias del hospital) dentro del edificio y la propia casa de la familia. Igualmente, la carga dramática de la cinta descansa en especial sobre el texto, en algunos aspectos extremadamente valiente para la época (el insinuado interés inicial de Leroy por la niña, las consecuencias de la patológica obsesión de Christine con la patología criminal de su hija), aunque en otros puramente superficial y barato (la coartada psicológica de lo que ocurre, la parte más débil y menos interesante, por forzada e inverosímil, del guión), Continuar leyendo “Terror con trenzas: La mala semilla (The bad seed, Mervyn LeRoy, 1956)”

Mis escenas favoritas – Moby Dick (1956)

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Espectacular pasaje de Moby Dick (John Huston, 1956), el sermón del padre Mapple (Orson Welles) encaramado en lo alto del mascarón de proa que sirve de altar en la humilde parroquia, cuyos muros están decorados con las lápidas de los muertos y desaparecidos en el mar, de un humilde puerto ballenero de la costa este de Estados Unidos. Significativamente, la prédica relata el episodio de Jonás y la ballena.

Welles, que aspiró durante mucho tiempo a interpretar a Achab en esta adaptación de Ray Bradbury y John Huston a partir del original de Herman Melville, compuso aquí una de sus apariciones más inolvidables, a pesar de su brevedad, demostrando que su capacidad como actor rayaba a la misma altura de su talento como creador. Un instante que vale la pena revisitar con la voz del genio de Kenosha (Wisconsin) subtitulada esta vez en inglés. Uno de los grandes momentos, sin lugar a dudas, de la historia del cine.

El desmitificador: Heat (Michael Mann, 1995)

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Michael Mann, al igual que Ridley Scott, intenta paliar sus carencias como autor a través de la repetición de guiños esteticistas a lo largo de sus películas, marcas visuales y constantes argumentales presentes en muchas de sus cintas que raramente resultan eficaces y convincentes, y que, por el contrario, invitan más a subrayar su insuficiencia que a apuntalar su presunta solvencia como creador más allá de la acumulación de funciones y oficios en cada título. Así, aunque en Heat (1995) asume el papel de productor y guionista además de director, el resultado final es que, tal como ocurre en sus películas más celebradas, como su aproximación al universo de Hannibal Lecter antes de Anthony Hopkins, del que ya hablamos aquí, o en sus más importantes y colosales cagadas, de las que también hemos dado buena cuenta por estos lares, su película es otro de esos mamotretos de los años noventa que bebe directamente de las fuentes del cine de género sin aportar novedades ni suponer revisión alguna, y cuyas bazas positivas se limitan a dos apartados: en primer lugar, la construcción narrativa en torno a tres grandes secuencias (el atraco inicial a un furgón blindado, el espectacular atraco central a un banco de Los Ángeles, y, por último, el enfrentamiento final entre los antagonistas); el segundo, y muy decepcionante, la expectativa de ver por fin juntos de nuevo a Robert De Niro y Al Pacino encabezando el reparto de una película, compartiendo esta vez planos y escenas. Por el contrario, la película, de duración extremada e innecesariamente larga (roza las tres horas) abunda en los vicios que Mann ya manifestaba en su famosa teleserie policiaca sobre la corrupción en Miami, esto es, vender estilo -bastante hortera, por otra parte- en lugar de contenido, con sus famosas e innecesariamente largas tomas aéreas de entornos urbanos, de laberintos de calles filmadas desde un helicóptero, preferentemente por la noche, y su costumbre de detener la acción o de pausar el progreso narrativo del film para ofrecer piezas musicales de concepción y estética videoclipera a través de las que, supuestamente, se pretende crear una atmósfera determinada, entre el thriller canónico y cierta pretensión emotivo-sentimental que embellezca de trascendencia y profundidad, puro envoltorio, lo que no pasa en realidad de mera superficialidad.

Las habituales maneras de Michael Mann, en particular la apertura de la película con una escena de acción enmarcada en un escenario natural (casi toda la película está filmada en exteriores de Los Ángeles), no son más que la aproximación a una colección de tópicos sobre sus protagonistas que sirven de larguísima transición a los otros dos clímax que puntean el film. Se trata del consabido duelo de dos profesionales reputados, uno a cada lado de la ley, que simbolizan el orden y el caos pero a los que Mann se acerca con ecuanimidad, si es que el “malo” no resulta ser incluso superior al “bueno” (estos papeles no se mantienen necesariamente así a lo largo de todo el metraje) o más simpático que él de cara al espectador, y cuyos sendos problemas domésticos y de pareja resultan tan dificultosos, atragantados y complejos de solventar como la propia trama criminal que los involucra, consume y enfrenta. Esto hace que los tan cacareados protagonistas no sean más que arquetipos, perchas de género diseñadas con pequeñas pinceladas (de nuevo) estéticas (algunas histéricas, como ocurre con Pacino), que no precisan descripción, explicación ni justificación, que representan estereotipos, que hacen acopio de fórmulas típicas, y cuya posición respecto a la trama y al público es la quedar fuera de cualquier atisbo de desarrollo dramático mínimamente construido. Son personajes-pantalla que se limitan a ocupar determinado espacio en el argumento pero cuya entidad final depende de aquello que el público reconoce en ellos derivado de su diseño superficial y de su previa memoria cinéfila. Son personajes que en ningún momento se conocen por el espectador, sino que sólo se reconocen como reflejo de otros anteriores de películas enclavadas en el mismo género.

Eso hace que el desarrollo narrativo de la película sepa a ya visto: el representante de la ley persigue al delincuente (secuencias de seguimiento, de interrogatorio, de investigación y de persecución propiamente dicha) en clave de buenos y malos, al mismo tiempo que, en los descansos que sus respectivas actividades les proporcionan, sus cuitas domésticas son las que ocupan el interés central del film, Continuar leyendo “El desmitificador: Heat (Michael Mann, 1995)”

Propaganda ejemplar: Los verdugos también mueren (Hangmen also die!, Fritz Lang, 1943)

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Como parte del esfuerzo propagandístico de guerra, el alemán Fritz Lang, a partir de un guión propio escrito en colaboración nada menos que con Bertolt Brecht, dirigió en 1943 esta película que toma como origen para la trama uno de los hechos que, para muchos, resultan más trascendentales para el devenir de la guerra mundial en Europa: el asesinato, el 27 de mayo de 1942, de Reinhard Heydrich a manos de la resistencia checa. Heydrich, segundo de Himmler en las SS, jefe de la Gestapo, director de la oficina de seguridad del Reich, máximo impulsor y organizador de la llamada Solución Final para el “problema” judío en la conferencia de Wannsee, y nombrado por los nazis Protector de Bohemia y Moravia tras la ocupación alemana de Checoslovaquia, es una de las figuras fundamentales del nazismo y de la primera etapa de la Segunda Guerra Mundial, el cerebro de buena parte de las operaciones políticas y militares de Alemania, persona de total confianza de Hitler (de las pocas, realmente, cuya opinión contaba para el canciller nazi) y, posiblemente, también hubiera sido su sucesor y continuador llegado el caso. La película parte de este hecho real para homenajear la labor de la resistencia antinazi en Europa y, en particular, alabar el comportamiento del pueblo checo frente al invasor, su integridad y su valor, recalcando que gracias a su determinación contra el enemigo, y a pesar de la presión de la Cancillería para esclarecer los detalles y hacer pagar a los culpables con toda la crueldad de la que eran capaces los nazis, el asesinato de Heydrich quedó sin resolver, los máximos responsables nunca fueron capturados o acusados del mismo, y el caso tuvo que ser cerrado en falso. Sabido es, además, que Lang, cuya esposa simpatizaba abiertamente con los nazis, huyó de Alemania a toda prisa cuando Goebbels le propuso hacerse cargo de la dirección de la cinematografía alemana, por lo que la película adquiere, en lo personal, una significación adicional que la completa y la enriquece.

La película se construye desde el asesinato: después de un prólogo en el que asistimos a toda la pompa, ridícula y bastante hortera, del ceremonial diplomático nazi con la presentación de Heydrich ante las autoridades alemanas y checas, rápidamente pasamos a los primeros momentos tras el  magnicidio, y a la persecución de una figura huidiza que intenta escapar de los soldados que buscan al responsable. Acosado por el toque de queda, que amenaza con dejarlo aislado en la calle a merced de las patrullas alemanas, Karel Vanek (Brian Donlevy), inventa un pretexto -además de esta falsa identidad- para poder pasar la noche en casa de la familia Novotny, cuya cabeza, el profesor Stephen Novotny (magnífico Walter Brennan en un papel muy diferente a los habituales en él, encarnación magistral de la dignidad y la integridad), es una de las figuras intelectuales más importantes de Praga. Su hija Nasha (Anna Lee) sospecha la verdad sobre la identidad del invitado, aunque su familia piensa que únicamente es un conocido suyo que se ha despistado con el toque de queda. Sin embargo, para la familia en general y para Nasha en particular, la situación se complica cuando su prometido (Dennis O’Keefe) la sorprende con el desconocido y lo toma por un rival amoroso, pero, sobre todo, cuando los nazis, que empiezan a orquestar la venganza contra la resistencia checa y tratan de acrecentar el terror entre la población para fomentar las delaciones, deciden fusilar como represalia a un gran número de civiles checos bajo la exigencia de que los responsables del asesinato se presenten voluntariamente o sean denunciados y, para desgracia de los Novotny, el profesor es seleccionado. Vanek deja la casa a la mañana siguiente y se esfuma, pero Nasha logra dar con él y su verdadera identidad, al tiempo que las autoridades nazis comienzan la sistemática labor de detención, interrogatorio, tortura y muerte de todos aquellos que rodean a los Novotny y al falso Vanek y van estrechando el cerco.

Se trata de una extraordinaria cinta que, como es habitual en Lang, combina una riqueza estética superlativa con una brillante exposición de los dilemas internos de toda una serie de personajes, una visión complementaria que construye un conjunto repleto de puntos de vista antitéticos pero igualmente legítimos, que introduce al espectador en el suspense derivado de las complicadas decisiones personales que los personajes han de tomar: ¿denunciará el profesor al extraño invitado nocturno para salvarse? ¿Lo hará Nasha? ¿O quizá el misterioso Vanek, una vez conocedor de las consecuencias de sus actos para los Novotny, asumirá el deber de sacrificarse para salvar a sus conciudadanos inocentes? ¿Aceptarán todos la muerte de compatriotas anónimos como contraprestación a la lucha por la libertad de su país? Continuar leyendo “Propaganda ejemplar: Los verdugos también mueren (Hangmen also die!, Fritz Lang, 1943)”